Los testigos monetarios del Gobierno de Euzkadi

Se considera a las monedas de 1 y 2 pesetas de 1937, fabricadas en Bélgica, como el único ejemplo acuñado en la historia contemporánea vasca.

Un reportaje de Iban Gorriti

23-F. Tres únicas letras son suficientes para que un recuerdo histórico alarme a la mente por aquel intento fallido de golpe de Estado de 1981 por parte de algunos mandos militares españoles. Curioso es el dato de que otro 23 de febrero, el de 1937, el Gobierno Provisional de Euzkadi emitió un decreto sobre la emisión de monedas propias de una y dos pesetas tras el golpe de Estado de julio de 1936. Ambos conatos de acabar con la democracia, con las libertades, con los Derechos Humanos, están separados por 45 años.

Eliodoro de la Torre (Barakaldo, 1889), consejero de Hacienda del lehendakari Aguirre, fue el encargado de poner en marcha toda la maquinaria humana y logística necesaria para emitir moneda. La producción se encargó a Bélgica, aunque en localidades como Gernika se producirían, por ejemplo, las de Asturias. Durante aquel 23-F se publicó la información en el Diario Oficial del País Vasco el 17 de marzo. El decreto daba a conocer la razón de la emisión: “En los últimos tiempos en el territorio en el que ejerce autoridad el Gobierno de Euzkadi se ha notado escasez de moneda fraccionaria, que ha producido entorpecimientos en las transacciones comerciales”, aseguraba Eliodoro de la Torre y firmaba el presidente Aguirre.

Para evitar aquellas dificultades, el Gobierno preparó la emisión de monedas de níquel de una y dos pesetas, y a propuesta del consejero se autorizó una partida de 10 millones de pesetas. “En el anverso de las cuales figura la inscripción de Gobierno de Euzkadi y en el reverso, en cifra, el valor”, imprimían. El Artículo 2 preveía que el Departamento de Hacienda entregara a la Banca local y Cajas de Ahorros la cantidad suficiente de moneda para que fuera distribuida de manera que quedaran atendidas las necesidades de la industria, el comercio y los ciudadanos en general.

Las monedas de Euzkadi se acuñaron en Bélgica y no en Gernika “por seguridad, porque se podían ‘perder’, sufrir hurtos, etcétera”

El decreto dejaba a su vez por sentado que estas monedas quedaban equiparadas a las oficiales para todos los efectos. “Serán de curso forzoso en el territorio sobre el que ejerce su autoridad el Gobierno de Euzkadi y tendrá fuerza liberatoria en toda clase de pagos”, apuntaba. El Departamento de Hacienda advertía de que los autores, cómplices o encubridores de su falsificación incurrirían en el delito de falsificación de moneda. Asimismo, explicaba que de cara al atesoramiento y eventuales sanciones, aquellas monedas quedaban “equiparadas a las de plata”. El último artículo del decreto concretaba que en el momento en que hubiera de producirse la caducidad y retirada de este valor se anunciaría “de forma oportuna y por medios eficaces, con antelación suficiente”.

Las monedas se acabarían acuñando en Bélgica. Al respecto, el historiador José Ángel Etxaniz Txato, de Gernika-Lumo, recuerda a DEIA el testimonio de un amigo suyo de la villa foral. Se llamaba Juan Gerrikabeitia Bikandi y fue veterano trabajador de la fábrica JYPSA Joyería y Platería de Guernica S.A., de cubertería y cuchillería. “Gerrikabeitia me contaba que las monedas de Euzkadi no se fabricaron en Gernika por seguridad, porque se podían perder, sufrir hurtos, etc. Por esa razón se mandaron acuñar en el extranjero”, transmite Etxaniz, miembro de Gernikazarra Historia Taldea, fundado en 1985. El historiador matiza, sin embargo, que “en JYPSA sí se fabricaron las monedas para el Consejo de Asturias y León”. José Ángel Etxaniz adelanta que en abril publicará un trabajo de investigación monográfico sobre esta temática.

Características

El investigador Didier E.H.M.G. Vanoverbeek, por su parte, editó un trabajo en el que escribía sobre lo que tituló Acuñación de una moneda única para un Estado efímero. Relataba que los diseños de las dos monedas fueron obra de Armand Bonnetain y los cuños para la producción se fabricaron en el taller Alexandre Everaets; los cospeles salieron de una firma de Lieja. La acuñación del valor se realizó en siete semanas por el precio de 2.125.000 francos, en dos pagos. La entrega se produjo en dos ocasiones: en tren por Toulouse y en barco desde Amberes.

Las monedas de dos pesetas pesan 8 gramos y tienen un diámetro de 26 milímetros y la de una pesan la mitad y su diámetro es de 22 milímetros. De la primera se produjeron un total de dos millones y de la de menor valor seis millones. A juicio de Vanoverbeek el Gobierno de Euzkadi tenía previsto acuñar también de 5 pesetas, pero el fin de la guerra lo impidió. “Por lo tanto, estas dos piezas siguen siendo los únicos testigos monetarios de la historia contemporánea del País Vasco”, valora en el trabajo difundido por Adolfo Ruiz Calleja.

El anverso de las monedas muestra dentro de un borde moldeado de perlas un busto de mujer con gorro frigio mirando hacia la derecha. En la parte inferior del busto las iniciales estilizadas del artista: AB. En el reverso, dentro de un borde moldeado de perlas el valor de la pieza siendo de una o dos pesetas. En la parte inferior está el año 1937 por encima de un guion, y el conjunto rodeado por una corona de laurel.

El lehendakari que ‘nunca’ estuvo en Suecia

En la estancia del lehendakari Aguirre en Suecia, previa a su traslado a América, no faltó ningún ingrediente digno de una novela de espionaje y guerra, pero descarnadamente real

Un reportaje de Óscar Álvarez Gila

SI esto lo supieran en Hollywood, hace tiempo que habrían hecho una película”, me decía un colega del Latinamerikainstitutet de la Universidad de Estocolmo, cuando le explicaba las vicisitudes por las que pasó el primer lehendakari del Gobierno vasco, José Antonio Aguirre, para escapar de la Europa ocupada por los nazis. Las conocemos gracias al libro que publicó en 1943 la Editorial Ekin de Buenos Aires (De Gernika a Nueva York pasando por Berlín), y más recientemente por la edición comentada por Iñaki Goiogana de su diario personal, publicada por Sabino Arana Fundazioa en 2010. El periplo que llevó al lehendakari desde Bélgica, donde fue copado tras la capitulación de Francia en mayo de 1940, hasta su reaparición pública en Uruguay en octubre de 1941, tiene todos los ingredientes de un buen guion cinematográfico: persecución y clandestinidad, con todo un sistema de ayuda gestionado desde Nueva York por Manuel de Ynchausti, en el que se involucraron miembros de diversos cuerpos diplomáticos, así como personas de buena voluntad que permitieron al lehendakari evitar ser capturado y remitido a la España franquista. Bien cabe imaginarse que le habría esperado allí un destino muy similar al de Lluís Companys, presidente de la Generalitat, entregado en agosto y fusilado en octubre de 1940.

Aguirre y Persson con sus familias, en Göteborg, en junio de 1941. Foto: Sabino Arana Fundazioa
Aguirre y Persson con sus familias, en Göteborg, en junio de 1941. Foto: Sabino Arana Fundazioa

 

La elección de Suecia como punto de partida para su traslado a América era la más lógica, dado que no podía usar ningún puerto de las oficialmente neutrales España y Portugal; y más aún cuando el estallido de la guerra entre Alemania y la Unión Soviética el 22 de junio de 1941 hizo imposible la primera opción que había barajado: cruzar toda Siberia hasta el Pacífico y, desde allí, embarcarse hacia Estados Unidos. Así, tras obtener un visado de tránsito en la embajada sueca en Berlín, el 22 de mayo de aquel mismo año pudo viajar a Göteborg, en la costa atlántica, a fin de tomar el primer barco con destino a América. No obstante, lo que se estimaba que pudiera llevarles apenas unos días acabó por alargarse hasta fines de julio. Aguirre documenta en su libro y diario la vida familiar y sus impresiones sobre la sociedad sueca, al tiempo que desgrana las gestiones que debió hacer para conseguir tanto un pasaje en un barco, como los oportunos visados para su destino. Finalmente, el 31 de julio abandonarían Europa a bordo del Vaxholm, con destino a Río de Janeiro.

IDENTIDAD FALSA Seguir los pasos del lehendakari durante su estancia en Suecia es casi tan difícil como les fue a sus perseguidores dar con su paradero durante aquellos duros meses. En primer lugar, porque oficialmente Aguirre nunca estuvo en Suecia: entró y salió del país usando la identidad falsa del panameño José Andrés Álvarez Lastra (y su esposa bajo otra identidad igualmente supuesta: la venezolana María Arrigorriaga, viuda de Guerra, y sus dos hijos). Y son estas dos identidades las que dejarían un rastro en la burocracia estatal sueca. En el Archivo Nacional (Riksarkivet) pudimos localizar, gracias a la ayuda del personal de documentación, diversos testimonios de su paso por Suecia en los fondos de la States Utlänningskommission (Comisión Estatal de Inmigración): en concreto, tres expedientes marcados específicamente con los nombres con los que viajaba el matrimonio Aguirre-Zabala.

Los dos primeros expedientes datan entre junio y julio de 1941 y vienen a confirmar el relato aportado por el propio lehendakari que hasta ahora constituía la única fuente con la que contábamos para conocer estos dos meses de su biografía. Son dos solicitudes cursadas por la agencia de viajes Nordiska Resebyrå de Göteborg, de 4 de junio y 10 de julio respectivamente, dirigidas a la Socialstyrelsen (Agencia de inmigración), pidiendo la prórroga del visado temporal expedido en Alemania al matrimonio.

Ambas las firma Ingve Persson, el empleado de la agencia encargado de gestionar el viaje del lehendakari y, si nos remitimos a lo que el propio Aguirre recoge en su diario, una persona muy próxima, y de las pocas que tuvo conocimiento de su verdadera identidad. A las cartas se añaden los formularios de solicitud firmados por los propios interesados. El formalismo de la burocracia nos deja entrever algunas cosas interesantes. En ambas solicitudes, por ejemplo, se indica como domicilio el hotel Kung Karl en Göteborg, y se registra como persona de referencia en Suecia, nada menos que al cónsul de la República Dominicana, Erik Hultgren. El motivo que aduce Persson es en los dos casos muy similar: los pasajeros tomarán un transatlántico a Nueva York, dice en la primera carta; saldrán del puerto de Göteborg en cosa de 10 a 14 días, dice en la segunda. La incertidumbre era la norma desde el inicio de la guerra.

Suecia, como país neutral, había tenido que firmar un acuerdo con británicos y alemanes regulando las condiciones de su tráfico naval con América, limitando el tonelaje y características de los productos que Suecia podía importar, únicamente para su abastecimiento. Además, incluso con bandera neutral, algunos barcos suecos habían sido hundidos en el Atlántico. Recién llegado al país, el 30 de mayo Aguirre recogía en su diario cómo hemos leído en sueco que un vapor de Göteborg ha sido torpedead”, y se preguntaba sobre su viaje: ¿habrá dificultades? Ciertamente las hubo: los planes urdidos por Persson y financiados por Ynchausti caían presa de las cancelaciones y los retrasos.

Un día antes de su partida, el periódico local Göteborgs Handels- och Sjöftarts- tidning confirmaba a toda plana el hundimiento en abril en el Atlántico norte de otro barco sueco que viajaba hacia Brasil, el Venezuela, dejando al menos 49 muertos. Aguirre no menciona en su diario esta noticia, no sabemos si por desconocimiento o, simplemente, por la feliz perspectiva de su próxima salida. Y el contexto internacional tampoco ayudaba: Suecia se hallaba en aquellos meses de 1941 en plena Midsommarkrisen (la demanda por parte de Alemania de dejar pasar tropas por su territorio para luchar contra la URSS, bajo la velada amenaza de la conquista del país).

ESPÍAS ALEMANES Los expedientes incluyen informes de la policía criminal de Göteborg, que tras confirmar la veracidad de las solicitudes (Nordisk Resebyrå ha recibido 2.000 dólares de un banco americano para abonar los pasajes tan pronto como se retornen aquí los pasaportes), añaden algunas pinceladas sobre la estancia de los Aguirre-Zabala. Por ejemplo, se menciona su religión, ya que con los dos hijos de ella acuden regularmente a la única iglesia católica de la ciudad, la S:t Joseph Katolska Kyrka de la calle Spannmålsgatan. Además, la prensa local que Aguirre mismo decía consultar a pesar de las dificultades idiomáticas explica en parte la decisión que tomaron, en dos ocasiones, de trasladarse a poblaciones turísticas del sur de Suecia: primero a Båstad, del 9 al 16 de junio, y después a Västra Bodarna, del 16 al 26 de julio. Era temporada alta en el calendario turístico sueco, pero con las problemas económicos y la guerra europea los hoteles estaban casi vacíos, razón por la cual Aguirre, siguiendo el consejo de Persson, optó por desplazarse en busca de un alojamiento más barato. Además Göteborg no era el lugar más seguro para un fugitivo: al poco de llegar a Suecia, la prensa informaba, precisamente, del desmantelamiento de una red de espionaje alemán en la ciudad.

El documento final de esta primera serie, sin embargo, nos deparaba una sorpresa. El 10 de febrero de 1944 la Socialstyrelsen informaba al ministro de Asuntos Exteriores sueco S. Hellstedt del envío de los dos expedientes de visado, a solicitud de su ministerio. ¿Cuál era el motivo de este requerimiento? El tercer expediente nos ofrece algunas explicaciones y plantea nuevas preguntas.

Efectivamente un día antes, el 9 de febrero, el ministro había demandado información de un ciudadano venezolano, de Guerra, que habría llegado a Suecia el 23 de mayo de 1941 procedente de Alemania o Dinamarca, acompañado de su esposa y dos hijos menores de edad. Se aclaraba, además, que la familia posiblemente había arribado a Suecia bajo el nombre de Álvarez Lastra -la esposa de Arrigorriaga. Se incluían datos precisos, como el año de nacimiento y, sobre todo, el nombre del barco y fecha de partida desde Göteborg. Como puede deducirse, aunque en parte erróneas –la carta asume que Guerra era el apellido real del lehendakari–, las informaciones de que disponía el ministro eran muy exhaustivas.

Dos días más tarde, una vez aclarado el verdadero nombre del lehendakari, el ministro en persona escribía al embajador sueco en Alemania, Arvid Richet: Hermano. Sobre tu carta del 3 de febrero relativa al expresidente Aguirre te pido que me remitas la información de la concesión del visado. El embajador se tomó su tiempo para replicar. El 22 de febrero responde que nunca fui consciente de que tras Álvarez Lastra se escondiera, de hecho, el expresidente Aguirre, y añade:“sí que recuerdo una visita que me hicieron algunos embajadores sudamericanos, quizá fueran dos, respecto a lo que en su opinión era un asunto muy importante sobre un visado; y que ellos, como suele ser común entre los sudamericanos, eran muy habladores.

Uno de los alumnos de doctorado del Latinamerikainstitutet, especialista en historia diplomática, confirmó mis sospechas sobre el tono de la carta: el embajador estaba intentando echar balones fuera. ¿Por qué y hacia dónde? Lo intrincado del sistema archivístico del ministerio sueco de Asuntos Exteriores, unido a la falta de accesibilidad de su correspondiente español, nos impiden por ahora pasar del terreno de las hipótesis, aunque éstas sean muy sugerentes.

Recordemos la cadena de acontecimientos: en 1943 Aguirre relata en su libro las diversas etapas de su huida, con nombres, fechas y lugares; entre ellos la mención al embajador Richet quien por su orden personal le con cediera el visado que les permitió abandonar Alemania. Y al poco tiempo de su publicación, el gobierno sueco se ve en la obligación de iniciar una indagación interna a fin de saber si éste había actuado de forma deliberada o, como adujo en su defensa, si había sido mal informado. Sin duda, debió llegar de algún modo una protesta, o una exigencia de explicaciones, bien de parte de España o, quizá, de la propia Alemania; una requisitoria que, todavía en 1944, cuando la guerra aún no estaba decidida, no podía dejarse a un lado.

Esperamos que futuras investigaciones puedan aclarar éste y otros aspectos, aún oscuros, sobre la aventura sueca de Aguirre en su escape hacia la libertad. Más de cien años después de su nacimiento, la figura del primer lehendakari sigue todavía ofreciendo interesantes vías para seguir indagando en el conocimiento de una biografía que, en gran medida, es el reflejo de toda una importante etapa en la historia del País Vasco.

Nochebuena de 1836: La batalla de Lutxana

Un error en la interpretación de una orden por parte de un corneta, que tocó ‘al ataque’ cuando le habían dicho que tocara ‘alto’, propició que los liberales derrotaran a los carlistas y tomaran Bilbao. La nieve en Lutxana se tiñó de sangre

Un reportaje de Enrique de la Peña

LA localidad de Lutxana fue testigo, hoy hace 180 años, de acontecimientos memorables que cambiaron el devenir de la nación. En aquel reducido espacio, el fiel de la balanza de la historia osciló mientras miles de hombres derramaban su sangre bajo las condiciones climatológicas más adversas.

Diciembre de 1836. Nuestro país sufre desde hace tres años una sangrienta guerra civil, un conflicto ideológico que posteriormente sería denominado la Primera Guerra Carlista. A su muerte, Zumalacárregui legó a su rey un ejército aguerrido y un embrión de estado que desafiaría mortalmente a la España de Isabel II que contaba con todos los recursos del Estado y con el respaldo de Francia, Gran Bretaña y Portugal, integradas en la Cuádruple Alianza. Sin embargo, en agosto de 1836 los liberales más radicales habían obligado a María Cristina, la Reina Gobernadora, a firmar la Constitución de 1812 y cundía la división y el desasosiego en las filas isabelinas.

El carlismo tenía también graves preocupaciones y la fundamental era la perenne penuria económica; precisaba desesperadamente recursos, y Don Carlos fijó su mirada en Bilbao. Si la rica villa fuera tomada por sus tropas, podría obtener los préstamos necesarios. La junta convocada en Durango en octubre de 1836 acordó la conquista de la capital vizcaina y los generales Eguía y Villareal dirigirían las operaciones.

El 24 de diciembre amaneció nuboso y frío. Llovía y había nieve en los altos. Aquel domingo, la villa se mostraba triste, oscura y angustiada, y muchos de sus edificios eran montones de escombros humeantes. Se cumplían sesenta y cuatro días de asedio y la situación era desesperada, pero la plaza no pensaba en rendirse. Desde los altos de Miribilla se miraba con ansiedad hacia Portugalete, donde el ejército del Norte, al mando de Espartero, se esforzaba en romper el cerco. Pero la salvación no llegaba y pasaban los días…

Los carlistas eran tenaces; uno a uno habían tomado los fuertes que protegían Bilbao: Banderas, Capuchinos, San Mamés, Burtzeña, Lutxana… y en ellos se habían apropiado de artillería que engrosó la suya propia para herir a la ciudad. El fuerte de San Agustín, en el solar del actual ayuntamiento, era la puerta de entrada al corazón de la villa, y allí fue donde con más denuedo golpearon. Los intensos bombardeos y asaltos del 17, el 22 y el 27 de noviembre convirtieron el edificio en una ruina que finalmente fue tomada a través de las alcantarillas. La consternación se apoderó de la ciudad; su pérdida parecía inminente. Sin embargo, en un golpe de audacia, guarnición y milicianos tomaron una suicida determinación; bajo un tiroteo constante que supuso un sangriento tributo, consiguieron acumular material combustible y dar fuego al edificio, logrando un tiempo precioso para establecer una segunda línea en la entrada del Arenal que conjuró el peligro. En claro desafío, los milicianos bilbainos colocaron en el lugar un gran cartel en el que se leía Tránsito a la Muerte.

Ese mismo día, 27 de noviembre, Espartero pasó el río Galindo y lanzó a sus hombres a la conquista del puente de Castrejana sobre el Cadagua. Los batallones alaveses y guipuzcoanos del general Villareal, unos cuatro mil hombres, se defendieron tenazmente de los quince mil liberales y, cuando refuerzos carlistas pasaron el puente de Alonsotegi, los cristinos hubieron de retirarse de nuevo a Portugalete ante el riesgo de verse envueltos.

Dos días después, el general liberal decidió hacer un intento por la margen derecha. La marina española y británica le procuró un puente de 680 pies desde Portugalete hasta la orilla contraria abarloando treinta y dos navíos. El 30 de noviembre los constitucionales marchan por Leioa y Erandio hacia Asúa; allí el puente sobre el río está cortado, las defensas son demasiado sólidas y los liberales se ven bloqueados en la margen derecha del río Asúa. Mientras tanto, un violento temporal ha destrozado el puente de barcas y la situación se hace crítica. Los isabelinos son atacados mientras se construye un nuevo puente; el día 7 evacúan la margen derecha y regresan a Portugalete donde les espera un refuerzo de cuatro mil hombres.

Llegan refuerzos Un nuevo intento frustrado en Burtzeña hace cundir el desánimo en el ejército liberal. Sin embargo, una encendida proclama de su general y la llegada de dinero y nuevos refuerzos elevan la moral. La oficialidad liberal considera imposible la liberación de la villa, pero, alentado por los mandos ingleses, Espartero se impone: no hay alternativa; salvar la plaza o morir en el intento. El general sabe su prestigio en juego y, si es derrotado, Bilbao se perderá inevitablemente; pero ha de actuar con presteza, la plaza puede caer en cualquier momento y sus consecuencias serían desastrosas.

El apoyo inglés será decisivo; desde la posición fuertemente artillada por los británicos en el Desierto, frente a Erandio, se construye un nuevo puente el día 17 para el paso de tropas. El 23 pasan el Galindo y los liberales ocupan la margen izquierda frente a Lutxana, a la vez que se posicionan en Erandio.

El día de Nochebuena, Espartero se halla enfermo; aquejado de cólicos se encuentra encamado en Erandio, en el palacete de D. José María Jado, rico propietario bilbaino. Será su lugarteniente el general Oráa quien elabore los planes de asalto y dirija las operaciones; Espartero, desde su cama, recibirá información y dará las órdenes oportunas.

Al amanecer, un intenso bombardeo golpea las defensas carlistas en Lutxana que disponen de una batería en Montecabras, a 50 pies de altura, un fortín en la Casa de la Pólvora y un reducto de un solo cañón junto al destruido puente sobre el Asúa. Sorprendentemente, el mando carlista no es consciente de lo que se avecina y muchas de las tropas, ante un tiempo realmente horrible, han sido acantonadas en los alrededores.

Oráa sabe que la clave es el puente de Lutxana y ha puesto en marcha todo su ingenio. Tres batallones se han situado en la margen izquierda y sus cañones causan estragos en la otra orilla. Repentinamente, hacia las 4 de la tarde, el día se oscurece y cae una tromba de granizo y nieve; el momento es aprovechado y ocho compañías de soldados escogidos son transportadas desde la margen izquierda en treinta lanchas. Dos balsas británicas se dirigen al puente; aportan materiales para su pronta reconstrucción. La niebla y la cellisca impiden a los carlistas divisar a sus enemigos hasta que ya los tienen encima, y son muy pocos frente al masivo e inesperado desembarco. A pesar de la obstinada defensa, los carlistas han de replegarse y sus contrarios toman las posiciones una a una, apoderándose del puente y de Montecabras. Las balsas permiten el paso de varios batallones mientras los ingenieros se afanan febrilmente en la reparación del puente, que quedará apto en el plazo de una hora y media.

A la bayoneta Los liberales se lanzan monte arriba, pero a mitad de camino topan con una obstinada defensa que les detiene en seco. De Banderas bajan refuerzos; muchos de ellos son castellanos, hombres extenuados que han llegado cinco días antes con el general Gómez tras seis meses de un recorrido por toda la península que les ha llevado hasta Algeciras. Los siete batallones que pueden oponer los carlistas están incompletos, alguno de ellos no cuenta más de trescientos efectivos.

A pesar de la enorme desproporción, los carlistas resisten y los cristinos se ven en una situación crítica; el temporal ha destruido el puente que le une con la margen izquierda y la nieve cubre el paisaje y los cadáveres. Se dan violentos ataques a la bayoneta y nadie cede. Hacia las once y media, Oráa acude a Espartero y le expone lo apurado de la situación. El general pide un caballo y sobreponiéndose a sus dolores acude al lugar del combate siendo recibido por los soldados como a su salvador. En primera línea, el general Iribarren ha enardecido a sus hombres y se han lanzado de nuevo contra los facciosos. Espartero se ve frustrado; su idea era esperar el amanecer, aunque su situación es muy comprometida rodeada por montes infestados de enemigos y con dos ríos a retaguardia. Ante la precipitación de Iribarren exclama con irritación: “Sí, ya está empeñada la lucha y vamos a morir”. Hacia la una de la madrugada un violentísimo aguacero hace imposible el combate. En la noche, Espartero creía perdida la batalla; no sabía que el frente enemigo era extremadamente débil y veía su posición en Lutxana muy precaria. Sin embargo, un hecho fortuito, cuando ordenaba el relevo de tropas, le entregó la llave de la victoria. Oráa ordenó a un corneta tocara alto; pero el soldado confundió la orden y señaló la de ataque. Y, milagrosamente, aquellos soldados extenuados y ateridos se lanzaron adelante como autómatas. Oráa hizo amago de atravesar con su espada al infeliz corneta, pero Espartero al ver la reacción de sus hombres, cogió del brazo a su lugarteniente y permitió que continuara la acción.

Los carlistas se hallaban extenuados y faltos de munición, y, ante aquel ataque inesperado, se desmoronó su voluntad y las líneas cedieron; todo fue confusión y los voluntarios no obedecían ya a sus oficiales. Increíblemente, sus mandos no habían reaccionado y los combatientes no recibieron los refuerzos que hubieran podido derrotar a los cristinos como hicieron días antes en Kastrexana.

Hacia las 4 de la mañana, los liberales tomaron el fuerte de Banderas mientras los carlistas se desbandaban hacia Asúa, Sondika y Derio. Tras la ocupación del molino de viento y las casas de Artxanda, la liberación de Bilbao era ya un hecho.

A las 9 de la mañana, Espartero hizo su entrada a pie en Bilbao, y quiso hacerlo pasando junto a las ruinas de San Agustín, recorriendo el Tránsito a la Muerte. En el Arenal formaba la Milicia Nacional y allí abrazó a todos sus jefes haciéndoles patente que “envidiaba mucho la justa y merecida gloria que habían adquirido”.

La liberación de Bilbao resonó en toda la España liberal y desató el júbilo de los partidarios de la Reina. La villa fue declarada invicta, además de muy noble y leal, se otorgaron pensiones a viudas y huérfanos y Espartero obtuvo el título de Castilla con el apelativo de Conde de Luchana; empezaba para él una carrera fulgurante que le llevaría a lo más alto en el estado liberal.

Para los carlistas la batalla de Lutxana fue un absoluto desastre que de un plumazo hizo inútiles los enormes sacrificios realizados ante la villa. Eguía y Villareal fueron destituidos, cundió el desánimo y se habló de traición. Sólo la inactividad de Espartero impidió la total destrucción de las fuerzas realistas, que, no obstante, supieron sobreponerse a la adversidad. Pocas semanas después de Lutxana, plantarían cara nuevamente a sus bien armados oponentes. La guerra duraría todavía tres largos años…

Las olvidadas de la Guerra Civil fusiladas y encarceladas

El dictador Franco fusiló a 64 vascas y abrió dos cárceles para mujeres en Amorebieta y Durango

Un reportaje de Iban Gorriti

Desapercibidas años atrás para los historiadores, olvidadas por la sociedad. Aún 80 años después son pocas las investigaciones existentes sobre la mujer vasca en las cárceles durante la Guerra Civil y el franquismo. Comienzan a ver la luz, pero bien es cierto que tras dejar escrito primero la de los hombres. “Las mujeres vascas fueron tan protagonistas como los hombres, pero de una forma diferente. La mayoría no estuvo en el frente, pero sufrieron persecución, castigo, encarcelamiento en lugares expresos para ellas, incautación de bienes, exilio, rapados de pelo, paseíllos por la calle tras tomar aceite de ricino,…”, enumera Ascensión Badiola (Bilbao, 1961), doctora en Historia Contemporánea.


Badiola es autora de diferentes libros y de la tesis de 2015 titulada La represión franquista en el País Vasco. Cárceles, campos de concentración y batallones de trabajadores en el comienzo de la posguerra. En ella da cuenta de que en Bizkaia hubo dos ‘almacenes humanos’ de mujeres: la cárcel de Durango y la de Amorebieta. En la frontera costera anexa a Ondarroa, también existió la tristemente famosa de Saturraran, aunque ya en suelo guipuzcoano.

¿Cuántas mujeres sufrieron prisión? La pregunta a juicio de Badiola es incontestable. Los archivos de las cárceles de Amorebieta y Durango han desaparecido. Solo existe el archivo de Saturraran desde 1938 hasta 1944, y salvo documentos perdidos, “quedan a día de hoy más de dos mil expediente, si bien algunos nombres son repetidos porque hubo mujeres que fueron trasladadas múltiples veces y cada vez que regresaban a Saturraran se les abría un expediente nuevo”, aporta la investigadora bilbaina.

Así, por ejemplo, como el hombre, la mujer también murió fusilada. De los últimos listados publicados por el Gobierno vasco sobre mujeres pasadas por las arma en este territorio, se contabilizan 64 desde 1936 hasta 1940: 34 en Gipuzkoa, 22 en Bizkaia y ocho en Araba. “En un libro cita que en Bilbao fueron 19 de 9.000 prisioneros. El periodo de posguerra fue largo y también el encarcelamiento en sus diferentes fases. Yo solo he estudiado un periodo muy corto”.

La cuestión es cuáles eran las razones para que los antidemócratas, a la postre franquistas, fusilasen a estas mujeres. “Siempre las mismas, el delito de rebeldía, que incluía persecución a gente de derechas, o injurias al Glorioso ejército, como fue el caso de Juanita Mir, la periodista”.

En las cárceles vascas hubo mujeres de toda procedencia. Lo mismo en las prisiones de fuera de Euskadi. Badiola mantiene que el territorio franquista fue una cárcel para enemigas y enemigos del régimen, independientemente de su procedencia y dónde abundaron los traslados de una cárcel a otro como castigo y para evitar la reorganización del marxismo y del rojo-separatismo, así como para derribar psicológicamente al enemigo vencido en la guerra.

dos cárceles En la comunidad vasca, por un lado, permanecieron abiertas las prisiones provinciales de las tres capitales (Bilbao, Donostia y Gasteiz) que fueron “lugares de paso hasta el sumarísimo y hubo cárceles de cumplimiento de pena”. En Bizkaia hubo dos, en Amorebieta y Durango. La zornotzarra tuvo como director a un Machado, en este caso, Francisco, hermano mayor de los poetas Antonio y Manuel, quien también escribía, enviaba versos a Unamuno por si tenía las calidad poética de sus familiares.

El edificio se ubicaba en lo que hoy es el colegio El Carmelo, que funcionó entre 1938 y 1947. Junto a las mujeres se mantuvo encerrados en el penal a decenas de niños de corta edad, algunos de ellos nacidos y muertos en cautiverio, es el caso de José Humanes Aznar, que solo vivió diez meses. Terrible final padecieron también algunas madres procedentes de Albacete, Badajoz, Castellón, Ciudad Real, Girona, Madrid, Málaga o Toledo. Mantenían la política penitenciaria de dispersión.

La zornotzarra Marina García -fallecida en mayo de 2012- era entonces un bebé. Era hija de una reclusa, a la que se la arrebataron de sus pechos, como los de la mujer del cuadro Guernica de Picasso. En Santurtzi, las Hijas de la Cruz le prohibían a Marina decir que su madre estaba en la cárcel con las Carmelitas. La mayor alegría fue cuando liberaron a su madre después de que el médico diagnosticara a la niña la “enfermedad de la tristeza”, como se denominaba entonces a la depresión. Pero sanó junto a su progenitora, quien pese a que los franquistas le privaron de tres viviendas, recuperó su plaza de maestra, esta vez en Ea.

Badiola enfatiza que las presas sufrían “aislamiento en celda, y todo tipo de vejaciones de las monjas”. También en Durango. El año pasado se cumplieron 75 redondos años del sufrimiento de la cárcel de mujeres presas del totalitarista Franco en la villa vizcaina. Al cargo de las monjas de la Caridad -cualidad de la que estas religiosas nunca hicieron gala ni en la villa ni, por ejemplo, en la prisión de Saturraran- el almacén humano se ubicaba en un edificio que hoy no existe y solar sobre el que en la actualidad se levanta el colegio Nevers.

‘la dinamitera’ En aquel penal convivieron presas como la guerrillera madrileña e histórica Rosario Sánchez, La Dinamitera, o la madre de Edurne Gorosarri, duranguesa fallecida en agosto de 2014. Vicenta Garnika era una joven madre afiliada a UGT que no hizo nada para que sus propias vecinas le denunciaran y resultara encarcelada primero en el bilbaino Chalé de Orue y, después, en Durango. Un consejo de guerra le condenó a doce años de prisión por ser sindicalista y haber votado al Frente Popular. “Yo tenía 12 años y no entendía nada”, enfatizaba Edurne años atrás a DEIA. Meses después llegó el mejor día al reencontrarse ambas. Vicenta regresaba “flaquita”, con poco pelo, de habérselo cortado, antes, al cero. “Supe, luego, que la comida que le llevaba a diario lo compartía con otras presas”, subrayaba Gorosarri.

La fronteriza cárcel de Saturraran merece un capítulo aparte. “Es de la única que hay datos y no fue solo para mujeres guipuzcoanas o vizcaínas, sino para mujeres rojas y rojo separatistas. Hubo madrileñas, andaluzas, catalanas, castellano leonesas y manchegas, tinerfeñas…”, cita Badiola. Una de ellas, que también pasó por Durango, es la histórica Rosario Sánchez Dinamitera: la guerrillera que quedó sin mano derecha con 17 años, la cerillera, la miliciana, la del estanco en el franquismo, la comunista, la madre… la glosada en el poema de Miguel Hernández que la hizo internacional. Pasó once meses en la prisión duranguesa.

La guerrillera madrileña regresó a Saturraran, donde solo queda una pared de aquel penal que antes fuera seminario, cuando el Gobierno vasco rindió homenaje a las 4.000 mujeres presas en aquel enclave de Mutriku. Fue el 2 de abril de 2007. Falleció un año más tarde, el 17 de abril de 2008, cuatro días antes de poder cumplir 89 años. La duranguesa María González Gorosarri le dedicó un documental tras entrevistar a Dinamitera en su casa de Madrid.

Tras la Guerra Civil, llegó el franquismo y las mujeres también lo sufrieron. “Los años peores fueron hasta 1944. A partir de 1940 se empezaron a revisar penas y, aunque muchas mujeres fueron condenadas a cadena perpetua, sus penas fueron muy rebajadas y salieron de la cárcel para 1947 con los últimos indultos que hubo. El problema persistió después en sus pueblos donde fueron apaleadas, detenidas una y otra vez, se les impidió trabajar, etcétera”.

Einstein y los vascos

Un libro desvela que el Premio Nobel de Física alemán, que huyó del nazismo en 1933, fue garante de niños exiliados durante la guerra civil

Un reportaje de Iban Gorriti

EL físico más famoso del siglo XX, Albert Einstein (1879-1955), tuvo constancia de un episodio político relacionado con Euskadi e, incluso, dio protección a una parte de su comunidad: la más desprotegida cuando los Derechos Fundamentales saltaron por los aires por la acción del fascismo.

El científico alemán, según desvela un libro estadounidense, auxilió a víctimas que huían del totalitarismo de Hitler, Mussolini o Franco, entre ellas los niños y niñas exiliados desde Euskadi a otros países durante la Guerra Civil española. De algún modo, el humanista nacido en Ulm extrapolaba su huida ante la amenaza del nazismo en la de aquellos menores que partieron de puertos como el de Santurtzi con destino a países entonces en paz entonces como Gran Bretaña, Francia, URSS o Bélgica. Otra referencia bibliográfica, en este caso obra de Thomas F. Glick, asegura que el alemán universal pudo visitar Bilbao en febrero de 1923, después de que la Junta de Cultura le invitara a villa capitalina aprovechando un viaje de una semana que llevó a cabo por Barcelona, Zaragoza y Madrid.

La publicación titulada The Einstein file (El expediente Einstein) mantiene en inglés el enunciado siguiente: “Einstein prestó servicios en un comité de ayuda a refugiados centrado en niños refugiados vascos”. El autor del libro es el veterano periodista estadounidense Fred Jerom, quien bosqueja al padre de la física moderna como pacifista, socialista y ferviente crítico del racismo.

El editor del ensayo valora que desde que Einstein arribó a EE.UU. en 1933 huyendo del auge del nazismo, el FBI se dedicó a recopilar información sobre su persona para desacreditarlo y destruir su reputación. De hecho, la obsesión era tal que le siguieron investigando después de su muerte.

El expediente que lleva su nombre registra más de 1.400 páginas, todas ellas intentos de confirmar que el premio Nobel de Física de 1921 suponía un “riesgo” para la seguridad de Estados Unidos. Fue el caso del excéntrico director del FBI J. Edgar Hoover, quien estaba ofuscado con el perfil de aquel judío que siempre se presentó como agnóstico.

Hoover (1895-1972) fue el primer director de la Oficina Federal de Investigación en 1924. Siempre según la versión de Fred Jerome, Hoover casi se dejó la vida -murió de un infarto en plena era del presidente Richard Nixon- tratando de destapar que Albert Einstein, nacionalizado estadounidense, era un hombre “extensamente asociado a centenares de grupos pro-comunistas”, así como un garante de auxilio “a los refugiados españoles” o “a un grupo de niños vascos, y al Comité de escritores exiliados”, tal como se desprende de The Einstein file.

El capo del FBI investigó, entre otros, a las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil española, de forma más concreta a la Brigada Abraham Lincoln, organizada en el país norteamericano, “por la ideología comunista de sus integrantes”. A juicio de J. Edgar Hoover, Einstein también abrazaba este dogma, al igual que otros perfiles famosos que investigó, es el caso del actor y director de cine Charles Chaplin o la actriz Marilyn Monroe, esta última por su matrimonio con el “comunista” Arthur Miller y por sus relaciones con los Kennedy, eternos rivales del jefe de los espías. Aunque nunca lo pudo demostrar, el director del servicio de inteligencia yanqui comenzó a investigar al científico antes de que este cruzara el charco y lograra una nueva nacionalidad.

De visita en España Albert Einstein visitó durante una semana Barcelona, Zaragoza y Madrid en 1923, lo que pudo suponer un primer contacto con la realidad política del Estado bajo el mandato de Alfonso XIII, monarca que le recibió. El libro Einstein y los españoles: ciencia y sociedad en la España de entreguerras, escrito por el también estadounidense Thomas F. Glick, asegura que el premio Nobel se marchó de Zaragoza, “no por Barcelona, sino por Bilbao”.

Agrega que el 27 de febrero la Junta de Cultura vasca le dirigió una invitación, un hecho al que contribuyen diversos artículos publicados en la prensa de Euskadi. Eugenio Fojo sugirió incluso que el Ateneo de Bilbao organizara una serie de conferencias sobre la relatividad “por el gran número de hombres de ciencia que hay en Bizkaia y por contar con una Escuela de Ingenieros Industriales”. Thomas F. Glick (Cleveland, 1939), profesor de historia medieval de la Universidad de Boston e hispanista, también escribió en 2014 otro ensayo titulado Einstein in Spain: Relativity and the Recovery of Science.