03
sep 13

Por un trato ético a los dramas en televisión

Parece ser que después de ser archianunciada, el estreno anoche en Antena 3 de La Cúpula, serie de ciencia ficción-o-así producida por Spielberg, fue un [Enlace roto.]. Personalmente, no me llamaba mucho la atención, pero es que además cada vez me cuesta más engancharme a una serie dramática. Y menos aún si se emite en prime time.

Las sitcom, las comedias en general, se construyen a partir de capítulos autoconcluyentes. Pero una serie dramática es diferente. Es necesario una constancia, un cariño. Un orden y concierto. Es posible ver varios capítulos seguidos de Dos hombres y medio correspondientes a temporadas diferentes y comprobar cómo Jake pasa de niño gordito a adolescente gañán en cuestión de 25 minutos. Pero cuando las prácticas de emisión son irrespetuosas con las historias dramáticas llegan los problemas, y más aún si hay flashbacks o cualquier otra alteración en el planteamiento dramático que complique el panorama.

La muy extendida costumbre, sobre todo en horario nocturno, de alternar capítulos de estreno con otros de reposición sigue, por lo que parece, el criterio de ahora-pon-uno-cualquiera-que-total-así-ocupamos-parrilla. Y no son pocas las ocasiones en la que si la audiencia no responde como se esperaba la emisión se retrasa un par de horitas, cambia de día, desaparece y vuelve a aparecer. El espectador medio, ese que, desengáñense, no tiene tiempo ni ganas de andar descargándose capítulos para verlos después todos seguidos y lo que quiere es entretenerse un rato sin complicaciones, se encuentra con ciertas dificultades para seguir las tramas, rellenar huecos, sacar conclusiones y tener la sensación de que por el camino no ha perdido el tiempo.

Así que tiendo a emocionarme lo justo con una nueva serie antes de comprobar que será posible seguirla sin sobresaltos. Por eso el carrusel de novedades que trae septiembre, de momento, no me ilusiona demasiado. Y por eso valoro los esfuerzos que este verano ha estado haciendo Cuatro para proteger Scandal, bautizada como la serie del momento en Estados Unidos -otra más…-, donde esperan para el 3 octubre la tercera temporada y acaban de anunciar la incorporación de Lisa Kudrow al reparto. Y eso implica cierta apuesta a futuro.

Scandal va de una mujer superprofesional, superseria y superefectiva que se dedica a gestionar los conflictos que puedan afectar la imagen de sus clientes. De manejar a la prensa, elegir bien la corbata, descubrir que hay micrófonos ocultos, y almorzar con políticos. Bien, no es la serie definitiva pero se deja ver con mucho gusto. Entre otras cosas porque Cuatro, la cadena que la emite, le ha reservado el miércoles en prime time, respeta el orden cronológico de los capítulos y, al igual que hizo con Homeland, se ha propuesto que la mayoría de sus cortes publicitarios se limiten a tres anuncios. Tres. Los cortes se acompañan de elementos de continuidad y del hashtag #3spots para que el espectador comente en Twitter lo mucho que le gusta a) la serie, y b) que Cuatro no la mutile. Y los anunciantes deben estar contentos porque sus spots consiguen mayor notoriedad y la audiencia no le da al zapeo compulsivo. Todos contentos.

Esta estrategia no llega al mimo compulsivo con el que la cadena ABC trata a una de sus joyitas, Modern Family -atención este post de la semana pasada con las cinco razones por las que Phil Dunphy sería una excelente alternativa a Ben Affleck como el próximo Batman-, pero apuntala la imagen de Cuatro como una cadena que, pese a todo, pese a Mediaset, pese a ‘los manolos’, pese a Callejeros y Ola, Ola, sigue siendo de lo mejor que te puede pasar si eres una serie estadounidense. Compruébenlo mañana.


21
feb 13

Esencias

Ayer nos enteramos de que el último capítulo de la temporada de Downton Abbey ha sido el más visto de la serie en Estados Unidos. El tanto se lo anota la PBS. La que pasa por ser la televisión pública estadounidense, de natural modesto, ha visto cómo las emisiones de este culebrón de época han cuatriplicado la audiencia media de la cadena: ¡8,2 millones de norteamericanos delante del televisor!

Esto coincide con lo que el otro día me comentaba un compañero estadounidense: sus conciudadanos está locos por la serie. Esta locura colectiva retrata la conocida y ancestral querencia gringa por lo british -que, por cierto, también parece circular en sentido contrario; este mismo compañero encontraba bastante gracioso que su hija y las amigas adolescentes de ésta, británicas ellas, le tomaran por un “daddy cool” a causa de su rápido y cantarín acento-. En su momento Downton Abbey se benefició de toneladas de notoriedad cuando se supo que Michelle Obama había pedido a los directivos de la ITV la tercera temporada en DVD para poderla ver antes del estreno y de un tirón. Pero el éxito de la serie va más allá. Hay algo en la ficción de época que conecta, o que lleva a la ilusión de conectar con las esencias, en este caso de los  estadounidenses.

Pese a su increíble factura y el fantástico ejercicio de recreación histórica que regala en cada capítulo, Downton Abbey está pasando relativamente desapercibida en Antena 3. Nos guste o no, El barco, que hoy termina, ha dado muchas más alegrías a la cadena que las vueltas y revueltas de los Crawley. Y sin embargo la serie británica tiene fascinado al público americano, y es probable que  éste encuentre algún lazo intangible que le ate a la historia de cientos de años y cuarto y mitad de mito que rodea los muros forrados de musgo de la abadía.

Qué se apuestan a que cuando Telecinco o Cuatro se decidan a emitir Call the Midwife -otro drama histórico, esta vez exitosamente producido por la BBC y ambientado en el Londres de los años 50 y recién adquirido por Mediaset -la respuesta del público local va a parecernos comparativamente tibia frente al furor estadounidense. Va a ser que sí. Y si no, al tiempo.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.


27
sep 12

¿Vuelven los noventa?

Ha sido un camino largo en el que se han encontrado con algunas piedras, pero ya es oficial: ayer, miércoles, Antena 3 confirmó que a partir del 1 de octubre tomará el control de laSexta. Como resultado, el nuevo grupo dispondrá de ocho canales de televisión: Antena 3, Neox, Nova, Nitro, La Sexta, Xplora, La Sexta3 y GolTV -en régimen de alquiler-.

Esto en inversión publicitaria es mucho. Tanto como que el año pasado supuso el 42% del total de lo invertido en el medio. Mientras, Mediaset se llevó un porcentaje equivalente. De hecho,  entre los dos grupos sumaron el 85,6% del dinero que durante 2011 los anunciantes dedicaron a aparecer en televisión. La otra consecuencia de la fusión la aventura Borja Terán: el regreso de los grandes índices de audiencia a favor de la programación estrella de las “cadenas madre” de cada grupo, Telecinco y Antena 3.

Con unas autonómicas desiguales -ETB ronda el 10%, pero depende del día- y TVE1 también irregular -¿qué va a ocurrir en su franja de tarde ahora que sabemos que la próxima temporada de Amar en tiempos revueltos se emitirá en Antena 3 a partir de enero?- , aquellas que durante años fueron casi las únicas televisiones privadas crecerían a costa de las cadenas que han asimilado con menos de dos años de diferencia. Borja pone como ejemplo el fulgurante y reluciente éxito de La Voz, cuya segunda edición alcanzó anoche un 31,8% de audiencia, 26,5% en Euskadi. Cifras, ambas, incluso la nuestra, que hacía mucho tiempo que no se veían, y que se deben al excelente planteamiento del show que presenta Jesús Vázquez pero también a una estrategia de programación conjunta que no permite que Cuatro haga sombra al programa.

A mí me gustaría no tener tan claro que las fusiones tendrán este efecto. Es evidente que Cuatro se telecinquizó a velocidad vertiginosa, pero no sé si LaSexta va a diluir su personalidad tan rápidamente, ni tampoco si acompasará su parrilla a la de Antena 3 para darle lustro extra a programas concebidos para públicos masivos. Si es cierto que volvemos al duopolio de los noventa, al Barça-Madrid, al Apple-Samsung,… ¡qué aburrimiento!


21
ago 12

Chatarra

Este domingo por la noche, zappineando sin mucho afán, acabé delante de un programa inclasificable protagonizado por dos hermanos dedicados al noble arte de rebuscar entre trastos viejos, arreglarlos, transformarlos o restaurarlos, y venderlos en los mercadillos neoyorkinos. Se llama Dirty Money, y Discovery MAX -canal del que hablaremos un día de estos- lo ha doblado y rebautizado como Dinero fácil. En realidad es otro de esos docu-realities gringos con bien de guionización, ritmo rápido, y careta con guitarreo. La clave, como siempre, está en la personalidad de sus protagonistas, que en este caso son el talento creativo de Jimmy DiResta y el salero del cómico John DiResta. Bien, no crean que todos los tesoritos que fabrican a partir de lo que encuentran en la basura se les ocurren automáticamente y sólo a ellos dentro de su sótano de película. Pero Dirty Money, que produjo el año pasado Discovery Channel, es fresco, rápido y entretenido. No abunda en tópicos ni insulta a ningún colectivo. Igualito igualito que el docu-reality que está pergeñando Cuatro para “muy pronto”. Miedo da.


19
jun 12

Pasta por el desagüe

Estoy harta de la Eurocopa. O mejor dicho, del cultivo intensivo de fútbol y chascarrillos al que nos someten Telecinco y Cuatro día sí y día también. Esa rara habilidad que tiene Mediaset de dar vueltas de tuerca a todo lo que toca contribuye a que la retransmisión de este torneo pase a la historia, probablemente, como la más explotada publicitariamente de la historia. Hay que rentabilizar los derechos de emisión -entre 65 y 70 millones de euros-, así que empachemos al personal a base de fútbol, chascarrillos, orgullosos patrocinadores, héroes dignos de mejor causa, zapatillazos con el logo bien visible, pinturas guerreras y cervezas que unen colegas, familias y generaciones. Y por el mismo precio, venga cuarto y mitad de imposición de símbolos y referencias.

Telecinco exhibe capacidad para tematizar a base de fútbol y explota su material de la mañana a la noche. Cuatro no se queda atrás. ¿Pero soy la única a quien le parece que el despliegue de Televisión Española en la Eurocopa está excediendo lo razonable?

Siguiendo una lógica comercial puedo entender que Manolo, Manu, Sara y sus amigos aparezcan de vez en cuando, entre spot de cerveza y spot de cerveza, para comentar lo verde que está el césped, el ambiente garrulo en la calle a ritmo de Manolo Escobar, lo providencial de la parada de Iker y que Shakira está en las gradas. Ayer fue Gran Hermano, hoy toca balompié. Y admito que incluso como fenómeno transmedia incontrolado también hay quien sabe sacarle chispa.

¿Pero Televisión Española? ¿De verdad es necesario desplazar a un equipo en el que cuento al menos media docena de periodistas -sumen cámaras, técnicos, productores, sonidistas… que también comen, beben, duermen y es de suponer que recibirán su pertinente compensación por tenerse que desplazar a la otra punta de Europa para desarrollar su trabajo- para cubrir un evento que consiste en partidos que emiten otras cadenas? ¿De verdad que el interés informativo -no discutiremos aquí el interés que despierta el fútbol- justifica obvias piezas declarativas sin interés con patrocinador de fondo? ¿La entrega televisada de una camiseta de la selección española a Lech Walesa? ¿Polacas disfrazadas de sevillanas? ¿La pulsera de la suerte? ¿La sonrisa de un niño? ¿Y así durante un mes entero?

¿Qué tal unas lecciones de economía de guerra? Pasta por el desagüe: la nuestra, “la de todos”.