Jorge Javier Vázquez en prácticas

Ayer por la tarde estuve viendo el primer tramo de Sálvame. En lugar del habitual patio de vecinos respondones me encontré con un ama de casa desesperada -de las de verdad, no de las de Wisteria Lane- contándole a JJ que su hija, una niña maravillosa y muy querida por todo el pueblo, tiene parálisis cerebral y necesita de una operación para recuperar la movilidad y caminar. Alerta. Primer plano, lloroso, de una madre sin duda, dispuesta a cualquier cosa para conseguir la felicidad de su pequeña.

Hace unas semanas se anunció que Jorge Javier Vázquez preparaba un programa “de sentimientos” para el prime time. No había sabido más del tema, pero en ese momento lo recordé. Impreso en pantalla, el llamamiento solidario a usted, querida amiga, querido amigo, que probablemente esté tan conmovido como el equipo de Sálvame. Providencial llamada telefónica: un instituto médico, ojo avizor, ofrece a Teresa la atención médica precisa para ayudar a la niña -en la página web de la cadena encontrarán no sólo el fragmento, sino también y por escrito el nombre de la clínica-. Aplausos. Se va una madre y llega otra: la de Laura, que presenta en el plató a la pequeña, con síndrome de Down, camiseta rosa y un muñeco en la mano. Laura tiene glaucoma congénito. Mano afectuosa de Jorge Javier, el amigo que cualquiera querría tener, sobre la mano de la madre de Laura, que se emociona al hablar de lo mucho que el hermanito de la nena la protege. Entre bambalinas, Belén Esteban abraza a la abuela, que tanto ha sufrido. Sufridoras en casa se identifican con el dolor… Y ¡bingo!… también hay en esta ocasión una llamada telefónica de un oftalmólogo, buen samaritano dispuesto a estudiar el caso. Aplausos. Cambio de tercio.

Sálvame llama a esta sección -no sé si nueva en el programa- Sálvame social. Yo lo llamo prácticas en directo. Necesitan rodarse en un terreno diferente: el del interés fariseo por la desgracia del desesperado que recurre a la televisión como quizá antes o después irá a Lourdes. Su esperanza: resolver problemas tan crudos como recreables ante las cámaras, en primera persona y sin anestesia. Y Jorge Javier Vázquez tiene que pasar de domador de jaguares a paño de lágrimas, abrazo aquí, pañuelo en mano allá.

El germen del nuevo programa, producido por Magnolia -Acorralados, Mujeres y hombres y viceversa, Supervivientes…-, sigue adelante y su estreno se espera para este mes. “Entretenimiento blanco y familiar”, lo llaman, ahora que Antena 3 parece estar consiguiéndolo –El Nº1 tuvo anoche más audiencia de Gran Hermano-, y hasta se dice que Vasile está tentando a José Mota. Personas de la calle contando sus tribulaciones, ajustando cuentas, reencontrándose con familiares, llorando de emoción, arrepentimiento o dolor, pero “sincero”. El diario de Patricia en prime time y con plató king size. Probablemente se llamará Hay una cosa que te quiero decir. Ya suenan en mi cabeza coros pastelones versionando la canción de Tequila. No es nuevo: lo vimos hace años, con otras presentadoras. Y todo vuelve. Quizá la época sea propicia para poner el foco en dramas de clase media-baja. Para sustituir a freaks por desesperados. Para cambiar de tercio. Pero cuando ya conocemos los mimbres, nos va a costar el doble intuir un mínimo de humanidad tras la pausa publicitaria.

Televisión pública, cuentas públicas

En las últimas semanas se están haciendo públicas, en goteo por aspersión, diferentes informaciones referidas a los sueldos de los periodistas estrella de TVE o las extraordinarias condiciones de contratación de algunos de sus programas más populares. Creo recordar que la veda la abrió la noticia de que Anne Igartiburu y José Mota habían cobrado 30.000 euros cada uno por retransmitir las campanadas de la pasada Nochevieja. A partir de ahí, hemos ido conociendo más y más cifras: los 12.200 euros por minuto que ha costado esta temporada de La hora de José Mota, los 800.000 euros que RTVE ha facturado a Globomedia por cada capítulo de Águila Roja, los 480.000 euros anuales que ha costado renovar a Jordi Hurtado para un año más de Saber y Ganar, o los 500.000 euros anuales para Mariló Montero -tercera, ¡tercera!, opción entre los magazines matinales-.

Ciertamente, ante cifras como estas lo difícil es no escandalizarse. El segundo día del año llegó con el anuncio de un antológico recorte en los presupuestos de RTVE: ya saben que de los 1.200 millones previstos, el ente habrá de conformarse con una asignación gubernamental de 1.000. Sus trabajadores llevan tiempo oyendo que hay que apretarse el cinturón -¿quién no?-. Si los ajustes presupuestarios alcanzan la sanidad, la educación, los servicios sociales o la universidad, estaba cantado que llegarían a la radiotelevisión pública con mayor o menor virulencia. Por otra parte, ahora que el sector de la comunicación parece por fin haberse dado cuenta de que la precariedad no sólo hay que capearla sino también denunciarla, las cifras que manejan las estrellas de la pública resultan doblemente llamativas.

Sin embargo, tengo la impresión de que tras el ruido mediático que se está armando al respecto, tras las llamadas a la contención y el ahorro, también está la intención de adelgazar el servicio público hasta la talla S. Al fin y al cabo, parecen hacernos deducir, una manera relativamente fácil de que RTVE ajustara presupuestos sería prescindir de primeras espadas. Y un caldo de cultivo alimentado con cifras de escándalo parece hacer más justificada esa renuncia. Y nos conduce a un viejo dilema: ¿debería la televisión pública jugar en la misma liga que las privadas? ¿O debería resignarse, poniendo freno al gasto, a prescindir de caras conocidas, presentadores populares o programas de éxito? ¿Han de aplicarse los mismos criterios de rentabilidad para una televisión pública que para una privada? ¿O no? ¿Debería darse por válida una televisión pública -estatal o autonómica, lo mismo me da- sin público, unos informativos low cost, espacios no competitivos, películas de archivo? ¿Ustedes qué piensan?