14
feb 14

Teleseries: el gato y el ratón

La caja lista de esta semana estuvo dedicada casi en exclusiva a la retransmisión por televisión de los premios Goya. Porque al margen de la siempre en entredicho calidad del cine español, la gala es un acontecimiento que marca agenda. La de este año ha sido, con diferencia, la menos vista en los últimos cinco años: 350.000 espectadores menos que la de 2013 pero, aún así y como siempre ha dado de comer a estilistas televisivos, analistas cinematográficos y programas especiales antes, durante y después de la retransmisión.

Sin embargo, creo que este post se lo merece la florida y adelantada primavera que está viviendo la ficción -vamos a decir- propia -que no es propia porque no la producen las cadenas sino las productoras a las que se la encargan- por obra y gracia del pulso a décimas entre Antena 3 y Telecinco. Que no sólo se copian y se repican en formatos de entretenimiento o en su planteamiento de la parrilla.

Supongo que el punto de inflexión lo marcó El tiempo entre costuras (Antena 3) y su indiscutible éxito de público y, por qué no, crítica. En respuesta, Mediaset ha esperado unos cuantos meses para cebar El Príncipe. La empresa no quería una serie más, sino un acontecimiento en toda regla. Así que puso toda su maquinaria promocional a trabajar, y la que en principio había sido planteada como una ficción ambiciosa, sí, pero sólo “una” ficción, se convirtió, por lo que se augura, en uno de los pilares de Telecinco para esta temporada, en el faro que alumbre a toda la cadena y levante su orgullo, bastante herido en los últimos años al menos en lo que respecta al mundo teleserie.

El Príncipe se estrenó la semana pasada de manera simultánea en casi todas las cadenas de Mediaset, y Vasile se sentó a esperar: 5.6 millones de espectadores, y un 28% de share total sumando los resultados de T5 (22%) y el resto de frecuencias en las que se emitió. Una oportunidad de oro para intentar colocar titulares en la prensa especializada y también en la que no lo está, pero igualmente considera noticioso el resultado de una estrategia de programación tan particular.

No crean, sin embargo, que esto queda aquí porque las series, como las cucarachas, [Enlace roto.]. Y cada uno de sus movimientos es convenientemente comunicado para ir calentando motores. Hasta el punto de que lo que a estas horas tiene en ascuas a los directivos de las dos principales cadenas españolas es el duelo a muerte entre Velvet (Antena 3) y B&B: De boca en boca (Telecinco). Como explica Vanitatis, la ley obliga a las televisiones a anunciar su programación con tres días de adelanto, así que ambas tienen de plazo hasta la medianoche para confirmar si el estreno será o no el lunes. Y como no quieren comerse la tostada mutuamente, o quizá sí, aquí nos tienen a los espectadores, sin saber si esos “próximamente”, “pronto” y “la semana que viene” con los que aderezan sus omnipresentes promociones se concretarán un día u otro. ¿Poker? ¿Quién dijo poker?

Actualización: finalmente tanto Antena 3 como Telecinco se han lanzado a la piscina así que ambas series estrenarán este lunes a las 22.30. Un nuevo capítulo en la -triste- historia de la contraprogramación que no beneficia ni a los programas ni a su sufrida audiencia. Quien a hierro mata a hierro puede morir.


03
sep 13

Por un trato ético a los dramas en televisión

Parece ser que después de ser archianunciada, el estreno anoche en Antena 3 de La Cúpula, serie de ciencia ficción-o-así producida por Spielberg, fue un [Enlace roto.]. Personalmente, no me llamaba mucho la atención, pero es que además cada vez me cuesta más engancharme a una serie dramática. Y menos aún si se emite en prime time.

Las sitcom, las comedias en general, se construyen a partir de capítulos autoconcluyentes. Pero una serie dramática es diferente. Es necesario una constancia, un cariño. Un orden y concierto. Es posible ver varios capítulos seguidos de Dos hombres y medio correspondientes a temporadas diferentes y comprobar cómo Jake pasa de niño gordito a adolescente gañán en cuestión de 25 minutos. Pero cuando las prácticas de emisión son irrespetuosas con las historias dramáticas llegan los problemas, y más aún si hay flashbacks o cualquier otra alteración en el planteamiento dramático que complique el panorama.

La muy extendida costumbre, sobre todo en horario nocturno, de alternar capítulos de estreno con otros de reposición sigue, por lo que parece, el criterio de ahora-pon-uno-cualquiera-que-total-así-ocupamos-parrilla. Y no son pocas las ocasiones en la que si la audiencia no responde como se esperaba la emisión se retrasa un par de horitas, cambia de día, desaparece y vuelve a aparecer. El espectador medio, ese que, desengáñense, no tiene tiempo ni ganas de andar descargándose capítulos para verlos después todos seguidos y lo que quiere es entretenerse un rato sin complicaciones, se encuentra con ciertas dificultades para seguir las tramas, rellenar huecos, sacar conclusiones y tener la sensación de que por el camino no ha perdido el tiempo.

Así que tiendo a emocionarme lo justo con una nueva serie antes de comprobar que será posible seguirla sin sobresaltos. Por eso el carrusel de novedades que trae septiembre, de momento, no me ilusiona demasiado. Y por eso valoro los esfuerzos que este verano ha estado haciendo Cuatro para proteger Scandal, bautizada como la serie del momento en Estados Unidos -otra más…-, donde esperan para el 3 octubre la tercera temporada y acaban de anunciar la incorporación de Lisa Kudrow al reparto. Y eso implica cierta apuesta a futuro.

Scandal va de una mujer superprofesional, superseria y superefectiva que se dedica a gestionar los conflictos que puedan afectar la imagen de sus clientes. De manejar a la prensa, elegir bien la corbata, descubrir que hay micrófonos ocultos, y almorzar con políticos. Bien, no es la serie definitiva pero se deja ver con mucho gusto. Entre otras cosas porque Cuatro, la cadena que la emite, le ha reservado el miércoles en prime time, respeta el orden cronológico de los capítulos y, al igual que hizo con Homeland, se ha propuesto que la mayoría de sus cortes publicitarios se limiten a tres anuncios. Tres. Los cortes se acompañan de elementos de continuidad y del hashtag #3spots para que el espectador comente en Twitter lo mucho que le gusta a) la serie, y b) que Cuatro no la mutile. Y los anunciantes deben estar contentos porque sus spots consiguen mayor notoriedad y la audiencia no le da al zapeo compulsivo. Todos contentos.

Esta estrategia no llega al mimo compulsivo con el que la cadena ABC trata a una de sus joyitas, Modern Family -atención este post de la semana pasada con las cinco razones por las que Phil Dunphy sería una excelente alternativa a Ben Affleck como el próximo Batman-, pero apuntala la imagen de Cuatro como una cadena que, pese a todo, pese a Mediaset, pese a ‘los manolos’, pese a Callejeros y Ola, Ola, sigue siendo de lo mejor que te puede pasar si eres una serie estadounidense. Compruébenlo mañana.


21
feb 13

Esencias

Ayer nos enteramos de que el último capítulo de la temporada de Downton Abbey ha sido el más visto de la serie en Estados Unidos. El tanto se lo anota la PBS. La que pasa por ser la televisión pública estadounidense, de natural modesto, ha visto cómo las emisiones de este culebrón de época han cuatriplicado la audiencia media de la cadena: ¡8,2 millones de norteamericanos delante del televisor!

Esto coincide con lo que el otro día me comentaba un compañero estadounidense: sus conciudadanos está locos por la serie. Esta locura colectiva retrata la conocida y ancestral querencia gringa por lo british -que, por cierto, también parece circular en sentido contrario; este mismo compañero encontraba bastante gracioso que su hija y las amigas adolescentes de ésta, británicas ellas, le tomaran por un “daddy cool” a causa de su rápido y cantarín acento-. En su momento Downton Abbey se benefició de toneladas de notoriedad cuando se supo que Michelle Obama había pedido a los directivos de la ITV la tercera temporada en DVD para poderla ver antes del estreno y de un tirón. Pero el éxito de la serie va más allá. Hay algo en la ficción de época que conecta, o que lleva a la ilusión de conectar con las esencias, en este caso de los  estadounidenses.

Pese a su increíble factura y el fantástico ejercicio de recreación histórica que regala en cada capítulo, Downton Abbey está pasando relativamente desapercibida en Antena 3. Nos guste o no, El barco, que hoy termina, ha dado muchas más alegrías a la cadena que las vueltas y revueltas de los Crawley. Y sin embargo la serie británica tiene fascinado al público americano, y es probable que  éste encuentre algún lazo intangible que le ate a la historia de cientos de años y cuarto y mitad de mito que rodea los muros forrados de musgo de la abadía.

Qué se apuestan a que cuando Telecinco o Cuatro se decidan a emitir Call the Midwife -otro drama histórico, esta vez exitosamente producido por la BBC y ambientado en el Londres de los años 50 y recién adquirido por Mediaset -la respuesta del público local va a parecernos comparativamente tibia frente al furor estadounidense. Va a ser que sí. Y si no, al tiempo.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.


13
nov 12

¿Se deshincha La que se avecina?

La que se avecina era una de las apuestas de la temporada de Telecinco. Es una veterana en la parrilla de la temporada: aterrizó en abril de 2007 después del relativo culebrón que se montó cuando la empresa gestora de la cadena compró parte de Miramón Mendi, la productora que hasta entonces había hecho triunfar Aquí no hay quien viva en Antena 3. Desde entonces sus tramas se han ido perfilando, ha surgido algún personaje memorable, los guionistas han acertado con algún que otro latiguillo de los que acaban por pasar a la calle, y en general, podemos considerarla exitosa. Sólo eso justifica su renovación, curso tras curso.

Al mismo tiempo, la buscada sobreactuación de sus actores se ha puesto al servicio de unas historias más y más soeces. De un lenguaje más y más chabacano. De un guión más y más zafio. Dicen del equipo técnico y artístico de La que se avecina, como decían también del de Aquí no hay quien viva, que controla exhaustivamente cada frase, cada gesto, cada momento que podría pasar por espontáneo. Así que lo que se ve en pantalla es exactamente lo que el equipo quiere trasladar: la versión en colores brillantes de una comedia propia de otra época. De la de Esteso y Pajares, más concretamente.

Así que comprobar cómo este año La que se avecina está perdiendo fuelle lunes tras lunes me hace pensar que quizá la audiencia esté un poco cansada de tanto pinchito, jamona, cuernos y topicazo. Por supuesto, la flaqueza de la serie sólo puede entenderse en términos relativos: anoche tuvo 3.989.000 espectadores. Pero su share, 21,7%, fue el mínimo desde el comienzo de esta temporada. Quizá el personal esté cansado, también, de una estrategia de programación tramposa que para no hacerla competir con Isabel (TVE1) -que es lenta pero al menos termina antes de que definitivamente nos caigamos de sueño-, ni con el comienzo de Tu cara me suena (Antena 3) -otro de los éxitos de la temporada- alarga el comienzo del capítulo hasta cerca de las once de la noche. Un lunes. Víspera de martes. No se equivoquen: no es por esperarle a usted, que llega del trabajo. Es porque la franja está competida y Telecinco no quiere repartir el pastel más de lo imprescindible y sabe que le va mejor cuanto más tarde.

En la mayoría de los países serios el prime time, horario de máxima audiencia, comienza sobre las ocho. De acuerdo, responda usted que las costumbres y los usos son diferentes según en qué lugar. Pero no creo que invitar al público a que alargue su jornada televisiva ofreciendo programas de relleno, de manera sistemática, antes del que se quiere ver de verdad, sea la mejor manera de predisponerle en positivo a presenciar enredos de revista. Y por supuesto, siempre quedarán varias eternas horas repetidas cada día en Factoría de Ficción para alimentar ese placer.


06
mar 12

El sexo de la Pantoja

Dicen que Isabel Pantoja no está contenta con la miniserie Mi gitana,  cuyo primer capítulo el lunes barrió en audiencia: 20% de cuota, 3.800.000 espectadores. Es lógico: la relectura en clave telecinquera de la vida de una misma no debe ser fácil de asimilar. Mi gitana ya es un éxito -mucho más que el biopic dulzón que dedicó a la tonadillera hace un año Antena 3-, y se esperan con anhelo los dos próximos capítulos.

Como me reí bastante con la “comedia romántica” Felipe y Leticia, intuía que la serie sobre la folklórica iba a dar bastante juego, por aquello de los parecidos inverosímiles, las tramas reconocibles y la dramatización plana y patosa de lo que durante años hemos visto en prensa y televisión. Y como dicen en Vaya Tele, Mi gitana es un servicio para la comunidad porque está pensada para ti, que has vivido una década fuera y no sabes qué quiere decir la expresión “bolsas de basura saliendo de la casa de Julián Muñoz”.

Sin embargo el capítulo de ayer aún no entraba hasta la cocina en materia marbellí y profundizaba en la relación “de amistad” entre Isabel Pantoja y primero Encarna Sánchez y luego María del Monte. El entrecomillado no es mío. Es lo que deduzco tanto de la serie como de la primera media hora del programa especial con el que nos regaló Telecinco tras la ficción. Ya saben: ese plató con personajillos y Santi Acosta repartiendo juego entre video y video con imágenes repetidas hasta el desgaste de cinta.

Si las sombras de las luces y sombras de la vida de la Pantoja a las que alude la serie es su relación lésbica con Encarna Sánchez, lo hace con la sutileza propia del género biopic en Telecinco. O sea, ninguna. Aunque no se atreva a recrear imágenes explícitas.

En Mi gitana vimos a la supuesta anterior pareja de Encarna Sánchez despechada diciendo:  “no es como nosotras” (las bolleras… o algo más despectivo aún, le faltó decir). Vimos claramente al lesbianismo no aceptado por la familia convencional, tradicional y como Dios manda, vimos – intuimos- la reconstrucción de una historia en la que la lesbiana poderosa y manipuladora lleva al lado oscuro (de nuevo, perdón…) a la cándida y racial artista; vimos celos de pareja; vimos despechos por amor. Y lo vimos porque nos lo mostraron con claridad, porque esa era la interpretación que la serie quería que el espectador hiciera. Algo que, por otra parte, a principios de los 90 era la comidilla de las revistas del corazón, hasta el punto de que Martes y Trece no tuviera reparo en recrear el tema.

Sin embargo, en el programa posterior que, como los que vendrán a lo largo de esta semana en la cadena, se diseccionaba tanto la película como la realidad que recreaba, en escasos 30 minutos se aludió a esa “estrecha amistad” como en quince ocasiones -luego apagué la tele-. ¿A qué viene ese doble juego? ¿Qué sentido tiene en una cadena en la que la homosexualidad -más bien una manera bien concreta de vivirla- se festeja día a día? ¿Qué razón de ser hay bajo ese doble juego, mezquino, cicatero, salvo el interés por seguir identificando todo lo que no es heterosexualidad stricto sensu con la exaltación, el bullicio, o lo oscuro y tenebroso?

Dicen que Isabel Pantoja no está contenta con el resultado. Les digo que el colectivo homosexual tiene razones más que fundadas para rechazar de plano el enfoque, que a estas alturas, resulta fariseo y manipulador.