Toros y sonrisas

Todo el mundo tiene hoy algo que decir sobre la vuelta de la retransmisión de toros a TVE. En horario infantil, después de seis años, y rodeada de autopromoción en el Telediario de la casa, la tarde de ayer fue algo más que un guiño a la afición. Si por mí fuera, ojalá la crisis económica se llevara definitivamente los reductos de una tradición cada vez más impopular -sus precios, por cierto, nunca lo fueron, como tampoco la parafernalia que la rodea-.

En la presentación de las novedades para esta temporada, el director general de TVE  vendía el lunes los toros como una oportunidad para incrementar las audiencias vespertinas de TVE1. Habrá taurinos que se froten las manos porque el 12,7% de audiencia de la retransmisión de ayer (1.157.000 espectadores, 52.000 de ellos en Euskadi) supera las medias de la cadena para esa franja horaria. Pero ustedes y yo sabemos que el morbo y la relativa novedad contribuyeron a ese resultado. Y que, en cualquier caso, Sálvame tuvo un 18 % de audiencia. Y las repeticiones non stop de La que se avecina en Factoría de Ficción fueron seguidas por 600.000 espectadores. Así que quizá habría que relativizar el supuesto “éxito” de la estrategia dirección de TVE.

A no ser que tengamos en cuenta que la emisión ha salido, prácticamente, a coste cero. Como cuenta Borja Terán, el ente acordó a través de Mesa del Toro, ejemplo de libro de lobby, que los matadores que ayer toreaban en Valladolid cedieran a su caché por derechos de imagen. De modo que, salvo los costes técnicos y humanos, la emisión de ayer salió baratita.

Y de paso, oigan, vamos dejando claro que, como dirían en Telecinco, “nada es igual”. A ver si ha habido un cambio de gobierno en La Moncloa y nadie va a darse cuenta… salvo los espectadores del Telediario, que empiezan, sospecho, a estar un poco cansados de lo que oculta la nueva eterna sonrisa de sus recién elegidas presentadoras. Porque sí, amigos, anoche, a las nueve de la noche, Piqueras superó a Jaumandreu por tercer día consecutivo.

Valor y coraje

A principio de los noventa en TVE se emitía un reality show con este nombre. Era otro formato más destinado a mostrar y poner en valor la lucha contra el crimen y la actividad de las fuerzas de seguridad importado de los Estados Unidos. Lo presentaba Constantino Romero y lo dirigía Sergi Schaaf -que por cierto, debió cogerle el gusto a los títulos concisos y también llevó a antena Saber y ganar, el concurso más longevo de la historia de la televisión, que se lleva emitiendo de manera ininterrumpida desde 1997-. Los responsables de Valor y coraje presentaban su producto como una ventana para dar a conocer acciones desinteresadas de personas que habían realizado actos extraordinarios.

No es que a una le atraiga demasiado la recreación de alardes físicos bien intencionados, rescates en la montaña o apagado de incendios amateur a base de mantas zamoranas. Pero no puede dejar de reconocer que esos son actos si no heroicos, sí valerosos. Por el contrario, poco o nada de valiente encuentro en la estúpida costumbre de arrojarse medioborracho a una plaza de toros y tentar al animal para alegría y solaz de los espectadores. La semana pasada [Enlace roto.] entre el espanto y el morbo de los seguidores de Ratón, “el toro sanguinario” (¡!). En La Sexta Noticias, tan imaginativos para otras cosas, se les agotaron sinónimos y pasaron a hablar del valor y el arrojo que hay que tener para saltar a una plaza, para enfrentarse a un animal con el pedigrí de Ratón, o para correr los igualmente temerarios encierros de Falces. Pues no. Valor es lo que ha tenido Tarik Jahan para desmovilizar a quienes pudiesen estar tentados de vengar a su hijo muerto en los [Enlace roto.]. Eso es ser valiente. Pero una vez más la televisión da por buena la perversa equivalencia entre el valor y la imprudencia, el aturdimiento, y la irresponsabilidad, a un paso de asumir esa chorrada de la “testiculitis”.

Del mismo modo, también son irresponsables las cadenas que una y otra vez mostraban el momento en el que la vida del pelele se agotaba entre los gritos de un montón de espectadores que esperaban el desenlace con el corazón en un puño. Les cuelgo este video de baja resolución en el que se percibe lo animada que estaba la plaza. El lujo de detalles se lo dejo a algunos informativos y magazines. Hay cosas que ni en los informativos de verano deberían aceptarse.

Apaga la tele, niño…

Desde hace más de 20 años, se viene celebrando el Día Internacional de la Radio y la Televisión a favor de la Infancia a instancias de UNICEF: una excusa como otra cualquiera para colocar en las agendas de los medios la preocupación por los niños y niñas, un sector social que se supone particularmente vulnerable en tanto que objetos, sujetos y consumidores de ésta, nuestra televisión.

Periódicamente tenemos noticia de estudios que analizan los hábitos televisivos de la infancia, lo cual puede sonar entre inquietante – [Enlace roto.] – y alarmante – [Enlace roto.] -. El horario protegido, la conveniencia o no dejar que la hipnótica televisión se convierta en canguro “serenaniños”, o simplemente la certeza de que hay cosas que ni niños ni mayores deberían ver son cuestiones recurrentes.

Decidir qué tienen que ver o no sus vástagos cuando se sientan en el sofá a merendar pan con Nocilla es una decisión de los padres y madres. Obvio. Pero me congratula que el pasado jueves el Parlamento español ratificara el veto que las corridas de toros tienen, desde 2006, en TVE. La retransmisión en horario de protección infantil de este -sangriento- espectáculo va contra el código de autorregulación del Ente. Y una, aunque ya no meriende Nocilla, lo sigue celebrando, porque nunca entendió qué tiene de edificante asistir a la celebración de un acto de sadismo orquestado y ceremonioso cuyo desenlace ya se sabe de antemano. Y me da igual la solera que tenga Vista Alegre.

Ahora sería igualmente interesante que en televisión también se vetasen, por ejemplo, la mercantilización de la infancia, explotada como materia prima para la producción audiovisual -¡pero qué mona sale mi niña, clavadita clavadita a la Shakira!-, o los exabruptos salidos de la madre de la hija de aquel que se hizo famoso precisamente por matar toros. Pero eso parece que todavía es harina de otro costal. El rechazo de gran parte de los televidentes a las corridas de toros coincide, qué casualidad, con unos derechos de retransmisión muy elevados. Y esto probablemente explica el poco interés de las cadenas privadas en meter sus cámaras en la arena. Nada más barato que organizar un tendido de porteras y tarados para rellenar la tarde, aunque por el camino algún Bollicao se atragante en alguna infantil garganta.