Esencias

Ayer nos enteramos de que el último capítulo de la temporada de Downton Abbey ha sido el más visto de la serie en Estados Unidos. El tanto se lo anota la PBS. La que pasa por ser la televisión pública estadounidense, de natural modesto, ha visto cómo las emisiones de este culebrón de época han cuatriplicado la audiencia media de la cadena: ¡8,2 millones de norteamericanos delante del televisor!

Esto coincide con lo que el otro día me comentaba un compañero estadounidense: sus conciudadanos está locos por la serie. Esta locura colectiva retrata la conocida y ancestral querencia gringa por lo british -que, por cierto, también parece circular en sentido contrario; este mismo compañero encontraba bastante gracioso que su hija y las amigas adolescentes de ésta, británicas ellas, le tomaran por un “daddy cool” a causa de su rápido y cantarín acento-. En su momento Downton Abbey se benefició de toneladas de notoriedad cuando se supo que Michelle Obama había pedido a los directivos de la ITV la tercera temporada en DVD para poderla ver antes del estreno y de un tirón. Pero el éxito de la serie va más allá. Hay algo en la ficción de época que conecta, o que lleva a la ilusión de conectar con las esencias, en este caso de los  estadounidenses.

Pese a su increíble factura y el fantástico ejercicio de recreación histórica que regala en cada capítulo, Downton Abbey está pasando relativamente desapercibida en Antena 3. Nos guste o no, El barco, que hoy termina, ha dado muchas más alegrías a la cadena que las vueltas y revueltas de los Crawley. Y sin embargo la serie británica tiene fascinado al público americano, y es probable que  éste encuentre algún lazo intangible que le ate a la historia de cientos de años y cuarto y mitad de mito que rodea los muros forrados de musgo de la abadía.

Qué se apuestan a que cuando Telecinco o Cuatro se decidan a emitir Call the Midwife -otro drama histórico, esta vez exitosamente producido por la BBC y ambientado en el Londres de los años 50 y recién adquirido por Mediaset -la respuesta del público local va a parecernos comparativamente tibia frente al furor estadounidense. Va a ser que sí. Y si no, al tiempo.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven.

Chicas de la tele

Como pueden suponer, comparto con bastante frecuencia transporte público con chicos y chicas universitarios así que, de vez en cuando, los observo de refilón durante el trayecto. No se trata de espionaje industrial: algunos son bastante ruidosos y a veces el libro que voy leyendo no es tan interesante como sus conversaciones. Ustedes también escuchan en ocasiones retazos de diálogos ajenos, así que no me afeen la conducta porque no soy más voyeur de lo normal. Porque hay momentos en los que es imposible no enterarse de lo que dicen, lo que hacen, lo que piensan y cómo se comportan.

Hoy, 8 de marzo, comparto con ustedes 20 minutos de autobús hace un par de días. Hora punta, ocupación plena. De pie, a mi lado, un chico y una chica; en segundo plano, una chica y dos chicos. El primero exhibía plumas sin un ápice de prudencia delante de su compañera, que le escuchaba entre arrobada y avergonzada; los otros dos chicos dedicaron el trayecto a “bromear” con su compañera de clase, a la que de paso manoseaban, empujaban e incluso llegaron a tirar del pelo, entre risas. La chica les seguía el juego pero se le notaba bastante incómoda y creo que sintió alivio al llegar al final del trayecto.

No pretendo con esto ni generalizar ni sugerir apuntes para un tratado sobre el comportamiento juvenil, los estereotipos de género o las relaciones desiguales entre hombres y mujeres. Pero permítanme que arrime el ascua a mi sardina, ahora que llevo oyendo demasiadas veces que la juventud está dando la espalda a la televisión, que le dedica menos tiempo y prefiere echar las horas, muertas y vivas, a las redes sociales y a Internet en general.

Porque no es cierto: porque mes a mes, a lo Serguéi Bubka, se baten récords de consumo televisivo diario; porque en febrero en Euskadi se vieron, de media, 262 minutos de televisión al día -259 en enero, y [Enlace roto.]-, y los sectores de audiencia más jóvenes no se quedan atrás. Porque Internet no sustituye a la televisión, sino que permite ver, en descarga o en streaming, los mismos contenidos a la hora que más convenga -y esos minutos no los computa un audímetro-. Porque El Barco es El Barco y Mario Casas es Ulises en Antena 3 y también en la pantalla del portátil mediante el cual cualquier adolescente hace los deberes o pasa los apuntes a limpio.

Telecinco es la cadena líder entre mujeres y en el target comercial, arrasa en el País Vasco y es la favorita de los televidentes de 13 a 44 años. Y además de lo que se aprende en casa, en la escuela y con el grupo de pares, parte de lo que se ve en televisión cala como lluvia fina en nosotros. Y a veces, el chaparrón resulta de todo menos ejemplar. Sólo hagan el esfuerzo de analizar cómo son tratadas las chicas y las mujeres jóvenes en gran parte de los programas de televisión -y no me refiero únicamente a Mujeres, Hombres y Viceversa, que daría para un capítulo aparte-. Probablemente se den cuenta de que tanto en ficción como en entretenimiento hay ocasiones en que las lecciones de igualdad y respeto se quedan en el muy deficiente, muy lejano o muy teórico. Y sin modelos a seguir a veces es complicado ser una chica y disfrutar por el camino.