Por qué la tele

Como comentaba esta semana, la temporada de La caja lista comenzaba el martes con una entrevista al director del recién clausurado FesTVal. Aún no hemos agotado la primera semana del curso y ya parece que vayamos con la lengua fuera, de tanto programa nuevo, estreno, regreso y niño cantor. Así que viene bien un poco de perspectiva para empezar.

La conversación con Joseba Fiestras –aquí– resultó sumamente refrescante, pero me quedo con una anécdota que, del modo en que ningún sesudo tratado podrá hacer, sugiere el tremendo peso de la televisión en la cultura popular que nos rodea. A saber: la estrella más rutilante del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canarias, el año en el que asistió como invitado, casi de tapado, Kabir Bedi, no fue ningún rostro del Hollywood clásico, ni ningún actor de moda. De hecho, la estrella tampoco fue el propio Kabir Bedi. La estrella fue Sandokan; el príncipe pirata malayo, nacido de la pluma de Emilio Salgari y convertido en una serie… al que este actor hindú dio vida.

Contaba Fiestras que Sandokan eclipsó al resto de invitados. Sandokan y no Bedi, de cuya trayectoria poco sabían los fans que le pedían autógrafos o los periodistas que le entrevistaban. La serie Sandokan fue un éxito de la RAI, y en España se emitió en 1976, y nunca se repuso -igualito que Se ha escrito un crimen, oigan…-. Seis capítulos, seis, y parte del imaginario colectivo de medio mundo. Yo nunca la vi, es probable que ustedes tampoco. Y sin embargo saben que Sandokan tenía ojos claros, pelazo al viento y pecho descubierto. Y que respondía a una fisonomía concreta. O quizás a un estilo de vida. Seguro que intuyen lo que es, por ejemplo, estar hecho un Sandokan.

Sospecho que la novela de Emilio Salgari no habría sido suficiente para hacer mella en la cultura popular con tanta ímpetu, de dejar una huella tan profunda. Y si no, pregúntense quiénes son los rostros más populares de la industria del cine, o por qué las carteleras teatrales están llenas de caras televisivas. Sólo por eso, no me digan que no merece la pena acercarse a la caja lista con atención.

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