Los obreros de la música y el franquismo en la BOS

Las autoridades franquistas controlaron, como todos los órdenes de la vida, a la Orquesta Sinfónica (entonces Municipal) de Bilbao, quitando y poniendo músicos, repartiendo palcos y programando obras del gusto hitleriano

Un reportaje de Joseba Lopezortega

El belga Armand Marsick, primer director de la Sinfónica de Bilbao, al frente de la orquesta en 1923. Es la primera fotografía conservada de la BOS. Fotos: Archivo de la BOS
El belga Armand Marsick, primer director de la Sinfónica de Bilbao, al frente de la orquesta en 1923. Es la primera fotografía conservada de la BOS. Fotos: Archivo de la BOS

en los años 20 del siglo XX, Bilbao era una ciudad llena de energía y contradicciones; como si una ciudad pudiera padecer las turbulencias características de la adolescencia, en la transición rápida e irrefrenable hacia una dimensión más madura, potente y definida que en sus épocas anteriores. Aquel Bilbao de rápido crecimiento demográfico era apropiado para el surgimiento y consolidación de grandes industrias y fortunas, algunas de las cuales inclinadas a la filantropía, el mecenazgo y las artes. Las mismas calles por las que circulaban los altos burgueses las recorrían obreros y gentes aferradas a una notoria fragmentación del trabajo, piezas inquietas de una economía precaria y pobre. En los arrabales de las ciudades siempre hay calles y esquinas que parecen estar ahí para que la prosa de Víctor Hugo pueda describirlas; las hay ahora, y las había en mayor medida en los años veinte y treinta.

Bilbao poseía muchos de sus tradicionales teatros en activo ya en aquellos años, de ellos bastantes fueron abiertos en la década de 1910: el Arriaga, un teatro ya veterano y que sustituía al anterior Teatro del Arenal en el mismo emplazamiento; el Gayarre, el Campos Elíseos, el Coliseo Albia, o con posterioridad a todos ellos el Buenos Aires, de 1925; también estaban el Salón Vizcaya, más un cine que un teatro, y la sala de la Sociedad Filarmónica. Además de La Filar, obviamente dedicada a conciertos, tres de aquellos teatros tuvieron importancia en la actividad musical bilbaina: el Arriaga, el Buenos Aires y el Campos, y de estos los dos últimos fueron sede de las temporadas de la Sinfónica de Bilbao en algunas etapas. Los teatros generaban a su alrededor pequeños oficios dependientes de su actividad como, por ejemplo, el de repartidor de propaganda. Repartir los programas de un teatro por la ciudad era una forma de presentar los servicios para repartir la propaganda de cualquier otra actividad o producto, porque representaba una referencia, una garantía fiable.

Obreros de la música Esos teatros en activo evidencian la existencia de una burguesía culta, o al menos inclinada a los espectáculos culturales, pero más allá quizá el rasgo principal de las ciudades europeas de aquellos años fuera el ocio, un ocio noctámbulo y poco prejuicioso. Y el ocio era el ámbito en el que encontraban ocupación y salario muchos músicos en el primer tercio del siglo XX. Hasta la llegada de la música grabada y de los consiguientes sistemas de reproducción y amplificación, la música era en directo o no era. Los salones y locales de esparcimiento ofrecían música en vivo para bailes, para amenizar o para acompañar actuaciones, y el trasiego de músicos entre locales debía ser importante. Clarinetes, flautas, violines o trompetas son fáciles de transportar, no así otros instrumentos como los contrabajos. Los contrabajos eran propiedad de los locales o se transportaban de forma planificada (hay facturas de estos transportes en archivos de la época), pero los pequeños instrumentos deambulaban del brazo de sus propietarios. Era un trasiego. Es de imaginar cómo debían ser aquellas calles en las que coexistían el armiño y el harapo, la beatitud y el golferío, el barro y el betún, el madrugón y el trasnocho, la sacristía y el garito, el rigor y la laxitud, calles en las que los músicos eran obreros al servicio del ocio y necesitaban el pluriempleo. Los registros de la Sinfónica de Bilbao ilustran bien esa situación.

La formación de la Sinfónica bilbaina fue el producto de una visión pragmática de la situación musical de la villa. La Filarmónica programaba a algunas de las grandes personalidades musicales de la época y sin una orquesta no era posible programar conciertos, así que desde la Filarmónica se decidió formar una orquesta -y otras cosas- porque sencillamente se hacía necesaria. Desde el primer concierto la Sinfónica remuneró a sus integrantes, y se convirtió en el objeto de deseo de los músicos más capacitados y formados de Bilbao. Vinculada estrechamente a la Filarmónica, la orquesta proporcionaba a sus profesores no sólo una remuneración, sino también un plus de prestigio. Lo ideal era valerse de ese prestigio para disfrutar de un buen nivel de actividad en las distintas necesidades del entorno: cafés que programaban conciertos, bailes en salas y teatros y otros espacios, o proyecciones con música en directo: la banda sonora de una ciudad que en sólo treinta años, los que median entre 1900 y 1930, estaba a punto de duplicar su población. Cuánta energía.

El pluriempleo se convirtió pronto en un enemigo de la actividad orquestal, porque afectaba al régimen de ensayos, como es lógico más exigente y menos flexible en horarios para un concierto sinfónico que para un cuarteto en un café. La empresa estableció pronto un régimen de sanciones por inasistencia a los ensayos de sus trabajadores, multas con cierta capacidad disuasoria para los músicos. La existencia de ese régimen de sanciones forma parte de una realidad que no se debe perder de vista cuando se piensa en la represión posterior a la entrada franquista en Bilbao en 1937: la depuración franquista de la Sinfónica de Bilbao se produjo en un entorno laboral dependiente del trabajo, es decir sobre -y contra- un conjunto amplio de obreros cualificados. Esa dependencia laboral se vio agudizada, como es lógico, en la privación generalizada de la postguerra.

“Póngame a los pies de su señora” La literatura generada por los procesos de depuración subsiguientes a la caída de Bilbao posee aspectos dramáticos y al mismo tiempo propios de un sainete. Describen un franquismo hiperbólico y enfático, pues los declarantes no quieren dejar lugar a dudas sobre su vehemente amor al caudillo y su simpatía por el Movimiento, la Falange y lo que sea menester. Es un franquismo probablemente instrumental y nada sincero, el santo y seña para avanzar en el proceso y para no atraer la suspicacia del régimen en años de venganza y ultraje. Era común: los vivas a Franco y a España y la profusión de adjetivos para describir la grandeza del régimen están en las cartas manuscritas, pero también en los membretes de las cartas de empresas y en cualquier trozo de papel que se considere, salvo quizá el higiénico. Esta exigencia vigilante de sumisión y aceptación, ese trágala, es un rasgo común a los fascismos y totalitarismos y adquiere su pleno regusto franquista cuando son los potenciales represaliados y depurados quienes tienen que afirmar su lealtad por pura necesidad. Humillar también está en el ADN del franquismo.

En la película Atraco a las tres, de José María Forqué (1962), el trabajador bancario interpretado por José Luis López Vázquez empequeñece y repta cada vez que habla con su superior y al despedirse le dice: “Póngame a los pies de su señora”. Esa expresión simboliza otro rasgo: la importancia de la jerarquía, que hizo ilustrísimos y excelentísimos por doquier, colaborando en la construcción de esa sociedad de casino de pueblo de provincias tan de los años de esplendor franquista. La lista protocolaria de un concierto destacado de la posguerra da la medida de cómo se observaba esa jerarquía. En una nota se reparten las localidades del teatro para estos cargos reservando palcos (de más a menos importantes): ministros y secretarios con su séquito, tres palcos; y después palcos para gobernador militar, gobernador civil, jefe de la Falange, Diputación, Sociedad Filarmónica y Orquesta Municipal (así se llamó la Sinfónica por un tiempo), Ayuntamiento, jefatura de propaganda, comandante de Marina, delegado de Hacienda, prensa y radio (dos palcos), sociedad Nuevo Teatro (Arriaga), delegado de trabajo, cónsules en Bilbao, empresa del Teatro Buenos Aires y Conservatorio. No parece difícil imaginar cómo debían funcionar en esas alturas prebendas y favores, siempre dentro de un círculo: el de la dirigencia franquista.

Orquesta ‘depurada’ Esta dirigencia podía abrir o cerrar puertas vitales para quienes estaban fuera del círculo. Algunos músicos apoyaban sus argumentos en defensa de su postura sin tacha en las referencias que podían dar sobre ellos personas del régimen, de modo que estas disfrutaban del poder de ayudar o no a los peticionarios. Como paréntesis, o no, ese poder unido al sentido jerárquico y a la necesidad de mostrar sumisión, explica por qué la estética nazi y fascista se relaciona con el sadomasoquismo. La disección del fascismo que hizo Pier Paolo Pasolini en la cruda Saló o los 120 días de Sodoma sacaba a relucir precisamente esos tendones poderosos de las ideologías totalitarias. Desde un punto de vista cronológico, hablando siempre de la Sinfónica de Bilbao, el franquismo tuvo más prisa en perseguir a sus enemigos que en defender a sus afines, esa era la prioridad. Pero cuando llegó el momento de reconstituir la Orquesta, ya rebautizada de forma pasajera como Orquesta Municipal de Bilbao, se convocó a músicos del bando franquista para que pudieran integrarse a los conciertos. Estas convocatorias se hicieron por carta, y evidencian el placer con el que se hacía uso del poder para pedir favores y el placer con el que se concedían. Ruégole, afectuoso saludo, solicito encarecidamente, su atento telegrama, me complazco… estas expresiones afectadas y horteras abundan, y dibujan un franquismo ansioso por dejar en el armario el olor a pólvora para perfumarse con las buenas maneras. Los franquistas también se limpiaban las botas de barro para adormecerse en el palco en los conciertos, pero los obligados modales y las interminables sinfonías eran parte del precio a pagar para tratar de levantarse como una élite dirigente, una pseudo aristocracia franquista que, puesta a emular a la culta corte hitleriana, no sólo recompuso una orquesta tras depurarla, enviándola a las fábricas a deleitar a los pobres obreros, sino que programó música alemana en abundancia en el patético esfuerzo de alinearse con la admirada dictadura hitleriana. Que en algunos conciertos llegaran a colgar esvásticas en los teatros no es pues casual ni anecdótico, sino elocuente y sintomático. Y debe ser, por encima de todo, inolvidable.

Andima Orueta y otros camaradas asesinados por un republicano cántabro

El redactor del periódico ‘Euzkadi’ perdió la vida a manos del jefe de la ‘checa’ de Santander, Manuel Neila, considerado un enemigo de los vascos

Un reportaje de Iban Gorriti

Andima Orueta, señalado en el círculo, en el batzoki de Matiko.
Andima Orueta, señalado en el círculo, en el batzoki de Matiko.

SI ya fueron demasiados los aliados de los golpistas sublevados contra los que tuvo que batallar el Ejército del Gobierno del lehendakari Aguirre, también se dieron casos de republicanos que odiaban a los vascos y trataron de acabar con sus vidas durante la Guerra Civil. Un ejemplo fue el jefe de la Comisión de Policía del Frente Popular de Santander y su checa, Manuel Neila Martín. Una de sus numerosas víctimas fue el periodista jeltzale Andima Orueta, redactor del periódico Euzkadi y testigo del bombardeo de Durango.

Este diario ha tenido acceso al informe del lehendakari Aguirre dirigido a la República sobre las causas que, a su juicio, determinaron la caída del frente Norte, en lo referente a Santander. El presidente cita la muerte de cinco vascos, entre ellos, el del cronista.

“Yo mismo -subraya Aguirre- soy testigo del espectáculo macabro que ofrecían cerca de unas peñas cinco cadáveres desnudos recientemente asesinados”. El lehendakari ubica el desenlace cerca de la casa donde el Gobierno vasco vivía en la capital cántabra, en el Cabo Mayor. “Llamé al General Gamir. Le hice presenciar el espectáculo. El General se indignó con este motivo. Aquello no podía tolerarse. La americana de uno de los asesinados estaba en el jardín de nuestra casa con el agujero de la bala que lo había cruzado”, subrayaba.

Hacía referencia al médico donostiarra, Zabalo. De aquel modo, además, perdió la vida “el redactor del periódico Euzkadi, señor Andima Orueta, y los empleados del Departamento de Comercio y Abastecimientos, señores Gorostiaga y Lasa”. El informe agrega el asesinato del Jefe de Impuestos de la Diputación de Bizkaia, Juan Luis de Biziola.

“Todos ellos hombres eran lealísimos al servicio del Gobierno vasco y huidos del terror fascista”, valoraba Aguirre quien detallaba que también fueron asesinados dos jóvenes socialistas vascos, en Torrelavega, y el afiliado a Izquierda Republicana, Quílez, en Santander.

El presidente señala a los ejecutores. “Todos ellos fueron asesinados por los llamados policías, asesinos a sueldo. Más tarde un grupo de jóvenes socialistas mataba a su vez en Torrelavega a dos policías”. El informe concluye con las siguientes informaciones. “No hablemos de detenciones porque sería hacernos interminables. Consignemos solo la arbitraria detención de Don José de Rezola, Secretario General del Departamento de Defensa de Euzkadi, conducido a los calabozos a pesar de haber mostrado los documentos acreditativos de su personalidad. Le dijeron que aquello de nada servía”, concluyó Aguirre.

Al frente de aquellos policías estaba Manuel Neila Martín, antiguo dependiente de tejidos. En una carta del secretario de Aguirre, Pedro de Basaldúa a Anton Irala, secretario general de la Presidencia, le hace saber las andanzas del santanderino del Frente Nacional Popular. “Como dato increíble te diré que Neila, el jefe de la checa santanderina a cuyas espaldas cargan tantos crímenes y paseos como este del joven Jose Manuel Zabalo al que asesinaron villanamente y dejaron su cadáver en la playa, y Monzón lo ha comunicado a sus familiares”, relata. Y va más allá en su exposición: “Resulta que este criminal huyó el miércoles nada menos que en el avión El Negus, llevando dos maletas. Ha huido con consentimiento del gobernador y demás. Es un tipo criminal y cobarde. Es causante de muchísimas muertes. Y anda ahora por ahí”.

La paradoja era máxima porque El Negus fue el avión utilizado por el lehendakari para partir al exilio desde Laredo en agosto de 1937, tras la ocupación por los sublevados de todo el territorio vasco.

El gudari Otsoa de Txintxetru fue pionero en la recuperación de la memoria histórica vasca con la localización de fosas de compañeros de batalla caídos en el frente. En 2009, calificaba a Neila como desalmado, asesino y enemigo de los vascos que pretendían huir a Francia por mar en barcos pesqueros pequeños. Les apresaba asesinándoles, y, con un tiro en la nuca, les arrojaba al mar por los acantilados. “Así murieron muchos gudaris y paisanos vascos, como mi hermano Iñaki, comandante intendente del batallón Kirikiño; Zubiri, Otazua, Andima Orueta y otros muchos. Se dijo que el torrero del faro murió loco al oír los lamentos de los que morían al fondo del acantilado. Y que Neila consiguió escapar a México”, redactaba.

El 16 de mayo de 2009, con 91 años de edad, la hija Argiñe de Otsoa de Txintxetru le llevó al gudari a conocer el faro de Cabo Mayor de Santander. “A pocos metros de éste hay un majestuoso monumento de piedra porosa al borde del mar. Sí, y al borde está un profundo acantilado. Muy profundo. Muy profundo y mortal. Al pie de una alta cruz ha sido esculpida la figura de un hombre con los brazos y manos alzados, asiéndose a la cruz y su cuerpo destrozado. Impresionante. No existe inscripción descriptiva de su simbolismo ni nombre de su autor”.

la muerte de andima orueta Entre esos riscos cayó el cuerpo de Andima Orueta, periodista del diario Euzkadi que acompañó a Patxi Zubikarai a visitar el 31 de marzo el bombardeo de Durango a las once horas, dos horas y media después del genocidio fascista. La periodista Onintza Irureta recoge las palabras escritas del segundo. “Fui con Andima Orueta, reportero del Euzkadi. Era muy amigo mío y muy buen periodista. Más adelante no supe de él. Desconocemos dónde murió. Acabada la guerra, no había rastro”, quedó impreso en el reportaje de Argia.

Neila se había encargado de asesinarle y conocer el final de su vida en las aguas capitalinas de Cantabria, dato que no pasó desapercibido. El periódico Mañana publicó el 5 de diciembre de 1937 que el diario Euzkadi volvería a publicarse, ahora en Barcelona. “El Euzkadi ha pagado tributo a esta guerra incruenta que ha sido de invasión de la Patria y de exterminio para muchos miles de hermanos nuestros”, y cita a Esteban Urkiaga Lauaxeta y a Andima Orueta. “Orueta poseía innatas condiciones para el reportaje y excelentes dotes que concurrían en él”.

Andima murió a manos de la policía del republicano Neila, hombre que según narraba Aguirre “hacía detenciones verificadas en plena calle por hablar euskera, las burlas a los soldados heridos porque tenían escapulario en los Hospitales de Santander, la rotura de certificados de inutilidad extendidos por el Tribunal Militar de Euzkadi, de carnets expedidos por el Gobierno de Euzkadi, etc. Todos estos eran signos “contrarrevolucionarios” para aquellos hombres que derrochaban valentía en sus palabras aun cuando los hechos luego no lo confirmaron por ninguna parte”.

Pero… ¿existió alguna vez un exilio vasco?

La Guerra Civil y el franquismo forzaron un exilio que, en el caso vasco, fue muy diverso en ideología e identidad nacional

Un reportaje de Óscar Álvarez Gila

Entrada de las tropas franquistas en Bilbao, el 19 de junio de 1937. Fotos: Sabino Arana Fundazioa
Entrada de las tropas franquistas en Bilbao, el 19 de junio de 1937. Fotos: Sabino Arana Fundazioa

LA cuestión que encabeza este artículo no es retórica. O quizá sí lo sea. En todo caso es una pregunta que se nos ha planteado en muchas ocasiones a los que, de un modo más o menos frecuente, nos hemos acercado al conocimiento de ese interesantísimo, y a la vez esperanzador y triste momento de nuestro pasado más reciente que, a pesar de los años transcurridos, aún sigue gravitando en la memoria de la población vasca actual: la Guerra Civil.

Entre 1936 y 1939, un grupo de militares sublevado, apoyado por sectores de la derecha tradicionalista y diversos movimientos de corte totalitario, aliados con los estados que eran los máximos exponentes del fascismo europeo, acabaría derrotando en una sangrienta guerra al gobierno legítimo de la II República emanado de las urnas. En Euskadi, la Guerra Civil, aparte de provocar una dolorosa división interna entre los vascos, trajo también consigo la puesta en marcha de la tan ansiada autonomía y el nacimiento del primer Gobierno vasco, que intentó organizar la resistencia frente a la maquinaria bélica franquista entre 1936 y 1937. Tras varios meses de infructuosa defensa, la caída a fines de junio de 1937 de Bilbao y los últimos resquicios de territorio vizcaino en manos de los facciosos traería consigo, entre otras muchas dolorosas vías de represión que tendrían que sufrir los vascos leales, una específica: la obligación de abandonar forzosamente su patria para marchar hacia un exilio tan incierto como indeseado.

Las motivaciones, caracterización, ritmo y volumen del exilio fueron cambiantes a lo largo de la guerra. Desde este punto de vista, quizá tendríamos que hablar más de la existencia de exilios en plural, antes que de un exilio homogéneo y uniforme. Por su localización, la Euskal Herria peninsular presentaba unas características particulares en el contexto de los diversos territorios que se mantuvieron leales a la legalidad republicana. En los primeros compases de la guerra, la proximidad de la frontera hizo que se produjera un notable movimiento de personas desplazadas que huían de la propia guerra en busca de seguridad física, más que de protección ideológica. El avance de las tropas sublevadas por Gipuzkoa llevó a que esta corriente de refugiados tomara dos direcciones: algunos pudieron cruzar la frontera hacia Iparralde, otros, en cambio, se vieron obligados a buscar protección en Bizkaia, donde el recién creado Gobierno vasco pronto establecería un sistema de auxilio a los desplazados.

Éxodo por mar Pero ya en la primavera de 1937, la ofensiva contra Bilbao y el repliegue de las fuerzas leales del ejército, las milicias republicanas y los batallones del Euzko Gudarostea hacia Cantabria llevó a un nuevo éxodo, esta vez por mar, hacia Francia. Desde allí, las autoridades francesas obligarían a muchos a una repatriación forzada hacia Catalunya. Y ya en 1939, el fin de la Guerra Civil volvería a poner a muchos en el camino de Francia; y pocos meses más tarde, el inicio de la Segunda Guerra Mundial añadiría para muchos un nuevo capítulo de aquello que parecía un exilio sin fin, buscando la protección en el continente americano.

Por sus características, aún siguen siendo imprecisas las cifras que alcanzó el exilio de los vascos, entre las cifras elevadísimas que en su momento ofrecieron políticos vinculados del Gobierno vasco (los 160.000 exiliados de los que hablaba Ramón María Aldasoro, delegado del gobierno en Buenos Aires, en 1938) hasta cifras más modestas pero no por ello menos sangrantes, como los 80.000 exiliados que propone Koldo San Sebastián, o los 50.000 que reconoce Jesús Alonso Carballés. En todo caso, una sangría de muy grandes proporciones para un país tan pequeño.

La Historia no es el pasado, sino una ciencia que se encarga del análisis del pasado. Y para ello, lo hace usando una herramienta: el lenguaje. Los historiadores hacen, por así decirlo, como decía aquella canción de Bob Dylan que recordaba que el hombre puso nombres a todos los animales: es decir, estudian el pasado mediante la elaboración de definiciones que sirvan para clasificarlo y comprenderlo. Y por mucho que se esfuercen, las etiquetas que usan los historiadores para ello nunca son neutras, sino que están ligadas a la propia experiencia vital del historiador, a sus ideas, sus intereses y su propia visión del mundo.

El pasado es uno, la Historia es una ciencia, pero los relatos que hacen los historiadores pueden ser múltiples, siempre que se hagan desde el respeto a los principios del trabajo científico. Esto no es una debilidad, sino una característica propia de la historia, por lo que debemos entenderla desde un punto de vista positivo, ya que es desde el debate entre los diferentes relatos históricos donde se afianza el verdadero avance de la historia como memoria compartida.

El exilio vasco ha sido, de este modo, uno de esos campos donde han chocado diferentes interpretaciones de la historia. Así, por un lado, se sitúan aquellos que niegan su misma existencia. No me malinterpreten: no me refiero a los negacionistas -que haberlos, haylos- que consideran que la guerra no fue sino un divertimento y niegan incluso la existencia de la represión, los asesinatos y las fosas comunes. Hablo de aquellos que, reconociendo la realidad del exilio y estudiándolo a fondo, son renuentes a aceptar la existencia de un exilio vasco, diferenciado en sus particularidades de forma cualitativa del exilio general de los republicanos españoles. Son quienes arguyen la unidad de las fuerzas leales a la República incluso en su marcha forzada más allá de las fronteras, y que a lo sumo solo aceptan hablar de una participación vasca en lo que consideran el único objeto de estudio posible, el exilio republicano español.

Por el otro lado, están los que defienden (defendemos) que el exilio vasco ha de ser considerado como una categoría de análisis propia y definida, claramente relacionada con -pero nunca confundida- el exilio republicano en su conjunto.

‘Sociedad distinta’ Lo que se esconde detrás de este debate no es sino un reflejo de las particularidades que el caso vasco presentó dentro del conjunto de la evolución política estatal durante la época de la República y, más visiblemente, a lo largo de la Guerra Civil e incluso tras su finalización. Muchos años antes de que Canadá usara el término sociedad distinta para reconocer el carácter nacional de Quebec, el lenguaje político de la República española había acuñado un término similar, aunque no desde el respeto institucional sino desde la crítica ideológica: el Gibraltar vaticanista del que hablara Indalecio Prieto para referirse al primer proyecto de estatuto vasco (el Estatuto de Estella) venía a reflejar, en cierto modo, la realidad de una diferente estructuración y práctica política en Euskadi. El estallido de la guerra hizo aún más visibles estas diferencias. Por un lado, en Euskadi, a diferencia de España, no se estableció una ruptura entre los dos bloques, de izquierdas y derechas, en los bandos opuestos, defendiendo y atacando a la República, respectivamente.

El partido mayoritario en Euskadi, el PNV, no ocultaba su ideología moderada y su filiación católica, moldeados por una generación de políticos que había desarrollado, a lo largo de los años de la República, lo que podríamos considerar como un antecedente directo de lo que tras la guerra mundial se conocería como democracia cristiana. Para la sorpresa de muchos valedores de los sublevados, en la desorientación de los momentos iniciales del alzamiento militar pesó mucho en el nacionalismo vasco el decidido apoyo a las reivindicaciones de autogobierno por parte de las instituciones republicanas, antes que las llamadas a la unidad de los católicos lanzadas por la jerarquía de la Iglesia, en España y en el Vaticano. De este modo, la vinculación del PNV con el bando republicano, y por lo tanto, el involucramiento de un amplio sector de la feligresía y del clero vasco en contra del bando alzado, contribuyó a desvirtuar la imagen de Cruzada que habían querido imprimir a la guerra los valedores políticos, militares y religiosos del bando franquista.

No olvidemos que fue el territorio bajo el control del Gobierno vasco el único lugar de dominio republicano en el que la Iglesia católica mantuvo sus actividades en un ambiente normalizado, sin cortapisas ni persecuciones. Fue aquí donde se organizó el único cuerpo de capellanes militares con los que contaron los efectivos del bando republicano. El propio exilio vasco, encarnado en la legalidad de su gobierno y lehendakari, intento desde el principio centrar su discurso, como recoge Ander Delgado, en “demostrar que la dicotomía izquierdas revolucionarias que defienden la república frente a derechas católicas de orden enfrentadas a ella no podía ser aplicada en el País Vasco”.

Estas diferencias trascenderían al terreno del exilio, una vez que se consumaría la caída del frente vasco y, más tarde, la victoria franquista en la guerra.

Diversidad ideológica El exilio vasco, en primer lugar, presentaría de este modo una mayor diversidad ideológica en su composición. Más aún, llegó a existir incluso un exilio religioso, como un capítulo más de la represión que sufrieron amplios sectores de la clerecía vasca por parte, en una inmensa paradoja, de un Estado que se definía a sí mismo como católico y defensor de la religión. Además de los religiosos asesinados, encarcelados o extrañados a regiones alejadas, no menos de 500 sacerdotes tuvieron que ser enviados por sus superiores fuera de territorio estatal, en muchos casos reconociendo que lo hacían por prudencia, debido a las sospechas que el régimen franquista tenía sobre su lealtad ideológica. Conocidos son casos, por ejemplo, como el de Félix Markiegi: huido a Argentina, el obispo de Bahía Blanca lo tuvo en cuarentena enviándolo a una remota población de su diócesis, temiendo que como buen rojo-separatista fuera un mal ejemplo para sus sacerdotes. Además, como recuerdan Coro Rubio y Santiago de Pablo, “otra de las características del exilio vasco fue que mantuvo a lo largo de todo el franquismo una continuidad orgánica muy superior a la de otras instituciones del exilio republicano”. La supervivencia del Gobierno vasco en el exilio fue, de hecho, el modo de establecer un puente de legitimidad entre la primera experiencia autonómica y su recuperación tras la muerte de Franco.

¿Existió, por lo tanto, un exilio vasco? Sin negar la base común que compartían todos los exiliados -su oposición al régimen franquista y su derrota en la guerra-, es preciso reconocer que incluso los propios protagonistas de aquella situación eran conscientes, no solo de los elementos que los unían, sino también de los que los diferenciaban. Incluso entre los propios vascos, las lealtades ideológicas y las afinidades de origen se entrecruzaban en ocasiones, basculando entre los diversos polos de un exilio plurinacional y policéntrico. Es tiempo que en la recuperación de la memoria en la que estamos ahora inmersos, hagamos reconocer la diversidad del exilio como el reflejo de la diversidad ideológica y nacional del Estado del que procedía.

“Un fascista de libro”

Hace treinta años murió Martín de Arrizubieta, cura sabiniano de Mundaka que fue propagandista del régimen nazi en Berlín y antifranquista en Córdoba

Un reportaje de Iban Gorriti

El sacerdote de Mundaka Martín de Arrizubieta Larrinaga, en una imagen histórica. Foto: Deia
El sacerdote de Mundaka Martín de Arrizubieta Larrinaga, en una imagen histórica. Foto: Deia

Cuál fue el papel de los vascos en la Segunda Guerra Mundial? Esta cuestión servía como título de un libro del historiador elorriarra Iñigo Bolinaga. Él mismo colocaba a modo de piezas de un juego de mesa como el Risk a Himmler, Hitler y Franco en nuestra Donostia, blindados nazis en Lapurdi, mugalaris burlando la vigilancia de la Wehrmacht, el lehendakari Aguirre como clandestino en Berlín, a los maquis liberando Zuberoa y al último batallón Gernika combatiendo en el Medoc.

La publicación editada por Txertoa, como subrayaba su planteamiento, compendiaba la participación de los vascos y vascas en el conflicto bélico con episodios relevantes junto a otros capítulos casi desconocidos; A la postre, un apasionante relato de la actividad en ambos bandos. Entre los nombres desconocidos, no pasa desapercibido para el lector curioso la figura de Martín de Arrizubieta Larrinaga. De Mundaka. Sacerdote. “Fue un fascista de libro”, concluye Bolinaga en su trabajo documental.

El historiador bosqueja a Arrizubieta como un viejo nacionalista vasco de la línea sabiniana que fue capellán de gudaris durante la guerra internacional sufrida en el Estado entre 1936 y 1939. Pero no queda ahí la cosa: también fue capellán de requetés después de su captura por el bando golpista y, tras lograr escabullirse al Estado francés en 1938, acabó siendo miembro de la Legión Extranjera Francesa.

Su periplo tanto geográfico como ideológico sigue su paso firme hacia la capital alemana, como germanófilo convencido que acabó siendo. “Seducido por los nazis” -estima Bolinaga-, Martín trabajó en Berlín al frente de la revista hitleriana Enlace. En esta divulgación propagandística llegó a publicar diatribas contra el franquismo. “Se mostraba rabiosamente partidario del derrocamiento de Franco a favor de un régimen nacionalsocialista para España que fuera capaz de dar la independencia a una Euzkadi -grafía con la que lo escribía- libre, nazi, soberana y racionalmente pura”, puntualiza el escriba de Elorrio.

Y va más allá en su análisis sobre este cura: “Todo ello aderezado de un anticapitalismo rabioso típico del fascismo original, tanto en el caso de los fasci di combattimento como en el primer Partido Nacional Socialista Obrero Alemán de la línea Strasser o en las JONS obreristas de Ledesma Ramos”.

Arrizubieta, por tanto, tuvo su papel en la Segunda Guerra Mundial como vasco que acabaría desterrado al otro lado del Bidasoa. Pero no adelantemos acontecimientos porque seguiría residiendo en Berlín hasta la llegada del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos, denominación oficial primigenia del ejército y la fuerza aérea de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, y tras 1922, de la Unión Soviética.

A continuación, el de Mundaka se exilió y fue finalmente enjuiciado en España. Fue entonces cuando se le condenó a un destierro en la provincia andaluza de Córdoba. A pesar de ello, continuó participando en distintas plataformas antifranquistas. Bolinaga llama a la reflexión con una pregunta que deja anotada en las 112 páginas de su publicación que data de 2016: “¿Fue Martín de Arrizubieta un loco, un friki, un iluminado de la vida? ¡Qué va! Fue un fascista de libro”.

Invasión de España Cerrado este tomo de información, otras fuentes también abundan en la vida del sacerdote. Así, por ejemplo, la Cordobapedia asegura que fue amigo de los literatos vascos Gabriel Aresti o Jon Juaristi, que en 2007 llegaría a escribir una novela basada en la vida de Arrizubieta, “a pesar del enmascaramiento del nombre del personaje, Martín Abadía”. El título de la obra fue La caza salvaje.

Desde la capital que baña el Guadalquivir reconstruyen la biografía del vizcaino y aportan que Martín apoyó una invasión de España por el ejército alemán. “Al término de la contienda y en una carta que envía al PNV, Martín declara que todo lo hizo como forma de supervivencia además de poder infringir un daño al enemigo”, según relato de Xose M. Núñez Seixas en su libro ¿Un nazismo colaboracionista en España?

Evocan además cómo fue juzgado por un consejo de guerra, siendo condenado a muerte y posteriormente indultado y conmutada su pena por un exilio en Córdoba, a donde llega en el año 1947 por mediación del obispo Fray Albino, quien lo nombra adjunto a la Parroquia San Andrés y a continuación párroco de Santa Marina.

Durante los años 50 y 60, entró en contacto con opositores al régimen franquista agrupados en torno a la revista Praxis, liderada por Carlos Castilla Pino y José Aumente Baena. El primero habla de él en la segunda parte de sus memorias La casa del olivo, en la que dice mantener “sospechas de que incluso llegara a ser confidente de la policía”.

En esa década, en 1956, junto con el alcalde cordobés de la época, Antonio Cruz Conde, nuestro protagonista fue uno de los que impulsó el monumento memorialista a Manolete, torero muerto en Linares el 29 de agosto de 1947.

En cuanto a su aportación a la lucha antifranquista, formó parte del grupo clandestino El Felipe con el sobrenombre de El ogro. En 1966 promovió junto a un numeroso grupo de vecinos del barrio de Santa Marina la constitución de la Asociación de Cabezas de Familia.

En los años 70 estrechó sus lazos con opositores vascos al régimen como el poeta Gabriel Aresti y el matrimonio Sastre-Forest, que “le vuelven a radicalizar sus posturas nacionalistas”. En 1983 se jubiló y regresó a su Euskadi natal. “Pero no encontrando su sitio en el panorama intelectual y político” retornó a Córdoba, donde murió cinco años después.

Telefonía pionera. El servicio automático en Euskadi antes de 1936

Biarritz fue la primera localidad vasca en disponer de un servicio de telefonía automático, mientras que Donostia fue pionera entre las capitales de la Euskadi peninsular

Un reportaje de Begoña Villanueva García

Valla informativa de la futura sede de la Compañía Telefónica en Pamplona. Fotos: Begoña Villanueva
Valla informativa de la futura sede de la Compañía Telefónica en Pamplona. Fotos: Begoña Villanueva

A finales del siglo XIX el teléfono comenzó a instalarse en algunas localidades vascas. Las situadas en las márgenes de la Ría del Ibaizabal fueron las primeras en recibir el nuevo medio de comunicación que comenzaba a abrirse paso lentamente. En Vitoria, un por entonces joven Heraclio Fournier instalaba en 1882 la primera línea telefónica de la ciudad. Aquellos primeros teléfonos eran manuales, es decir, se necesitaba para su funcionamiento la presencia de telefonistas que establecieran la comunicación entre los dos puntos deseados por el comunicante.

Así continuó siendo hasta la segunda década del pasado siglo XX. La mayor innovación del teléfono hasta la fulgurante llegada de los teléfonos móviles comenzó a funcionar: el teléfono automático. Un sistema perfeccionado gracias a Alexander E. Keith Strowger, un ingeniero estadounidense. Por primera vez en su corta historia, el teléfono funcionó sin la ayuda de las telefonistas desde comienzos del siglo XX.

La primera instalación del teléfono automático se produjo en Biarritz. Sus habitantes e instituciones disfrutaron pronto del teléfono, desde finales del siglo XIX y por supuesto del teléfono automático. Al comienzo del siglo XX, cuando el Estado francés comenzó a prestar atención al desarrollo telefónico, tras años de abandono y desinterés por el nuevo medio de comunicación, se produjo la instalación de las líneas telefónicas.

Fue un proceso totalmente diferente al de este lado de la frontera. Al 31 de diciembre de 1900 la red del Sud-Ouest funcionaba a plena normalidad, tenía diferentes estaciones y subestaciones instaladas en todas las localidades de la zona (Arcachon, Marmande, Pau, Mont-de-Marsans…). La actual subprefectura del departamento, Baiona, situada a 8,5 kilómetros de Biarritz contaba con una de esas centrales. Cuando el Estado francés decidió emprender la automatización de las redes telefónicas del país, Biarritz estuvo entre las localidades elegidas. Sin una cruenta guerra en el territorio, las instalaciones permanecieron dando servicio a todos los abonados y absorbiendo las diversas innovaciones tecnológicas que iban surgiendo. Biarritz es desde mediados del siglo XIX una localidad turística que cada verano ha acogido turistas de elevado poder adquisitivo e incluso a miembros de la realeza y por ello dispuso desde antes de 1914 de teléfono automático. Un verdadero avance en la costa del País Vasco continental.

Años veinte Al otro lado de la frontera el teléfono automático llegó durante la tercera década del siglo XX. Es decir, en poco más de dos años se cumplirá el primer centenario. La primera capital en la que los abonados pudieron comenzar a utilizar esta novedad fue Donostia. Allí, a las 00:00 del 12 de junio de 1926 comenzaron a funcionar los primeros teléfonos automáticos. Tras un concurso convocado por el Ayuntamiento donostiarra la Compañía de Teléfonos Ericsson, asentada desde 1922 en Getafe (Madrid), una especie de filial de la gigantesca compañía sueca, ganó y realizó la automatización de todas las líneas de la ciudad y de la provincia. Esto hizo que Donostia y Gipuzkoa fueran durante muchos años la única capital y provincia vasca con las líneas totalmente automatizadas.

El proceso fue recibido por algunos sectores de la ciudad con malestar ya que las telefonistas que desde la inauguración de las redes telefónicas habían contribuido al funcionamiento del teléfono se quedaron sin trabajo. Realmente no fueron todas, entre seis y ocho continuaron trabajando en la Diputación Provincial de Gipuzkoa. Sirva como muestra de la importancia de su trabajo que al comienzo de la Guerra Civil en 1936 todas debieron abandonar no solo su puesto de trabajo sino también su residencia y partir al exilio al sur de Francia. La mayoría estaban ya casadas y eran madres de familia.

A 82 kilómetros de Donostia se encuentra Pamplona. Allí el servicio de telefonía automática se inauguró el 17 de diciembre de 1927. En este caso fue la recién creada en abril de 1924 Compañía Telefónica Nacional de España la encargada de realizar la obra de automatización de las líneas telefónicas existentes. Es cierto que en la Guerra Civil las instalaciones quedaron destruidas y hubo de esperar hasta mediados de los años 50 del siglo XX para reinaugurar el servicio telefónico automático. La central automática quedó instalada en la sede de la CTNE de la Calle Cortes de Navarra construida a lo largo de 1926. (Imágenes 4 y 5)

Bilbao, 1928 El 1 de diciembre de 1928 a las 0.00 comenzó a funcionar el servicio telefónico automático en Bilbao. En la capital vizcaina el teléfono automático funcionó solo de forma sectorial. La central se instaló en la sede de la compañía situada en la calle Buenos Aires de Bilbao. Desde allí se unieron las líneas con otra pequeña central construida en la calle Barria de Las Arenas. Este pequeño caserío estuvo en la zona hasta finales de los sesenta en que fue derruido. El solar fue adquirido por el grupo Anasagasti. Como en el caso de Pamplona tras la guerra se reactivaron las obras de automatización. El proceso fue lento, ya que hasta mediados de los ochenta no estuvieron automatizadas todas las líneas telefónicas de la provincia.

En los años cuando a la provincia llegaban personas de otras regiones a trabajar en las grandes fábricas el servicio telefónico continuaba siendo manual. Todavía muchos bilbainos de cierta edad recuerdan los locutorios situados en zonas de la ciudad, caso del que se encontraba en la actual Gran Vía de Bilbao. Al comienzo de 1963 se instalaron en la ciudad las primeras cabinas telefónicas. Durante siete años solo permitieron realizar llamadas a abonados situados en la ciudad. Avanzada ya la década de los 70 se instalaron las cabinas que permitían realizar llamadas interurbanas. Afortunadamente el servicio telefónico en las cabinas sí era automático, una excepción en aquel Bilbao.

GasteiZ, 1930 En Vitoria-Gasteiz el teléfono automático comenzó a funcionar a mediados de 1930. La encargada de ponerlo en marcha fue también la Compañía Telefónica Nacional de España. En la capital se procedió en los meses anteriores a retirar todas las líneas de la red telefónica urbana e instalar las líneas automáticas. La central automática se instaló en la sede de la compañía sita en la calle General Álava.

El proceso fue recibido por el Ayuntamiento y la Diputación Provincial de Álava con agrado y satisfacción tras haber sufrido diversos problemas y decepciones con la instalación del teléfono. No debe olvidarse que el primer presidente de la Compañía Telefónica desde el momento de su creación fue el laudiotarra Estanislao Urquijo y Ussía, III Marqués de Urquijo, nacido por circunstancias personales de su familia en Madrid. Al resto de la provincia el teléfono automático tardó bastantes años en llegar.

Hasta bien avanzada la década de los 60 del pasado siglo no se completó la total instalación del teléfono en la provincia. Merece la pena destacar en este artículo el formidable papel desempeñado por la Diputación provincial de Álava que desde el primer momento intentó la instalación del teléfono en la provincia. Cuando llegó la oportunidad de proceder a la automatización no dudaron ni un momento en traer a Vitoria-Gasteiz y su hinterland el máximo avance de la telefonía hasta ese momento.

En resumen, el teléfono automático, algo que hemos conocido y utilizado todos en nuestros hogares, lugares de trabajo… tuvo un desigual desarrollo en las capitales vascas de ambos lados. Donostia fue la primera capital vasca en disponer de este avance en todo el Estado. Sin embargo, no debe dejar de citarse que Balaguer, capital de la comarca de La Noguera en Lleida, fue la primera y única localidad del Estado en disponer de una centralita telefónica automática desde 1923. Es cierto que la instalación no puede compararse por su modestia con las grandes y completas instalaciones que se colocaron en las capitales vascas y en otras ciudades pero aun así el dato debe siempre citarse.