Televisión pública, cuentas públicas

En las últimas semanas se están haciendo públicas, en goteo por aspersión, diferentes informaciones referidas a los sueldos de los periodistas estrella de TVE o las extraordinarias condiciones de contratación de algunos de sus programas más populares. Creo recordar que la veda la abrió la noticia de que Anne Igartiburu y José Mota habían cobrado 30.000 euros cada uno por retransmitir las campanadas de la pasada Nochevieja. A partir de ahí, hemos ido conociendo más y más cifras: los 12.200 euros por minuto que ha costado esta temporada de La hora de José Mota, los 800.000 euros que RTVE ha facturado a Globomedia por cada capítulo de Águila Roja, los 480.000 euros anuales que ha costado renovar a Jordi Hurtado para un año más de Saber y Ganar, o los 500.000 euros anuales para Mariló Montero -tercera, ¡tercera!, opción entre los magazines matinales-.

Ciertamente, ante cifras como estas lo difícil es no escandalizarse. El segundo día del año llegó con el anuncio de un antológico recorte en los presupuestos de RTVE: ya saben que de los 1.200 millones previstos, el ente habrá de conformarse con una asignación gubernamental de 1.000. Sus trabajadores llevan tiempo oyendo que hay que apretarse el cinturón -¿quién no?-. Si los ajustes presupuestarios alcanzan la sanidad, la educación, los servicios sociales o la universidad, estaba cantado que llegarían a la radiotelevisión pública con mayor o menor virulencia. Por otra parte, ahora que el sector de la comunicación parece por fin haberse dado cuenta de que la precariedad no sólo hay que capearla sino también denunciarla, las cifras que manejan las estrellas de la pública resultan doblemente llamativas.

Sin embargo, tengo la impresión de que tras el ruido mediático que se está armando al respecto, tras las llamadas a la contención y el ahorro, también está la intención de adelgazar el servicio público hasta la talla S. Al fin y al cabo, parecen hacernos deducir, una manera relativamente fácil de que RTVE ajustara presupuestos sería prescindir de primeras espadas. Y un caldo de cultivo alimentado con cifras de escándalo parece hacer más justificada esa renuncia. Y nos conduce a un viejo dilema: ¿debería la televisión pública jugar en la misma liga que las privadas? ¿O debería resignarse, poniendo freno al gasto, a prescindir de caras conocidas, presentadores populares o programas de éxito? ¿Han de aplicarse los mismos criterios de rentabilidad para una televisión pública que para una privada? ¿O no? ¿Debería darse por válida una televisión pública -estatal o autonómica, lo mismo me da- sin público, unos informativos low cost, espacios no competitivos, películas de archivo? ¿Ustedes qué piensan?

Sin Miramon ETB no tendrá ficción

Poco a poco va comenzando el curso televisivo con el goteo de estrenos de programas, series y presentadores en prácticamente todas las cadenas. Aunque Telecinco pretenda mantener sus posiciones con “belenazos” oportunamente colocados a principio del mes para apuntar maneras -léase la  última aparición estelar de la princesa de San Blas el pasado viernes, 2-, la ficción de producción propia es el plato fuerte allá por donde aparece.

Un ejemplo: TVE1 no quiere que le arrebaten sus laureles y por eso, por primera vez, hace coincidir en su parrilla la cuarta temporada de Águila Roja, los lunes, con Cuéntame, a partir del jueves 15. Las aventuras del ninja medieval nunca me han interesado demasiado, pero seguro que es porque voy a contracorriente: 4.600.000 espectadores se regocijaron ayer con su vuelta ([Enlace roto.]).

Pero esto no ha hecho más que empezar: vuelve El barco, se promociona Cheers, se anuncia Gran Hotel, se graba 2055, se recupera Crematorio… Cada día vamos conociendo más datos de proyectos presentes y futuros que cuando vean la luz probablemente critiquemos porque la ficción de producción propia no siempre da la talla. Pero mueve la industria y cuando da en el clavo genera fidelidades que las cadenas saben aprovechar. Se ha comprobado en el FesTVal recién celebrado en Gasteiz: la ficción propia es uno de los motores de la televisión. Llama la atención que en ese capítulo EITB no haya sido capaz de presentar ninguna apuesta. Páramo. Desierto.

El Gobierno vasco lleva toda la legislatura insistiendo en que EITB es demasiado costoso, y el PP ha alimentado esa idea durante años, lo cual concuerda con la idea sobre la televisión pública que defienden los populares a nivel estatal. El [Enlace roto.] no hace más que preparar el terreno para deshacerse de 150 de los 1.043 trabajadores del ente y para desmantelar los infrautilizados estudios de Miramon, en Donostia, que se construyeron para aumentar la producción propia y de donde llevan saliendo, desde 1987, desde las galas de José Luis Moreno hasta Esta es mi gente. Y que fueron referencia en el sector audiovisual vasco y acogieron las grabaciones de muchas de las series que hemos visto en ETB a lo largo de su historia. Mejores o peores; dramáticas o cómicas; costumbristas o todo lo contrario; en euskera o en castellano; humildes o presuntuosas; en colaboración con productoras externas o en solitario, son las series las que hicieron y hacen de las televisiones proveedoras de historias, referentes y héroes locales. Sin contar con los platós de los estudios de  Miramon parece difícil que haya ficción. Bueno, habrá quien diga, siempre nos quedarán los informativos…