José Arrue, pintor de lo rural y lo urbano

Los vecinos de Orozko han recordado este año a José Arrue representando su cuadro ‘Romería’ en el lugar original. Este reportaje dibuja la faceta de pintor del artista bilbaino

Un reportaje de Amaia Mujika Goñi

EL pasado 5 de abril se cumplió el cuadragésimo aniversario del fallecimiento de José Arrue Valle. En Orozko, localidad donde Arrue conoció a su mujer, Segunda Mendizabal, y su lugar de residencia tras contraer matrimonio en 1910, sus vecinos le recordaron con la representación viviente de su pintura Romería, óleo de 1920 en el que se reproduce la fiesta popular que se celebraba, cada 29 de septiembre, en la campa de la ermita de San Miguel de Mugarraga, en el barrio de Beraza. Una fiel escenificación liderada por Félix Mugurutza y destinada a formar parte del documental Zerumugan, proyecto cinematográfico de Antón Lazkano.

De los seis hermanos Arrue Valle, hijos de Lucas Marcos y Eulalia, nacidos en la República de Abando, los cuatro varones son pintores: Alberto (1874-1944), José (1885-1977), Ricardo (1889-1978) y Ramiro (1892-1971). Cuatro artistas de talento, con experiencias vitales parecidas. Iniciados desde la cuna en el oficio; los dos mayores alumnos de Antonio María Lecuona, estos y Ricardo, de la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao, y los cuatro de la Academia de la calle Grande Chaumière, en París.

Alentados en su vocación, primero por su padre y después por la tía Matilde, de profesión anticuaria, tendrán la oportunidad de adquirir un amplio bagaje artístico gracias a sus viajes y estancias en Barcelona, París e Italia. Concluida la formación y asentados a ambos lados de la frontera, participarán activamente de cuantas iniciativas artísticas arrancan en el primer tercio del siglo XX como la bilbaina Asociación de Artistas Vascos (1911), concurriendo, además con gran éxito, a un buen número de salones y exposiciones fuera y dentro del país.

Los cuatro pertenecen a la Escuela Vasca y beben del género costumbrista de la primera generación de artistas que les preceden, impregnándola de la estética moderna al uso. Conceptualmente uno, en su dedicación a invocar el espíritu genuino del país que sienten y aman, vinculados entre sí al compartir influencias compositivas y artísticas, pero cuatro sensibilidades con cuatro proyecciones plásticas muy personales.

José Arrue es un artista polifacético que experimenta con todo tipo de técnicas y soportes, lo que le posibilita, al igual que a otros artistas de su tiempo, desarrollar, además de la pintura, una gran variedad de prácticas y procedimientos como la ilustración, el cartel, el muralismo, las artes aplicadas, la caricatura o la pluma, dirigidas a cubrir las necesidades generales o proyectos que la sociedad de su tiempo requería. Su gran habilidad para el dibujo y su prolífica obra gráfica y humorística sobre el aldeano vasco-vizcaino, erigida en imagen tópica de su proyección artística, eclipsará el interés por su faceta pictórica, la cual se verá definitivamente truncada por la guerra civil. Una faceta, la pictórica en la que vamos a incidir, dejando sus otras habilidades, por amplias y diversas, para una segunda entrega.

La pintura de José participa del género regionalista del periodo y recoge, con conocimiento y realismo, los últimos retazos de la vida tradicional de Bizkaia, una vida condenada a desaparecer ante las nuevas formas de vida personificadas por la ciudad. Para ello conjugará paisajes y arquetipos ya establecidos por los artistas costumbristas del XIX, caso del arratiano icono del mundo rural o el pescador con chamarrote de la costa, con otros que él incorpora a partir de la observación directa que le permite su vinculación vital, en dos periodos de su vida, con la comarca de Arratia-Bajo Nervión, aderezada con ciertos guiños a la costa, proyección de sus estancias veraniegas en Sopelana, Bakio y Ziburu. Una obra de género, en óleo y gouache, que reflejará todos los órdenes de la vida popular: el valor de la familia y la comunidad, las labores del campo y los oficios, el ocio y las ferias, las creencias y los ritos de paso. Entre todos ellos cabe resaltar la obra de gran formato Campesinos realizada para la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas de París (1925) y expuesta en el Hall del País Vasco, frente al Fandango de su hermano Ramiro, siendo ambos premiados con la medalla de plata y oro respectivamente y que se puede admirar en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

‘La Romería’ Pero sí algo es específico de su temática costumbrista, ésta es La romería, una y otra vez representada, desde que fuera protagonista de su primera obra de juventud, vendida nada menos que al coleccionista bilbaino Laureano de Jado en 1908 y hoy en el Museo de Bellas Artes. Una idílica fiesta popular revestida de una tonalidad cromática suave, luminosa y apacible que alguien describió como un maravilloso día de viento sur que invita al espectador a fundirse con ella.

Una personalísima composición multitudinaria en las que sus integrantes, siempre en movimiento, son identificados por el traje: la autoridad, los cuerpos de seguridad, los músicos y danzantes, los tratantes de ganado, los juerguistas y los veraneantes y, por supuesto, la gente del pueblo, algunos con nombre o mote, pero la mayoría caracterizados acordes con su franja de edad y posición dentro del grupo, sin olvidar a los niños y los perros, esos encantadores personajes y animales nunca protagonistas, pero siempre presentes. Apuntar que sus figuras de neskas, llámense Katalin o Marichu, tocadas con pañuelos estampados y sencillos vestidos en tonos pastel, y sus aldeanos con blusa, pantalones y alpargatas blancas, han reemplazado en el imaginario colectivo a los arquetipos decimonónicos en la representación del aldeano vasco.

El paisaje solitario sin figuras humanas también está presente en la obra de José desde sus inicios. Orozco, con mi casa blanca a la izquierda frente al melancólico paisaje invernal de Caminos viejos de Areta desde el balcón de mi casa, pintado en los 40. Al periodo que media entre ambas pertenecen sus paisajes de Bakio, Bermeo y San Juan de Gaztelugatxe, tomados del natural con su antiguo alumno en la Escuela de Artes y Oficios y, en la época, amigo y compañero de fatigas en la AAV, Antonio de Guezala, al que acompañará, en las vacaciones de agosto por los intrincados senderos de la costa, incursiones que Guezala inmortalizará en el óleo Camino de San Juan de Gaztelugatxe (1924).

José Arrue, al margen de su periplo vital, es bilbaino. Bilbao es la ciudad de su juventud y madurez, es el escenario urbano rebosante de actividad y progreso, el espacio donde los aldeanos llegados en tranvía y la gente trabajadora en sus quehaceres diarios se mezclan con la burguesía que funda bancos y sociedades, donde se amalgaman la vida callejera, las sidrerías y los chacolís con los toros y el recién llegado fútbol, asuntos todos que José recogerá en su obra pictórica sobre la Villa: Frente al Banco de Vizcaya, Regatas en El Abra (tríptico de la Sociedad Bilbaína, 1919), el Athletic Club y Campo de San Mamés, expuestos en el recién inaugurado Museo del Athletic.

Talante cómico El conocimiento de ambos ambientes, el tradicional y el urbano, de sus tipos y cotidianidad le inspirará también una obra pictórica de talante cómico, ampliamente desarrollada en su obra gráfica, en la que se diluye la frontera entre ellos, intercambiando escenas y personajes que, al desarrollarse en situaciones ajenas a su modus vivendi, se convierten en cómicas. Una amplia y variada producción como las pinturas decorativas que realizó para el salón del Club Náutico de Bilbao (1919), o el tríptico dedicado a la caza (1928), emulando los programas decorativos de su profesor Guinea.

En vísperas de la guerra civil Arrue, gran aficionado a la pelota, utilizará el frontón y el juego para hacer una pequeña incursión en las corrientes vanguardistas, con dos acuarelas en las que apuesta por la simplificación de volúmenes y las formas geométricas: Un partido de pelota en el rebotillo de Orozko y el desafío celebrado en el Club Deportivo entre el palista aficionado Ramón Basterra, Aitona, y la pareja de manomanistas Kirru y Artazo, siendo el resultado favorable al primero.

En 1937, afiliado a ANV, José es detenido y encarcelado mientras su familia se exilia a Donibane Lohizune, a casa de Ramiro y su mujer Suzanne, con quien ya habían compartido otros tiempos más felices en su casita-estudio de Patarragoity en Ziburu. Al finalizar la guerra, con la casa desvalijada y anímicamente desencantado, José reúne a la familia y se traslada a Areta, Llodio, donde con 55 años empezara de nuevo, una periodo duro y oscuro para todos. Ganarse la vida era difícil, no digamos para aquellos que como José y Alberto se dedicaban al arte, algo con lo que solo se podía, en todo caso, alimentar el espíritu. En este exilio interior José empezó de nuevo a pintar, atendiendo a los escasos encargos que recibía y participando en las exposiciones colectivas a las que era invitado, siendo su última presentación en sociedad la muestra dedicada a los cuatro hermanos Arrue por el Banco Bilbao en 1977. Gran parte de la producción de este periodo, que José y su familia han guardado celosamente, posee todos los elementos por los que su obra estaba reconocida, pero ésta al igual que el autor son hijos de los tiempos y por tanto un pobre reflejo de lo que podía haber sido.

Paradoja Este verano hemos tenido la oportunidad de ver en Miarritze la magnífica exposición Ramiro Arrue, entre vanguardia y tradición, comisariada por el conservador del Museo Vasco de Baiona, Olivier Ribeton. En la introducción del catálogo apunta que la muestra hace patente la paradoja de un artista, que inicia su carrera artística en el centro de la vanguardia parisina con una obra de definida paleta moderna y la acaba, según sus detractores, como un ilustrador de la tradición vasca. Una paradoja que, al igual que en otros muchos aspectos, se puede extender al resto de los hermanos Arrue, al menos a José y Alberto pero que, al contrario de Ramiro, no han tenido, a este lado de frontera, el debido reconocimiento, careciendo de catálogos razonados de sus trayectorias artísticas. En 1990 José Antonio Larrinaga autor de Los Cuatro Arrue-Artistas Vascos única e imprescindible monografía sobre los Arrue, decía que su trabajo de síntesis y recopilación documental debía considerarse como la puerta abierta a nuevas aportaciones y estudios críticos. Sirva el cuadragésimo aniversario de la muerte de José Arrue para recordar la necesidad de hacerlo.

La firma fascista que mancilló el libro de honor de la Casa de Juntas

El general piazzoni, de la aviación italiana que participó en el bombardeo de gernika, dejó su rúbrica y dedicatoria el 29 de abril de 1937 el día que los fascistas entraron al municipio

Un reportaje de Iban Gorriti

Dos soldados franquistas custodian el Árbol de Gernika, días después del bombardeo. Foto: Gernikazarra
Dos soldados franquistas custodian el Árbol de Gernika, días después del bombardeo. Foto: Gernikazarra

hay una pregunta que ronda la mente del historiador Alberto Santana: “¿Por qué los fascistas no destruyeron el Árbol y la Casa de Juntas de Gernika-Lumo en el bombardeo del 26 de abril de 1937?”. Y la interrogación se hace bola de nieve al aportar curiosos datos para la reflexión. El estudioso y también presentador de televisión asegura que la Casa de Juntas foral tenía entre 1914 y 1944 su Libro de Honor para recoger firmas y testimonios de las visitas. Sobre sus páginas dejaron también sus impresiones y firmas diferentes sublevados y aliados contra la legítima Segunda República. Entre ellos, destaca la del comandante Sandro Piazzoni, general en jefe de la Brigada Flechas Negras italo-española, que participó en el bombardeo de la localidad.

Antes de saber qué escribió Piazzoni, Alberto Santana dibuja sin quererlo un boceto picassiano al afirmar que “Gernika fue la santa violada y asesinada por sus, entrecomillas, redentores”. Partiendo de ese axioma, pasa a imaginar, la villa el 29 de abril de 1937. Es decir, tres días después del bombardeo que protagonizaron la Legión Cóndor de Hitler y las también fuerzas aliadas fascistas de Mussolini el 26 de abril sobre la localidad vizcaina y otras anexas.

Lo narra Santana: “Aún ciudad todavía en llamas, sembrada de ruinas y cadáveres, una hora después de entrar en Gernika con sus tropas, al comandante Sandro Piazzoni, general en jefe de la Brigada Flechas Negras, le mostraron el Libro de Honor de las Juntas y escribió en él en italiano mezclado con palabras castellanas: “En el día de su Santa Redención, con todos mis Flechas Negras que entran en la ciudad justo a continuación de las columnas Iglesias (teniente Ricardo Iglesias), Sparta -en referencia al comandante José Martínez Esparza-, de la Brigada de Navarra (4ª), mando a la ciudad santa de Vizcaya, hoy aún más Santa, un saludo fraterno”, se despide no sin antes ser más preciso, como sabiendo que fue tan histórico como cruel, “a 29 de abril de 1937. Hora: 12,45. Viva España. Arriba España. El General Jefe de la Brigada Flechas Negras”.

Sobre la fotografía que aporta a nuestro imaginario el historiador vasco se leen, además, otros manuscritos de esa misma jornada. “Por la 4ª Brigada de Navarra que liberó a Guernica, incorporando a esta histórica villa a la España Nacional”, acuñaba el teniente ayudante de la División fascista.

Quien fuera parte del equipo del recordado programa La mirada mágica de ETB, muestra, además, un curioso retrato del citado Sandro Piazzoni. “Está personalmente dedicada por Piazzoni al subteniente Tulilla, que participó en la ocupación de Gernika y una semana más tarde se distinguió en la batalla del monte Jata del 7 de mayo de 1937”, matiza.

Curiosa también es la inscripción que se hace tres meses después -hay más de mil en el libro- de manos de un requeté, Francisco Biafo y Ortiz: “Al visitar por primera vez este noble templo de nuestras tantas libertades una vez más digo: Viva España, Viva Euskaleria. Viva Vitoria. Viva Álava. Viva los fueros”, escribió el 21 de noviembre de 1937. En publicaciones como En el requeté de Olite, de Mikel Azurmendi, o Requetés de las trincheras al olvido, de Pablo Larraz Andia, se cita cómo en sus tercios, en muchas compañías, algunos solo hablaban euskera. Por esa razón, se vieron en la tesitura de poner mandos intermedios que hablasen ambas lenguas para poder transmitir las órdenes a la tropa en euskera.

libro desaparecido El libro de honor de la Casa de Juntas (1914-1944) se encuentra en paradero desconocido. Fue robado y no se ha vuelto a saber nada. Antes de ello, Joseba Iribar, investigador de todo lo relacionado con el Árbol de Gernika y la Casa de Juntas tuvo el acierto premonitorio de fotocopiarlo y gracias a él, en cierto modo, sigue existiendo. El blog de la Asociación Sancho de Beurko es quien da a conocer el trabajo desempeñado por el investigador barakaldotarra en una entrada sobre la desaparición del libro y sobre el lehendakari Aguirre, en su web sobre el cinturón de hierro.

Bodrios y reconquistas, el discurso ‘schmittiano’ del franquismo

La visión que el jurista alemán Carl Schmitt realizó tras la victoria de Franco sobre la importancia de la homogeneidad nacional no concluyó con el franquismo sino que sus opiniones han estado presentes en los debates de la etapa democrática

Un reportaje de Adrián Almeida

Desfile conmemorativo de la ocupación de Bilbao por las tropas franquistas. Foto: ‘Libro de Oro de Bilbao. Bilbao 1937-1939’
Desfile conmemorativo de la ocupación de Bilbao por las tropas franquistas. Foto: ‘Libro de Oro de Bilbao. Bilbao 1937-1939’

Tras la derrota de los no alzados en la guerra civil, surge una generación en el Estado que, para el sociólogo Ander Gurrutxaga, estará “socializada en un doble código: por una parte, el del vencido en la guerra, (…) por otra parte, el del vencedor, la nueva generación ha conocido su código socializador en las escuelas, universidades, instituciones e incluso en la calle”.

Se constituye así una doble socialización. Por un lado, el espacio público, en donde se da el Nosotros Presente. Por otro, el Ellos Pasado, que oficialmente es un ellos y un enemigo, pero que es un ellos cercano: la familia o los amigos. La victoria franquista realizó, como señalaría el jurista alemán Carl Schmitt, “la distinción política específica a la que las acciones y los motivos políticos se pueden reducir”: una distinción entre amigos y enemigos. Y de manera inversa, fue una invitación hacia el partisanismo para aquellas tendencias negadas y convertidas en el ellos oficial y a exterminar (los nacionalismos y el marxismo). Como recoge Franco Volpi, en el epílogo de la obra de Schmitt, Teoría del partisano, el partisano es un combatiente irregular, caracterizado por su movilidad, su compromiso político y su telurismo. Schmitt fue, de hecho, un pensador influyente en el nuevo Estado franquista al que se relacionaba con el pensamiento del conservador Donoso Cortés. Schmitt fue admirado también por Manuel Fraga.

Añadir, como ha recogido la profesora Luisa Elena Delgado, que “la influencia de Schmitt no terminó con el régimen franquista, antes al contrario, sus opiniones sobre el papel del Estado en la definición del enemigo, sobre su potestad de decidir sobre la excepción y, sobre todo, sobre la importancia de la homogeneidad nacional y el peligro que implica la división interna, han seguido bien presentes en los debates políticos y legales de la España democrática”.

El sentimiento de rechazo entre la izquierda a la nueva dictadura se transforma en un rechazo a la propia idea de España en la medida en que la victoria fascista se encarga de establecer una dictadura en cuya fase fundacional trata de orientar su idea -única- de lo que es España y los rasgos definitorios de lo que es un español. Todo lo que queda fuera de esa idea no es solamente divergente, sino que es un tumor en el cuerpo ideal, estanco y acabado de la nación española. En Euskadi y Catalunya, el tumor de la cuestión de clase, se funde con las aspiraciones nacionales y los rasgos objetivamente diferenciales (lengua, cultura, etc.) de estas comunidades.

Francisco de Cossío, periodista franquista, declaraba en su texto Hacia una nueva España: “Nos hallamos en una nueva Reconquista, y nuestra Granada, hoy, debe ser Barcelona, en donde hemos de extirpar a todos los traidores y salvar los buenos españoles que hay allí, prisioneros del separatismo”. El 8 de julio de 1937, el nuevo alcalde franquista de Bilbao, José Mª de Areilza, arengaba a los “soldados de España” desde el Teatro Campos de Bilbao: “La razón de la sangre derramada por Vizcaya es otra vez un trozo de España por pura y simple conquista militar.”

El historiador Núñez Seixas comentaba ante este tipo de declaraciones que “el lenguaje denotaba ya claramente que se trataba de una guerra por la unidad territorial, y no sólo espiritual, de España. En un principio, la toma de toda ciudad y todo pueblo por las tropas sublevadas (…) era considerada como una reincorporación a España”. En la misma línea, se han expresado, entre otros historiadores, Zira Box o Alberto Reig. No hay que olvidar que, a decir de Schmitt, la guerra moderna “trasladó el centro de gravedad conceptual de la guerra a lo político, es decir, a la distinción de amigo y enemigo”, de tal manera que la guerra moderna no es una guerra entre Estados; reglamentada y limitada. La guerra moderna es absoluta y total, en la medida en que el enemigo es un otro absoluto. Un criminal.

La ‘soberbia’ de Bilbao Así, el marqués de Valdeiglesias ante el bombardeo de Almería por un crucero alemán, advertía sin ambages: “el bombardeo no había sido dirigido contra España, puesto que la zona roja había dejado de serlo”. El 25 de junio de 1937, el diario Abc de Sevilla decía sobre la caída de Bilbao: “la soberbia del Bilbao insurrecto era tal vez la mayor de todas, porque en ella se reunían innumerables fuerzas del mal. Era un compuesto de todas las altaneras rebeldías, desde el obrerismo sin Dios, hasta el vasquismo que pretende poner a Dios por delante. No hay noticia en el mundo de un bodrio parecido. Las más antagónicas ideologías fraternizaban allí, suspendiendo eventualmente sus mutuas discrepancias ante una única razón de utilidad: la negación de España. El marxista ateo se avenía a luchar en los mismos batallones de los vasquistas cristianos, con tal de impedir la formación de una nacionalidad fuerte y unida, y los separatistas, con tal de hundir a España, se aventuraban a caer en una especie de neocristianismo realmente heterodoxo, o en un catolicismo que acaba por desobedecer las tendencias y las órdenes de Roma (…). Ese bodrio se ha deshecho ya”. Tras la victoria sobre Bilbao, los franquistas comenzarán a celebrar la llamada Fiesta por la Liberación de Bilbao. Unos homenajes a través de los cuales se fabricó, en palabras del historiador Aritz Ipiña, “un discurso mitificado, plagado de símbolos y ritos, en el que la guerra era mostrada como una lucha del bien contra el mal, la verdadera España contra la antiespaña, donde la única solución era la derrota total del enemigo”. El franquismo así (y el Abc en particular), como recoge el historiador José Ignacio Salazar Arechalde, identificó “Bilbao con una finca, España con su propietario y el nacionalismo con un precarista”.

El establecimiento definitivo de la dictadura da paso a la oficialización de los esbozos teóricos argüidos como causas del levantamiento nacional: la unidad de la patria, la unidad espiritual y el conservadurismo social. Tal establecimiento definitivo de unos principios fundacionales, derivará en la formación de los dos espacios sociales referenciados.

Exterminar al adversario La victoria en la guerra acabó con la vida de un enemigo físico, pero fue la dictadura quien se encargó, en base a la perpetuación de una contienda simbólico-represiva, de eliminar a los resistentes, los mundos, culturas, e imaginarios colectivos expresados por esa vida ahora muerta. Como dice el historiador Santiago Vega, se trataba de exterminar a los adversarios y a las ideas. La extinción de esas artes y maneras de pensar y la emanación de otros marcos de identidad, culminaría la tarea de la guerra moderna desarrollada por el franquismo. La criminalización del enemigo y el deseo de aniquilarlo absolutamente, constituyeron la base sobre la cual se sustenta el acto genocida del franquismo. Tal deseo aniquilacionista se impuso desde bien temprano. El 7 de octubre de 1936, se publica en La Voz de España el texto de Modesto Mendizabal Hay que españolizar Vasconia. El BOE del 24 de diciembre de 1936, se declaraba ilícita la producción, comercio y circulación de libros, folletos, impresos, grabados de carácter “disolvente”, arguyendo para la emisión de tal orden que “se ha vertido mucha sangre y es ya inapelable la adopción de aquellas medidas represivas y de prevención que aseguren la estabilidad de un nuevo orden jurídico y social”. En 1937 Franco decía combatir “contra todo lo que rebaja la dignidad humana”. En 1938 declaraba: “los criminales y sus víctimas no pueden vivir juntos”. La idea de criminales y víctimas ofrecía, según los historiadores Gutmaro Gómez Bravo y Jorge Marco, “dos simples imágenes que transformaron las normas morales de un importante sector de la sociedad española, y que asentaron las bases sociales de la dictadura”.

Con la dictadura, la dinámica del conflicto político se desenvuelve no solo en un campo de batalla físico, sino en los ámbitos público-privados de la vida los individuos. La idea de la guerra se retrae del campo de batalla real, al tiempo que el nuevo poder político trata de “reinscribir -en palabras de Foucault- perpetuamente esa relación de fuerza, por medio de una guerra silenciosa, y reinscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, hasta en los cuerpos de unos y de otros.” Advertirá Gurrutxaga que “en el País Vasco esta relación va a ser vivida más dramáticamente, porque el cierre del espacio público que se produce en todo el Estado se le añade las características nacionales del pueblo vasco. La falta de un marco de expresión pública y el problema nacional se superponen y unifican en un país con una tradición nacional autónoma que, a lo largo de la historia, ha producido un código de funcionamiento social (…) de tal suerte que el conflicto por un marco de libertades públicas y el conflicto nacional son una misma cosa”.

Tras la derrota, el nacionalismo y el movimiento obrero, enemigos absolutos de las nuevas autoridades españolas, asentaron las bases de su colaboración conjunta, en el común rechazo al fascismo español, y al fascismo en general. En 1945, las fuerzas sindicales y políticas de ambas familias firmaron el Pacto de Baiona, el cual fue validado incluso por el Euzko Mendigoizale Batza (EMB), que había mantenido desde su nacimiento, una postura reacia a pactar con las izquierdas españolas, muy a pesar de que intelectuales de la rama Aberri y Mendigoxale, como Gallastegi, se hubieran situado cercanos a un nacionalismo obrerista o pequeño-burgués.

La derrota ante el fascismo y la definición de la antiespaña, provocó, en paralelo, la generación posterior de un nuevo nacionalismo vasco, que coaligará en una sola organización los presupuestos anatemizados por el franquismo: el nacionalismo y el socialismo. En efecto, la expresión del partisanismo en ETA, se caracteriza no sólo en el hecho del combate contra un nosotros oficial no reconocido, sino en el planteamiento del combate en un territorio limitable contra un enemigo global (el imperialismo).

El último boletín del Gobierno vasco que “nunca existió”

Imprimido en Turtzios el 28 de julio de 1937, en euskera y castellano, y hasta hace poco inédito, se hizo para trasladar el ánimo de que la guerra no estaba perdida

Un reportaje de Iban Gorriti

Borja Aginagalde, responsable del Patrimonio Documental del Archivo Histórico de Euskadi. Foto: Juan Lazkano
Borja Aginagalde, responsable del Patrimonio Documental del Archivo Histórico de Euskadi. Foto: Juan Lazkano

Que algo no se conozca no significa que no exista. Es el caso del Diario Oficial del País Vasco que nos ocupa en Historias de los vascos. La mayoría de investigadores y los propios empleados del Archivo Nacional Vasco, con sede permanente en Bilbao, concebían que el último boletín del Gobierno Provisional de Euzkadi se estampó en junio con la llegada de los franquistas a Bilbao el 19 de junio de 1937. Era el número 252 y databa del 17 de junio de aquel calendario. Sin embargo, no fue así, hubo uno posterior y que hasta esta publicación de hoy que recoge DEIA se encontraba inédito.

El último documento oficial y original del Departamento de Justicia y Cultura de la Diputación de Bizkaya tiene dos caras y se imprimió a dos columnas, en castellano y euskara, el 28 de julio de 1937 en Truzios, hoy Turtzioz. Fue la entrega 253.

A juicio del responsable de Patrimonio Documental del Archivo Histórico de Euskadi, Borja Aginagalde, esta gaceta fue manufacturada “con la voluntad férrea de que no se había perdido la guerra, de que se va a seguir gobernando, de que van a hacer el número siguiente… ¡Salta a la vista!”, enfatiza con júbilo. Y va más allá caminando por la misma senda: “Se percibe una convicción patriótica, fueran del partido que fueran. Más aún, porque siendo el último y bajo las bombas de aquellas jornadas… aún en su contenido se acordaron de su gente; hablan de indemnizaciones, por ejemplo”.

La existencia de esta edición era negada hasta que un historiador, Lorenzo Sebastián García, lo citó en una de sus divulgaciones. Surgió la duda y el consiguiente misterio. “Entonces, nos pusimos a buscarlo y apareció, pero no con el resto de boletines, sino que en una carpeta de nóminas de cobro. Entre ellas, allí estaba, porque precisamente una disposición del mismo, un aviso a quienes evacuaron de Bilbao para pagarles la nómina. Te pones a mirarlo y te resulta algo milagroso que en el contexto que estaba el Gobierno vasco pudiera haberse publicado”, acentúa Aginagalde.

un largo recorrido Quimérico es también pensar los viajes que ese legajo ha hecho en los posteriores 80 años que se cumplieron en julio. Desde el archivo capitalino de la calle María López de Haro matizan que los documentos migraron siempre con el Gobierno de Euzkadi, “con el lehendakari Aguirre” -pormenoriza-, y que estuvieron en el exilio en París, y que acabarían llegando al centro Irargi de Bergara hasta volver a mudarse al actual centro bilbaino. “Es un documento emocionante por cómo se llegó a hacer. Cómo durante un periodo tan convulso haya personas pensando en hacerlo… Es un interés por las personas que ahora está de moda, pero no es de ahora solo”, insiste Aginagalde.

El garante de Patrimonio sostiene que la existencia actual del Archivo también es algo milagroso. “Yo siempre he dicho que tenemos poco, pero lo que tenemos es un milagro. Manuel Irujo hizo mucho por ello. Tuvieron mucho coraje para conservar todo lo que se pudiera. Somos unos privilegiados. ¡Diseñaron e hicieron ese boletín estando rodeado por los franquistas!”.

El contenido es “normal”, califica. De esta manera, el sumario informa de un decreto que ordena la movilización de todas las clases e individuos de tropa y mozos pertenecientes al alistamiento de 1921, y de un segundo capítulo de Administración central, de la Secretaría General de Obras Públicas, sobre una relación de todos los vehículos que tenían los Departamentos del Ejecutivo, Corporaciones o entidades civiles. Igualmente, un aviso a los empleados y obreros referente a la indemnización acordada por el Gobierno de Euzkadi.

diferentes apartados El primer apartado atañe al Departamento de Defensa, que se pone en pie de guerra. “Las vicisitudes de la campaña han puesto de manifiesto la necesidad de acrecentar los efectivos militares”, decreta. Para satisfacer esa necesidad articula cinco puntos bajo el cargo del presidente y consejero de Defensa en funciones, Jesús María de Leizaola.

En el capítulo de Administración Central, el Secretario General de Obras Pública, Ricardo Urondo, pide “urgentemente” que aquellos vehículos ‘oficiales’ sean notificados para hacer una relación detallada. Como curiosidad, estas personas deben dirigir su información a un chalet de la calle Pablo Iglesias de Torrelavega, con el objeto de hacérselo saber al Ejército del Norte “antes del 1 de agosto”, queda redactado el día 27 de julio y publicado al día siguiente.

Y clausura el boletín un aviso a empleados y obreros que habiendo trabajado para el Departamento de Obras Públicas de Euzkadi, figurando en sus nóminas, y que quedaron cesantes a raíz de la evacuación de Bilbao, para el cobro de una “indemnización acordada por el Gobierno del País Vasco y en el plazo que media hasta el 5 de agosto, advirtiéndose que a quienes así no lo hagan, les parará el perjuicio a que hubiere lugar”.

“Tenían claro -zanja Aginagalde- que iban a seguir gobernando. Es un documento más importante por lo que no dice que por lo que dice. Quiero dejar clara esa voluntad de Gobierno, no por encima del bien ni del mal, que de eso no se trata, sino de que es el año Dos, como cita el boletín, y que piensan esto va a seguir. ¡Me parece que quienes hicieron posible su publicación fue una gente espectacular!”.

El boletín se presentará el próximo martes en el salón de actos del Archivo Histórico de Euskadi, en Bilbao, en la conferencia Prensa y Guerra, a partir de las 19.00 horas.

Sabino Arana un hombre de su tiempo, un visionario

La figura de Sabino Arana ha sido analizada desde muy diversos puntos de vista. En este reportaje, el autor realiza un paralelismo entre el fundador del nacionalismo vasco y el precursor del sionismo político, Theodor Herzl

Un reportaje de Jean Claude Larronde

Retrato de Sabino Arana y Goiri, fundador del nacionalismo vasco.
Retrato de Sabino Arana y Goiri, fundador del nacionalismo vasco.

Pierre Sudreau, un político francés del siglo XIX, dijo a propósito del matemático Blaise Pascal: “Perteneció a su tiempo por estar a la vanguardia”. Esta aseveración podría aplicarse muy bien a Sabino Arana, el fundador del nacionalismo vasco. Arana es, de manera incontestable, un hombre de su tiempo, es decir, de los diez últimos años de su predicación nacionalista, que se extienden de 1893 hasta 1903, fecha de su muerte.

Es de su tiempo porque pertenece perfectamente a un contexto histórico, político, económico y social particular, el de la inmensa frustración sentida en Bizkaia después de la pérdida de lo que restaba de los Fueros, desde el final de la segunda guerra carlista. Este contexto coincide también con los años de la expansión económica y de la inmigración española. Igualmente, Sabino Arana es de su tiempo porque vincula -en los años de su primer período, de 1893 a 1898- los prejuicios y opiniones de su época, en particular sobre el origen de las razas humanas.

Está a la vanguardia porque, como dice Elías Amezaga (Biografía sentimental de Sabino Arana, Txalaparta, 2003) es un “visionario”. Yo podría añadir que es un profeta cuando su mensaje nacionalista subraya con fuerza y por primera vez de manera coherente que Euzkadi es una nación.

El nacionalismo vasco, tal como se desarrolla sobre todo después de su muerte, constituye la corriente política más importante de los territorios históricos vascos peninsulares en el siglo XX, por lo menos en el conjunto de la actual Comunidad Autónoma de Euskadi. Esta afirmación se podrá verificar tanto en los años de la Segunda República española, así como durante la guerra civil, la larga noche franquista y después de la muerte del dictador y el retorno de la democracia.

Me parece interesante para ilustrar este artículo, establecer un paralelismo entre Sabino Arana y Theodor Herzl (1860-1904), el fundador del sionismo político, exacto contemporáneo de Sabino Arana. Ambos hombres presentan muchos rasgos en común: la visión que tienen de sus pueblos respectivos y del sentido de su acción política propia. Su misión presenta muchas similitudes. Además, sus biografías presentan coincidencias, quizás anecdóticas, pero que resultan sugerentes.

Evoluciona con su tiempo Desde el comienzo de su acción política, es decir el año 1893 (Discurso de Larrazabal el 3 de junio, publicación de Bizkaitarra el 8 de junio), Sabino Arana se implica en la vida política del País Vasco y emprende varias luchas puntuales para preservar los intereses y los valores de dicho país: Gamazada (revuelta popular en Navarra contra una ley considerada por los navarros como anti-foral en 1893-94), revisión del Concierto Económico en 1894, apoyo al euskara, participación en campañas electorales a partir de 1898, etc. Es cierto que su primer mensaje es un mensaje muy radical y bastante duro, lleno de prejuicios en boga en aquella época y de unas desviaciones de lenguaje de las cuales se han aprovechado, más tarde y hasta hoy, todos los adversarios del nacionalismo vasco.

Pero Sabino Arana sabe evolucionar: aprovecha de manera incontestable la muy grave crisis política, intelectual, cultural y moral que afecta al Estado español en el decisivo año 1898, al fin de la cual, este país se encontrará privado de sus últimas colonias de Cuba y Filipinas. Es en septiembre de ese año cuando Sabino Arana fue elegido diputado provincial de Bizkaia.

La figura del nacionalismo vasco se modifica profundamente durante los años siguientes. La integración de la sociedad recreativa de Bilbao Euskalerria en los años 1898-99 en el seno del nacionalismo supone una evolución liberal, moderada y pragmática. La evolución españolista de Sabino Arana en 1902-03 es un episodio que tiene que estudiarse en este particular contexto, caracterizado además por una intensa represión madrileña, y no como un episodio excepcional y aparte, que constituiría un tercer episodio de la actividad de Sabino Arana; es este un error en el que, en mi opinión, incurren numerosos historiadores.

Por su parte, Theodor Herzl es, en esta misma época, un extraordinario hombre de acción (Sabino Arana escribió en El Correo Vasco en 1899: …ningún bien recibe la patria con vana palabrería, mientras los hechos, la acción no acompañe a la palabra). Como Sabino Arana, Herzl sacrifica su salud y sus bienes al servicio de su causa. La suya es la creación de un Estado judío que anhela y que le parece absolutamente necesaria, frente al desarrollo masivo del antisemitismo en los países occidentales y en Rusia en este fin del siglo XIX. Su actividad es incansable como la de Sabino Arana: escribe innumerables artículos en periódicos y revistas, además de libros y obras de teatro. Como Sabino Arana, el pensador sionista está profundamente afectado por la situación catastrófica de su pueblo, y por las persecuciones que soporta durante, en particular, los terribles pogromos. En la misma época, concibe también un repliegue estratégico (sería su evolución españolista) y Herzl plantea la idea de un hogar nacional judío en Uganda, la cual defiende en un momento y sin entusiasmo frente a sus discípulos estupefactos.

El visionario La gran idea de Sabino Arana fue, sin duda ninguna, la formulación de: Euzkotarren aberria Euzkadi da. Es esta idea de la nación vasca, de la patria vasca, la que constituye su principal aportación en el área de la política.

Concibe la organización de esta nación como una confederación dentro de los límites de sus siete provincias históricas. Es el primer político que destacó que el pueblo vasco de las dos orillas del Bidasoa tenía una comunidad de destino. Más allá de los marcos políticos y administrativos distintos rigiendo el destino del pueblo vasco, tanto ayer como hoy, Sabino encarna una unidad espiritual del pueblo vasco, unidad, por ejemplo, simbolizada en la ikurriña -bandera que concibió- pasando por encima de las divergencias políticas.

Como Sabino, Theodor Herzl fue un visionario y un profeta. Sus dos principales predicciones, o sea el triunfo ineluctable del antisemitismo tanto en los países fascistas como en otros, incluyendo a Francia con el régimen de Vichy, y la creación de un Estado judío, se concretaron medio siglo después de su muerte. Por cierto, en su época la gente acogió las ideas de Herzl con reticencias y estupor. Como suele ocurrir con los profetas, al principio, predicó solo a unos conversos. Pero pronto, la adhesión entusiasta de miles y miles de judíos de Europa del Este, le confirió en vida una aura de la que Sabino no tendría la oportunidad de gozar antes de fallecer.

El escritor Stefan Zweig, presente en su funeral, escribió en aquella ocasión: No era un mero escritor o un mediocre poeta quien acababa de fallecer, sino uno de esos creadores de ideas que emergen en muy pocos momentos de la historia de los países y de los pueblos.

Se podría decir lo mismo de Sabino Arana. Después de su muerte, se le consideró como un auténtico, si no el mayor, genio político del pueblo vasco. Muchos de los que polemizaron ardientemente con él (Arturo Campión, Resurrección María de Azkue, Miguel de Unamuno, entre otros) reconocieron sus grandes méritos y le rindieron homenaje.

Y es que, ¿no había conseguido, en efecto, despertar, por lo menos en Bizkaia, el hondo sentimiento patriótico adormecido en el corazón de cada vasco?, ¿no había, también, restituido al euskera, hasta entonces despreciado, toda su dignidad? Por la herencia política y cultural que dejó, Sabino Arana, más que el último vasco del siglo XIX, es el primer vasco del siglo XX.

Sabino Arana, como Theodor Herzl, había comprendido que el imaginario guía a los pueblos. Su mensaje es una exhortación al orgullo, a erguirse y al desafío: “Basta de ser lo que no sois. Sed orgullosos de ser vascos”. Por eso, pese a sus detractores, en su mayoría españoles, hoy perdura la profunda huella de Sabino Arana.