La Etxebarria

Qué calor, ¿verdad? No sé a ustedes, pero a mí este verano me está pareciendo particularmente bochornoso y pesado. A falta de brisita, necesito aire acondicionado, abanico o ventilador para calmar el sofoco. Y para calmar el tedio Telecinco ha andado rápida: en un tris se sacó de la chistera un formato que de nuevo tiene sólo el nombre, Campamento de verano, y de diferente tiene sólo a una concursante, Lucía Etxebarria.

La escritora nada tiene que ver con la cohorte de jeikos, gabys y fofós, realitieros reciclados tan intercambiables entre sí que conducen a la pereza. Pero está jugando al mismo juego que todos: dar titulares para seguir bajo el foco. Y qué titulares: “Lucía se levanta enfadada y se encierra en el baño”. Si las webs de los realities son termómetros de la trascendencia que el juego otorga a cada protagonista, Telecinco está apostando fuerte por ella: tiene un botón propio en la cabecera de la página de Sálvame y su nombre es referido tantas veces como el del resto de concursantes juntos.

Cuando en unos días huyamos del espanto televisado y los entresijo de vagones humeantes, aunque las imágenes del descarrilamiento en Santiago formen ya parte de la memoria colectiva del horror, almacenadas junto al recuerdo de un cercanías en El Pozo del Tío Raimundo o las laderas del monte Oiz, los “exploradores” de Telecinco ahí seguirán, de guardia. También estarán al pie del cañón el 1 de agosto, mientras las televisiones cubran la comparecencia de Rajoy en el Congreso. Porque el calor aprieta, el aburrimiento ni les cuento, y ver la tele es barato, doméstico y relajadito. Y La Etxebarria es la estrella de la edición, chicle, que durará tanto como tenga que durar, y será programada el día y la hora, los días y las horas a los que a la cadena le parezca oportuno hasta pillarle a usted, reacio en un principio, en un renuncio. Como todos, usted tampoco está realmente interesado en lo que pasa en Campamento de Verano, pero se cansará de hacer zapping.

Las investigaciones sobre los espectadores de telerrealidad que, como digo, somos todos, suelen coincidir en que la mayoría de la audiencia es capaz de desmontar la guionización elemental en la que se basa su relato. La audiencia sabe que los concursantes exageran, actúan, buscan el conflicto y se comportan como niños exigiendo atención. La magia opera en nuestra cabeza: ¿serán así en realidad?, ¿qué se están inventando?, ¿por qué se prestan a este juego?, ¿es sólo dinero o también buscan notoriedad?

Premio Planeta, columnista, tertuliana y personaje literario en la vida, Lucía Etxebarria puede caer mejor o peor, pero tras su paso por el programa será mucho más conocida. No estoy segura de que esa popularidad se traduzca directamente en libros vendidos. Pero ya supondrán ustedes que un personaje literario no vive únicamente de los libros que le compran, sino de factores mucho más fatuos: los eventos a los que le invitan, la publicidad que consigue para sus proyectos editoriales…  No es la primera “rara avis” que participa de la hoguera de vanidades que previamente tantas veces condenó: Germaine Greer pasó cinco días en el Celebrity Big Brother del Reino Unido. Spanish Television is different: si Lucía quiere, no vamos a quitárnosla de encima ni con agua caliente.

Chulos, chonis y chabacanos

La primera vez que oí hablar de Jersey Shore fue en [Enlace roto.]. Con su habitual lucidez, Jon explicaba los sentimientos encontrados que le provocaba el que es, sin duda, el reality más exitoso de la MTV a nivel mundial. En el caso de que usted sea menor de 35 y escape, por tanto, del supuesto target del programa, le diré que el programa consiste en grabar, editar y ofrecer en paquetitos retazos de la convivencia de un grupo de chicos y chicas que no desentonarían en Mujeres, hombres y viceversa. Peleas, juramentos de amistad eterna, cuernos, aceite bronceador y bien de tacones y estampado de leopardo.

Jersey Shore supuso, desde su estreno en 2009, un éxito de audiencia para la MTV. ¡Quién iba a decirle a la cadena (Music Television), otrora encargada de proponer e impulsar las tendencias estéticas y musicales para todo el mundo occidental que las caretas de su non stop de realities iba a ser casi la única música que iba a oírse en su emisión!

La popularidad de Jersey Shore ha dado como fruto seis ediciones, seis -y varios spin offs protagonizados por su más extremos personajes-, de un programa que todo adolescente de bien conoce y reconoce. Es probable que esos mismos chavales que ríen las gracias de los participantes del programa a su vez los desprecien y los consideren chulos, chonis y chabacanos. Pero le reto a que encuentre a algún bachiller que no sepa de qué va el tema. Es difícil, se lo aseguro.

MTV España no sólo ha emitido las cinco primeras temporadas de la original Jersey Shore-la sexta , anunciada como la última antes de agotar el filón, está anunciada para el 4 de octubre en la MTV estadounidense-. La productora Magnolia -con credenciales como estas- convocó en verano un casting de jóvenes “explosivos, guapos y con cuerpazo”, con “ganas de fiesta”, “espontáneos, ligones y divertidos”, y pese a alguna que otra polémica, parece que en breve tendremos noticias de Gandía Shore, que está en fase de grabación. Y esta noche se estrena la segunda edición de Geordie Shore, la franquicia de la original protagonizada por auténtica morralla inglesa de vacaciones por Mallorca.

El éxito de público entre la chavalería de todos los productos de este programa hecho género es indiscutible. Trío de Gs, trío de shores, trío de antiejemplos que se convierten en conversación de patio de instituto a la de ya. Es curioso comprobar cómo periódicamente surgen programas de televisión que contribuyen a la reafirmación grupal entre los miembros de algunos sectores sociales, y eso es lo que ocurre en este caso con los adolescentes. Si no tienes algo que decir sobre Snooki, no eres nadie en el colegio -y tampoco en la ikastola-.

Confío extremadamente en el criterio de la mayoría de las personas, y más incluso en el de los más jóvenes. Pero sospecho que, a falta de héroes adolescentes un poco más edificantes, tanto cuerpo musculado y tanto gallinero ramplón han de dejar alguna huella. O quizá, simplemente, es que me he hecho mayor.

 

“En televisión veo informativos, ficción, telerrealidad…”

Esta vez sí que hablaré de mi libro. Dediqué una cantidad de tiempo considerable a mi tesis doctoral. Tanta que creo que la Estefanía que en 2002 comenzó a darle vueltas a eso, en principio era tan difuso, de la recepción televisiva, la telerrealidad y la autonomía de las audiencias poco, o nada tiene que ver con la que el 27 de octubre pasado defendió delante de un tribunal muy serio “Talk show y audiencia: los procesos de recepción de un género de telerrealidad.” Por el camino me han pasado incontables aventuras y alguna desventura, y he aprendido lo indecible sobre multitud de cuestiones de lo más heterogéneas. Las que tienen que ver con el comportamiento de los espectadores delante de la televisión, con su interpretación de los mensajes que se nos cuelan en casa sin que apenas nos demos cuenta, y con las complejas actitudes que despliegan ante un tipo de televisión controvertida están recogidas, analizadas y explicadas en la tesis, y cualquier día las comentamos. Hoy, de momento, os dejo el enlace a la entrevista que me ha hecho Rosana Lakunza para On, el suplemento de ocio y televisión de Deia, que ha salido publicada este fin de semana, y en la que aparecen unas cuantas ideas relacionadas con mi trabajo. A Rosana se le notan los galones a la legua, y creo que captó el mensaje a la perfección: la telerrealidad, quizás en mayor medida que ningún otro género televisivo, constituye una vía para el conocimiento del mundo de todo tipo de espectadores, y conecta con ellos porque habla de la vida, de los sentimientos, del amor… Otra cosa es que la audiencia esté dispuesta a reconocer que se identifica con quienes, merced a la intervención de los mecanismos de guionización de la televisión, en ocasiones aparecen como auténticos marcianos…

Hoy también vengo a hablar de mi libro

La revista Berton (Mahatserriko Aldizkaria) se distribuye en Santutxu, Txurdinaga, Begoña y Zurbaran, y hace una ingente labor en pro de la difusión, en euskera, de la actualidad de proximidad. Cada mes entrevistan a una celebridad local, aunque en noviembre parece que prefirieron charlar conmigo, justo una semana antes de que defendiera mi tesis doctoral en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la UPV/EHU. Hablé con su directora, Lur Mallea, de la telerrealidad, del análisis de las audiencias y de la importancia de la televisión a la hora de crear y reforzar estereotipos. Puedes encontrar la versión digital de la entrevista aquí (link).

Ser, parecer, y sus peligros

Permítanme que les cuente algo de mí: el domingo pasado estuve en la feria agrícola de Lezama. Una modesta cita entre lo festivo y lo gastronómico de las que proliferan en nuestra geografía, una excusa, si me lo siguen permitiendo, para pasar un rato agradable al aire libre, tomar una sidra y atisbar la en ocasiones esplendorosa calidad de los productos de los baserritarras. Oh, sorpresa -o no tanto-, cuando entre los stands reconozco tres caras vistas en televisión: Aitor Aurrekoetxea comandando el que probablemente sea el puesto de talos más popular de Bizkaia, y Natalia Villén y Magdalena, su madre, tras el puesto de la Quesería Erreketa. Ambos fueron concursantes de la primera y segunda edición, respectivamente, del reality de Cuatro Granjero busca esposa. Para los no iniciados, un par de cabos: un programa que pone en contacto a ganaderos, agricultores solteros y enraizados en el medio rural, con mujeres de todo tipo y condición dispuestas a cambiar de vida.

Cuando alguien sale por la televisión su exposición pública se incrementa de manera exponencial. Entra en nuestro hogar, capta nuestra atención, y quizás de modo inconsciente se presta a que lo juzguemos, lo ridiculicemos o lo defendamos delante de los demás. Se convierte en un [Enlace roto.] que usted y yo puede que conozcamos más que a nuestros compañeros de trabajo o nuestros vecinos. De ahí que cuando coincidimos por la calle con actores, presentadores o periodistas televisivos tengamos una extraña sensación de familiaridad. La misma que en ocasiones nos despiertan personas comunes que, en algún momento, hipotecaron su anonimato en un diario de Patricia cualquiera o en un reality show de mayor o menor fortuna.

En ocasiones tiende a pensarse que quienes pasan por las manos de la telerrealidad son víctimas, sacrificadas por el ejercicio de mediación que la televisión impone entre su auténtica verdad y la que llega a los espectadores. Un programa nunca podrá ser fiel a la realidad porque la realidad es aburrida, tediosa y lenta, y lo que necesita una narración es guión, trama y personajes interesantes. Si es de ficción, los personajes se crean; si parten de una realidad concreta, sus manifestaciones se moldean según las necesidades. De ahí que la labor de edición omnipresente tras cualquier producto televisivo nos presente a concursantes malvados, torpes, heroicos o de buen corazón, dependiendo de las necesidades del guión que siguen quienes no pretenden reflejarlos tal y como son, sino  contar una historia que enganche.

Aitor por una parte, y Natalia y su madre por otra son la cara y la cruz de cómo gestionar la imagen televisiva de los protagonistas de la telerrealidad. Aitor supo en todo momento lo que buscaba: incrementar la popularidad de su negocio. A través de sus múltiples apariciones el baserritarra ha entendido que los medios no tienen por qué ser los únicos que se aprovechan de las personas. En Granjero busca esposa, pero también en Objetivo Euskadi, en la radio y en la prensa intentó ofrecer en todo momento una imagen blanca, sencilla, sin familiares cuyas reacciones tergiversar, sin secretos que ocultar. Su manejo de la situación convirtió su paso por el programa en un pequeño publirreportaje gracias al cual su posición empresarial resultó apuntalada. Si usted quiere comer un talo, comprar unos chorizos o conocer los entresijos de la explotación de un joven vasco, ya sabe dónde lo puede encontrar. Por el contrario, Natalia y su madre se enredaron en un drama extraño y morboso con enfrentamientos, amenazas y humo espeso. Puede que los productores no se lo esperasen, pero supieron sacar buen partido de él. Nada bueno para atraer público a una feria en la que, quienes las reconocían, cuchicheaban pero no llegaban a acercarse a comprar porque, simplemente, dan mal rollo. Y lo importante es lo que parece, no lo que es. La televisión puede ser un monstruo que triture la imagen y el prestigio de personas y negocios, convertidos en carne para la picadora de un negocio inhumano, pero su capacidad para amplificar nuestra presencia resulta igualmente extraordinaria.  Si en alguna ocasión se le pasa por la cabeza entrar en su juego, no se lo ponga fácil.