Adán y Eva y viceversa

Adán y Eva es, por descontado, uno de los “fenómenos” de la televisión de estos días. Todo el mundo parece estar hablando del programa. Su estreno, el martes pasado, fue el más visto de Cuatro, con casi tres millones de espectadores, y esta semana no se ha desinflado: 13.8% de share y 2.558.000 pares de ojos pendientes no ya tanto de los desnudos como del collar de perlitas cultivadas exhibidas por los participantes.

La premisa del programa es la siguiente: chicos y chicas, a lo Lago Azul, se conocen en una isla y deciden si se gustan, y aparecen ante sus partenaires y ante la cámara completamente desnudos. Porque todo el mundo sabe que la ropa y el peinado condicionan mogollón, y hacen pasar por tarado a una lumbrera y por tronista a un gilipollas.

¿Una vuelta de tuerca a Gran Hermano? Yo más bien sitúa a este tipo de televisión en el saco de “lo hipster” -con perdón-, llevando a mi terreno la definición de “lo hipster” de Víctor Lenore en el libro este del que tanto se habla últimamente. Esa tele que te permite y te acompaña en el camino del escarnio al pelele. En la crítica a su incultura, en el “qué risas” cuando, en virtud de unos criterios de postproducción del programa más que maliciosos, saca el subrayador para disfrute general.

Mujeres y hombres y viceversa se toma muy en serio a sus participantes: lo que dicen, lo que piensan, lo que deciden. Adán y Eva los echa a los leones sin contemplaciones. Como previamente pasaba con Granjero Busca Esposa, Un príncipe para Corina, Quién quiere casarse con mi hijo… todos en Cuatro, todos de la productora Eyeworks. Todos concebidos para que tú te diviertas, te sientas más listo, más sensato, más refinado e irónico. Reconócelo, para que te rías con un pelín de autosuficiencia.

Esta televisión ayuda a perpetuar el elitismo, el consumismo y la desmovilización social. No hay nada menos cohesionador que la práctica del despelleje individual desde el sofá de aquello que no se ajusta a nuestros estándares del buen gusto. No acaba de cuadrarme -¿o sí…?- que la misma cadena que, de puro incendiaria, está haciendo caja hablando de la insoportable corrupción, llevándonos a la cólera por el día, por la noche nos anime a reírnos de esos pobrecitos que, mira qué son tontos, han vendido a precio de saldo salir sin ropa y así-como-sin neuronas que todos les veamos las vergüenzas. Las de espíritu, digo. A las barricadas. Podemos. Pero vístete. Y cállate, por dios.

 

Ni descafeinado ni desgastado

Fíjense en la teoría con la que me he encontrado estos días: la flojera de la actual edición de Gran Hermano podría estar motivada porque parte del público potencial, después de haberse aficionado a Gandía Shore, encuentra descafeinado el programa. Personalmente, pienso que esta suposición está un poco traída por los pelos: el programa de MTV, ríos de tinta aparte, consiguió en su momento de mayor esplendor un máximo de 948.000 espectadores. Gran Hermano 14, dirigido a un target que en parte coincide, pero supera al de Gandía Shore, está lejos de sus momentos de máximo esplendor. Pero aún así, y habiendo marcado su mínimo de audiencia el lunes pasado, sigue jugando en “la liga de los mayores”.

Cierto es que observando la curva de las galas de Gran Hermano de este año la tendencia es clara: hacia abajo. De 19,3% de share en el estreno (3.061.000 espectadores) al 16,5% (2.506.000) de esta semana. Pero dudo de que esto se deba a que “la audiencia de Telecinco eche de menos ahora el sexo explícito, la violencia y el alcohol de MTV”, como sugiere El Confidencial Digital. Probablemente la bajada esté más relacionado con la estrategia de programación de Telecinco, cuestionada incluso por Mercedes Milá: al ser lanzado como killer format contra Antena 3 se ha encontrado con rivales que, por una vez, han estado más que a la altura: la final de Tu cara me suena y el estreno de Splash! Faletazo incluido.

Sinceramente, no aprecio demasiadas diferencias entre unos y otros. El supuesto color blanco y familiar de la oferta de entretenimiento de Antena 3 me parece más bien blanco roto o marfileño. La lucha cainita entre Telecinco y Antena 3 asfixia al resto de cadenas, que en ocasiones poco pueden hacer más que mirar los toros desde la barrera y aguantar el tipo intentando arañar un puñado espectadores algo más sibaritas.

Big Brother sólo ha llegado a catorce ediciones en Estados Unidos -donde preparan la decimoquinta para junio- y es previsible que en mayo lo haga en el Reino Unido, donde estas semanas han estado buscando estrellas a través de un casting (todo el mundo tranquilo, no se me ha pasado por la cabeza). Y aunque de manera periódica se oye la cantinela del desgaste del formato, pienso que en cuanto la competencia se relaje, Telecinco volverá por sus fueros con relativa tranquilidad. Su maquinaria, esa que lo mismo sirve para promocionar el estreno de Llama a la comadrona este domingo como para engrasar el reality de turno, no descansa ni un minuto. Al tiempo.

Todas las entradas que, como esta, pertenecen a la categoría Una vasca en Oxford, están redactadas mientras disfruto de una estancia como investigadora visitante en el European Studies Centre de la Universidad de Oxford y observo, desde fuera, cómo somos y cómo nos ven. 

El torero y la folclórica

Ayer Julia Otero regresó a la televisión. Con un programa de entrevistas pretendidamente novedoso en TVE1. Y cogió e invitó a un torero.  Y no le fue mal: estrenaba programa justo a la misma hora a la que Telecinco daba por finiquitada la decimotercera edición de Gran Hermano, y ya se sabe que eso son palabras mayores. Y aún así obtuvo un 10,1% de share -más de dos millones de espectadores-: la segunda mejor oferta de la jornada.

Julia Otero es un peso pesado de la entrevista. Es lógico que el encargo de dar un “giro al género” recayera sobre unos hombros experimentados. Entrevista a la carta, que así se llama el programa, va de un personaje sentado en un sillón frente a una entrevistadora sentada en otro sillón. Detrás de ellos una gran pantalla en la que aparecen doce personajes que el entrevistado conoce y usted, probablemente también, cada uno de los cuales tiene una preguntar que hacer. El entrevistado va eligiendo, personaje por personaje, escucha y responde. Y la entrevistadora reconduce las cuestiones, incide en ellas y se apoya en su documentación para que los espectadores acabemos por saber algo más del entrevistado. En realidad, la pretendida reformulación del género no es tal, la entrevistadora hace un alarde del arte de repreguntar y todos tan contentos. Si es que el entrevistado en cuestión merece una hora de su atención, claro.

Entrevista a la carta se estrenó invitando a Cayetano Rivera, torero y famoso en la vida. Hay quien pueda considerarlo una gran carta de presentación para el programa, porque el hijo pequeño de Carmina Ordóñez se trabaja su aura de chico tímido e inaccesible para alimentar su imagen pública. Que no saben ustedes lo bien que vende. No habla, no concede entrevistas. Es el Bielsa de los ruedos. Tiene, parece, mucho mundo interior.

Tras una hora de charleta demasiado amistosa -¿cómo si no, entre amigos del entrevistado, entre los cuales se cuenta la ínclita Esperanza Aguirre-?, sabemos, por fin, que Cayetano -ojos verdes, piel morena… pero soso y aburrido a partes iguales- llegó al mundo de los toros de rebote y por probar; que es “universitario” pero sólo estudió hasta el primer curso de Empresariales -eso sí, en Los Ángeles- porque le aburría el tema; que luego estudió cine -pero las películas que le gustan son “de las que no hacen pensar mucho”-; que habla idiomas -Los Ángeles, ya saben…-; que “nadie como un torero respeta a un toro”, ¡qué sabrán los antitaurinos del tema!; y que no le gusta denominar al espectáculo taurino “fiesta” porque eso suena “demasiado… normal”. Un torero intelectual y trascendente, ahí lo tienen.

Vergüenza me da que La1 se dedique a promocionar, una vez más, ese mundo rancio, cruel y clasista, y ampare con su manto a sus protagonistas. Utilizar únicamente el supuesto interés del público en lugar del interés real como criterio para seleccionarlo no es propio de una televisión con pretensiones de calidad. ¿A quién le hubiera gustado a usted ver entrevistado en prime time? ¿A un banquero dando explicaciones, a una artista de vida trepidante y aguda capacidad de comunicación, a alguien del ámbito político con una arrebatadora visión de la realidad? ¿A alguien con claves para entender la sociedad?

No es tarea fácil seleccionar entrevistados a la altura, pero oigan, lo siguiente es invitar a la folclórica. Que se lo digan si no a Antena 3 que, ayer, sacó de paseo [Enlace roto.]. Las malas lenguas dicen que para dar un poco de alegría a las medias de audiencia de Espejo Público e intentar empañar la final de Gran Hermano. Y yo les digo que para seguir dando pábulo a esa constelación de celebrities que, sin duda, reciben más atención de la que merecen.

Chicas monas

La verdad es que le tenía ganas al tema y el Gran Hermano de ayer me sirvió la oportunidad en bandeja: Sara Carbonero fue la encargada de comunicar a los concursantes cuál era la prueba semanal. ¿Que cuál era? Eso es lo de menos. Dudo de que el 20,3% del programa (3.135.000 espectadores) -el mejor share de la edición tras la gala de estreno- se deba tanto a la presencia de la guapa presentadora como al devenir del concurso que, por cierto, en lo que va de semana ya ha ocupado dos prime times en Telecinco. Pero lo cierto es que la guapa presentadora suma otra aparición estelar más a su larga lista de apariciones estelares de todo tipo y formato.

Hace unas semanas discutía con un amigo sobre la presión que las periodistas sufren en televisión: cuenten con los dedos de una mano, y probablemente les falten, a las profesionales al frente de un informativo que sobrepasan los 40 y a las que no se les intuyan cuerpo y cutis de modelo. Desde la guapísima Isabel Jiménez hasta la bella Sara Gandara, pasando por Lara Álvarez, joven rostro al frente del equipo que retransmite el mundial de Motociclismo para Mediaset. La respuesta a Antonio Lobato, para entendernos.

Esa presión de la que históricamente se han quejado las atrices de mediana edad se ha trasladado a las pantallas de televisión. María Escario cae de baja por enfermedad y la sustituyen los ojos verdes, la sonrisa fresca y el rostro angelical de Marta Solano. Mi amigo decía que eso ocurre en todos los órdenes de la vida y del trabajo, y que era de aplicación no sólo a mujeres sino también a hombres. Preferimos a personas atractivas a nuestro alrededor. Pues sí, y no, oigan.

Porque el “atractivo televisivo masculino” se mide en diferentes parámetros: rostro, carisma, entonación, mirada, y eso tan inaprensible del encanto. Pero casi todas las presentadoras de informativos están cortadas por un mismo e inexorable patrón: juventud y belleza de manual.

¿Es esto injusto para las periodistas? ¿O es injusto para las mujeres en su conjunto, que no encuentran en la televisión modelos realmente diversos, que reciben el mensaje de que, salvo excepciones, sólo las jóvenes y particularmente hermosas están autorizadas ante la cámara?

Por supuesto, las guapas tienen más posibilidades que las que no lo son de estar en cualquier escaparate. Hace 50 años, cuando se rodó El hombre tranquilo que anoche emitía La1 -por cierto, 11,9% de share, 2.156.000 espectadores– Maureen O’Hara fue elegida protagonista por su extraordinaria belleza mientras John Wayne hacía de galán sin ser precisamente un adonis.

Pero una periodista no es una actriz. Y para mí no es lo mismo que en el anuncio del champú aparezca Penélope Cruz a que lo haga quien se encarga del relato diario de la actualidad. No son pocas las presentadoras tentadas por la publicidad: Mónica Carrillo, Marta Fernández, Susana Griso, Carme Chaparro…  Siendo cuestionable poner la credibilidad acumulada en el periodismo al servicio de una marca comercial, más reprochable aún me parece que se confunda a la profesional de la información con la it girl. Gana la Carbonero -elevada a categoría-, ganan las empresas -que a veces alientan y alimentan su propio star system-. ¿Quién pierde? Tanto la mujer como el periodismo. ¿Recuerdan el revuelo que levantaron [Enlace roto.]?

El giro choni

Me preguntaba la semana pasada si el modelo de televisión pública debería pasar por la contención presupuestaria, arriesgando el atractivo de su oferta. Y hoy les propongo ahondar en la relación entre programación pública y gustos populares. Y lo hago a partir de un ejemplo muy claro: El conquistador del fin del mundo, que es sin duda uno de los espacios que más alegrías está proporcionando a ETB en los últimos años.

Desde que se estrenara en el 2005, uno de los realities más duros de la televisión mundial ha ido sumando popularidad y ediciones, a la par que viraba a producto casi casi telecinquero. Las últimas temporadas, con su debate, sus famosos, su emisión de castings y su presencia constante y medida en Internet han evolucionado a imagen y semejanza de Gran Hermano, Supervivientes o Acorralados. A decir verdad, y aunque siempre hay diferencias y siga estando bien presente la parafernalia Ternua, el modelo de explotación es muy similar. ¡Y funciona! El estreno de la séptima edición de El conquistador del Fin del Mundo tuvo una [Enlace roto.], y a medida que el programa avanza, el globo no se deshincha. De hecho, se alimenta a base de, entre otras cosas, lenguaje poco edificante, macarras de todo a cien, conflictos descontextualizados y edredoning –o casi…, no olviden la “euskal idiosincrasia”-.

No cabe duda del saber hacer de Hostoil, filial de Globomedia para operar en el mercado vasco y responsable del “universo conquistador”. Conocen bien su mercado, su producto y lo que se espera de ellos, y se aplican con esmero para atrapar la atención del público. ¿Pero de verdad que no han sentido en ocasiones ni un pelín de vergüenza ajena?

Por cierto, Hostoil también es la responsable de Voy a mil, el nuevo concurso diario presentado por Patricia Gaztañaga en ETB2 para la franja de acceso al Teleberri. Nada nuevo bajo el sol, un programa sin más pretensiones que las de divertir al personal con preguntas, respuestas, concursantes un poco gamberros y toda la ligereza del mundo. Una vuelta de tuerca al mítico Rompecabezotas y al más cercano en el tiempo Date el bote. El regreso de Gaztañaga: a ETB después de diez años, y a un concurso después de alcanzar el Olimpo de los presentadores con un talk show de bandera. Bienvenido sea, bien aceptado -de momento, ha mejorado los registros de audiencia de la franja-. Pero cuidado con dar cancha al garrulismo a cambio del éxito.