Desertores e insumisos vascos de la Gran Guerra

El elevado número de insumisos y desertores en el territorio vasco continental muestra el desapego hacia el conjunto ‘nacional’

Un reportaje y fotos de Jacques Garat

El 29 de julio de 1914, el subprefecto de Maule advirtió al prefecto sobre los preparativos de éxodo hacia la frontera española de un numeroso grupo de hombres jóvenes preocupados porque la movilización pudiera llegar a darse. Ese año, desde que se instaurara el servicio militar obligatorio y personal para todos los franceses, en 1872, la Oficina de Reclutamiento de Baiona registraba la tasa de insumisión más elevada de Francia y la noticia provocó preocupación de las autoridades.

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La insumisión consiste en no responder a la orden de llamada y en no integrarse en la unidad a la que se está adscrito. Con la ley de 1872 la insumisión de los vascos tuvo, en efecto, proporciones desmesuradas. Hasta tal punto que, en 1889, la Ley de Reclutamiento del Ejército dispuso, en su artículo 50, que los jóvenes franceses menores de 19 años de edad residentes fuera de Europa podrían ser dispensados del servicio militar durante su estancia en el extranjero y que, en el caso de que retornaran después de cumplir los 30 años de edad, no tendrían que realizar ningún servicio activo. Con esta disposición liberal, suprimida en 1905, el legislador pretendía facilitar la instalación de sus nacionales en el extranjero, preservando sus lazos con la nación y favoreciendo su retorno.

Todos estos insumisos, evidentemente, no se encontraban ya en Francia, donde serían buscados y perseguidos implacablemente. Eran emigrantes, establecidos en el extranjero, insumisos en tiempos de paz que continuaron siéndolo al declararse la guerra. Dicho esto, a partir del reemplazo de 1903, un claro ejemplo de hombres obligados a participar en activo en el ejército, pero que habían huido del reclutamiento, podía verse en el cantón de Donibane Lohizune. El número de insumisos pasó, de hecho, de 21, en 1902, a 43, en 1903, para estabilizarse después en 38 por año, de media. El subprefecto de Maule precisó, a finales de 1916, que “un tercio [de los insumisos] huyeron en el momento de la llamada a su reemplazo, desde la movilización”.

Al prolongarse la guerra más allá del invierno 1914-1915 se instauró un sistema de licencias legales e, inmediatamente, en el País Vasco se habló de deserciones. Al finalizar los permisos, algunos combatientes pasaban la frontera y se refugiaban en España, país neutral. Desde ahí, los que querían, y podían, preparaban el embarque hacia América.

Para estos hombres la huida hacia España era algo natural, no un salto a lo desconocido. Conocían por tradición todas las redes que les pudieran permitir encontrar refugio fácilmente, viviendo con naturalidad, sin cambio cultural, su identidad vasca. De todas formas, esta huida se enmarcaba dentro de una larga tradición de emigración: todos sabían que encontrarían al otro lado del Atlántico un hermano, cuñado, tío o vecino, o una oficina de colocación.

Control de la frontera En 1915 y 1916 las autoridades conocían las verdaderas dificultades para controlar las deserciones al extranjero y hacían lo posible para cerrar la frontera. Se multiplicaron los puestos de control, aumentaron regularmente los efectivos y se retiraron los pasaportes a todas las familias de desertores o insumisos. En 1916, se procedió a la destrucción de todas las pasarelas privadas para cruzar la frontera. Todos los movilizados de origen vasco en servicio en los puestos fronterizos fueron reemplazados por soldados procedentes de otras regiones y se creó un fondo especial para gratificar a los agentes más celosos en la vigilancia de la frontera; sin embargo, insumisos, desertores y sus familias continuaban pasando la frontera con facilidad, quedando a menudo sus hijos escolarizados en Francia ante la indiferencia general. Aún en 1919, el subprefecto de Baiona constataba que “la vigilancia en la frontera es un poco ilusoria”.

El Estado Mayor se inquietó: “la búsqueda de desertores no se hace actualmente en las condiciones previstas por los reglamentos y esta laguna puede ser gravemente perjudicial para mantener la disciplina” y, a partir de octubre de 1915, se tomó la decisión de prohibir a los militares vascos que estuvieran de permiso, heridos o convalecientes ir a sus casas o ser enviados a formaciones sanitarias del País Vasco. Esta medida concernía a los hombres originarios de los cantones de Donibane Lohizune, Uztaritze, Ezpeleta, Baigorri, Donibane Garazi y Atharratze.

La subdivisión militar de Baiona incluía los distritos vascos de Baiona y de Maule y el de Dax, en Las Landas, además de, como departamento de Bajos Pirineos, los tres bearneses de Pau, Orthez y Oloron. Ninguna de las cifras publicadas permite encontrar el rastro de los rebeldes de los catorce cantones vascos. Solo podemos conocerlo analizando la documentación de las Matrículas de Reclutamiento que registraban el total de la población masculina del cantón. Nuestra base de datos informática exhaustiva referente a los hombres de los reemplazos entre 1887 y 1919 movilizados durante la guerra está aún sin concluir. Esta base nos permitirá conocer a esas personas por su nombre y, al mismo tiempo, localizarlos uno por uno y nos dará información acerca de las estrategias desplegadas por el Estado para nacionalizar su población. Se podrá hacer un seguimiento de las salidas, temporal o en función de la evolución de la guerra, y se podrá, sobre todo, evaluar el número de retornados.

Sin rastro de antimilitarismo ni de pacifismo en estas renuncias, la administración denunciaba “la inercia y la incapacidad de los municipios del País Vasco”, “el estado de espíritu lamentable de los habitantes de esta región, incluso de las clases dirigentes”, que “no consideran la deserción como un crimen”. Su actitud se caracterizaba por una “indiferencia” culpable. Algunos informes de la policía, más minuciosos, señalaban, sin embargo, que las familias vascas hablaban la misma lengua, vivían indistintamente a un lado y otro de la frontera y recordaban la importancia de la emigración tradicional de los vascos “a las Américas”.

Tras una primera aproximación cuantitativa provisional a un informe de gendarmería de noviembre de 1916, constatamos que fue el distrito de Maule el que ofrecía las cifras más elevadas, en particular los cantones de Iholdi, Donibane Garazi y Baigorri. Este último contaba 45 desertores y 1.302 insumisos, mientras que solo tenía censados 594 movilizados.

Pocas detenciones Un segundo informe de 1916 referente a todo el departamento mostraba que apenas un 2,3% de los insumisos fueron detenidos, que los insumisos eran cerca de quince veces más numerosos que los desertores y que si el Bearn, que tenía también una tradición de emigración muy importante, conoció una insumisión nada despreciable (38% del total), solo el País Vasco estaba realmente tocado por las deserciones (90,5% del total).

Para el autor del informe, las comunas de Arnegi, Urepel, Banca, Lasse y Aldude probaban que la insumisión era un fenómeno fronterizo. Sin embargo, sus cifras, tan elevadas, se explicaban de otra manera; eran el resultado de la verdadera hemorragia demográfica que había golpeado a estas comunas hasta el punto de aproximarse al 4% de la población total en los años 1899 y 1900.

Por último, una estadística del 30 de noviembre de 1918 mostraba para todo el departamento de Bajos Pirineos, un total de 1.086 desertores y 16.889 insumisos, de los cuales 10.445 eran anteriores a la movilización, lo que muestra claramente que había, al menos, 6.444 insumisos, esto es, más del 38% del total, tras la declaración de guerra. Esta estadística, vinculada a los resultados de Jules Maurin sobre los insumisos de las oficinas de Béziers, 0,89%, y de Mende, 2,73%, y a los de Miquèl Ruquet para todo el departamento de Pirineos Orientales: 777 desertores y 1.232 insumisos para toda la guerra, muestra bien que, lo que pasó en el País Vasco, no tiene equivalente en el territorio nacional francés.

Contar la historia consiste, en primer lugar, en hacer visible lo que está oculto y, después, en reflexionar acerca de las razones del silencio. Al buscar y encontrar la manera de comprender a estos rebeldes accedemos a un punto de vista privilegiado que nos permite ver cómo el hecho de que Francia se convirtiera en un Estado-nación unitario a lo largo del siglo XIX pudo afectar concretamente a la población vasca. Una pertenencia local muy fuerte, una identificación débil con el conjunto nacional francés y una desconfianza marcada hacia un aparato de Estado en vías de modernización son elementos a tener en cuenta si queremos comprender la gran cantidad de salidas y el elevado número de insumisos. En esta Gran Guerra, que será la matriz trágica del siglo XX, estas deserciones son un signo de la débil integración de una minoría fuertemente particular en el conjunto nacional establecido por el Estado francés y la expresión de una forma de resistencia cultural.

Poniendo en valor a estos excluidos de la historia, no se pretende, evidentemente, oponerles a la gran masa de todos aquellos que, en el País Vasco, aguantaron la prueba y marcaron los recuerdos de sus grandes acciones. Al ir a su encuentro, sin embargo, hemos descubierto que la memoria colectiva es más bien, a menudo, un conjunto de olvidos más que una suma de recuerdos y, quizás, con estos apuntes, hayamos dado un paso hacia la recuperación de un pasado específico.

Un comentario en “Desertores e insumisos vascos de la Gran Guerra”

  1. Mi padre fue Insumiso a la guerra civil por sus creencias francesas, en que fue ciudadano de Francia, con educación de ese país desde 1927 al 1937. en que a los 18 años vino en busca de la madre enferma. Entró por Irún, procedente de Bourdeos, sus hermanos estaban en el frente con Franco, se declaró Insumiso porque no quiso utilizar las armas contra su propia familia.
    Si os interesa, mi teléf. es 640 70 77, me ha costado mucho encontrar documentos relacionados a mi padre, ya que su propia familia eliminó de los archivos los registros en los que constaba el motivo de estar en Campos de Concentración.
    Saludos,

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