Todos contra Toñi

Cuando este martes comentábamos en La caja lista el sueldo de Toñi Moreno, presentadora de Entre todos, el prescindible programa de telesolidaridad mal entendida que ocupa las tardes de TVE1 desde el verano, no esperaba yo que a lo largo de la semana la ínclita fuese a convertirse en el dardo de tantas flechas envenenadas.

Primero, por lo que cobra: según un informe interno, se levanta 1.400 euros por programa. Este cálculo lo ha hecho El Confidencial, y el dato parece extravagante. Pero al juzgarlo recuerden que hay que tener en cuenta el coste de oportunidad, el valor de mercado, la exposición pública al escarnio, y que la vida laboral de una presentadora no es la de una dependienta. Quien da la cara se come el marrón… y la semana sólo me ha dado la razón.

No negaré que hay coplas que se pueden aplicar a la dicharachera presentadora, que probablemente ese sueldo no sea ni ético ni estético, y que responde a una política de externalización de contenidos en RTVE de la que no es sólo ella quien sale beneficiada. Pero no es un crimen, ni un robo ni una ilegalidad. Quienes afirman que más valdría si Entre todos no se hiciera y su coste -más de 3 millones y medio por temporada- se dedicara a la ayuda social, olvidan que de ese modo no existiría un programa que, además de ser bastante barato en términos relativos -30.000 euros por programa-, rellena más de la mitad de la franja de tarde de TVE. Y que su presentadora suda la camiseta día tras día.

Pero hete aquí que el martes una invitada deslizó ante las cámaras que se había separado de su pareja porque había sufrido malos tratos. Y Toñi Moreno, a quien no le constaba ese dato en el historial, se vio descolocada y quiso pasar palabra. Probablemente pensando en la presunción de inocencia soltó la ya famosa frase de que “cuando pasan cosas como esas, o se denuncia o se calla una para toda la vida”. Error. Pero no terrorismo de género. Ni incitación a la violencia en el hogar. Ni misoginia. Ni un canto al silencio resignado. Más bien un intento por no entrar en un jardín del que es difícil de salir en directo y sin anestesia. Porque por supuesto que el maltrato es inaceptable bajo cualquier punto de vista. Pero también es importante la presunción de inocencia, más aún cuando un anuncio de ese tipo se hace ante una cámara.

¿Que la presentadora midió mal, que metió la pata hasta el fondo? Seguro. ¿Que sus palabras requerían rectificación? Aquí la tienen, junto al [Enlace roto.]. Lo que realmente debería escocer de Entre todos es que esa solidaridad malentendida que exalta y promueve, en realidad, naturaliza la caridad como una herramienta para solventar las injusticias sociales. Como una vía para aliviar la sensación de precariedad de las clases bajas y medias que rompen su hucha porque “mañana podría pasarme a mí”.

La verdadera crítica que hay que hacer a Entre todos es que asume que estamos al albur de un estado del bienestar cada vez más débil, en el que por lo menos, como espectadores, aún nos queda margen para decidir quién nos da más pena: el rumano -que rebusca en la basura como forma de subsistencia, pero nunca acudirá a ese plató-, o la madre de familia con problemas con los que, con estos sí, sí nos podemos identificar. Eso, que está en el ADN del programa, y no un comentario superdesafortunado pero anecdótico, es lo que habría que cuestionar.

Por cierto, ¿recuerdan la “revolucionaria” Operación Palace comandada por Évole en laSexta? De su éxito también hablamos en La caja lista -largo y tendido-, pero pasada casi una semana de la emisión, también es un buen termómetro para medir en qué quedan los hitos y los escándalos televisivos al cabo de un par de días. Si te gustaba Évole la bufonada ya te dará igual; si no te gustaba, te has guardado un argumento más para justificar por qué.

Campanadas a medianoche

El tiempo no corre, vuela. Así que gota a gota ya vamos sabiendo detalles referidos a las transmisiones y especiales navideños que nos esperan para dentro de un mes y medio. Esta semana hemos conocido que en TVE1 la encargada de contar cuartos y campanadas, seguramente enfundada en un modelazo digno de alfombra roja, será Anne Igartiburu. Será la novena vez que Anne (¿Ane?) se encargue de esta tarea. En 2011 la acompañó José Mota; en 2012 Imanol Arias. Este año lo harán dos de los rostros de Masterchef, el concurso de cocina que, tras comenzar vacilante y temeroso, se ha convertido en uno de los goles de TVE1 de este año.

La elección de las caras para la retransmisión de las campanadas puede considerarse como termómetro aproximado de lo que cada cadena ha considerado un éxito durante los meses precedentes. Por eso me gusta estar atenta a quiénes son las elegidas para la ocasión. Porque indican qué se considera éxito… o por qué personajes se quiere seguir apostando.

Otro ejemplo de ello es el anuncio, hace algunos días más, de quiénes pondrán rostro a la retransmisión de campanadas en Antena 3: Paula Vázquez y Ana Simón. Una, imagen asentada de la cadena; la otra, en los últimos tiempos al frente de varios espacios, probablemente con menos “gloria” de lo esperado. Que  esté en las campanadas sugiere, aparte de la promesa de un (otro más) escotazo, que Antena 3 sigue confiando en ambas.

Otros que vuelven a gozar de “confianza”, y con esto regresamos a TVE1, son Los Morancos. Que, a la manera de teloneros de Igartiburu, protagonizarán un especial de humor de 70 minutos a base de sketches, “humor” y música. ¿A que –no– estaban echándolos en falta?

De estas cuestiones, y alguna más seria, como las implicaciones del cierre de Canal Nou que aunque parezca ir abandonando el ojo del huracán sigue resultando preocupante, hablábamos esta semana en La caja lista, esa sección de Graffiti, en la tarde noche de Radio Euskadi, a la que tienen a bien invitarme Miriam Duque, Juan Carlos de Rojo y Javier Domínguez. Ahí les va la charla. Y adviertan que no lo pasamos nada mal.

¿Informes o verbenas?

Hace tiempo que los arranques de curso en televisión ya no son lo que eran. Olvidados quedan aquellos septiembres en los la cadena ponía en el escaparate las que iban a ser sus bazas principales para la temporada coincidiendo con la vuelta al cole. O con la compra del material escolar. Hoy los programas van estrenándose en modo goteo, una semana uno, la siguiente otros dos, respondiendo a la competencia, observando cómo les va, buscando huecos, cambiando el día, adelantando o atrasando, y valorando los puntos fuertes y débiles propios y ajenos para maximizar las opciones de éxito.

El oficio de programador es fascinante: no sólo tiene que decidir cómo articular la parrilla sino cuándo llevar a cabo esta decisión. Y en el caso de TVE1, fue la semana pasada cuando se tomó la determinación de estrenar uno de esos programas “ambiciosos”, de los que buscan impactar, fidelizar y pelear por un hueco en horario de máxima audiencia. Llevamos meses oyendo hablar de Uno de los nuestros, el último concurso-espectáculo en sumarse a la caravana de sueños, gorgoritos, y valoraciones categóricas a las que ya nos ha acostumbrado el show business. Su estreno llegó el sábado por la noche.

En el plató, la orquesta “Los nuestros”, encarnando a un grupo de verbenas venido a más que busca al showman o showwoman definitiva para que los lidere: una vuelta de tuerca a La voz, Factor X, Pop Stars, Operación Triunfo, Izar bila, Kantuan… ¿Sigo?

Dice Jose Miguel Contreras que en televisión la virtud está en encontrar el equilibrio entre lo conocido -y jaleado por la audiencia- y la novedad -para aportar el aire fresco que justifique un nuevo espacio-. En este caso, la novedad en la dinámica viene de la mano de los músicos devenidos jueces que, según van encontrando pegas y objeciones al concursante de turno, dejan de tocar hasta dejarlo, en ocasiones, en evidencia. Hay más humor, menos trascendencia, más desenfado y menos aspiraciones. También hay un jurado, cómo no, compuesto por Javier Gurrutxaga, María del Monte y Roser, que hacen valoraciones que cabrían en un tweet y hablan mucho de “arte”, “duende”, “emoción” y “entrega”.

Con estos mimbres, y si es que usted no tuvo el gusto de verlo el sábado pasado en TVE1, puede hacerse idea del tipo de espectáculo que ofrece el programa: no son las Noches de fiesta de José Luis Moreno, pero el espíritu, oigan, no se aleja tanto tanto.

El problema es que el estreno de Uno de los nuestros ha implicado mover a Informe Semanal del que ha sido su sitio durante 40 años. A partir de ahora el informativo ya no se emitirá en el horario de máxima audiencia sino más bien a medianoche. Y esta noticia ha sentado muy mal a sus responsables, que tan pronto como se supo la noticia se han quejado amargamente en voz alta.

Según TVE, el cambio de hora busca convertir Informe Semanal en un [Enlace roto.]. Si “programa de culto” implica “audiencias de saldo”, el movimiento ha sido exitoso porque, de momento, Informe Semanal ha perdido el 44% de espectadores de una semana para otra.

Según las voces más críticas, el cambio de hora busca neutralizar el espacio, hacerlo desaparecer y contribuir, de este modo, a que los y las espectadores estén cada vez menos informados en un contexto en el que la actualidad sólo regala escándalo, vergüenza y falta de altura.

Según mi humilde opinión, desde que los Telediarios se alargan por más de una hora, a la que hay que sumar los preceptivos diez o quince minutitos con la indispensable previsión meteorológica para el martes que viene en Cuenca, Informe Semanal se había convertido en un escollo a salvar antes de lanzar cualquier producto con aspiraciones a competir con las tertulias, las películas o los escándalos de la competencia. Informe Semanal nos ha regalado reportajes extraordinariamente sesgados en los últimos tiempos. Pero sustituirlo por música verbenera y público bailando la conga dice mucho, y poco bueno, sobre las prioridades de una televisión pública.

De esto, y de algunas cuantas cosas más, charlamos ayer en La caja lista (aquí, el podcast), como cada martes, con Miriam Duque y Juan Carlos de Rojo, en Graffiti, de Radio Euskadi.

Hacer el bien

Vaya por delante que he esperado un par de semanas desde el estreno de Entre todos, en la sobremesa de TVE1, para animarme a juntar unas letras sobre este supuesto mirlo blanco que nos vendieron como una auténtica “joya de valores”. Por si la cosa mejoraba. Allá por el fin de agosto se estrenaba como una de las principales novedades de la cadena, y un golpe de timón frente a la debilidad de las ficciones que la pública llevaba ofreciendo desde el final de Amar en tiempos revueltos y su consabida transformación en Amar es para siempre, ya para Antena 3.

Revolución (o así): después de chopocientos años sirviendo culebrón tras las noticias, TVE1 se arrancaba con un programa en directo. Y nada de un programa cualquiera, sino un espacio solidario. Sobradamente rodado en Canal Sur -mismo planteamiento, misma presentadora, parte del equipo…-. Tanto, que la autonómica andaluza incluso [Enlace roto.], aunque tras varios aspavientos todo parece haber quedado en agua de borrajas.

Cierto es que la descripción del programa no auguraba nada bueno: “historias humanas de superación, esfuerzo y generosidad desinteresada”; “un programa útil y positivo”, “televisión, al servicio del ciudadano que necesite ayuda”. Llámenme cínica, pero estas mareas de solidaridad impostada me ponen inmediatamente en guardia. Así que cuando descubrí un telemaratón diario de dos horas y media no me pilló de sorpresa.

La presentadora, Toñi Moreno, es la simpatía en persona. En pantalla vemos a un desgraciado que recurre a la tele para conseguir juntar unos euros para poder seguir adelante y ella se encarga de animarle, nos cuenta lo difícil que ha sido su vida, intercala sonrisas con bromas, le cuenta al público como si tal cosa que ha comenzado a ir al gimnasio para ponerse bombón y que recorre el plató en zapatillas porque no puede utilizar tacones, y le pide a usted, al otro lado del aparato, que sea solidaria. Que llame, que ayude. Que haga el bien. Porque es maravilloso estar rodeada de tantas personas que desinteresadamente donan cien euros, doscientos, unas muletas viejas, una litera que ya no usan. Cada cual lo que pueda, que aporte algo a la causa. Interviene Javier Urra. Entran llamadas de telespectadores que quieren hacer el bien y Toñi, la antidiva, se alegra, se emociona. Es evidente que la música pastelona de fondo resulta efectiva. Usted, en casa, también se queda enganchada: ¿cuánto tiempo más seguirá dándole palique al benefactor anónimo, ese que quiere contribuir a sacar del arroyo al desgraciado? To er mundo e güeno, “y menos mal, porque con la que está cayendo…”. Y así, más de dos horas de niños enfermos, madres adolescentes, abuelos coraje y cornadas de la vida.

Lo que más me sorprende de Entre todos, ahora que lleva varias semanas en antena, es que TVE siga sin apearse del burro y continúe aprestándose, cual oficina de prensa rauda y eficiente, a dar cuenta de los logros del programa: Alicia consigue una silla elevadora para su hijo con parálisis cerebral, Giovanna reforma su casa gracias a la solidaridad

Entre todos tuvo ayer una audiencia del 7.5%: 874.000 espectadores. Lejos quedan los líderes de la franja, ambos en Antena 3: Amar es para siempre primero (1.750.000, 14,4%),  El secreto del puente viejo (2.036.000, 18.6%) después. Lo deseable de verdad sería que todo el mundo sin excepción pudiera elegir a qué culebrón engancharse, los de ficción o los que realidad -a la misma hora, Sin ir más lejos (ETB2) y Sálvame (Telecinco), por ejemplo- sin necesidad de escenificar su desgracia y ponerse a pedir en la puerta a quienes pasan por ahí, dispuestos a ayudar a título personal, probablemente bienintencionados, pero sin cuestionar desde la raíz las injusticias, la pobreza o qué hay detrás de la penuria.

Entre todos no es solidaridad: es show barato llenaminutos. Sería auténtico servicio público, y realmente pondría el dedo en la llaga si cuestionase los porqués: ¿por qué la Ley de la Dependencia no se aplica cuando es preciso? ¿Por qué no hay ayudas sociales que garanticen la calidad de vida de los enfermos? ¿Por qué no funcionan adecuadamente los servicios sociales? Eso, y no lo bonito que es hacer el bien, es lo que yo querría escuchar en una televisión pública. Todo lo demás es palabrerío hueco y caridad.

Prime time

El prime time es el horario de máxima audiencia, el momento en el que más personas están delante de la televisión y aquel para el que, por tanto, las cadenas reservan sus espacios más ambiciosos. Eso justifica que las inserciones publicitarias sean más caras en esta franja.

En el resto de Europa el prime time comienza bastante antes de las 9. Spain is different: desde los años 90 el inicio del prime time se alarga, alarga, alarga hasta alrededor de las 10 y media. La serie de moda, el concurso de éxito, la película que lleva promocionándose toda una semana. Si son espacios de producción propia se estiran como chicles hasta pasadas las 12; si son ficciones made in USA, se ofrecen de dos en dos. “Quedarse hasta el final” y saltar de la cama con alegría a la mañana siguiente se hace incompatible. Cuanto más tarde lanza su artillería pesada una cadena, más tarde lo harán las demás, intentando no perder posiciones ni espectadores. Y los espectadores, en muchos casos, nos vemos atrapados por informativos eternos, predicciones meteorológicas redundantes, los mejores momentos del capítulo anterior, exasperantes bloques publicitarios o autopromociones en bucle. Esperando que empiece lo que querremos que termine cuanto antes para podernos ir a la cama a un horario prudencial.

De esto hablaba ayer por la noche con Miriam Duque y Juan Carlos de Rojo en la antena de Graffiti. Desde esta semana colaboro con uno de los programas bandera de Radio Euskadi y compartiré reflexiones televisivas en antena una vez por semana bajo el paraguas de una sección para mí sola. La Caja Lista, se llama. Y tiene una sintonía de lujo, por cierto. Ajá.

Por supuesto, los horarios televisivos que sufrimos sean los menos razonables de Europa está relacionado no sólo con la voluntad de los programadores sino también con los hábitos de la población. Pero como espectadores estamos a la merced de lo que las cadenas programen para nosotros, y de la hora a la que consideren adecuado darle al play. De hecho, uno de los usos sociales de la televisión ampliamente reconocidos es el de la regulación de los hábitos y horarios. No hablo de que el estreno de La Voz se plantee para las 8.30 de la tarde porque a esa hora quizá usted o yo aún ni hemos llegado a casa, y es obvio y lícito que cualquier cadena reserve sus mejores cartas para el máximo número de personas.

Pero sí agradeceríamos un poco de cordura porque, según la última campaña promovida por la ARHOE, “el 90% de los programas de máxima audiencia finalizan su emisión más tarde de las 23:30 y el 55% lo hacen después de las 24:00”. Y eso parece difícilmente compatible con el descanso, la productividad y el éxito en el trabajo y los estudios. Este toque de atención es tan bienintencionado como, auguro, falto de efectividad. Porque requeriría de un acuerdo, tácito o explícito, al que las principales cadenas parece difícil que incluso se planteen.

Y en estas resulta que TVE1 anuncia un programa para las próximas siete noches de miércoles. Hoy se estrena Código emprende, un docu-reality empresarial protagonizado por seis emprendedores. Ya saben, esa palabra hueca que sirve para todo y sirve para nada porque emprendedor es el parado “obligado” a buscar un hueco en un ecosistema laboral cada vez más inhóspito, y como “emprendedora” (¿?) es como en alguna ocasión han presentado en ETB2 a Isabel Muela, hoy tertuliana, en la anterior legislatura consejera de Turismo (¿en serio, “emprendedora”?). A lo que voy: un espacio “de servicio público, didáctico y positivo” que comienza, chachán, ¡a las 23:30! Será que esas mismas personas que aprueban la propuesta, la hacen posible, contratan a Juan Ramón Lucas para que la presente y nos la venden como apuesta seria consideran que su apuesta es tan seria que bien merece que nos desvelemos ante la televisión. ¿Ustedes creen?