Euskal ezteiak

El ritual del matrimonio tradicional vasco contiene una gran riqueza de peculiaridades que retratan la idiosincrasia del país

Un reportaje de Amaia Mujika Goñi

En El País Vasco, al igual que en resto de Europa, los modos de vida tradicionales como la ganadería y el pastoreo, la agricultura y la pesca o las artesanías y oficios están en vías de extinción y con ellos esquemas mentales y creativos, técnicas de trabajo, léxico, ritos y rituales individuales y colectivos, convertidos en sujeto de investigación antropológica y objeto de museo.

Algunas de estas costumbres y prácticas de gran relevancia comunitaria, despojadas hoy de su utilidad, carácter y simbolismo, son recreados en el presente como fiesta-espectáculo de cohesión social identitaria. Así, ritos de paso como el matrimonio se escenifican bajo la denominación de Euskal Ezkontza en numerosos municipios como parte de las fiestas locales, o como una puesta en escena por jóvenes novios a la hora de celebrar su enlace civil. Una representación que tiene su origen en los cuadros teatrales de las Euskal Jaiak de Zarautz, promovidas por el pintor Mauricio Flores Kaperotxiki para la festividad de la Virgen de Arantzazu en 1924 y que siguen celebrándose con gran éxito en la actualidad.

Gizona agea esta andrea aizea. Eulalia Abaitua
Gizona agea esta andrea aizea. Eulalia Abaitua

En la cultura tradicional, el matrimonio –ezkontza– es el rito de paso más importante del ciclo vital del hombre y la mujer, es el tránsito a la edad adulta, la sexualidad y la procreación, así como el de mayor prestigio social al erigir a los contrayentes tras los esponsales, en jaun y andere de una casa, Etxe. Un etxeko jaun y una etxekoandre que, al margen de si son propietarios o simples inquilinos, ricos o pobres, son la cabeza y los brazos de una de las unidades básicas que han sustentado la sociedad vasca en la era moderna.

Herrik bere legue… Etxek bere astura. La casa –etxea– en el País Vasco, no es solo edificio y morada sino el núcleo físico, mental y simbólico sobre el que se sustenta su cultura. Su prototipo es el caserío –baserria– una explotación agrícola-ganadera de producción, reproducción y consumo, autosuficiente e indivisa que se ha de preservar y mejorar para ser transmitida de generación en generación.

Un complejo económico, autónomo y disperso en el paisaje pero integrado en su comunidad –herria– por vínculos materiales y simbólicos que rigen los modos de relación, colaboración y celebración entre vecinos.

Sugabeko etxia… odolgabeko gorputza. Un inmueble multifuncional vertebrado con el medio, de ahí las variedades constructivas existentes en el País, y con una distribución interior adaptada a las necesidades de habitación, trabajo y sepultura. Una vivienda cuyo corazón es la cocina en torno al hogar (luz, calor y alimento) custodiado por la etxekoandre al ser espacio para evocar, rezar y transmitir en euskera, y lugar donde la familia reunida, convive, trabaja y recibe.

Un casa asentada en la tierra y fundida con ella al cobijar un mundo animado de seres invisibles y familiares difuntos a los que se habla, respeta y venera al formar parte de los principales acontecimientos de la existencia de los vivos, mediante los ritos en torno al fuego sagrado del hogar y su prolongación en la sepultura de la parroquia, enlazados por el –hilbide-. Una casa habitada –etxekoak– cuyos miembros son identificados por su nombre y a los que proporciona personalidad jurídica y social.

Una familia extensa, que aglutina a todos los nacidos en ella y que al abandonarla en aras de su viabilidad económica siguen vinculados por una teja, árbol o dote, símbolo de la mutua reciprocidad con la casa a la que pertenecen y en la que serán siempre acogidos/as. Y por supuesto a los que moran en ella, la familia del elegido/a por los padres –etxenausik– como sucesor para la gestión, continuidad y transmisión del mayorazgo.

Con este fin, el heredero/a –zu etxerako– contrae matrimonio, en general de conveniencia, con la firma de un contrato en cuyas capitulaciones se especifican las respectivas aportaciones de los contrayentes y las servidumbres para con el Etxe (padres, hermanos, criados). Unos deberes que en el caso de la mujer son más explícitos ya que erigida en el eslabón entre pasado y futuro, recaen en ella el desempeño de los ritos funerarios para con los antepasados –sepultura hartze– y la maternidad con el fin de asegurar la sucesión.

Una de las estipulaciones primordiales del contrato matrimonial será la dote que supone la aportación de dinero, tierras o animales por parte del novio/a que llegaba de fuera, constituyendo una fuente de ingresos para el etxe y, en algunos casos la compensación para el resto de los hijos, que a su vez debían generar su propia dote para abandonarla. A veces por separado y a veces formando parte de ella está el arreo integrado por los muebles y enseres que el novio/a llevaba a su nueva casa y cuyo traslado, después de las proclamas, era un acto ritual y simbólico, que en el caso femenino finalizaba en torno al hogar con el rito de –etxe-sartzea– entre la etxekoandre mayor y la entrante o, en el establo con la entrega del palo –makila– cuando el traspaso de poderes era entre el etxeko jaun y su sucesor.

Eztei-gurdia El arreo tradicional, en el caso del novio se componía de ropa para sí, regalos para la prometida y aperos o herramientas de algún oficio por ser estos sus cometidos en su nueva casa. El de la mujer, en aras de su naturaleza, atributos y destino se habría ido preparando desde temprana edad y estaba constituido básicamente por la cama completa y el arca, expresión ambas de su futura vida conyugal; los elegantes y primorosos útiles de hilar como símbolo de las cualidades de feminidad y diligencia, y el ajuar textil fruto de años de aprendizaje y trabajo, para los que habrá contado con la enseñanza y colaboración del resto de las mujeres de su familia y vecindad.

La fabricación industrial, una mayor disponibilidad económica y las modas de la sociedad urbana influyeron, con el tiempo, en el número y tipología de los muebles integrantes del arreo incorporando cómodas, plateros, armarios, relojes, vajillas, sillas, aguamaniles y espejos con los que amueblar la casa. Si el mobiliario era imagen de la fortaleza doméstica de la casa no lo era menos el ajuar textil, al constituir ambos la suma de los sucesivos arreos llegados con cada nuevo matrimonio. Un ajuar que era trasladado en un arca específicamente construida para la novia y colocada en la habitación del nuevo matrimonio conteniendo, además de las varas de lienzo sin cortar, el ropero femenino, con el traje de boda que mudará en mortaja a su muerte, la lencería y la ropa de diario; el ajuar doméstico (ropa de cama, mantelerías y toallas) para el día a día y las celebraciones familiares, y los paños rituales, en especial los funerarios (sudarios, paños de ofrenda) de gran calidad y riqueza ornamental.

Gure amak, kutxean… noizko oialak ditu / Amonen amonekin nik galdu dut kontu. El traslado del arreo de la novia a su nueva casa se realizaba con anterioridad a la boda, habitualmente en día de labor y, dependiendo del nivel económico de la familia, en uno, dos y hasta en tres carros de bueyes. Un acto festivo de ostentación y notoriedad del etxe comunicado a los ancestros y a la comunidad mediante el chirrido estridente de los ejes de los carros y el bullicio, los cohetes y la música que acompañaba al cortejo de padres, hermanos y primeros vecinos.

Las parejas de bueyes, elegidos por su porte, se engalanaban cubriéndolos con lienzos de rayas o mantas de colores, hermosos collares de campanillas al cuello o con la costumbre vizcaina, de cubrir el yugo tallado con una piel de tejón y coronarlo con una –azkonarra– de hierro forjado y campanillas de bronce a fin de ahuyentar los malos espíritus. En algunos pueblos de Navarra y Zuberoa abría la comitiva el hermano de la novia llevando un carnero con los cuernos adornados con cintas rojas que, llegados a la casa, se convertían en objeto codiciado por unos y otros terminando, en general, sobre la boina del que sacaba a bailar a la recién desposada tras la boda.

Gurdi erdian… kutxa, aurrean arda-tza / ta lilai-muturrean amuko mata-tza / Gurdi atzean suila ta tupiki per-tza / ogekoz edertzen da gurdiaren ertza. La disposición del arreo sobre los carros, como en todo acto ritual, estaba codificada con un lenguaje simbólico compartido por la comunidad. Así la cabecera del carro estaba presidida por la rueca y el huso, situando a la cola, el espejo, haciendo referencia con ello a las cualidades que debían prevalecer en la mujer casada: laboriosidad sobre coquetería; centrada y en alto, la cama vestida con jergón de perfolla de maíz, cuatro colchones y almohadas de lana con sus correspondientes haces de lienzo de lino (sábanas, fundas de edredón y almohada). Y bajo ella el arca de novia con el ajuar textil que al llegar a la casa era desplegado, enumerado y elogiado por la costurera que lo había cosido, empezando por las sábanas y terminando por las camisas para el novio, entre las que destacaba una de elegante pechera para lucir en la boda.

Aurrean-aurren… oazala / Ederra eta zabala / Badakizue zer amoreri / Eginen dio itzala. En los otros carros, habitualmente prestados por los vecinos, se disponía el resto de los muebles, aperos de labranza, enseres de cocina, calderos y herradas de cobre, presididos por el torno de hilar mecánico y una estampa religiosa enmarcada. Atados al último carro una novilla, yegua u ovejas que se aportaban como dote, y cerrando el cortejo un grupo de mujeres que llevaban tortas y viandas para el banquete nupcial, siendo en Bizkaia las amigas de la novia, las encargadas de trasladar sobre sus cabezas los presentes de los familiares y las delicadas piezas de vajilla, paños de iglesia y candeleros de bronce.

Eztai-eguna… baita jairik alaiena / Anka jaso bage ez da gelditzen gai dena. Llegado el arreo a su destino, se celebraba el matrimonio en la iglesia y tras la bendición sacramental se volvía a la casa para disfrutar del banquete nupcial en torno a una gran y copiosa comida dispuesta para la ocasión, no siendo ni la primera ni la última con la que se agasajaría a los invitados. Al caer la tarde, los recién casados con amigos y familiares se fundían en una soka dantza, enlazando pasos y vidas en una suerte de compromiso colectivo ante un futuro incierto y a la vez prometedor: la continuidad del Etxe.

2 comentarios sobre “Euskal ezteiak”

  1. Parece increíble cómo ha pasado el timpo, y como las familias vascas ya no tienen nada que ver con las antiguas tradiciones.

    Yo no sabía que existía un ritual tan completo antiguamente en Euskadi, sobre la familia y los deberes de la mujer. Que evidentemente están a años mil de los que tenemos hoy en día. Especialmente los derivados de los servicios funerarios que en bizkaia tenían que preservar para los antepasados.

    La funetxeandre era muy importante en la estabilidad de la familia, al menos eso decían en mi casa, jaja, muy bien, enhorabuena por la descripción tan exhaustiva. Miraré más.

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