Adiós a la leyenda del euskera como arma de los aliados

Un estudio desmonta la versión de que fue utilizado en 1942 por marines contra Japón como idioma encriptado durante la segunda guerra mundial

Un reportaje de Iban Gorriti

El Batallón Gernika desfila ante el Teatro de Burdeos, tras la victoria de Point Grave. Foto: Memorial Front du Médoc
El Batallón Gernika desfila ante el Teatro de Burdeos, tras la victoria de Point Grave. Foto: Memorial Front du Médoc

un extenso estudio publicado por la Asociación Sancho de Beurko deconstruye el mito del euskera utilizado como idioma codificado por alguna supuesta unidad de marines de origen vasco durante la Segunda Guerra Mundial, y de forma particular en el desembarco de la Batalla de Guadalcanal en verano de 1942. Los autores del laborioso trabajo surgido en Reno (Estados Unidos) hace más de quince años son los historiadores Pedro J. Oiarzabal, de la Universidad de Deusto, y Guillermo Tabernilla, de Sancho de Beurko Elkartea.

La investigación, con visitas a los archivos estadounidenses, británicos y estatales, desmonta uno de los mitos más arraigados de la historiografía vasca que, a su juicio, se repite “de forma cíclica” en los diferentes medios de comunicación desde hace setenta años. Tabernilla y Oiarzabal fundamentan esta creencia en “las muy complejas relaciones” entre los medios secretos del Gobierno vasco en el exilio y el servicio de inteligencia OSS norteamericano, precedente de la actual CIA.

El estudio de 156 páginas ha visto la luz en la revista digital Saibigain de Sancho de Beurko Elkartea. Lleva por título El enigma del mito y la historia: Basque codetalkers en la Segunda Guerra Mundial. El origen de la creencia heredada tiene su origen en dos publicaciones del año 1952. Primero en la edición mexicana del periódico nacionalista vasco Euzko Deya y, a continuación, una réplica de la armada franquista en La revista de Marina. Editan la misma nota “como reacción a una acción”.

Oiarzabal y Tabernilla ponen de manifiesto en su libro la “falsedad histórica” de tal hecho, enfatizando el obligado papel jugado por el enigmático capitán Frank D. (o Ernesto) Carranza, “hijo de inmigrantes vascos” -según un texto de la época-, artífice del supuesto uso militar del euskera en la última contienda mundial. “Diferentes fuentes citan a Carranza, pero no hay ninguna prueba que demuestre que se llamara así. Creemos que sí existió pero bajo otro nombre real”, subraya Tabernilla.

Es más, se cita que esta enigmática figura murió atropellada cuando salía de casa en abril de 1979 en la Quinta Avenida de Nueva York, vía en la que la OSS tenía su sede. También existe una entrevista en la que la histórica Marichu Anatol -de la Red Cométe- aseguraba en una entrevista publicada en DEIA que vio a Carranza en la muga en Bidasoa.

“A Marichu no se le puede cuestionar. Le vio sin duda. Pero no existe en los fondos militares esa persona con ese nombre. Salen en las bases de datos varios Carranza… pero ninguno con ese perfil. Ha pasado lo difícil de estar en el Pacífico con los marines a la muga del Bidasoa. Solo alguien se puede mover tanto si está trabajando para la inteligencia norteamericana “, agrega Tabernilla.

En aquella guerra sí se utilizaron lenguas como el de la comunidad nativa navajo para encriptar mensajes de radio como un método seguro de comunicación. Tanto es así que el código nunca fue descifrado por las fuerzas imperiales japonesas. Con relación a la lengua vasca, en 2008 el Gobierno vasco también hizo suyo el discurso de que se había usado el euskera como el navajo, pero nunca se había demostrado. “El navajo o el iroqués eran lenguas minoritarias que podían utilizarse, pero el euskera era ya un idioma estudiado y de alguna forma internacionalizado. Dos marines de la OSS de entonces ya declararon que no era posible. El euskera no era una lengua aislada, tenía presencia en muchas partes del mundo”, precisa Tabernilla.

‘capitán carranza’ Oiarzabal también aboga por que el mito surge de las extremadas complejas relaciones entre los servicios de información, y hay libros que lo citan. “Personas con cierta autoridad académica lo creyeron y lo difundieron. Empiezas a dudar que fuera cierto cuando buscas fuentes testimoniales. Tendría que aparecer alguna información real”, enfatiza Oiarzabal quien consultó a los mayores expertos en criptología de Estados Unidos. “Y me aportaron con pelos y señales por qué no se utilizó el euskera. Además, no aparece el capitán Carranza con esas credenciales ni los 60 marines vascoamericanos del cuerpo de transmisiones en Guadalcanal de la Organización Airedale”. A su juicio, resulta imposible demostrar que se diese la utilización de la lengua vasca a partir de esta investigación “con argumentos de peso y con documentos originales”.

El trabajo que se puede consultar de forma gratuita tiene una dedicatoria especial: “A todas aquellas personas que desde el anonimato sirvieron con su esfuerzo y sacrificio al Servicio Vasco de Información y a los servicios secretos de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, contribuyendo a la victoria final contra el totalitarismo”.

Algo más que el compañero de celda de ‘Lauaxeta’

Esta semana se cumplirán 80 años del fusilamiento del comandante del batallón de Eusko Indarra y cofundador de ANV, José Placer Martínez de Lecea

Un reportaje de Iban Gorriti

Algo más que el compañero de celda de ‘Lauaxeta’ Foto: DEIA
Algo más que el compañero de celda de ‘Lauaxeta’ Foto: DEIA

SE le conoce, en muchos casos, casi exclusivamente por ser aquel compañero de celda del poeta y periodista vizcaino, y comandante de intendencia Esteban Urkiaga, más conocido como Lauaxeta, sin embargo, tras analizar la biografía de José Placer, sería injusto retener tan solo ese capítulo. Fue una personalidad política relevante en Araba cuando estalló la Guerra Civil española, además de comandante de gudaris en el batallón Eusko Indarra de la ANV que cofundó. Finalmente, fue fusilado tras un juicio sumarísimo tras ser apresado por los golpistas franquistas mientras defendía una batería en Gernika.

El 5 de julio se cumplirán 80 años de su muerte. En su memoria, el Ayuntamiento de Barrundia ha organizado un acto de recuerdo por él y el resto de represaliados de la zona el 8 de julio a las 13.00 horas en la plaza del Ayuntamiento de Ozaeta.

El primer hijo de quince hermanos del matrimonio Gerardo Placer y Feliciana Martínez de Lecea, Pepe, nació en Ozaeta en diciembre de 1896. Allí vivió su infancia, donde su padre ejerció la profesión de médico de Barrundia durante 35 años. “Como curiosidad, aunque era natural de Zaragoza, Gerardo también trabajó en Busturia, donde fue médico de Sabino Arana”, recuerda Félix Placer, sobrino del fusilado.

José Placer tuvo que dejar pronto su pueblo para trabajar en Gasteiz, aunque volvía con cierta frecuencia a Ozaeta. De convencidos sentimientos nacionalistas e ideas progresistas estuvo afiliado a EAE-ANV desde los comienzos de su militancia política. Fue uno de sus cofundadores e impulsores en la capital alavesa en 1931.

Secretario del comité de Gasteiz, impulsó la corriente de izquierdas dentro de EAE-ANV. Pepe, miembro del nuevo Comité Nacional y representante de Araba, tomó parte activa en la campaña electoral de 1936. Al triunfar la izquierda se renovó la gestora de la Diputación de Araba. Los dos miembros de ANV fueron Joxe María Belaustegigoitia y José Placer, primeros representantes, por tanto, de la izquierda abertzale en esta institución.

El 18 de julio de 1936, tras el golpe de Estado contra la Segunda República, mientras algunos compañeros de partido fueron detenidos, Placer consiguió huir por Ozaeta. Lo recuerda su hermana Ofelia: “Estaba sola en casa. Mi padre fue a visitar a un enfermo en Narvaja y mi madre lo acompañó. Eran las once de la mañana. Inesperadamente se presentó mi hermano Pepe. Quería pasar por el monte a Gipuzkoa, pero no se acordaba muy bien del camino a seguir. Me preguntó si yo sabía de alguien que pudiera acompañarle, porque tenía miedo a perderse. Fui a buscar a un vecino de confianza. Lo acompañó y vino a avisarme de que Pepe ya estaba seguro. Después tuvo problemas por haberlo acompañado”, lamenta Ofelia, y continúa: “Nada más marcharse Pepe, apareció por la puerta de delante de casa el guarda de Elgea. Me preguntó con mucha insistencia a ver dónde estaba Pepe. Le dije que no tenía ni idea y de ahí no me sacó, pero venía a detenerle”.

José tuvo dos hermanos más que fueron gudaris: Eloy Placer, teniente alistado a su mismo batallón, al Eusko Indarra; y Félix Placer, comandante de la unidad comunista Karl Liebknecht. “Félix, se llamaba como yo, era mi padre y Eloy mi tío, como Pepe. Eloy fue condenado en Santoña y, tras exiliarse, trabajó como profesor de la Universidad de Reno. Fue gran investigador de la cultura vasca y escribió sobre Pío Baroja”, continúa relatando. De entre los quince hermanos también destacaron otras personas como Araceli Placer, reputada activista del PNV como conferenciante de Emakume Abertzale Batza.

José Placer luchó en Donostia y después como comandante del batallón Eusko Indarra en las unidades de artillería que actuaban en Gernika, junto a su hermano Eloy. Allí fue hecho prisionero el 3 de mayo, después del bombardeo de la villa. Le llevaron a Ondarreta. Reclamado por el Gobierno, estuvo preso en el convento de los Carmelitas de Gasteiz junto con Lauaxeta con quien compartió celda, condenado a muerte el 15 de mayo por el mismo alférez juez instructor José María Sarachaga y tuvieron como “defensor” de oficio al alférez José Antonio Sáenz de Santamaría, las angustiosas semanas de prisión.

Ambos fueron fusilados en el mismo lugar, en la pared norte del cementerio de Santa Isabel con días de diferencia: Placer el 5 de julio de 1937 y Lauaxeta el 25. “Murió con patriotismo y valentía, según lo atestiguó el Padre Moreno, que le atendió en sus últimos momentos. “Murió gritando Gora Euskadi askatuta”, subraya Félix.

José Placer era primo carnal del padre de la famosa escritora vasca Toti Martínez de Lezea. “Sí. Mi abuelo y su madre eran hermanos. Estos días que he leído sobre el homenaje a Lauaxeta no he podido evitar pensar en él. Compartieron celda en los Carmelitas de Gasteiz y fueron fusilados ante la tapia del mismo cementerio, pero de él apenas una palabra”, comenta a este diario la escritora, y añade: “Su madre, mi tía abuela Feliciana, fue a pedir que le dejaran ver a su hijo antes de morir, y no se lo permitieron”, concluye Toti.

Centenario de la obra maestra ‘Un viático en el Baztán’, de Javier Ciga

Hace un siglo, la Exposición Nacional de Bellas Artes celebrada en Madrid acogió el cuadro ‘Un viático en el Baztán’, una de las obras maestras, junto a ‘El mercado de Elizondo’, del pintor navarro Javier Ciga; una pintura que es un tratado de etnografía

Un reportaje de Pello Fernández Oyaregui

‘Un viático en el Baztán’, Javier Ciga, 1917. Foto: Museo de Navarra
‘Un viático en el Baztán’, Javier Ciga, 1917. Foto: Museo de Navarra

El 28 de mayo de 1917 en los Palacios de Exposiciones del Retiro de Madrid, con toda pompa y boato, se inauguró la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1917, presidida por la familia real y máximas autoridades del Estado, y se clausuró el 1 de julio (justo hace cien años). En la organización, se encontraban grandes artistas: Sorolla, Muñoz Degrain, Anglada Camarasa, Romero de Torres López Mezquita y un largo etcétera. El prólogo se hacía eco, de la difícil coyuntura que vivía especialmente Europa a causa de la Primera Guerra Mundial. Se expusieron 404 obras de pintura, grabado y dibujo; muchas de ellas, habían sido previamente rechazadas.

En 1917, Javier Ciga presentó su obra Un viático en El Baztán a esta exposición, que figura con el número 76 del catálogo. Ciga venía precedido de su éxito parisino (1912-1914), e iniciaba su fecunda etapa de madurez.

Se trata de su otra obra maestra, junto con El mercado de Elizondo. En ella, narra con incalculable valor etnográfico y sociológico, con personajes reales de su tiempo, una costumbre religiosa habitual en la época. Ciga participa de una constante en la pintura finisecular que es el progresivo tratamiento de los temas religiosos desde una perspectiva más costumbrista, acorde con ese nuevo papel protagonista que el pueblo adquiere en esta época tardorromántica.

La elección de los figurantes era fundamental para dar veracidad y realismo a la escena. Ciga era consciente de que estas pinturas etnográficas eran un retrato colectivo, en el que podía elegir a sus personajes atendiendo a sus características físicas y psicológicas. Los modelos que aparecen en el cuadro son reales. El tema recoge el momento en el que el grupo de mujeres enlutadas provistas de cirios, forman el cortejo procesional precedidas por el prelado doméstico de su Santidad (monseñor Mauricio Berekoetxea), que revestido con capillo de viático protege el copón. Se disponen a entrar en la casa del enfermo para administrar los santos óleos y últimos sacramentos. La figura del monaguillo (Juan Lasa), es un ejemplo de placidez y rostro angelical, resaltado por un espléndido contraluz. El rito y el término, hacen alusión a la vía o camino y al alimento espiritual para emprender este último viaje. El acto se realizaba en absoluto silencio, tan solo roto por la campanilla del monaguillo, que lo iba anunciando para que la gente se arrodillara a su paso y acompañado todo ello por el tañido de campanas de viático, que precedían a los posteriores toques de agonía y óbito.

Son recibidos por el señor del palacio (Vidal Apezteguía); a la derecha, en primer plano, aparece un grupo de tres mujeres (Isabel Elizalde es la más joven y se coloca al fondo con el resto de figurantes, que eran asiladas de la Misericordia de Elizondo). La escena se desarrolla en el palacio de Askoa en Elbete y culmina con el paisaje del fondo, donde aparecen la antigua iglesia de Elizondo, la sinuosidad de los montes, el verdor de los prados, todo ello impregnado de ese bucolismo, que lo enmarca magistralmente.

Análisis formal En un auténtico alarde compositivo, sitúa un primer grupo de figuras en el ángulo inferior derecho, compuesto por el señor de la casa que recibe al cortejo procesional junto al grupo de mujeres enlutadas (colocadas siguiendo un esquema piramidal, contrastan la juventud de la última figura con la vejez de las que aparecen en la primera fila), una vez más Ciga trata simbólicamente el paso del tiempo y las edades del ser humano; hace un estudio psicológico, a través de estos rostros que son registros de vida, marcados por la dificultad, vejez, pero a la vez revestidos de enorme dignidad moral.

Este grupo conduce hacia el otro conjunto compacto de figuras en la zona central, ocupada por el eclesiástico y las mujeres enlutadas que van detrás. En el espacio vacío intermedio irrumpe el monaguillo separando los espacios exterior e interior. Ciga era un maestro en el juego de contrastes: luces (artificiales y naturales) y sombras con sus fases intermedias y penumbras, exteriores e interiores, masas y vacíos, grupos e individualidades, movimiento y quietud. Entre los grupos de personajes deja huecos estratégicos que permiten la circulación por dentro del cuadro.

Es la luz la protagonista indiscutible, la que marca esa idea de diagonalidad y profundidad. Además, hay un conjunto de perspectivas que, a través de líneas, de luces y sombras, dan credibilidad a un espacio que se nos presenta con visos de absoluta realidad. La luz es a la vez real y simbólica, a veces utilizada de manera violenta, ilumina los rostros creando ese efecto caravaggiesco, pero sobre todo tiene un sentido trascendente, que remarca la fugacidad de la vida y espiritualiza los rostros con ese tono cobrizo que los transforma al estilo de Georges de La Tour. El propio monaguillo porta el farol de viático, que para este rito tenía tres velas, para resaltar la importancia de la luz en tan crucial momento. La llama tratada por Ciga es tan real, que aparece ladeada por el viento que cobra presencia en el lienzo. El cirio así como la argizaiola, son continuación de aquel fuego del rito iniciático en el momento del Bautismo, que ahora acompañará el último viaje. Constituye el elemento simbólico de los dos sacramentos del inicio y del final de la vida. La luz disipadora de las tinieblas de la muerte, era el elemento que garantizaba ese tránsito o viático a la otra vida. Ciga reproduce de manera magistral el ritual en torno a la muerte, que en la cultura vasca, tiene sus propias peculiaridades. Una vez producido el fallecimiento, la luz se colocaba en las tumbas ubicadas en el suelo de la iglesia o jarlekua y más tardíamente en los cajones, fuesas o cestas, sobre los que se ponía la vela enroscada.

En cuanto al color, contrasta la sobriedad de negros y pardos con el rabioso rojo y blanco del monaguillo. La matización del color así como el empleo de claroscuros, resaltan la volumetría y corporeidad de los personajes. Por último, cabe resaltar el preciosismo al que llega en el roquete plisado del monaguillo, los brocados del eclesiástico, el claveteado de la puerta y el brillo de los objetos.

La obra, ha figurado en importantes exposiciones: la mencionada de 1917 en Madrid, la Exposición-Homenaje en el Museo de Navarra en 1978, en 1986 en la exposición Medio siglo de pintura navarra en San Adrián del Besós (Barcelona) y en 2014 en Aranda de Duero, en la exposición de Arte Sacro más importante a nivel estatal –Las Edades del Hombre-.

Esta obra fue ampliamente glosada, tanto en la prensa local, como en la crítica artística del Heraldo de Madrid, donde le dedicaron grandes elogios.

En cuanto a la propiedad y al precio pagado, sabemos que fue adquirida por la Diputación Foral de Navarra por 1.625 pesetas, cantidad esta, muy por debajo de su valor artístico.

Antecedentes y significado Si bien el tema fue tratado en el Barroco con Rubens, o por los discípulos de Goya, Alenza y Lucas Villamil; en el caso de Ciga, tendríamos que referirnos a la influencia francesa y en concreto a Courbet o a Lucien Simon, con su Procesión en Bretaña. Su autor fue profesor de las academias Grand Chaumière y Colarossi, frecuentadas por Ciga.

Pero refiriéndonos a obras más cercanas, como son los cortejos procesionales, tendríamos que citar las procesiones del Corpus de Bidarrai de Marie Garay y la de Lezo de su amigo Salaverría, con la que comparte realismo, profundidad y devoción reflejados en los eclesiásticos, pero sobre todo en la reciedumbre del pueblo llano y en las doloridas mujeres enlutadas que nutren ambos cortejos. Salaverría decía, que había recogido la imploración: Libra gaitzazu, Jaunak, gaitz guztietatik. Esto mismo transmite Ciga a través de su obra, que no solo recoge con absoluta fidelidad la escena religiosa, sino la súplica dolorida de un pueblo, que gime en las puertas de la muerte. Así mismo, refleja muy bien el sentido omnipresente que tenía la muerte en la cultura vasca, que se plasma en ese recogimiento profundo y natural, muy lejos del gesto plañidero de otras culturas, que reflejan pintores coetáneos, como el granadino López Mezquita en su lienzo El Velatorio.

Hace un estudio individual y colectivo, que nos trasporta al concepto de etnos (pueblo que comparte sentimiento, lengua, cultura, tradición) y ethos (espacio físico y comportamiento del grupo). Baztán profundo y eterno, palpita en la obra de Ciga. Esta obra constituye un documento sociológico y etnográfico, siendo Ciga una vez más, intérprete del alma y de la sociedad de su tiempo. El naturalismo, es su vía suprema de expresión artística. Hace suya la idea de Alberti, expresada en 1436 en su tratado De Pictura: “Una historia conmoverá los ánimos de los espectadores, cuando los personajes pintados expresen sus emociones con claridad”. Esto es precisamente lo que consigue Ciga, llevando a la última consecuencia su Pintura de Verdad.

Si técnicamente podemos calificarla de sobresaliente, más lo es su significado. Nuestro pintor no se quedó en el virtuosismo técnico, sino que trascendió este, consiguiendo plasmar la emoción religiosa, el profundo recogimiento y el hondo misticismo que refleja la escena, en definitiva, el latir de un pueblo a través de sus gentes. Esta obra supone un ejercicio de introspección, que indaga en lo más profundo y conceptual del arte, definiéndola como un ejemplo de Metapintura. Está llena de esencialidad, ya que detrás de escenas realistas, siempre está el ser, dotándoles así, de ese hálito existencialista y trascendental que va más allá y que nos transporta a un realismo metafísico y a la idea de lo sublime en el arte.

Combatiendo en el límite: La resistencia vasca en el frente de Las Encartaciones (1937)

Tras la caída de Bilbao, los gudaris protagonizaron un último e intenso esfuerzo por contener a las tropas fascistas

Un reportaje de Aitor Miñambres

Gudaris en el frente. A la derecha, el baracaldés José Uriarte. Foto: Aitor Miñambres
Gudaris en el frente. A la derecha, el baracaldés José Uriarte. Foto: Aitor Miñambres

POR estas fechas se cumplen 80 años de la ofensiva que llevó al general Franco a la conquista de Bilbao. No cabe duda de que fue una campaña de desgaste y feroz resistencia de casi tres meses, en la que los defensores fueron arrollados por la superioridad de los atacantes, aunque de manera más lenta de la esperada por el propio general Mola, que no alcanzó a vivir lo suficiente como para disfrutar de los laureles del triunfo sobre la villa. Caída esta, el 19 de junio de 1937, tendemos a pensar que ahí se acabó la guerra en el frente vasco pero, sin embargo, la lucha y resistencia en Bizkaia se prolongó por más de dos meses en el escenario de Las Encartaciones. Allí las fuerzas vascas intentaron incluso reconquistar parte del territorio leal perdido, cediendo finalmente las posiciones conservadas con tanto sacrificio, cuando estaban casi cercadas, ya que a cien kilómetros a sus espaldas Santander se perdía.

La caída de Bilbao supuso un colapso organizativo en la administración vasca y en su ejército, como no podía ser menos. El Gobierno de Euzkadi, con el lehendakari Aguirre a la cabeza, procuró continuar su actividad en Turtzioz. Uno de los grandes asuntos que atender era el éxodo de unos 150.000 civiles que, hostigados por la aviación enemiga, huían de la guerra envueltos en penurias, hambre y falta de alojamiento. Por su parte, el ejército vasco tenía orden de retirarse escalonadamente a las distintas líneas de contención establecidas por su mando, hasta atrincherarse definitivamente en una línea estable de defensa. Esto lo sabía su enemigo, el ejército franquista, por lo que era de vital importancia para éste explotar la victoria, aprovechar la inercia de su triunfo sobre Bilbao, perseguir a los defensores vascos, impedirles organizarse y no darles tregua hasta alcanzar sus objetivos en Las Encartaciones.

Las fuerzas vascas, después de tres meses de combate sin cuartel, se encontraban en su punto más bajo, necesitando descanso y reorganización. A esto se añadía la desmoralización por la pérdida de Bilbao, así como la falta de confianza en el Gobierno de la República, del que se sentían un tanto abandonadas, especialmente en lo que a cobertura aérea se refería. Además, para muchos gudaris, la opción de continuar la guerra fuera del País Vasco, en ambiente hostil, no era algo deseable. En su conjunto, este ejército se había visto mermado en los últimos meses por las muertes, bajas, capturas y deserciones de última hora. Su general, Mariano Gámir Ulibarri, se mantenía en su puesto, pero la mayor parte de su Estado Mayor había desaparecido junto con importantes responsables del Ejército, la Policía, la Marina y la Sanidad, quedando paradójicamente en servicio el Jefe de Estado Mayor, comandante Lamas, militar realmente partidario del enemigo.

Así, se estableció una línea de contención y primera defensa en la margen izquierda del Cadagua, que fue forzada por los franquistas el 21 de junio de 1937, lo que acarreó la pérdida de la zona fabril del Nervión, así como de la zona minera colindante, entre esa fecha y el 25 de junio: Barakaldo, Sestao, Portugalete, Santurtzi, Trapagaran, Ortuella, Abanto y Zierbena. En esta área se quería impedir que los rebeldes se hicieran con los medios de producción existentes y, si bien en un principio las acciones se debían limitar a inutilizar los puntos vitales de las factorías, las órdenes consiguientes del gobierno de Valencia fueron encaminadas a su destrucción absoluta, aunque finalmente la industria del enclave quedó intacta por la firmeza del batallón nacionalista Gordexola en evitar las voladuras. En este contexto, tanto este batallón como otros afines se entregaron en la zona de Barakaldo, sin atender la orden de retirada. Para que esta actitud no se extendiese, a requerimiento de Juan de Ajuriagerra, se reunieron el 22 de junio en Abellaneda las autoridades del PNV y los comandantes de sus milicias (Euzko Gudarostea) con la consigna de permanecer unidos y seguir adelante en la lucha.

Resistencia creciente Entre tanto y durante esa semana, las Brigadas de Navarra del general Dávila continuaron su avance por otros puntos de Las Encartaciones: recorriendo el valle del Cadagua y ocupando Alonsotegi y Sodupe (Güeñes); alcanzando las alturas de Triano sobre Galdames y tomando esta población y su entorno; y avanzando desde el sur a través de los picos y las poblaciones de Gordexola. Tanto en la zona fabril como en la minera, la resistencia de los defensores fue creciendo a lo largo de los días: el 21 de junio en Santa Águeda (Barakaldo); el 22 en el monte Ganeran (821 m) (Galdames); los 22 y 23 en Idubaltza (691 m) y Beraskola (671 m) (Gordexola); los 23 y 24 en Mondona (Güeñes); el 24 en La Cuesta (Zierbena) y en Gallarta (Abanto); y el 25 en Galdames, en Güeñes y en el monte Carobo (565 m) (Gordexola). En su avance, los franquistas rebasaron el Cinturón de Hierro en sus sectores occidentales, desde dentro hacia fuera, circunstancia en la que la famosa línea ya no tenía ninguna posibilidad defensiva.

El 25 de junio, el general Gámir tomaba el mando de todas las fuerzas republicanas del Norte y el cuerpo del ejército vasco pasaba a ser comandado por el coronel Vidal, quien recibió refuerzos asturianos y santanderinos y fijó una nueva línea de defensa. Ésta transcurría a lo largo del río Barbadun hasta Mercadillo (Sopuerta), siguiendo por el Pico Ubieta (632 m) hasta Güeñes y, de ahí, por el eje de la carretera, hasta Balmaseda. El trazado quedaba dividido en tres sectores, defendidos por las divisiones provisionales A, B y C. Esta nueva línea fue forzada el día 27 de junio, en su parte sur, lo que supuso la caída de Güeñes y Aranguren (Zalla) aunque todos los esfuerzos por progresar fueron muy lentos para los franquistas ya que la resistencia vasco-republicana iba progresivamente fortaleciéndose, con enconamientos en Mendieta y en Bolunburu (Zalla) el mismo día 27 y más al sur en Artziniega por donde la V Brigada de Navarra pretendía acercarse a Balmaseda. Así, el día 28, la presión sobre la línea de defensa era generalizada, con contraataques en el monte La Cruz (625 m) y ocupación del Pico Ubieta y monte Artegui (637 m) sobre la carretera Mercadillo-Abellaneda, ahora a merced de los rebeldes. Más al sur, se cerraba el cerco sobre Balmaseda con contraataques para evitarlo, en el barrio de Angostura. En consecuencia, el 29 de junio, fiesta de San Pedro, caía Balmaseda y sus alturas circundantes y, más al norte, toda la línea Zalla-Otxaran-Abellaneda-Mercadillo-Arenao. En las fechas sucesivas, no sin fuerte resistencia, se perdieron las posiciones del monte Mello (633 m) en Montellano (Galdames), lo que permitió al contingente italiano ocupar Muskiz e intentar avanzar hacia Ontón donde fueron duramente contraatacados por las fuerzas vascas. Por último, el día 5 los rebeldes tomaron el monte Castro Alén (804 m), donde de nada sirvieron los sucesivos contraataques gubernamentales para su recuperación. A partir de esa fecha, los franquistas decidieron atacar Santander por el sur de esta provincia, por ser la ruta menos accidentada. Esta fase se vio retrasada por la ofensiva republicana en Brunete (Madrid) y que se prolongó desde el 6 al 25 de julio de 1937. De esta manera, el frente vasco quedó nuevamente estabilizado siguiendo la línea Saltacaballo-Otañes-Ventoso (731 m)-Betaio (749 m)-Mina Federico frente a Castro Alén-Traslaviña frente a Queli (460 m)-Pico Miguel (526 m) frente a la Garbea (718 m)-Burgueno (1.043 m) frente a Kolitza (883 m).

Reorganización En otro orden, las fuerzas vascas aprovecharon para su reorganización como Cuerpo de Ejército Nº 1 del Ejército Popular Republicano del Norte, constituyéndose en base a cuatro divisiones de tres brigadas cada una, estando formada cada brigada por tres batallones. El frente occidental cántabro quedó cubierto por una de las brigadas y el frente encartado por otra. Las dos restantes pasaron a formar parte de la reserva, una a disposición del Ejército del Norte y otra para el cuerpo de ejército vasco. Desde el día 30 de junio, el Gobierno de Euzkadi se había visto obligado a abandonar su territorio, tras liberar a los presos franquistas que aún quedaban en su jurisdicción, declarando el lehendakari Agirre al mundo, en su célebre Manifiesto de Trucios, los atropellos que sufría el pueblo vasco.

La llegada del frente estable no supuso la inacción para las fuerzas vascas que, ya reorganizadas, contraatacaron contundentemente sobre los puntos más estratégicos del enemigo, verdaderos espolones rebeldes asomados a las posiciones republicanas: Casto Alén al norte y Kolitza al sur. Así, Castro Alén fue contraatacado el 6 de julio, día posterior a su pérdida, aunque el ataque más potente para su recuperación, empleando incluso aviación, tuvo lugar el día 12 desde Mina Federico, mas sin éxito. También la misma posición fue atacada el 27, aunque en esta ocasión se trató de una maniobra de acompañamiento al ataque principal que se produjo sobre Kolitza. En este último monte, las fuerzas vasco-republicanas también lanzaron varios ataques: uno el día 8 de julio y los otros, en el marco de una operación en toda regla, entre los días 27 y 29 de julio. El objetivo, ambicioso, señalaba alcanzar la Garbea y amenazar desde esa posición la posesión franquista de Balmaseda. Para ello, se empleó la II División vasca asignando a sus brigadas los correspondientes objetivos: a la 12ª tomar la ermita de San Sebastián y San Roque, a la 6ª alcanzar la Garbea y a la 9ª permanecer en reserva. Así la operación contó con abundante apoyo artillero y aéreo, pese a lo cual, ninguno de los ataques masivos de los días 27 y 29 alcanzó sus objetivos, estrellándose frente a las trincheras, ametralladoras y alambradas enemigas.

Posteriormente, el frente volvió a su calma. Así, llegó el 14 de agosto de 1937 y los franquistas rompieron el frente montañés por el sur, forzando las defensas republicanas en el Puerto de El Escudo y avanzando vertiginosamente hacia Santander, tras embolsar y capturar a 22 batallones cántabros. Con la provincia ya partida en dos y a punto de alcanzar el enemigo la carretera de Torrelavega, las unidades vascas recibieron orden de retirarse de sus posiciones orientales, lo que se inició el 22 de agosto, tras lo cual los franquistas a partir del día 23 fueron ocupando sin riesgo Traslaviña (Artzentales) y Turtzioz y, tras tomar Villaverde, se hicieron con los pueblos del valle de Karrantza y, finalmente, con Lanestosa el 24 de agosto. Para esa fecha, Santander ya se encontraba cercada y, al siguiente día, 25, los santanderinos negociaban con los franquistas la rendición de la plaza, donde entraron oficialmente el 26. A la vez, los combatientes vascos se entregaban en Santoña y Laredo, en virtud del malogrado pacto, o bien caían prisioneros en la capital de La Montaña por no existir salida hacia Asturias. Esos fueron los últimos días de Bizkaia en la Euzkadi autónoma y ese fue su último frente de guerra, recordado ahora que se cumplen 80 años de la tragedia.

Fusilamiento, amor de juventud y destino

Eloy Resano fue llevado a fusilar por el padre de Benito, que después se convertiría en el marido de su nieta Amelia

Un reportaje de Iban Gorriti
Benito Salvatierra y Amelia Resano terminaron juntos a pesar de las dificultades. Foto: Iban Gorriti
Benito Salvatierra y Amelia Resano terminaron juntos a pesar de las dificultades. Foto: Iban Gorriti

Hay historias de la guerra que sorprenden por su combinación de muerte, amor y, en este caso, destino. Son pasajes que, en ocasiones, se asemejan a guiones de película. La historia, en este caso, gira en torno al abuelo Eloy Resano, a su nieta Amelia Resano Campo (1950), y a Benito Salvatierra Del Campo (1946). Amelia y Benito forman una entrañable pareja navarra, republicana y activista del memorialismo en la que el padre de él fue quien llevó a fusilar al abuelo de ella el 27 de julio de 1936. A día de hoy, es uno de los más cien mil cuerpos desaparecidos aún en el Estado.

Eloy Resano Caparroso fue uno de los primeros asesinados tras el golpe de Estado militar contra la legítima Segunda República. “Toda la historia entre ellos me conmueve”, enfatiza con aprecio Mauro Saravia, fotógrafo vasco-chileno que aporta las primeras pistas a DEIA sobre esta extraordinaria microhistoria.

Pero no acaba ahí el periplo vital de la pareja. Es el momento de rebobinar 80 años atrás y, paso a paso, poner cada pieza en su sitio. El 27 de julio de 1936, los derechistas sublevados contra la democracia fusilaron a Eloy Resano en Zuñiga y a otros seis hombres en la orilla del río Ega, junto a un humilladero, según la tradición oral. Él era natural de Lodosa y “concejal de CNT o UGT, no hemos podido saber a ciencia cierta de cuál de las dos siglas”, explica a este diario su nieta Amelia.

Esta última, ella, hoy también abuela, es la protagonista de la siguiente gran historia de amor. “En 1965, cuando yo tenía 15 años, Benito venía de Antsoain a fiestas de Lodosa. Y empezamos, como era entonces, más a tontear que a salir juntos”, recuerda con la inocencia de entonces. Pero la alegría se volvió olvido por unas palabras del padre de Amelia, Cele. “Un día me preguntó a ver si ese chico que me esperaba debajo de casa era hijo de Zacarías y Dorotea. Le dije que sí, y me respondió que no quería que anduviera más con él, que nunca se sentaría a una mesa con ellos”.

A pesar de sus sentimientos encontrados, Amelia dejó de verse con Benito. “Le dije que no más”. Y pasaron 35 años sin verse. “Nunca”, subraya. Tanto Amelia como Benito se casaron con otras personas.

Un 24 de abril volvieron a coincidir en Lodosa. “Entre nosotros brotó la chispa otra vez. Él llegó a decir ese día que se tenía que haber casado conmigo”. A día de hoy, suman 17 años juntos como pareja casada hace dos años y medio. Son parte del colectivo de recuperación de la memoria histórica Gurugú. Es más, Benito es el presidente de la entidad, él que aún no sabía por qué, de jóvenes, Amelia le había dejado. “Cuando llevábamos -apunta Amelia- cinco o seis años juntos, al venir él de trabajar, le dije que le tenía que contar algo y se puso blanco. Le dije que su padre fue quien llevó a mi abuelo a fusilar, y se llevó el mayor de los disgustos de su vida porque nadie le había contado nada en su familia y me dijo: cariño, siempre te he apoyado, y desde este momento en adelante te voy a apoyar aún más”.

Habla Benito: “¡Imagínate! Yo no tenía ni idea. Aquel día la noté intranquila…. Soy memorialista y voy a seguir siéndolo. Yo no tengo por qué reconciliarme con el pasado de mi familia. Yo voy a seguir luchando por la memoria histórica”, subraya.

Treinta y cinco años después les volvió a unir el primer sentimiento. “Es el destino el que nos unió. Cuando ella tenía 15 años, su padre, lógicamente, estaba resentido. Y a mí era la mujer que me gustaba. Al final, 35 años después, fue el corazón el que dio un vuelco”, proclama Benito.

El año pasado el colectivo Gurugú con el apoyo de los ayuntamientos de Lodosa y Zuñiga instaló un monolito en recuerdo a aquellos fusilados a la orilla del río Ega tras no dar con los restos. “Después de muchos años de silencio y de intentos fallidos, no pudimos recuperar sus cuerpos, pero al menos sí su memoria. Y nuestro compromiso es que su recuerdo y ejemplo se transmita ahora de generación en generación porque mi abuelo fue ídolo para mí. Aunque resulte chocante, me siento de alguna manera afortunada: prefiero que lo mataran por estar en esa parte que con los otros”, dijo Amelia.

Ella es nieta de aquel concejal republicano que también perteneció a una gestora municipal de Lodosa del PSOE y que era amante de la música, la poesía y la lectura. Curiosamente, aún era conocido en el pueblo como el Niñito de las monjas. “Mi abuelo vivía en la calle que se llamaba Detrás del Hospital, junto al colegio y capilla de las monjas. Una de las religiosas le quería muchísimo. Por ello siempre nos decían: si Sor Ana hubiera estado aquí, a tu abuelo no lo fusilan, porque lo hubiese escondido debajo de sus faldas”.