La cocina de ETB

Mal vamos cuando un programa de televisión considera que sus rivales no son el resto de cadenas sino el resto de espacios con los que comparte parrilla. Y eso es lo que parece que le ha pasado estos días a David de Jorge con Robin Food, atracón a mano armada. Le debe haber confundido la noche, porque se habla de una campaña orquestada por él mismo para hacerle regresar al horario que ocupaba hasta la llegada del concurso Voy a mil, presentado por Patricia Gaztañaga, justo antes de la edición del Teleberri de las 3.

Voy a mil nació como una apuesta potente. Desde días antes de su estreno, su promoción en televisión y en internet fue mimada: significaba una bocanada de aire fresco, una cara limpia, centrada en el entretenimiento sin complejos, sin pretensiones e inspirada en una idea que hace años dio muchas alegrías a la cadena: la del concurso más bien gamberrete en tira diaria. Una apuesta de un Pello Sarasola recién aterrizado en ETB para darle un revolcón a la programación. El objetivo era atraer a espectadores hasta el Teleberri. Lo mismo que hace Antena 3 con Los Simpson, vamos.

Habría que preguntarse a quién, en la dirección de la misma cadena que lo había encargado, le molestó la llegada del nuevo espacio. Hasta el punto de filtrar desde el anonimato lo que ganaba la presentadora, subrayando su “fracaso” -sobre el 6%- de audiencia tan pronto como fue posible y pretendiendo hacer escarnio del mismo publicitando sus costes de producción. Lo cual, sin elementos para establecer comparaciones ni información de contexto -e incluso con ello- no parece muy honesto. Además, la filtración señalaba como víctima de la llegada del concurso al pobre David de Jorge, Robin Food -8% de share habitual-, cuya hora de emisión había sido adelantada como consecuencia de la reorganización de la parrilla.

Desde hoy, Robin Food vuelve a emitirse antes del Teleberri, Voy a mil se adelanta a la una y media y probablemente acabe por [Enlace roto.]. Y David de Jorge celebra como un triunfo la caída de su compañera, después de que la prensa afín, de manera nada accidental, lleve una semana jaleando una “masiva” campaña en Twitter que clamaba por el regreso del cocinero a “a su horario habitual”. Perdona… ¿su horario? Pensaba que son los programas quienes se ponen a disposición de la programación, y no al contrario. Y no olviden que el concepto “masivo” en Twitter poco o nada tiene que ver con el aforo de San Mamés.

Me parece lógico que las cadenas reajusten su oferta en función de los resultados que pretenden obtener. Si el objetivo es atraer a la audiencia y no se consigue, no parece reprochable introducir cambios. De hecho, quizá es lo que la dirección de ETB debería haber hecho a su debido tiempo con Antxon Urrosolo, con aquel infumable programa pseudodeportivo que presentaba Oscar Terol, con Euskadi Directo… con espacios con los que parece que [Enlace roto.].

Nunca me ha gustado David de Jorge. Y no voy a detenerme en su forma física, que en el caso de un cocinero no debería ser, por cierto, cuestión baladí cuando la obesidad es una de las principales preocupaciones de la medicina occidental. No voy a cuestionar su sabiduría culinaria, pero tampoco pasaré por alto el trato de favor que ha recibido desde que aterrizó en la cadena gracias a la cual ha obtenido notoriedad: desde las menciones sin rubor a su blog, soporte publicitario que explota en beneficio propio y aloja en una plataforma que no es la de EITB, hasta su aparición en TVE -ya saben, ustedes les pagan el sueldo y él pasaba por ahí-. No me gusta porque vende como rompedor y novedoso su tono de andar por casa. La cercanía y la naturalidad no es hablar de tú y decir “gilipollez” ante la cámara sin ruborizarse. No me gusta porque representa, al fin, un peón del grupo Vocento dentro de una televisión que, no lo olviden, es pública y está financiada por usted. Y porque se ha dejado querer y se ha beneficiado de un asunto que huele a lucha interna, puñalada y pelea de despacho. Peor que una cocina sin ventilación.

De buena ley: escuela de tópicos

Permítanme un poco de frivolidad, no se me escapen, y no sonrían todavía si les aseguro que De buena ley es un programa con generosa potencialidad didáctica. Hoy (11), sin ir más lejos, si es que todavía quedara alguien en el mundo que no supiera en qué consiste el síndrome de Diógenes, hubiera podido aprender un par de cosas al respecto gracias a este espacio que Telecinco ofrece de lunes a viernes a mediodía.

De buena ley lleva emitiéndose desde mayo de 2009, heredero de otros courtshows como el mítico Veredicto que a mediados de los noventa, antes de ser así de estilosa, presentaba Ana Rosa Quintana. El género es un clásico de la telerrealidad: un par de litigantes representan las partes enfrentadas de un conflicto de la vida cotidiana, pros y contras de peleas de patio de vecinos mejor o peor avenidos.  Desde la modestia, el programa ha conseguido mantenerse con éxito en una franja horaria estratégica: ejerce un efecto tractor que favorece a los informativos que precede. Su mecánica -que aparece aquí explicada- es bien simple: presentadora –Sandra Barneda, de cuyo estilismo me confieso absolutamente devota-, juez o jueza, dos personas representando posiciones enfrentadas que exponen sus argumentos, y una jauría de opinadores de la calle que, desde sus asientos, pontifican, juzgan, exponen y dan sus motivos a favor o en contra de quienes protagonizan el conflicto. Media horita de presentación, nudo y desenlace que, así como a lo tonto, y parece que sin proponérselo, concita la atención de casi dos millones de personas.

Si eso es lo que se preguntan, y aunque Telecinco lo diga sólo con la boca pequeña, por supuesto que los supuestos litigantes representan un papel: empleado injustamente despedido, jefe que descubrió a su empleado utilizando el teléfono de la empresa para uso personal, vecina del cuarto que hizo obras sin avisar a la comunidad, problemas con testamentos, complicaciones con la custodia de los hijos… Todos ellos son actores. Lo cual no resta ni un ápice de interés a sus historias y además facilita la exposición dramática de las posiciones encontradas. De buena ley no es un programa de testimonios ni lo quiere ser, porque el show no viene de la narración de los casos sino del posterior ¿debate? Y es en ese segundo cuarto de hora de programa de grito tabernario donde está su pecado original: buscando representar posiciones enfrentadas y maximalistas con las cuales ganarse la aquiescencia de la audiencia, los “polemistas” exhiben, a voz en grito, una fantástica sucesión de tópicos que resumen, en diez segundos de intervención, cuestiones que bien merecerían reflexiones más intensas.

Hoy nos hemos enterado, merced a la psicóloga a la que ha invitado el programa, de que el diagnóstico clínico del síndrome de Diógenes es imprescindible si es que se pretenden tomar decisiones en nombre del afectado, y que a veces el problema que la enfermedad comporta para sus familiares se acrecienta porque es difícil tutorizar a estas personas. Pero todo ello ha quedado diluido en la selva del más gritón, donde también nos han enseñado que el deber de todo hijo es hacerse cargo de su madre, que es el bien más preciado que tenemos, que es inadmisible que una hija no vea a su madre más que una vez cada quince días, que las vecinas deberían mantenerse al margen de los problemas familiares, que el tiempo pone a cada cual en su lugar, que eres una desagradecida y tú una cotilla, y que la vida vecinal de antaño sí que era sana y reconfortante, y que ¡y punto! Tópicos, uno detrás de otro, mientras el espectador asiente y escucha.  Algunos de ellos, sin duda, pasarán a formar parte de su bagaje personal de ideología de bazar chino.

Aunque bien pensado, no crean ustedes que a esa hora la alternativa es mucho más inocente. Un sólo movimiento en su mando a distancia, Corazón de invierno en TVE1, y una voz en off, entre engolada y pesarosa, que nos adoctrina: Shakira rompe con su novio. “La colombiana sigue triunfando en los escenarios pero… no se puede tener todo en la vida”. Porque tú lo digas. También pueden recalar en Robin Food, atracón a mano armada, en ETB2, y eso ya es harina de otro costal: hablaremos de programas de cocina cualquier día de estos.