Los primos de Zumosol

El viernes comenzó en Cuatro con éxito de audiencia la tercera temporada de Hermano Mayor. Para los no iniciados, ahí va una somera descripción: Pedro García Aguado, deportista de élite -campeón en Atlanta 96 con el equipo español de waterpolo, nada menos- pone al servicio de la televisión su dura experiencia vital: la caída en las adicciones y los excesos que lo llevaron de la gloria al infierno. Los espectadores de Cuatro pueden verlo los viernes por la noche en un coach en el que mete en vereda adolescentes difíciles que no respetan ni a su familia ni a sí mismos.

Algo menos popular es Kitchen Nightmares, programa de la Fox que Nova ha traducido como Pesadilla en la cocina y emite de manera desordenada. Aquí el primo de Zumosol es el visceral chef escocés Gordon Ramsay, estrella internacional de la hostelería que pone a la disposición de restaurantes estadounidenses a punto de quebrar toda su sabiduría. El éxito de la versión británica del programa y el carisma del cocinero lo han convertido en una estrella de la televisión en Estados Unidos y Gran Bretaña (e incluso sus métodos expeditivos son carne de análisis pretendidamente sesudo, por ejemplo, aquí). El doblaje sólo parcialmente hurta los numerosos improperios que, nada contenido, Ramsay regala a cocineros, dueños y camarero. Grita, se alarma y se lleva las manos a la cabeza cada vez que descubre que la lasaña que el dueño ofrece como fresca en realidad lleva semanas congelada, o cosas todavía peores:

En ambos casos el patrón del reality es tan claro que desde el primer momento ya sabemos lo que ocurrirá. El o la niña difícil será presentado como un salvaje sin sentimientos ni conciencia, el Hermano Mayor le mostrará que está equivocándose y se arrepentirá de su actitud, una actividad fuera de su entorno -el viernes se llevó a la descarriada a un ring de kick boxing- le enseñará el buen camino, habrá lloros y tensión, verán juntos grabaciones de las patadas que daba a la puerta al principio del programa, y el ex deportista devolverá al redil a la oveja descarriada, cual Anibal Smith satisfecho con su labor redentora. Por su parte, el grandísimo chef Gordon llega al restaurante, pide la carta y nada de lo que pide le agrada, descubre la grasa acumulada en la cocina y el mal servicio de sala, insta al equipo a que limpie mejor y reordena su oferta para encontrar el plato estrella del establecimiento, cambia la decoración y saca del arroyo a negocios familiares que le estarán eternamente agradecidos.

No hay, por tanto, sorpresa en las sucesivas entregas de ambos programas que, sin embargo son atractivos por la verosimilitud y el exceso y por la personalidad de sus auténticos protagonistas que en una semana enmiendan lo que toda una LOGSE no pudo hacer o lo que una gestión desastrosa no pudo evitar. Permítanme, no obstante, que dude de que lo supuestamente válido para demostrar las virtudes de Mr.Propper aplicado a la limpieza del horno sea igual de adecuado para reeducar a unos chavales que necesitan la terapia intensiva que ninguna cámara de televisión ni puede ni pretende proporcionarles.

Cómo rellenar un programa (casi) sin esfuerzo

La jornada de ayer (5) fue casi casi tan mágica como la mañana de hoy. A media tarde aquellos niños y niñas que no asistieron a su cita con Melchor, Gaspar y Baltasar en vivo tuvieron oportunidad de ver por televisión varias cabalgatas: la madrileña, en la muy centralista TVE1; y en ETB1, y presentado por el nunca comedido Klaudio Landa y la nunca desatada Izaro Iraeta, el relato desde las calles de las capitales vascas. Recogidas las carrozas, en Bilbao la noche tenía otros protagonistas –por cierto,  el partido entre el Athletic y el F.C. Barcelona también pudo seguirse en streaming desde rtve.es-. Pero al margen de las más que justificadas euforias e ilusiones futbolísticas, en televisión la noche de ayer era de esas de intentar tirar la casa por la ventana, y la mayoría de las cadenas intentó ofrecer películas con tirón para acompañar los últimos momentos de vigilia antes de una noche especial.

En Cuatro no fueron menos, y programaron un “peliculón”: el estreno en televisión de Isi-Disi: Alto voltaje. Esta magna obra de la filmografía de Chema de la Peña cuenta con dos protagonistas sobradamente conocidos, en cuya popularidad reside el único interés de la historia: Santiago Segura y Florentino Fernández, que lleva poco más de medio año al frente de Tonterías las justas en Cuatro. Así que para  el programa de ayer llamaron al sosias de José Luis Torrente. Segura no estrena película hasta el próximo 11 de marzo, está de promoción desde ya, y no hubiera desperdiciado ni por todo el oro del mundo una oportunidad tan en bandeja como esa para llegar a su público potencial.

Tonterías las justas, producido por la misma empresa que el prescindible El Hormiguero, empezó colándose en la franja de sobremesa allá por el mes de mayo como un programa menor que peleaba cuerpo a cuerpo por un público parecido al que aglutinaba Sé lo que hicisteis, uno de los espacios más potentes de LaSexta. Y desde esa premisa, hace tiempo que le comió la tostada: en notoriedad, en audiencia y también en las redes sociales.

La sobremesa -también- es complicada: en ellas reina día tras día Amar en tiempos revueltos, que supera el 20% de share con pasmosa facilidad y reune a la audiencia madura que no cae en las redes de Sálvame. El resto de cadenas hacen lo que pueden, y el público más joven, ese que sale de clase, se reparte entre los de Ángel Martín y los de Flo. Después de seis temporadas de emisiones diarias la apuesta de Globomedia pierde fuelle y espectadores como el agua que escapa de un cesto. Los datos de audiencia del martes (4) pueden ser representativos: SLQH -“acronimiza”, que algo queda- consiguió un 4,1% de share, 560.000 espectadores, frente al 6,8%, 845.000 espectadores, de TLJ. No vale alegar que el programa de LaSexta era una repetición. De hecho, eso subraya que los que se distinguieron por ser el azote de los programas del corazón han tirado la toalla y cada vez tienen menos que hacer contra un programa gamberro capaz de generar un idioma propio que ha conectado con los jóvenes. Y parece que da igual que lo único que ofrezcan sea un -habilísimo- director en promoción, unos cuantos “chistacos”, cinco “videos de primera” y la simpatía de sus presentadores. El de ayer es sólo un ejemplo. Pero también una lección condensada de cómo hacer hora y media de televisión con unos recursos tan cortos como la falda de Anna Simón.

Los pilares de la publi

Anoche terminó la miniserie basada en la archiconocida novela Los pilares de la tierra, que aquí hemos podido ver en Cuatro. Admitamos que traducir al lenguaje televisivo el mamotreto de Ken Follet -1355 páginas según mi edición de (ejem) bolsillo-, con sus personajes anudados en sagas, las luchas intestinas entre ellos, la interpretación desde el siglo XX de una sórdida Edad Media y sus brutales costumbres, la venganza, la traición y las pasiones de todo tipo, resulta ciertamente complejo. El libro es -millones de lectores en todo el mundo lo contemplamos- ligero y maniqueo -lo cual no le resta ni un ápice de interés como pasatiempo y fiel acompañante del usuario del transporte público-, y la adaptación televisiva, firmada por los hermanos Tony y Ridley Scott, lo ha sido más aún. La producción ha metido la tijera para eliminar ciertos pasajes que han considerado prescindibles, ha reducido el número de personajes al andamiaje más esencial y ha resuelto las tramas a una velocidad diríase vertiginosa. Ocho capítulos de 45 minutos.

Los pilares de la tierra no ha sido grandiosa como serie porque fue pensada como novela y ahí está su pecado original. Pero no seré yo quien niegue el interés de las ambientaciones, los vestuarios, y en general de asistir a un entretenimiento básico, fácil de seguir, sin giros imprevisibles, con buenos tan buenos y malos maléficos. Incluso la ausencia de actores de primer nivel, más allá de la casi anecdótica intervención del enorme Donald Sutherland, no impedirá que triunfe en todas las televisiones en las que sea programada. Que no serán pocas, porque la novela fue un fenómeno literario de carácter global, de modo que las tres cuartas partes de la labor de promoción ya las tiene solucionados. Lo que sí exige, siquiera un pataleo, es la política de programación de Cuatro, que ha faltado el respeto a los espectadores de la serie jugando con las expectativas generadas por la miniserie para estirar su éxito a toda costa.

A saber: en lugar de emitir un capítulo semanal, Cuatro ha optado por eso tan habitual en las televisiones españolas de alargar el prime time ad infinitum: dos capítulos el día del estreno -31,1% de share- sin interrupciones publicitarias como señuelo y gesto de buena voluntad. Los capítulos tres y cuatro la segunda semana -24% de share-; la tercera, el cinco y el seis -23%-. Y cuando todo anunciaba que la resolución de la serie se iba a concretar en los dos capítulos finales emitidos un mismo día, y sin atender al hábito generado y la confianza del espectador, emite sólo un capítulo -19,7% el martes pasado-, y alarga una semana más la conclusión final, que terminó por emitirse ayer -20,8%-. Pese al paulatino adelgazamiento de sus cuotas de pantalla, la cadena tiene que estar pletórica con los resultados de audiencia porque con Los pilares de la tierra ha llegado a triplicar su media.

Quien probablemente no esté tan contento ha sido usted, obligado a acompasar su sueño al ritmo marcado por los programadores. Ha asistido a una batería de publicidad y autopromoción aturdidora, hasta el punto de que el capítulo de ayer -que por cierto no arrancó hasta que en Telecinco finalizase la retransmisión del partido de la selección española de fútbol- terminó más o menos a la misma hora que si se hubiesen enlazado dos capítulos. Retraso, resumen del capítulo anterior, corte publicitario, un par de minutos, corte y enseguida volvemos, de paso le anunciamos a usted, carne de best seller, que la semana que viene le ofreceremos Millenium, más autopromociones de House, espérese un minutito, y enseguida volvemos a volver.

Cuatro ha sido la primera cadena europea en emitir Los pilares de la tierra y ha empleado la serie con su pericia habitual para nutrir de contenidos relacionados su página web -y esto lo suelen hacer muy bien-. Hemos de asumir que la obtención de recursos económicos por la vía de la publicidad es la razón de ser de cualquier televisión privada. Pero la gestión de sus programas como si de un perro jugando con su hueso se tratara deja a las claras el poco respeto que, también en esta ocasión, le merecen los espectadores.

Ser, parecer, y sus peligros

Permítanme que les cuente algo de mí: el domingo pasado estuve en la feria agrícola de Lezama. Una modesta cita entre lo festivo y lo gastronómico de las que proliferan en nuestra geografía, una excusa, si me lo siguen permitiendo, para pasar un rato agradable al aire libre, tomar una sidra y atisbar la en ocasiones esplendorosa calidad de los productos de los baserritarras. Oh, sorpresa -o no tanto-, cuando entre los stands reconozco tres caras vistas en televisión: Aitor Aurrekoetxea comandando el que probablemente sea el puesto de talos más popular de Bizkaia, y Natalia Villén y Magdalena, su madre, tras el puesto de la Quesería Erreketa. Ambos fueron concursantes de la primera y segunda edición, respectivamente, del reality de Cuatro Granjero busca esposa. Para los no iniciados, un par de cabos: un programa que pone en contacto a ganaderos, agricultores solteros y enraizados en el medio rural, con mujeres de todo tipo y condición dispuestas a cambiar de vida.

Cuando alguien sale por la televisión su exposición pública se incrementa de manera exponencial. Entra en nuestro hogar, capta nuestra atención, y quizás de modo inconsciente se presta a que lo juzguemos, lo ridiculicemos o lo defendamos delante de los demás. Se convierte en un [Enlace roto.] que usted y yo puede que conozcamos más que a nuestros compañeros de trabajo o nuestros vecinos. De ahí que cuando coincidimos por la calle con actores, presentadores o periodistas televisivos tengamos una extraña sensación de familiaridad. La misma que en ocasiones nos despiertan personas comunes que, en algún momento, hipotecaron su anonimato en un diario de Patricia cualquiera o en un reality show de mayor o menor fortuna.

En ocasiones tiende a pensarse que quienes pasan por las manos de la telerrealidad son víctimas, sacrificadas por el ejercicio de mediación que la televisión impone entre su auténtica verdad y la que llega a los espectadores. Un programa nunca podrá ser fiel a la realidad porque la realidad es aburrida, tediosa y lenta, y lo que necesita una narración es guión, trama y personajes interesantes. Si es de ficción, los personajes se crean; si parten de una realidad concreta, sus manifestaciones se moldean según las necesidades. De ahí que la labor de edición omnipresente tras cualquier producto televisivo nos presente a concursantes malvados, torpes, heroicos o de buen corazón, dependiendo de las necesidades del guión que siguen quienes no pretenden reflejarlos tal y como son, sino  contar una historia que enganche.

Aitor por una parte, y Natalia y su madre por otra son la cara y la cruz de cómo gestionar la imagen televisiva de los protagonistas de la telerrealidad. Aitor supo en todo momento lo que buscaba: incrementar la popularidad de su negocio. A través de sus múltiples apariciones el baserritarra ha entendido que los medios no tienen por qué ser los únicos que se aprovechan de las personas. En Granjero busca esposa, pero también en Objetivo Euskadi, en la radio y en la prensa intentó ofrecer en todo momento una imagen blanca, sencilla, sin familiares cuyas reacciones tergiversar, sin secretos que ocultar. Su manejo de la situación convirtió su paso por el programa en un pequeño publirreportaje gracias al cual su posición empresarial resultó apuntalada. Si usted quiere comer un talo, comprar unos chorizos o conocer los entresijos de la explotación de un joven vasco, ya sabe dónde lo puede encontrar. Por el contrario, Natalia y su madre se enredaron en un drama extraño y morboso con enfrentamientos, amenazas y humo espeso. Puede que los productores no se lo esperasen, pero supieron sacar buen partido de él. Nada bueno para atraer público a una feria en la que, quienes las reconocían, cuchicheaban pero no llegaban a acercarse a comprar porque, simplemente, dan mal rollo. Y lo importante es lo que parece, no lo que es. La televisión puede ser un monstruo que triture la imagen y el prestigio de personas y negocios, convertidos en carne para la picadora de un negocio inhumano, pero su capacidad para amplificar nuestra presencia resulta igualmente extraordinaria.  Si en alguna ocasión se le pasa por la cabeza entrar en su juego, no se lo ponga fácil.

Telencinquizando

Cuando los dineros detrás de Telecinco desembarcaron en Cuatro, algo más que un montón de billetes se ponían sobre la mesa. Después de meses mareando la perdiz, parece que en los próximos días la Comisión Nacional de Competencia va a dar el visto bueno a la fusión de las dos cadenas, pero los nuevos aires hace tiempo que ya empezaron a advertirse en la cadena más progre de ese, su mando a distancia.

Puede que usted recuerde que fue allá por el mes de febrero cuando Gabilondo -azote que lo fue de Berlusconi, il capo de Mediaset, que controla Telecinco- encontró acomodo en CNN+. Recorte de plantillas, fuga de rostros… y de cerebros. Hoy mismo sabemos que Paolo Vasile no quiere a la directora de Contenidos de Cuatro en el nuevo organigrama de la corporación. Tuve la oportunidad de conocer a Elena Sánchez cuando la cadena de verdad se creía eso de que eran diferentes, jóvenes, urbanos y fashion. Ahora ya no les quedará ni siquiera la ilusión de lo que pretendieron ser.

Hoy Cuatro va camino de convertirse en el discípulo igualmente bochornoso de la todopoderosa Telecinco -que por cierto lidera habitualmente los registros de audiencia en Euskadi-, lo cual a nivel empresarial tiene sus ventajas. Los beneficios de la cadena de la Esteban [Enlace roto.] como si no hubiese un mañana. Pueden reprochársele muchas cosas, pero no la falta de eficacia.

Ya en junio se podían intuir sus modos y maneras en la programación de Cuatro. Y me temo que cada vez con más claridad encontraremos ese toque Telecinco insertado, cual trasplante de plasma entre hermanastros, en la mayoría de los espacios de su socia. Para muestra, extraigo dos botones de la parrilla de Cuatro: el domingo se estrenó Tu vista favorita, un remedo de nuestra añorada La mirada mágica que invita a los espectadores, a golpe de mensaje o llamada cobrados a precio de oro, a elegir entre los parajes más hermosos de la geografía ibérica. Un bonito documental grabado desde un helicóptero con taxímetro incorporado, ya que el objetivo no es dirimir si playa o montaña, sino adornar la cuenta de la cadena con esos recursos atípicos que tanto tiempo llevan agenciándose en Telecinco.

El segundo botón me molesta más todavía. El domingo finalizaba la tercera temporada de Granjero busca esposa, un programa relativamente pequeñito, el único reality que he podido seguir sin avergonzarme por ello, un guilty pleasure bien editado, divertido por momentos y con un planteamiento respetuoso. El “Telecinco’s way” implica la explotación al máximo de los recursos, así que ya iban tardando en exprimir al más televisivo de los protagonistas del espacio, a coste cero y dificultad mínima, y organizar rondas de entrevistas, intervenciones, payasadas, retroalimentación y exhibición de feria al mono con el que se han encontrado por el camino.

Con una única factoría de “estrellas” ya teníamos más que suficiente.