Series


21
feb 13

Esencias

Ayer nos enteramos de que el último capítulo de la temporada de Downton Abbey ha sido el más visto de la serie en Estados Unidos. El tanto se lo anota la PBS. La que pasa por ser la televisión pública estadounidense, de natural modesto, ha visto cómo las emisiones de este culebrón de época han cuatriplicado la audiencia media de la cadena: ¡8,2 millones de norteamericanos delante del televisor!

Esto coincide con lo que el otro día me comentaba un compañero estadounidense: sus conciudadanos está locos por la serie. Esta locura colectiva retrata la conocida y ancestral querencia gringa por lo british -que, por cierto, también parece circular en sentido contrario; este mismo compañero encontraba bastante gracioso que su hija y las amigas adolescentes de ésta, británicas ellas, le tomaran por un “daddy cool” a causa de su rápido y cantarín acento-. En su momento Downton Abbey se benefició de toneladas de notoriedad cuando se supo que Michelle Obama había pedido a los directivos de la ITV la tercera temporada en DVD para poderla ver antes del estreno y de un tirón. Pero el éxito de la serie va más allá. Hay algo en la ficción de época que conecta, o que lleva a la ilusión de conectar con las esencias, en este caso de los  estadounidenses.

Pese a su increíble factura y el fantástico ejercicio de recreación histórica que regala en cada capítulo, Downton Abbey está pasando relativamente desapercibida en Antena 3. Nos guste o no, El barco, que hoy termina, ha dado muchas más alegrías a la cadena que las vueltas y revueltas de los Crawley. Y sin embargo la serie británica tiene fascinado al público americano, y es probable que  éste encuentre algún lazo intangible que le ate a la historia de cientos de años y cuarto y mitad de mito que rodea los muros forrados de musgo de la abadía.

Qué se apuestan a que cuando Telecinco o Cuatro se decidan a emitir Call the Midwife -otro drama histórico, esta vez exitosamente producido por la BBC y ambientado en el Londres de los años 50 y recién adquirido por Mediaset -la respuesta del público local va a parecernos comparativamente tibia frente al furor estadounidense. Va a ser que sí. Y si no, al tiempo.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.


13
nov 12

¿Se deshincha La que se avecina?

La que se avecina era una de las apuestas de la temporada de Telecinco. Es una veterana en la parrilla de la temporada: aterrizó en abril de 2007 después del relativo culebrón que se montó cuando la empresa gestora de la cadena compró parte de Miramón Mendi, la productora que hasta entonces había hecho triunfar Aquí no hay quien viva en Antena 3. Desde entonces sus tramas se han ido perfilando, ha surgido algún personaje memorable, los guionistas han acertado con algún que otro latiguillo de los que acaban por pasar a la calle, y en general, podemos considerarla exitosa. Sólo eso justifica su renovación, curso tras curso.

Al mismo tiempo, la buscada sobreactuación de sus actores se ha puesto al servicio de unas historias más y más soeces. De un lenguaje más y más chabacano. De un guión más y más zafio. Dicen del equipo técnico y artístico de La que se avecina, como decían también del de Aquí no hay quien viva, que controla exhaustivamente cada frase, cada gesto, cada momento que podría pasar por espontáneo. Así que lo que se ve en pantalla es exactamente lo que el equipo quiere trasladar: la versión en colores brillantes de una comedia propia de otra época. De la de Esteso y Pajares, más concretamente.

Así que comprobar cómo este año La que se avecina está perdiendo fuelle lunes tras lunes me hace pensar que quizá la audiencia esté un poco cansada de tanto pinchito, jamona, cuernos y topicazo. Por supuesto, la flaqueza de la serie sólo puede entenderse en términos relativos: anoche tuvo 3.989.000 espectadores. Pero su share, 21,7%, fue el mínimo desde el comienzo de esta temporada. Quizá el personal esté cansado, también, de una estrategia de programación tramposa que para no hacerla competir con Isabel (TVE1) -que es lenta pero al menos termina antes de que definitivamente nos caigamos de sueño-, ni con el comienzo de Tu cara me suena (Antena 3) -otro de los éxitos de la temporada- alarga el comienzo del capítulo hasta cerca de las once de la noche. Un lunes. Víspera de martes. No se equivoquen: no es por esperarle a usted, que llega del trabajo. Es porque la franja está competida y Telecinco no quiere repartir el pastel más de lo imprescindible y sabe que le va mejor cuanto más tarde.

En la mayoría de los países serios el prime time, horario de máxima audiencia, comienza sobre las ocho. De acuerdo, responda usted que las costumbres y los usos son diferentes según en qué lugar. Pero no creo que invitar al público a que alargue su jornada televisiva ofreciendo programas de relleno, de manera sistemática, antes del que se quiere ver de verdad, sea la mejor manera de predisponerle en positivo a presenciar enredos de revista. Y por supuesto, siempre quedarán varias eternas horas repetidas cada día en Factoría de Ficción para alimentar ese placer.


6
mar 12

El sexo de la Pantoja

Dicen que Isabel Pantoja no está contenta con la miniserie Mi gitana,  cuyo primer capítulo el lunes barrió en audiencia: 20% de cuota, 3.800.000 espectadores. Es lógico: la relectura en clave telecinquera de la vida de una misma no debe ser fácil de asimilar. Mi gitana ya es un éxito -mucho más que el biopic dulzón que dedicó a la tonadillera hace un año Antena 3-, y se esperan con anhelo los dos próximos capítulos.

Como me reí bastante con la “comedia romántica” Felipe y Leticia, intuía que la serie sobre la folklórica iba a dar bastante juego, por aquello de los parecidos inverosímiles, las tramas reconocibles y la dramatización plana y patosa de lo que durante años hemos visto en prensa y televisión. Y como dicen en Vaya Tele, Mi gitana es un servicio para la comunidad porque está pensada para ti, que has vivido una década fuera y no sabes qué quiere decir la expresión “bolsas de basura saliendo de la casa de Julián Muñoz”.

Sin embargo el capítulo de ayer aún no entraba hasta la cocina en materia marbellí y profundizaba en la relación “de amistad” entre Isabel Pantoja y primero Encarna Sánchez y luego María del Monte. El entrecomillado no es mío. Es lo que deduzco tanto de la serie como de la primera media hora del programa especial con el que nos regaló Telecinco tras la ficción. Ya saben: ese plató con personajillos y Santi Acosta repartiendo juego entre video y video con imágenes repetidas hasta el desgaste de cinta.

Si las sombras de las luces y sombras de la vida de la Pantoja a las que alude la serie es su relación lésbica con Encarna Sánchez, lo hace con la sutileza propia del género biopic en Telecinco. O sea, ninguna. Aunque no se atreva a recrear imágenes explícitas.

En Mi gitana vimos a la supuesta anterior pareja de Encarna Sánchez despechada diciendo:  “no es como nosotras” (las bolleras… o algo más despectivo aún, le faltó decir). Vimos claramente al lesbianismo no aceptado por la familia convencional, tradicional y como Dios manda, vimos – intuimos- la reconstrucción de una historia en la que la lesbiana poderosa y manipuladora lleva al lado oscuro (de nuevo, perdón…) a la cándida y racial artista; vimos celos de pareja; vimos despechos por amor. Y lo vimos porque nos lo mostraron con claridad, porque esa era la interpretación que la serie quería que el espectador hiciera. Algo que, por otra parte, a principios de los 90 era la comidilla de las revistas del corazón, hasta el punto de que Martes y Trece no tuviera reparo en recrear el tema.

Sin embargo, en el programa posterior que, como los que vendrán a lo largo de esta semana en la cadena, se diseccionaba tanto la película como la realidad que recreaba, en escasos 30 minutos se aludió a esa “estrecha amistad” como en quince ocasiones -luego apagué la tele-. ¿A qué viene ese doble juego? ¿Qué sentido tiene en una cadena en la que la homosexualidad -más bien una manera bien concreta de vivirla- se festeja día a día? ¿Qué razón de ser hay bajo ese doble juego, mezquino, cicatero, salvo el interés por seguir identificando todo lo que no es heterosexualidad stricto sensu con la exaltación, el bullicio, o lo oscuro y tenebroso?

Dicen que Isabel Pantoja no está contenta con el resultado. Les digo que el colectivo homosexual tiene razones más que fundadas para rechazar de plano el enfoque, que a estas alturas, resulta fariseo y manipulador.


20
sep 11

Bob el malo

Imagen de previsualización de YouTubeBob Esponja es peligroso para los niños. Afecta a su atención, los desconcentra y puede acarrearles problemas en su proceso de aprendizaje. No lo digo yo. Son los resultados de un trabajo de investigación efectuado en una universidad estadounidense, que concluye que la que probablemente sea la serie de animación más popular del mundo no conviene a los niños y niñas de 4 años.

Bob Esponja, además de vivir en una piña en el fondo del mar, es el espacio con más audiencia de ClanTV. En el mes de agosto fue seguido por una media de 536.000 espectadores en el conjunto de España, el 5,6% de share. Casi nada -tengan en cuenta que el estos días tan comentado Vaya Semanita tuvo la semana pasada un 9,2% de cuota de pantalla equivalente a 69.000 personas-. Bob reina con solvencia en todas aquellas casas en las que niños y niñas imponen su ley. Y extiende su reinado a camisetas, carteras, manguitos para aprender a nadar, bollos de chocolate o cualquier otro producto susceptible de ser obsequiado a un niño para obtener su cariño, su silencio o su obediencia. Y eso ocurre en todos los países en los que se emite.

Probablemente la infancia constituye el sector social más vulnerable ante la industria de la cultura, que diseña un icono, lo lanza y lo explota allí donde sea posible con el -no censurable- objetivo de hacer negocio. La globalización también era eso. Como serie, Bob Esponja funciona de escaparate, y es cierto que es rápida, frenética, y escandalosa. Pero no menos que otras, igualmente productos de su tiempo. No nos engañemos; David el Gnomo también nos aburriría a nosotros si hoy la viésemos desprovistos de las gafas de la nostalgia.

El experimento afirma que al comparar el rendimiento y la respuesta a pruebas comunes de impulsividad y función mental de un grupo de niños que vieron la serie con los de otros que no la vieron, hay diferencias sustanciales. La respuesta de Nickelodeon, la cadena original de Bob, ha sido rauda y veloz. Dicen que la serie no está destinada a niños de 4 años, sino a la franja entre 6 y 11 años, y cuestionan la metodología de la investigación, que analizaba la respuesta de los de 4, no la de los de 11. Sin embargo, ningún filtro mágico discrimina qué tipo de dibujos pueden ver los niños en función de su edad: los padres y madres están acostumbrados a considerar zona franca y segura la animación infantil, y las cadenas de televisión la suelen emitir sin valorar demasiado franjas de edad, calidad artística o variedad.

Esa es una de las ideas que más suelen aparecer cuando se analiza la programación infantil. Esa, y la de que existe una sobreproducción de ficción que margina otro tipo de géneros que también podrían ser oportunos para estimular la mente de los pequeños. Quizá este estudio haya dado en el clavo: de puro y deliberadamente alarmista, ha conseguido a nivel planetario que, al menos, nos paremos a pensar que ni todos los niños son iguales, ni todos los contenidos televisivos tienen por qué dirigirse a todos ellos. Ahora sólo falta comprobar si el bueno de Bobby le sienta bien al suyo…


18
ago 11

Marchlands en Antena 3

Entre Princesas Indasec, tópicos playeros -de esto hablaremos otro día-, capítulos repetidos y concursos de fiestas de barrio, el verano televisivo está transcurriendo tan pacífica e insustancialmente. La tele está ahí, a veces le pone a usted ojitos, pero es probable que a usted la más insignificante de las excusas le resulte enórmemente válida para huir del sofá. Salvo alguna honrosa excepción no se está perdiendo nada memorable. Quizá por eso, cuando el huracán Benedicto XVI regrese a sus palacios de invierno y la semana que viene vuelva la calma, agradeceremos el estreno de Marchlands, la nueva miniserie que Antena 3 ofrecerá el miércoles en prime time.

Marchlands es una producción de cinco capítulos del canal británico ITV, también responsable del Downton Abbey que disfrutamos igualmente en Antena 3. La trama relaciona las historias de tres familias que viven en distintos momentos en la misma casa, unidas por el espíritu de una niña muerta allí mismo en extrañas circunstancias. No se preocupe, porque la va a ver bien anunciada.

Antena 3 vaya a hacerla coincidir en horario con Punta Escarlata, en Telecinco, también con bien de sustos y su pelín de “esoterismo”… y líder de su franja horaria hasta la semana pasada. ¿Coincidencia? No lo creo…