Arrasar en tiempos revueltos

No. No me refiero al momento televisivo que vivimos en nuestro entorno más cercano, aunque hay quien podría [Enlace roto.]. Hoy quiero compartir con ustedes mi moderado asombro ante el éxito de una de las series más populares de la programación actual. La semana pasada comenzó la sexta temporada de Amar en tiempos revueltos, y los registros de audiencia siguen atestiguando que este culebrón algo sui géneris está dando en la diana. Voy a hacerme la moderna bautizándolo ATR al estilo de las series de adolescentes, y me quitaré el sombrero ante sus resultados de audiencia: ATR sube la media de TVE1 –comenzó la semana haciendo un 20,6% del share en la sobremesa-, lleva tiempo situándose entre los programas más vistos del día, es regularmente seguida por más dos millones y medio de espectadores y oigan, esos son muchos espectadores pendientes del sí o no, de si la besa o le deja, de si por fin consiguen consumar su amor o de si todo era mentira.

Dicen que uno de los secretos de la televisión consiste en combinar en su justa medida la familiaridad de la rutina con las novedades. Los escenarios de ATR, sus tramas, sus protagonistas, llevan casi 1.200 capítulos construyendo una interpretación a su medida de un momento histórico, el gris Madrid de los años cincuenta, que en principio no parecía del todo atractivo para audiencias heterogéneas. Sin embargo, un poco de sociología de escalera permite comprobar que, como afirman sus responsables, a la serie no le afecta la fragmentación: entretiene tanto a mayores como a jóvenes. Si tenemos en cuenta que con el inicio de cada temporada nuevas historias ocupan el lugar de las que concluyeron en la anterior, ahí tenemos el factor novedad que aporta frescura al producto sin forzarlo. ATR funciona como un reloj. Llevado por la historia, puede que usted no caiga en ello, pero todo en ella está controlado: los tres cuartos de hora justos de duración, el número de escenas y de escenarios, la cantidad de giros de guión por semana o la cifra de personajes cuyas desventuras el televidente tipo está dispuesto a controlar.

La elección de una franja horaria propicia y constante que se ajusta a las rutinas de sus espectadores -¿se dieron cuenta de que incluso durante el tórrido verano su hora de inicio se mantuvo como un clavo a las cuatro, pese a que el Telediario 1 acortase su duración?-, el equilibrio entre acción y repetición, humor y tramas dramáticas, el ejercicio de recreación, pese al ligero tufo… rojillo que en ocasiones emana, son merecedoras del justo reconocimiento a un producto más que digno. Sobre todo cuando introduce con cierta elegancia argumentos que se alejan de la telenovela al uso y sorprenden de esta manera con momentazos televisivos como el que encabeza esta entrada.

La velocidad y el tocino

Se dice que los audímetros rigen el destino de la programación de la televisión. Por razones estadísticas, es posible ni usted ni yo seamos uno de los 868 individuos controlados por los 350 audímetros existentes en Euskadi (PDF), pero seguro que sí tenemos algo que decir al respecto. Los resultados de audiencia determinan si un programa puede considerarse exitoso o no, si responde a las expectativas de las programaciones o si ni siquiera llegarán a emitirse todos los capítulos que se grabaron, todas las ideas que se tuvieron, todo el trabajo de producción que se desarrolló porque, simplemente, los responsables del asunto ya no apuestan por ello.

Sin embargo los audímetros no miden la calidad de los programas.  Si los cementerios están llenos de buenos propósitos, los archivos de las televisiones atesoran cadáveres exquisitos, series cuidadas al máximo que no conquistaron a la audiencia, reportajes inteligentes que no fueron programados con la misma inteligencia y muchas buenas intenciones que se quedan en la cuneta de lo que no interesa porque no obtuvo un buen share. En nuestro caso, porque no fue sintonizado en un número suficiente de esos 350 hogares que supuestamente nos representan a más de dos millones de personas.

En otro momento hablaremos de cómo funcionan los crípticos audímetros, y podremos discutir la legitimidad de esta herramienta. Pero desde ahora les aseguro que los índices de audiencia no son más que una moneda de cambio en la subasta de las tarifas publicitarias.  La menos mala de las maneras, parece, de poner precio a los spots, que es lo que más le importa a la industria. La próxima vez que oigan que han retirado un programa de la programación porque al público no le gustaba, piense que usted, que es posible que como yo, tampoco tenga un audímetro en su salón, es tan público como quien sí lo tiene.  Recuerde además que tener el televisor encendido no garantiza espectadores fieles, atentos y encantados con la oferta que las cadenas han diseñado para ellos. Y que en la televisión hay espacios tan exitosos en términos de audiencia como oportunos en su ubicación: justo a la hora de esa siesta que se medioduerme en el sofá arrullada por un sonido de fondo.