Fugas de la ‘derechona’ en Gernika

El viernes se cumplieron 80 años del primer amago de huida que el Comité de Defensa de la República de Gernika-Lumo imposibilitó

Un reportaje de Iban Gorriti

La cárcel de Gernika durante la Guerra Civil se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza. Foto: Deia
La cárcel de Gernika durante la Guerra Civil se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza.

Gernika-Lumo contó en tiempos de la Guerra Civil con una cárcel o de forma más detallada una Comisaría de zona, primigenio Comité de Defensa de la República formado por miembros del Frente Popular. Se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza Media local sito en la calle Don Tello. En sus dependencias funcionó el Cuerpo de Policía, Investigación y Vigilancia. Su funcionamiento sirvió en la reciente película Gernika, de Koldo Serra, como inspiración a la hora de presentar en el film una checa, es decir, una instalación que utilizaba el bando republicano como prisión. La checa cinematográfica nunca existió en la historia real de la villa.

Por aquella comisaría, pasaron personas de derechas que fueron apresadas en dos intentos de fuga acontecidos en Lapatza y Bermeo. De la primera -que acabó con un tenso fusilamiento farsa- se cumplieron 80 años el pasado viernes. Una investigación del historiador gernikarra José Ángel Etxaniz detalla que algunos derechistas prepararon una huida de Euskadi aprovechando sus recursos económicos y la cercanía de la costa.

La fuga a realizar desde Lapatza fue ideada por el telegrafista de Elantxobe Jesús Sáenz Mendia, el mecánico Francisco Lorenzo y el durangués Alberto Urigüen, conductor de autobús. A este último le encargaron la adquisición de una motora con destino a Donibane Lohizune. Se sumaron al plan gernikarras del entorno del rico potentado, Juan Tomás Gandarias. “Para ello sobornaron a un marinero con treinta mil pesetas. La aventura pudo costar diez mil más”, añade Etxaniz.

Quince personas integraron la fuga, como queda impreso en el libro Gernika y la Guerra Civil, publicado por Gernikazarra y del que Etxaniz es coautor: el durangués Alberto Urigüen y su mujer María de Ulacia con su hija María Guadalupe; los cántabros Manuel y Enrique Herrera Oria, hermanos del cardenal Oria; el alférez de Irun José Manuel Berástegui y el comandante de Iruñea Manuel Jaén. Además se sumarían seis bilbainos: Carmelo Basabe, el odontólogo Carlos Careaga, el mecánico José María Garteiz, el facultativo de minas Felipe Lumbreras, el industrial José Agustín Munitis y el arquitecto Luis Vallejo. Y por último dos vecinos de Arratzu: el comerciante Manuel Leguineche (”padre del famoso periodista”) y el ajustador Félix Magunagoicoechea. Todos ellos fueron trasladados en tres coches a Lapatza, lugar ubicado entre Elantxobe y Ea.

Los agentes de la Comisaría de zona, con un miembro del PNV y otro de ANV en la dirección, tuvieron noticia del plan de fuga. Coordinados por el comunista Luis Ibáñez montaron un dispositivo de urgencia para detenerles a los monárquicos conservadores y carlistas antes de su partida.

Una patrulla marítima sorprendió a un primer grupo que ya había descendido a las coordenadas de embarque. La Policía de Investigación y Vigilancia dio el alto al resto en la carretera. Fueron enviados a la cárcel de Gernika y allí los comunistas del comité llevaron a los fuguistas al cementerio de Zallo y les hicieron un fusilamiento farsa. “Testigos contaban que a estos derechistas les entraron ataques de nervios y que se descomponían por el miedo a morir”, relata el historiador.

De allí, fueron trasladados a Bilbao. Tras ser interrogados, ingresaron en prisión. Fueron procesados por delitos de auxilio a la rebelión, complicidad en la frustrada evasión, deserción o en el caso de los militares abandono de destino. El tribunal dictó sentencias de entre 3 y 14 años. El fallido intento de fuga no desanimó a otros derechistas. En Bermeo, detuvieron al pesquero Danielín con los Mendizabal, Echeverría, Landecho, Zuazola y Olazabal. Todos ellos pasaron por la cárcel que entre 1890 y 1931 fue ‘Sociedad de Guernica’. A continuación, Instituto de enseñanza media y sede del comité y milicias comunistas. Allí también se gestó el intento de batallón Gernikako Arbola que acabó siendo una compañía que se unió a la unidad Karl Liebknecht. Con el bombardeo nazi de abril de 1937 el edificio quedó en ruinas.

La vida bombardeada de Paula Azcarate

Hija de nacionalista condenado y sobrina de abad franquista, narra con 92 años el horror del bombardeo de Durango

Un reportaje de Iban Gorriti

EL Ayuntamiento de Durango ha desvelado esta semana que buscará en la Audiencia Nacional el perdón del Estado italiano y español por los bombardeos fascistas que sufrió la villa el 31 de marzo de 1937. Los crímenes de lesa humanidad no prescriben. En el caso de Gernika, el Parlamento alemán ya pidió disculpas a la villa en 1998.

Paula Azcarate, de 92 años de edad, es una de las supervivientes del ataque aéreo a Durango del 31 de marzo de 1937.I. Gorriti
Paula Azcarate, de 92 años de edad, es una de las supervivientes del ataque aéreo a Durango del 31 de marzo de 1937.I. Gorriti

 

Una de la mujeres que aún se duele del ataque indiscriminado sobre Durango es Paula Azcarate Bizcarguenaga, de 92 años. Ella sobrevivió al genocidio impulsado por el militar golpista Emilio Mola. Su testimonio ha sido desconocido hasta hoy y ella ha pasado desapercibida. Pero su historia atesora todos los elementos de una película: su padre fue denunciado por quienes le alquilaban la casa por ser del PNV y condenado a muerte; su tío fue el famoso abad Carlos Azcarate amigo personal de Franco y ella vivió medio siglo en la casa vicarial de las monjas de Santa Susana de Durango, aquellas religiosas víctimas del bombardeo.

Paula nació en Gaztelua, Abadiño, el 29 de septiembre de 1924. Es la segunda de cuatro hermanos. Primera curiosidad: “Mi padre era Francisco, pero murió cuando yo tenía dos meses, y mi madre se casó con el hermano de Francisco, Felipe, que tras cuatro años preso de Franco, volvió a casa mal de la guerra”, asiente quien se casó con Ciriaco Astorkia, de Iurreta.

Con 8 años, Azcarate fue enviada a servir a un caserío de Durango, de unos nacionalistas de Alienda. El 25 de septiembre de 1936 aviones fascistas arrojaron unas bombas sobre el frontón de Durango causando 12 muertes y heridos entre los milicianos. Otro artefacto cayó en una huerta y dos más en el ferrocarril. Los fallecidos tenían entre 18 y 32 años.

Como venganza, los republicanos sacaron a afines a la derecha de la cárcel y les fusilaron en el camposanto. “Yo les vi pasar. Iban rezando: ‘Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, líbranos Señor de todo mal”. Paula aporta datos que ningún investigador ha citado. “La primera en pegarles un tiro fue una miliciana, una de la CNT. Iban con un buzo azul y a las que íbamos a misa nos tiraban zapatos viejos desde las ventanas. ¡Insultaban! ¡Eran ‘malaaas’!”, valora y agrega que un joven, Zavala, salió vivo del paredón, pero “acabó muriendo”.

Seis meses después volvió la muerte, el bombardeo planificado sobre Durango, tras aviso del cubano Mola. Aquel 31 de marzo, fue “horroroso, no se puede explicar”. Ella, como su madre, acudieron al día de plaza. La niña llevaba leche a una familia y se encontró con su madre en Kurutziaga. Oyeron la sirena. La madre le dijo: “’Ume’, vete a casa, no pares. Cojo el burro y voy”. Paula se encontró con un amigo y vieron que “de Anboto venían aviones de tres en tres y con cazas”.

Al llegar al palacio Garai, miró al cielo: “Le dije, Faustino, están tirando papeles. Él me tiró al portal de Loizate. De pronto todo era humo, ruido, piedras por encima. Fuera no se veía nada, parecía de noche. Árboles caídos, todo roto”. Pensó que habían matado a su madre al ir a por el burro a la tienda de Eguen. “Vi a una mujer con una criatura sin pies debajo, muertas. Los burros muertos se hincharon, como un milagro”. Echó a correr hacia San Fausto y se encontró con una vecina ensangrentada. Una cantina de leche se le había incrustado en la cintura. “Me dijo: ‘Polita’, vete a casa y diles que me estoy muriendo”.

Azcarate se reencontró con la mujer con la que vivía. “Me besó y le dije que mi madre y mi tía que vivía con las monjas habrían muerto”. Pero no. Al mediodía vio a su madre encima del burro. Llegaba con una pierna curada por metralla. Les contó que “se había refugiado donde Eguen. De cuatro, murieron la hermana de María Eguen, la tía de Mancisidor y otra. Ella quedó viva”.

Por la tarde, segundo raid. “Volaban tan bajo que les veíamos las caras”. Paula y los suyos se refugiaron en una zanja de San Fausto con riachuelo. “De todo lo que apretamos contra el suelo yo creo que hicimos agujero. Caían casquetes de ametralladora. ¡Pánico!”. Y llegó la noche. Acompañó a una amiga a su casa de la Txantonesa, en Goienkalea. “Fuimos con una vela. Solo se oían llantos y lamentos. Todos buscando sus cosas, sus cadáveres”. Basilisa se llevó a su hija a Gaztelua. “Si morimos, todos juntos”, le dijo. A la dos monjas supervivientes, y otros parientes de Durango. Su padre, ferroviario, emigró con vacas a Amorebieta y acabó en Laredo.

Tras de las bombas

Se quedaron entre dos fuegos. “Los pobres gudaris escapaban como podían”. El abuelo hizo amago de irse pero todos se quedaron. Los de Franco ocupaban Durango: “Qué música, con banderas. Los primeros en entrar fueron moros con pantalones blancos y capa”. Los dueños de la casa les despacharon del inmueble. “Les decían a los moros que éramos rojos, que nos fuéramos como los de Rusia”. Esos días vieron a su tío, republicano, muerto en el cementerio de Abadiño. “Las pasamos canutas”.

Más aún cuando la Guardia Civil les requisó su casa y preguntaron por el padre. Le detuvieron por nacionalista en Astola. “Le dieron 3 penas de muerte, 3 denuncias falsas”. Le encarcelaron en Larrinaga, en un barco, en Burgos y Astorga. Según la familia no era gudari.

Felipe consiguió librarse de las penas de muerte porque su hermano era Carlos Azcarate, famoso fraile trapense de San Pedro de Cardeña. “Era carlista, muy amigo Franco, y tan dictador como él”, se ríe. Tras la detención de Felipe, al abuelo, “del disgusto”, le salió un bulto en la cabeza y murió. Fueron a vivir a Durango. “Yo, recién casada, al convento de Santa Susana”. Vivió allí hasta cerrarse. “Dicen que en el bombardeo murieron un total de 13 monjas -con la muchacha, Mari Bergara-, pero no, fueron 17. Algunas por la tarde cuando escapaban. Las bombas cayeron en el convento sobre la zona de las monjas. Los gudaris se libraron”.

La batalla de la propaganda internacional

La Guerra Civil se libró en el campo de batalla y en la esfera internacional. Irujo jugó un papel importante combatiendo con la verdad las mentiras de los fascistas.

Un reportaje de Luis Bilbao Larrondo

Paul Vignaux, profesor de La Sorbona y enviado especial del semanario intelectual católico francés Temps Présent, entrevistó en 1938, en plena Guerra Civil, al dirigente del PNV Manuel de Irujo. Según Vignaux, estaba sumamente agradecido a Temps Présent que le hubiesen permitido entrevistar a una persona de tanta valía democrática como Irujo, quien había desempeñado el cargo de ministro de Justicia y ministro sin cartera de la República, doctor en Filosofía y Letras, abogado de formación y a quien definió como un político consecuente y con una pasión rigurosa por el derecho y por la ley. Fue autor de varios libros sobre temas políticos y sociales además de miembro de la Sociedad de Estudios Vascos. Para Vignaux, Irujo fue un demócrata de enorme fuerza moral y personal, nacido para la paz, el trabajo y la ley civil. Pero Irujo tuvo otra faceta no tan conocida, como fue la de haber sido un gran defensor de la causa vasca y republicana en el ámbito internacional.

Suscitó una gran controversia en la prensa y en la sociedad inglesa un artículo titulado Inglaterra, Italia y España. El caso paz por negociación, publicado en The Sunday Times el 6 de noviembre de 1938, el cual estaba firmado por Scrutator. No se trataba de un articulista cualquiera sino que detrás de ese seudónimo estaba Herbert Sidebotham (1872-1940), uno de los periodistas y escritores de mayor autoridad y de más prestigio del Reino Unido en Política Exterior. Si Scrutator era su seudónimo en The Sunday Times, Candidus lo era, tanto en The Daily Sketch como en“The Daily Graphic. Student of politic, lo era en The Times y en The Daily Telegraph y Student of war en The Manchester Guardian. Fue autor de obras tan importantes para comprender la política exterior de Gran Bretaña, como England and Palestine, Pillars of the state, Political profiles from British Public Life, Labour´s great li” o The sense of things. En este artículo no solo analizó las consecuencias del Pacto de Múnich o el por qué Italia intervino en la guerra de España sino que también porque al Comité de No Intervención lo tachó de haber resultado ser todo un embuste a favor de Franco, porque baste recordar que sus aviones lo mismo bombardeaban ciudades abiertas que barcos ingleses. Sostuvo Scrutator que la cuestión práctica de todo esto no pasaba sino por dar con el mejor procedimiento para resolver el problema español. En uno de los apartados del artículo sostuvo algo muy importante para los vascos, y es que llegó a afirmar que existía otro argumento para lograr la paz por medio de la negociación y ese camino era el de la Solución Federal. Porque, subrayó, que en la Península Ibérica existían cuatro Españas: País Vasco, Galicia, Cataluña y el resto.

Autodeterminación Es más, en otro apartado titulado Home rule o gobierno propio, defendió que el principio de autodeterminación era indudablemente aplicable a los vascos, un pueblo históricamente único, cuyo derecho a disponer del Home rule fue incuestionable hasta hace cien años. No existía entre ellos el comunismo -como gobierno- y la piedad católica se desarrollaba en paz, con libertad y progreso. A los catalanes también tachó de ser compromisers -propensos a la avenencia- por naturaleza y sus elementos extremistas eran de fuera, de otras partes de España.

En ese mismo diario, se publicó una carta al editor de The Sunday Times, el 27 de ese mismo mes, escrita por P. H. Hemingway, de Southampton, quien alabó el artículo de Scrutator al que tachó como admirable. Sin embargo, puso en duda que Franco fuese llamado campeón de la religión, cuando no había titubeado en aplicar las medidas más extremas contra el viejo e histórico pueblo vasco. Gernika y Durango le traían a la mente escenas salvajes sin igual. Acto seguido nombró a otro periodista español, Chaves Nogales, autor de A sangre y fuego, quien se mostró sincero con la desagradable afirmación para los facciosos de que “el terror blanco fue tan brutal como el terror rojo”. Tal vez, sostuvo Hemingway, el lector inglés estuviese, por encima de otras cuestiones, interesado en saber, “qué era lo que piensan las mujeres y niños de las ciudades bombardeadas”. ¿Esa era la tan cacareada generosidad de Franco? Hemingway no solo había echado por tierra buena parte del argumento de los sublevados sino que a tenor de quien respondió, quiere decir que dichos comentarios hicieron mucho daño en la causa facciosa.

El 11 de diciembre de ese año, el marques Merry del Val, antiguo embajador de España en Gran Bretaña publicó un artículo titulado España y los vascos en cartas al editor de The Sunday Times. En él arremetió en términos muy duros e inhumanos y basados en toda una sarta de mentiras contra Hemingway y los vascos, defendiendo a Franco y a los sublevados. Lo hizo así porque al parecer no tuvo agallas de hacerlo contra Herbert Sidebotham, intelectualmente muy superior, y a quien le precedía su intachable reputación y también por miedo a que todos los medios de prensa en los que escribía Scrutator hicieran campaña contra los sublevados de Franco. No se entiende de otra forma, porque más lacerante que lo dicho por Hemingway, para los facciosos, tuvo que ser, sin duda, lo que Scrutator había llegado a afirmar sobre el derecho de autodeterminación de los vascos.

La ‘fábula’ de Gernika El marqués, no obstante, empezó por acusar a los vascos con toda una serie de falsos argumentos: desde que Irujo y Monzón habían sido cómplices de varios asesinatos, a que el bombardeo de Gernika fue una fábula, una invención y que el de Durango ocurrió por culpa del Gobierno vasco. Dejó caer, que ni tan mal para los facciosos, ya que en su mayoría las víctimas habían sido nacionalistas vascos. Sostuvo que el que fuesen mujeres y niños no fue sino consecuencia de la guerra moderna.

Irujo respondió a estas graves acusaciones desde The Sunday Times del 14 de ese mes. Sobre el que hubiera tantas ideologías en Euskadi, le respondió que fue debido a que Euskadi era una democracia que respetaba celosamente la libre expresión de ideas. Irujo exigió que se retractara de sus acusaciones y el 25 de ese mes, en otro artículo, el marqués se retractaba, no solo de las acusaciones hechas a Irujo y a Monzón sino que también de aquella otra, de que las mujeres que estuvieron en los barcos cárceles de Bilbao, -que ya lo estaban antes de que el Gobierno vasco se instituyera-, no fueron asesinadas como él dijo, sino que fueron puestas en libertad inmediatamente por la Cruz Roja en Francia, gracias a la gestión del Gobierno vasco. Irujo aportó pruebas materiales de las matanzas de curas vascos por las tropas de Franco (Le Clergé basque. Chez H.G.Peyre, París), así como testimonios escritos del Dean de Canterbury y de la Comisión Inglesa en Durango, testigos en primera línea del brutal bombardeo. Aportó pruebas de la existencia de 60.000 mujeres, sacerdotes y hombres del País Vasco en campos de concentración y prisiones de Franco, de cómo 14.000 vascos fueron asesinados tras las líneas por los franquistas y que un año después de haber caído el País Vasco seguían siendo ejecutados.

De hecho, aportó las listas de fusilados, pueblo por pueblo, avaladas por la Comisión de Canje de Prisioneros y por sir Philip Chetwode. De la exquisita conducta de los dirigentes vascos, con todos, sin exclusión, aportó las cartas de los embajadores de Gran Bretaña, Holanda, Bélgica, Francia y Estados Unidos que así lo atestiguaron. Proporcionó incluso cartas de amigos facciosos del marqués que agradecían a Irujo y al Gobierno vasco el haberles salvado la vida a riesgo de perder la suya, tales como monseñor Gandasegui, monseñor Egino, Hernando de Larramendi o el conde de Romanones. Irujo acreditó también documentación que demostraba que el obispado español había servido a la rebelión militar.

Irujo, para entender la poca catadura moral de los facciosos, aportó como información una carta, que explicaba cómo, pocos meses antes, varios periodistas ingleses y un informador en San Juan de Luz, tuvieron conocimiento de una reunión del duque de Alba, junto a Areilza, Ibarra y el Dr. Marañón en la que se quejaban amargamente de que los vascos hubiesen hecho cambiar la opinión internacional hacía la República porque les había impresionado profundamente, a los políticos y medios de países como Francia o Gran Bretaña, la personalidad del lehendakari Aguirre. Las noticias para los facciosos no eran nada buenas porque a esas alturas las ayudas económicas, gracias a la influencia de los vascos en toda América, iban mayoritariamente hacia el Gobierno vasco y la República. El Dr. Marañón propuso como venganza, organizar una campaña contra los vascos. El duque de Alba expresó su pesimismo respecto de Inglaterra, sabedor que el Foreing Office abogaba por la solución federal frente a la monarquía, por ser esta una mejor solución para los británicos. Quedaron los allí presentes, en maquinar una campaña de difamación contra el lehendakari Aguirre, acusándole de ladrón y de llevar una vida licenciosa. Así actuaba esta gente, según Irujo.

Mr. Jack Leche Irujo se entrevistó poco después con el editor de The Sunday Times y le acompañó el diplomático Mr. Jack Leche quien había actuado como agregado comercial de Gran Bretaña en España, con quien trabajó en la Comisión de Canje de Prisioneros y que sería poco después nombrado nuevo embajador inglés en Guatemala. Este diplomático, amigo de Irujo y de su familia, que se declaró siempre amigo de los vascos, también se ofreció ante el editor de The Sunday Times a testimoniar la verdad de Irujo, tanto por carta como personalmente. El editor se quedó muy impresionado porque este diplomático poseía un bagaje y una reputación fuera de toda duda en el Foreing Office. De esta forma, detuvieron las mentiras del marqués y que siguiese difamando y mintiendo en otros medios. Es más, Irujo y los vascos se habían ganado al gobierno de los conservadores. De hecho, Jack Leche creía que era el mejor momento para propagar por Gran Bretaña la causa vasca y republicana. El diplomático inglés contó ante los presentes, que cuando pasó por Biarritz, un grupo de facciosos -entre ellos estaba algún hijo del marqués- le comentaron: “Menuda pretensión la de estos vascos y catalanes, ¿por qué no han de ser iguales que los restantes españoles?” Él les contestó: “Pues señores, por la sencilla razón de que no son españoles, a nosotros nos costó demasiado comprender esta situación en Irlanda para que la olvidemos mirando a España”. Mr. Leche le dijo algo más al editor de The Sunday Times, y fue que Merry del Val estaba totalmente desacreditado en el Foreing Office y que si el marqués tuviera treinta años menos y se encontrara con él en las calles de Londres, le daría dos guantazos por difundir tantas mentiras contra los vascos. Los vascos y por ende la República, habían ganado aquella batalla de la propaganda internacional.

La brigadista polaca que sobrevivió a la batalla de Villarreal y a Mauthaussen

‘Estoucha’ fue sanitaria con el EUSKO GUDAROSTEA, cogió la ametralladora y escribió en el semanario ‘Mujeres’ hasta la caída de BILBAO EN JULIO DE 1936

Un reportaje de Iban Gorriti

O hice un listado de hasta 92 brigadistas que llegaron a Irun, los primeros, antes de crearse las Brigadas internacionales. Son los grandes olvidados de la Guerra Civil española”. Son palabras del escritor Miguel Usabiaga, hijo del histórico teniente comunista Marcelo Usabiaga, fallecido en julio de 2015.

Gudaris avanzan en la batalla de Irun. (Sabino Arana Fundazioa)
Gudaris avanzan en la batalla de Irun. (Sabino Arana Fundazioa)

 

Entre aquellos silenciados, hubo una mujer, la polaca Estera Zilberberg. Era conocida como Estoucha, diminutivo en polaco de Esther. En su paso por la geografía vasca donde además de ser sanitaria en el batallón Perezagua del Eusko Gudarostea y tomar, antes la metralleta de un camarada abatido por los afectos a los golpista españoles, escribió en la revista Mujeres bajo el sobrenombre de Juanita Lefévre. Fue herida en la histórica batalla de Villarreal (Legutiano) y más tarde superviviente de la muerte de Mauthausen.

Era la benjamina de cinco hermanos. Nacida en Kalisz, en la frontera con la vieja Prusia. Su padre fue un obrero textil y estudioso del Talmud. Su madre, una judía del lado de la modernidad, en la que pretendía educar a sus hijo. Soñaba con estudiar Medicina en el extranjero. A sus 20 años, junto con dos amigas, partió a Bélgica. En Bruselas, estudió y trabajó y, ante el creciente nazismo, se integró en el partido comunista belga, que entonces contaba con el 20% de miembros judíos.

Cuando los militares fascistas españoles dieron el golpe de Estado de julio de 1936, la juventud antifascista belga decidió enviar voluntarios a España. Usabiaga explica un dato curioso: “Ellos sustituirían a algunos deportistas belgas que se encontraban en Barcelona, para participar en las Olimpiadas Populares, cuando ocurrió la sublevación; eran el recambio en la solidaridad para reemplazar a aquellos deportistas que desearan volver”, explica el autor de libros como Flores de la República.

Estoucha fue una de las que levantó la mano. Junto a Abram Gotinski organizaron el viaje de solidaridad con la República. En pocos días realizaron una colecta de medicamentos y productos para los primeros auxilios. El billete hasta París debían pagarlo de su bolsillo, de allí en adelante se ocupaba el Socorro Rojo. El padre de Abram se hizo cargo de los billetes de Bruselas a París para su hijo y para Estoucha. Partieron el 8 de agosto de 1936. Atravesaron junto a camaradas el puente internacional. Ella se incorporó a la ayuda sanitaria. Tres días después de su llegada, su compañero de estudios Abram Gotinski murió en Irun, en la línea del frente.

La joven solidaria escribiría en su diario: “Un día, me encontraba muy cerca de la ametralladora instalada sobre una colina, cuando vi al ametrallador morir bajo el fuego de los fascistas que avanzaban. ¿Qué hacer? Tomé el puesto del tirador, y cuando vi correr a los enemigos hacia nosotros, creo que cerré los ojos, pero disparé”.

Usabiaga se pregunta si “¿era la muerte de un camarada lo que la impulsó o quizá la de Abram -su amigo, su compañero- a quien quería vengar?” Tras aquella muerte en Gipuzkoa, Estoucha se dedicó a curar heridos y marchó a Bilbao. En el frente de Bizkaia se unió al batallón Perezagua del Eusko Gudarostea y fue herida en la batalla de Villarreal, en Araba. Una vez recuperada le encomendaron ser periodista, redactora jefe, en el semanario Mujeres, bajo el seudónimo de Juanita Lefévre.

El 17 de abril de 1937 publicó su primer reportaje sobre el coraje de los pescadores vascos y su labor frente a los cruceros y aviones fascistas, que atacaban sus barcos. Con la entrada de los franquistas a Bilbao, el 20 de junio, la joven polaca escapó hacia Santander, a pie, y volvió a incorporarse a los servicios médicos del frente.

En Santander lo combinó con la radio. En el frente del norte colaboró con la República asesores militares soviéticos, que necesitaban traductores de confianza. Consiguió salir de la capital cántabra en el último momento, a bordo de un pequeño barco, el Medusa.

Atacado en su huida por los buques fascistas, el barquito consiguió escapar y llegar hasta el puerto francés de La Pallice. Tras un descanso en Francia, cruzó los Pirineos y regresó a España. “El fin de la guerra está próximo y los soviéticos deciden salvarla enviándola a Francia, con una falsa identidad, Jeanne Lefévre”, valora Usabiaga.

Allí, se sumó a la resistencia contra los nazis con la identidad de Jeanne Dubois. Fue detenida, torturada y encerrada en varias prisiones: en Francia, en Bélgica y en Alemania: Essen, Mesum, Gross-Strehlitz, Kreuzbourg. Por una huelga, fue deportada a Ravensbrück, primero, y a Mauthausen, campo de muerte al que sobrevivió al ser liberada.

Los testigos monetarios del Gobierno de Euzkadi

Se considera a las monedas de 1 y 2 pesetas de 1937, fabricadas en Bélgica, como el único ejemplo acuñado en la historia contemporánea vasca.

Un reportaje de Iban Gorriti

23-F. Tres únicas letras son suficientes para que un recuerdo histórico alarme a la mente por aquel intento fallido de golpe de Estado de 1981 por parte de algunos mandos militares españoles. Curioso es el dato de que otro 23 de febrero, el de 1937, el Gobierno Provisional de Euzkadi emitió un decreto sobre la emisión de monedas propias de una y dos pesetas tras el golpe de Estado de julio de 1936. Ambos conatos de acabar con la democracia, con las libertades, con los Derechos Humanos, están separados por 45 años.

Eliodoro de la Torre (Barakaldo, 1889), consejero de Hacienda del lehendakari Aguirre, fue el encargado de poner en marcha toda la maquinaria humana y logística necesaria para emitir moneda. La producción se encargó a Bélgica, aunque en localidades como Gernika se producirían, por ejemplo, las de Asturias. Durante aquel 23-F se publicó la información en el Diario Oficial del País Vasco el 17 de marzo. El decreto daba a conocer la razón de la emisión: “En los últimos tiempos en el territorio en el que ejerce autoridad el Gobierno de Euzkadi se ha notado escasez de moneda fraccionaria, que ha producido entorpecimientos en las transacciones comerciales”, aseguraba Eliodoro de la Torre y firmaba el presidente Aguirre.

Para evitar aquellas dificultades, el Gobierno preparó la emisión de monedas de níquel de una y dos pesetas, y a propuesta del consejero se autorizó una partida de 10 millones de pesetas. “En el anverso de las cuales figura la inscripción de Gobierno de Euzkadi y en el reverso, en cifra, el valor”, imprimían. El Artículo 2 preveía que el Departamento de Hacienda entregara a la Banca local y Cajas de Ahorros la cantidad suficiente de moneda para que fuera distribuida de manera que quedaran atendidas las necesidades de la industria, el comercio y los ciudadanos en general.

Las monedas de Euzkadi se acuñaron en Bélgica y no en Gernika “por seguridad, porque se podían ‘perder’, sufrir hurtos, etcétera”

El decreto dejaba a su vez por sentado que estas monedas quedaban equiparadas a las oficiales para todos los efectos. “Serán de curso forzoso en el territorio sobre el que ejerce su autoridad el Gobierno de Euzkadi y tendrá fuerza liberatoria en toda clase de pagos”, apuntaba. El Departamento de Hacienda advertía de que los autores, cómplices o encubridores de su falsificación incurrirían en el delito de falsificación de moneda. Asimismo, explicaba que de cara al atesoramiento y eventuales sanciones, aquellas monedas quedaban “equiparadas a las de plata”. El último artículo del decreto concretaba que en el momento en que hubiera de producirse la caducidad y retirada de este valor se anunciaría “de forma oportuna y por medios eficaces, con antelación suficiente”.

Las monedas se acabarían acuñando en Bélgica. Al respecto, el historiador José Ángel Etxaniz Txato, de Gernika-Lumo, recuerda a DEIA el testimonio de un amigo suyo de la villa foral. Se llamaba Juan Gerrikabeitia Bikandi y fue veterano trabajador de la fábrica JYPSA Joyería y Platería de Guernica S.A., de cubertería y cuchillería. “Gerrikabeitia me contaba que las monedas de Euzkadi no se fabricaron en Gernika por seguridad, porque se podían perder, sufrir hurtos, etc. Por esa razón se mandaron acuñar en el extranjero”, transmite Etxaniz, miembro de Gernikazarra Historia Taldea, fundado en 1985. El historiador matiza, sin embargo, que “en JYPSA sí se fabricaron las monedas para el Consejo de Asturias y León”. José Ángel Etxaniz adelanta que en abril publicará un trabajo de investigación monográfico sobre esta temática.

Características

El investigador Didier E.H.M.G. Vanoverbeek, por su parte, editó un trabajo en el que escribía sobre lo que tituló Acuñación de una moneda única para un Estado efímero. Relataba que los diseños de las dos monedas fueron obra de Armand Bonnetain y los cuños para la producción se fabricaron en el taller Alexandre Everaets; los cospeles salieron de una firma de Lieja. La acuñación del valor se realizó en siete semanas por el precio de 2.125.000 francos, en dos pagos. La entrega se produjo en dos ocasiones: en tren por Toulouse y en barco desde Amberes.

Las monedas de dos pesetas pesan 8 gramos y tienen un diámetro de 26 milímetros y la de una pesan la mitad y su diámetro es de 22 milímetros. De la primera se produjeron un total de dos millones y de la de menor valor seis millones. A juicio de Vanoverbeek el Gobierno de Euzkadi tenía previsto acuñar también de 5 pesetas, pero el fin de la guerra lo impidió. “Por lo tanto, estas dos piezas siguen siendo los únicos testigos monetarios de la historia contemporánea del País Vasco”, valora en el trabajo difundido por Adolfo Ruiz Calleja.

El anverso de las monedas muestra dentro de un borde moldeado de perlas un busto de mujer con gorro frigio mirando hacia la derecha. En la parte inferior del busto las iniciales estilizadas del artista: AB. En el reverso, dentro de un borde moldeado de perlas el valor de la pieza siendo de una o dos pesetas. En la parte inferior está el año 1937 por encima de un guion, y el conjunto rodeado por una corona de laurel.