El valor de contar que fue violada en la guerra

Se cumple una década de la muerte de Anttoni Telleria, mujer violada con 14 años el 25 de abril de 1937, día en el que perdió a su padre, su madre y dos dedos

Un reportaje de Iban Gorriti

Anttoni, cuando reveló lo sucedido. Fotos: Intxorta 1937 Kultur Elkartea
Anttoni, cuando reveló lo sucedido. Fotos: Intxorta 1937 Kultur Elkartea

diez años se cumplen del fallecimiento de Anttoni Telleria, uno de los casos más tenebrosos vividos por una entonces niña durante la mal llamada Guerra Civil de 1936. Una década después, su familia de Elgeta aún lamenta que no contara antes por qué tenía amputados dos dedos de una mano, por qué vivió con el lastre de que un tabor de las fuerzas indígenas moras la había violado, por qué tuvo que gestionar y asimilar durante décadas el sufrimiento de cómo mataron a su padre y su madre. Y todo ello ocurrió casi al mismo tiempo.

Pero no corramos, que el olvido solo ampara al violador y manda a la cuneta la necesaria memoria histórica. Se sobrevivía al año 1937. Gudaris y milicianos resistían en los montes Intxortas la llegada de los militares golpistas españoles que avanzaban con sus aliados internacionales. En la entrada de los sublevados contra la legítima Segunda República a Elgeta, tras seis meses de lucha incesante, la niña Anttoni Telleria vivía en el caserío Sesto Gain.

En ese escenario sufrió lo que ninguna persona desearía ni ningún guionista de cine acertaría a hilar en un mismo texto. Con solo 14 primaveras de inocencia vivió lo que no llegaría a contar a nadie hasta transcurridos 70 años. Lo narra a DEIA su sobrina-nieta Gurutze Telleria. “Los fascistas entraron directos del frente. E izeko (tía) estaba con sus padres Pedro y María. Era la pequeña de cinco hermanos. Los cuatro mayores estaban casados, y ella residía en el caserío con ellos”.

Era el 25 de abril de 1937, escasas horas antes del picassiano bombardeo de Gernika-Lumo perpetrado por nazis y fascistas italianos sobre la villa foral. De madrugada, en Elgeta, tras escuchar que pegaban a la puerta del hogar, Pedro se apresuró a ver qué acontecía. “Hubo un rifirrafe entre él y ellos, porque no quería que entraran con el objetivo de defender a la niña y a su mujer”, agrega Gurutze. Su oposición acabaría valiéndole la vida y, a la niña que salió a ayudarle, dos dedos de su mano derecha. Lo narraba la propia Anttoni de la siguiente manera en un vídeo: “Le pegaron un tiro y al irle yo a tapar la herida, le dispararon de nuevo y…”, muestra su mano a la cámara de la asociación Intxorta 1937 Kultur Elkartea, en la importante entrevista realizada por Juan Ramón Garai y Jose Ramon Intxauspe en 2003, cuatro años antes de que falleciera.

“Al padre lo asesinaron en la misma puerta”, agrega Gurutze con impotencia y va más allá: “Toda, toda, toda la vida nos dijo que perdió los dedos al caerse de un árbol, de una higuera. Hasta que acabó contando la triste verdad”, resalta quien vivió junto a Anttoni sus últimos años en el caserío donde ocurrió todo.

En ese escenario de terror máximo, la madre recibió un culatazo de fusil y perdió el conocimiento. Acabaría también disparada y “falleció al de unos días en el hospital militar de Donostia, días en los que izeko también estuvo ingresada”.

Y ahí no acabó el horror. Los leales al golpe de Estado violaron a la niña de 14 años, una experiencia traumática que provocó que, durante el resto de su vida, observase con reservas y mal recuerdo a los africanos.

El trauma que causó en ella todo lo vivido pudo ser también el origen de no querer tener novios, pretendientes, casarse…, como era la tradición entonces. “Odiaba a los hombres y cargó con ello casi toda su vida. Ella siempre nos dijo, quizás mi padre no lo sepa aún, que fueron personas del pueblo, de Elgeta, los que les dijeron que fueran al caserío que había una niña rubia muy guapa. Ella tenía claro que les habían mandado allí a hacer lo que hicieron”.

La niña, tras la violación, sola… acertó a ir al caserío Aranburu y de allí la evacuaron a un hospital. La guerra tocó a su fin en 1939 y llegó otra guerra camuflada llamada franquismo. “Cuando el bigotes Franco empezó a cojear, izeko comenzó a contar algo. Y soltó todo tarde, muy tarde porque contarlo la liberó mucho. ¡Hay que vivir con toda esa carga de recuerdos encima! Con esa equis toda la vida”, respira.

Anttoni salió adelante como modista, con clientela del pueblo e, incluso, de Elorrio. Tuvo el valor de contarlo con avanzada edad. “Ella no vivió mal con sus trabajos, pero sí vivió con todo aquel lastre dentro. Pero, antes, eran tiempos en los que quizás si lo contaba podía salir peor porque, si te descuidas, la llamarían fresca o algo así. Fue una pena que no nos lo hiciera saber antes, porque cuando lo hizo comenzó a sentirse mejor”.

El Gobierno foral de Sota y la fundación de Euskaltzaindia

La llegada al gobierno de la Diputación de Bizkaia de los nacionalistas vascos en 1917 propició el embrión de Euskaltzaindia y un impulso a la supervivencia del euskera

Un reportaje de Andres Mª Urrutia Badiola

Actual sede de la Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia en la Plaza Nueva de Bilbao. Foto: Borja Guerrero
Actual sede de la Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia en la Plaza Nueva de Bilbao. Foto: Borja Guerrero

Uno de los momentos más álgidos en la configuración del euskera como lengua oficial a utilizar en las relaciones de las administraciones vascas con los ciudadanos fue, sin duda alguna, la corta en el tiempo, pero fructífera en hechos, época de gobierno de la Diputación Foral de Bizkaia de los nacionalistas vascos, encabezados por Ramón de la Sota Aburto, época que se extendió entre los años 1917 y 1919.

Se han cumplido, por tanto, cien años de aquella labor de gobierno que en lo que se refiere al euskera tuvo una primera manifestación en el programa de gobierno que Sota desgranó ante el pleno de la Diputación de Bizkaia, el día 4 de mayo de 1917, en el que pronunció las siguientes palabras: “Hay en el País Vasco un movimiento que cuenta con las simpatías de todos los vascos. Me refiero á la labor que ciertos eruditos realizan para conservar y propagar el euskera. Nosotros, desde esta Corporación, debemos ayudar y ayudaremos dicho movimiento con todos los medios morales y materiales que estén á nuestro alcance”.

Uno de los pilares fundamentales de aquella acción de gobierno fue sumarse al movimiento de restauración y recuperación de la lengua vasca que ya desde finales del siglo XIX existía en el País y que reclamaba para el euskera lo que hoy llamaríamos una normalización lingüística y la adecuada planificación por parte de los poderes públicos para poder llevar a cabo ese objetivo.

En este contexto, los dos aspectos más acuciantes de esa normalización lingüística eran, por una parte, el trabajo de formulación de un estándar lingüístico en euskera que sirviera de elemento de comunicación entre todos los vascos y, por otra parte, una labor de fomento de la utilización social de la lengua vasca en todos los ámbitos de la vida del País.

Sin desdeñar lo segundo, el Gobierno de Sota se dedicó con ahínco a atender el primer objetivo desde la Diputación de Bizkaia, recogiendo las anteriores iniciativas que desde hacía casi un siglo existían en torno a la creación de una Academia de la Lengua Vasca, que fuera el sujeto activo de la estandarización de la lengua vasca y formulando de forma oficial una propuesta escrita para su creación.

Ahí está el germen de los que luego sería, a través del Congreso de Estudios Vascos de Oñati de 1918, la Academia de la Lengua Vasca- Euskaltzaindia, que hoy, casi cien años después, continúa aún con su labor como institución consultiva oficial en materia de lengua vasca y con sus dos secciones, Iker, de atención a lo que son las estructuras lingüísticas en torno al euskera, y Jagon, que se preocupa de la utilización social de la lengua vasca.

Aquella primera propuesta del gobierno de Sota es la que ahora centra nuestro interés, ya que en la misma se encuentran insertos, con una absoluta modernidad, muchos de los elementos que en torno al euskera siguen concitando nuestra atención.

Elgezabal y Landaburu (1918) El 25 de enero de 1918 se discutió en el pleno de la Diputación de Bizkaia la propuesta que dos diputados nacionalistas del grupo de Sota, Cosme Elgezabal y Félix Landaburu, habían presentado con fecha 12 de enero de 1918 para la creación de una Academia de la Lengua Vasca.

Hay que subrayar el hecho, bastante inusual, de que el texto fuera presentado al pleno en euskera, lo que exterioriza, una vez más, la voluntad de normalizar el uso de la lengua vasca en las tareas de gobierno, ratificando así una línea de trabajo que fue una constante del Gobierno de Sota.

Frente a esa actitud hubo quien en el citado pleno protestó de forma vehemente e incluso abandonó la discusión por entender que la moción que se presentaba en euskera era contraria a la unidad nacional. Son palabras del diputado foral Fatrás: “Viene ahora en el orden del día una Moción redactada en vascuence para someterla á deliberación de esta Excma. Corporación, y el hecho de que el Sr. Presidente la haya admitido y la haya incluido en el orden del día, es un acto patente de separatismo, pues en esta Diputación no es habitual el uso del vascuence, ni los Diputados firmantes hablan habitualmente ese idioma. Esa Moción tiene un carácter verdaderamente antiespañol y separatista, que no se puede tolerar pase sin mi protesta más enérgica. Se habla en ella de regiones de Euzkadi y de hermanos transpirenaicos. Eso viene á ser un alarde de separatismo que no os atrevéis á hacerlo público, presentando en castellano como debierais haber presentado esta Moción. Yo protesto de tal proceder y pido sea retirada esa Moción atentatoria á la unidad nacional”.

Elgezabal y Landaburu tenían, sin embargo, las ideas muy claras sobre los objetivos y la estructura del organismo lingüístico regulador cuya creación se proponía: “Lenen-lenen ba, bidia atondu beaŕ, beragandik ondo ibilteko ta bera zuzen erabilteko. Biaŕ-añeko notiñen Bazkun bat, aldiak batak bestiakin azteŕtu ta aldan ondoen erabagiteko; utsunak bete; itzen ikuŕpena eta esanguria tinkotu-idazkera bat jaŕi; izkelgiak bata be ezetsi barik eta alkaŕe geitu ta aberastuta baino, orobatu; idaztiyak bildu, eta azkenez, izkera gaŕbi, makezbako jakintz-lanetarako egoki ta erabilkoŕa, eusko-eŕien gaigaŕia, emon dagizkun”». “Ante todo, pues, hemos de preparar el instrumento para valernos y servirnos de él. Una Corporación de personas competentes que dirima las diferencias después de examinadas y contrastadas, llene las lagunas, fije el sentido y significación de las palabras, establezca una ortografía, uniforme los dialectos, sin prescindir de ninguno de ellos, sino completándolos y enriqueciéndolos entre sí, forme Bibliotecas, y, en resumen, nos dé un lenguaje puro sin imperfección, apto y fácil para los trabajos científicos, digno del Pueblo vasco”.

La organización de esa nueva institución también está clara para ellos, con una posición inclusiva de todos los vascohablantes, lo que garantiza la representatividad de su composición y la extensión social y territorial de sus decisiones, si bien su denominación y sede quedaban para una posterior fijación: “1.n Bizkaya, Gipuzkoa, Araba eta Napaŕaren Diputazino eta Parantzeko euskeldunen oŕdezkariyen keriz ta babespian, irasten da Bazkunde bat… … ixenaz, euzkeria ta bere izkelgi oro adiratu, gaŕbitu, obetu, orobatu ta zabaltzeko. Bere erabakiyak, agintzalen sorospen eta almena eltzen danaña, beaŕ-etsiko dira; eta agintzale oyek ukutzen daben euzkel-gaiz oroetan beragana zuzenduko dira”. “1º Al amparo de las Diputaciones de Bizkaya, Gipuzkoa, Nabarra y Alaba y la representación de los vascos ultrapirenaicos, se funda una Institución que se denominará… cuyo fin será estudiar, purificar, robustecer, unificar y difundir el euzkera y sus variedades dialécticas. Sus resoluciones y acuerdos en tanto lo permitan el apoyo y la Autoridad de las entidades amparadoras de la Institución deberán cumplirse estrictamente. De igual modo las citadas entidades amparadoras de la Institución recurrirán á ésta en cuantos asuntos afecten á materia euzkerica”.

Grupo de vascófilos A la hora de llevar a cabo esta institucionalización, proponen la designación con carácter provisional de un nutrido y variado grupo de vascófilos, que tiene por misión fundamental formular el reglamento de la institución: “4.n Jaŕten dira oraindi … lagun, Lhande, Campion, Azkue, Agiŕe, Aŕiandiaga, Bustintza, Etxalaŕ, Eleizalde, Olabide, Belaustegigoitia, Basabe, Euzkelzale-Bazkunako bat, Eguzki-tza, López Mendizabal, Uŕkixo (Julio), Ageŕe (Iruñakua), eta Bayona’ko Eskualdunaren oŕdezkari bat. Jaun oŕek geŕtuko dabe Bazkundien Araudiya”. “4º Desde luego se nombran… designándose por de pronto miembros á los Señores Lhande, Campión, Azkue, Agiŕe, Aŕiandiaga, Bustintza, Etxalar, Eleizalde, Olabide, Belaustegigoitia, Basabe, un representante de Euzkelzale-Bazkuna, Eguzkitza, López Mendizabal, Uŕkixo (Don Julio), Ageŕe, de Pamplona, y un representante del periódico Eskualduna, de Bayona. Estos señores redactarán el Reglamento de la Institución”.

Tras establecer un presupuesto de 10.000 pesetas anuales, se extiende la propuesta a los demás territorios vascos, para que muestren su apoyo moral y material: “7.n Asmo au ta beratzaz ezaŕiko dan erabakiya egiztuteko jakin erazoko jakoe, euren gogozko ta txindiz laguntza eskatzen yakoela, Euzkadi’ko beste Diputaziñoeri eta Parantze aldeko euzkeldunari”. “7º Este proyecto y la resolución que sobre él recaiga deberá comunicarse á las distintas Diputaciones de Euzkadi y á los representantes de los vascos ultrapirenaicos, recabando al propio tiempo su apoyo moral y material”.

En suma, territorialidad vasca, representatividad lingüística y social e institucionalización, todo ello al servicio de una lengua y cultura vascas que carecían en aquel momento de cualquier soporte público que permitiera vislumbrar un futuro de supervivencia para ellas.

La historia posterior nos dice que aquel fue el inicio de una institución, Euskaltzaindia-Academia de la Lengua Vasca, que ha supuesto un hito en el cultivo y la transmisión de la lengua vasca a través de sus realizaciones. De hecho, como consecuencia de aquella moción, una de las conclusiones de la Sección de lengua del Congreso de Estudios Vascos en el otoño de 1918 fue su creación: “6. La Sección acuerda crear un organismo de investigación y tutela del euskera, dividido en las dos siguientes secciones, separadas y distintas. a) Sección de investigaciones… b) Labor practica…”.

El mensaje de entonces sigue hoy en vigor y de nuevo nos hace ver el mérito de aquel Gobierno de la Diputación de Bizkaia, que bajo el mandato de Sota, supo conectar con una realidad social que veía en el euskera un elemento importante de la convivencia y del ser de este País y es, además, un acicate para comprometernos en nuevas propuestas que actualicen el mensaje de aquel momento.

Honor y recuerdo, por tanto, a quienes como Elgezabal, Landaburu y el Gobierno de Sota, hace cien años, hicieron posible con su esfuerzo la ineludible tarea de crear Euskaltzaindia.

Nueve marinos vascos y el ‘Montserrat’

El 16 de julio de 1950 nueve improvisados marinos iniciaron una aventura que les llevó a cruzar el Atlántico con destino a México en busca de la libertad que les negaba el franquismo

Un reportaje de Edu Araujo

El ‘Montserrat’, con parte de su tripulación y familiares, en el muelle de Veracruz.
El ‘Montserrat’, con parte de su tripulación y familiares, en el muelle de Veracruz.

Atodos aquellos que han tenido que dejar su país y su familia, arriesgando a veces la vida, para emigrar a otras tierras, ofrendando sus talentos y su trabajo en busca de una existencia más próspera y un futuro en libertad. (Dedicatoria del libro La travesía del Montserrat, diario de Félix San Mamés Loizaga).

La corriente de la bajamar comenzaba a arrastrar hacia el Abra las rosas y los claveles arrojados por las embarcaciones en recuerdo de los marinos perdidos. La variopinta flotilla que escoltaba la imagen de la Virgen del Carmen de vuelta a su lugar en la iglesia de Santurtzi había cumplido con la parte más importante de la ceremonia y enfilaba de nuevo a puerto. Manuel Algorri echó una última mirada a tierra y empujó la caña del reluciente balandro todo a babor hasta que la proa señaló el oestenoroeste, exactamente el rumbo contrario al resto de la multitud de lanchas y botes. Sentado en la proa, el santurtziarra Félix San Mamés contemplaba el horizonte y soñaba con arribar a México y conseguir la libertad. Por delante, 5.800 millas -10.832 kilómetros- de una mar repleta de peligros. Eran las 18.45 horas del domingo 16 de julio de 1950. Pasarían al menos 24 años hasta que, agonizante el dictador que les obligó a emprender aquel viaje, Félix pudiese volver a pisar las calles de su pueblo.

Hubo quien una vez afirmó que existe un rasgo de carácter propio de los vascos que los convierte en magníficos marinos. Quizá sea objetable tal generalización desde un punto de vista puramente antropológico, sin embargo algo debe de unir el alma de los vascos al océano que pueda explicar por qué un pueblo poco numeroso ha sido capaz de escribir tantas páginas en la historia marítima de la Humanidad. Bien fuese la búsqueda de un futuro más próspero que el que les ofrecía el cultivo de una tierra difícil y montañosa, bien la asfixiante falta de libertad y la represión, la mar que agita la costa de los vascos siempre fue para ellos un camino más que una frontera, una esperanza antes que un límite.

Así pues, resulta muy propio de su condición de euskaldunes que aquellos nueve hombres a bordo del Montserrat escogiesen atravesar el segundo océano más grande del planeta en un velero de apenas trece metros, como el mejor medio para escapar de la dictadura franquista. Salvo uno, Gregorio Solano, que era ingeniero de minas y el único con alguna práctica náutica, ninguno tenía dilatada experiencia como marino y, mucho menos, como navegante de altura a bordo de veleros. Trabajaban en Astilleros ALSA, el pequeño taller naval de los hermanos Algorri y su enrolamiento había sido una decisión cuidadosamente meditada: otro 16 de julio, un año antes, Manuel y José Luis habían reunido a sus trabajadores para celebrar una comida. A los postres, quedando solo aquellos que, por su forma de ser noble, trabajadora y leal, les merecían más confianza, lanzaron su propuesta: “¿A dónde viajaríais de poder escapar?”.

El destino elegido, naturalmente, debía de estar al otro lado del Atlántico pero, ¿qué lugar? Venezuela sufría una dictadura militar y era aliada de España; de viajar a Estados Unidos corrían el riesgo de ser repatriados… Manuel Algorri les habló de México y todos convinieron en que aquel país, que con tanta generosidad había abierto sus fronteras a los refugiados políticos, sería su destino.

La trascendencia de aquella decisión no se le escapaba a ninguno: en un ambiente de feroz represión, desde aquel preciso instante, los hombres confiaban la vida a la discreción de sus futuros compañeros de tripulación (el padre de uno de ellos, Ismael, había sido detenido por sus ideas políticas, desapareciendo para siempre poco después).

El barco Al día siguiente comenzaron la construcción del barco, un balandro, de trece metros de eslora, tres metros y ochenta y cinco centímetros de manga y treinta toneladas de desplazamiento. El nombre escogido, Montserrat, formaba parte de la estrategia que los Algorri habían diseñado para ocultar el plan a las autoridades fascistas: a quien preguntara -y no fueron pocos los que lo hicieron- había que decirles que un supuesto empresario catalán les había encargado aquel velero con el nombre de su hija. A lo largo de los siguientes 364 días los sobresaltos se sucedieron: la casualidad había querido que hubiese un cuartel de la Guardia Civil a unos metros de Astilleros ALSA. Una noche, mientras trabajaban en el barco, llamaron con rudeza a la puerta. Al abrirla se encontraron con dos agentes que traían un saco con las velas del balandro. Lo habían olvidado en la calle. Los de verde no llegaron a sospechar nada y todo quedó en un tremendo susto.

El mismo día de la partida, a punto ya de embarcar, se cruzan un grupo de muchachas que les gritan en tono de broma: “¿Nos lleváis con vosotros a Argentina?”. Palidecen. No saben ellas lo cerca que han estado de acertar… Zarpan. Se suman a la procesión, en la que también participan las lanchas con las autoridades militares que ejercen, en la práctica, de carceleros de una población civil sometida por la fuerza de las armas. Destacamentos de infantería de marina patrullan por los muelles y las embarcaciones que parten, deben de ser inspeccionadas para evitar, precisamente, lo que pretende conseguir la tripulación del Montserrat.

Tratando de despistar, llegan a pintar la línea de flotación del velero por encima de la real, para que nadie sospeche que van demasiado cargados para una travesía tan corta.

Los recursos económicos no son muchos y alguno no puede aportar nada más que su trabajo. Se planifican los víveres y el agua para algo más de un mes, confiando en navegar la mayor parte del tiempo a motor y hacer una buena media de millas diarias, pero este -que era un motor de camión marinizado- se estropea al llegar frente a las Canarias y han de hacer el resto de la travesía a vela, lo que les supone otros dos meses extra de singladura. La ración de agua queda establecida en un único vaso al día por tripulante y la comida se confía a la pesca. Pero los aparejos que llevaban resultan no ser de buena calidad y no podrán pescar hasta llegar al Caribe y hacerse con unas cañas. Cuando lleguen a su destino estarán famélicos y con un hambre voraz.

Huracanes Pero la fortuna sonríe por lo bajito a estos valientes, aunque las calamidades les hagan rozar la desesperación a veces: al haber zarpado en plena temporada de huracanes, el Montserrat se cruza hasta con siete de ellos, sin embargo, todos quedan suficientes millas a barlovento como para que ni barco ni tripulación peligren por los fortísimos vientos y las olas furiosas que levantan.

Guiados por las estrellas y su intuición, a la vieja usanza, como miles de marinos cientos de años antes que ellos, van recortando las millas de mar que les separan de tierra hasta que a las dos de la tarde del día trigésimo octavo de navegación divisan la isla de Trinidad. Botan la txalupa y tratan de alcanzar la costa a remo. Las fuertes corrientes arrastran la diminuta embarcación y acaban desembarcando muy lejos de dónde ha quedado fondeado el balandro. Los que permanecen a bordo ven que pasan las horas primero y luego los días sin que regresen los del bote. Al cuarto día, cuando ya los dan por desaparecidos, los ven llegar con boga cansada, pues luchan contra la marea. Con la yola, van en su ayuda, pero los dos remeros, orgullosos, no aceptan el remolque y, aunque extenuados, llegan por sus propios medios hasta la cubierta. En esas 96 horas en tierra han vivido lo que Robinson Crusoe en veintiocho años: encuentros con nativos, lucha con tiburones, encalladas en los arrecifes… hasta, picados por el orgullo de exbogadores de la Sotera, han ganado una improvisada regata a remo contra una embarcación de pescadores locales de ocho tripulantes.

Como apenas tienen dinero, tratan de cambiar algo del alcohol que llevan por cocos y otras vituallas, pero las autoridades les prohíben el intercambio. Decididos a aprovisionarse ante los días de mar que todavía les quedan por delante, emprenden incursiones nocturnas para hacerse con todos los cocos que puedan antes de partir. A la vez, se limpia la obra viva del Montserrat, se adecenta el barco, reparan el motor y se hacen con aparejos de pesca. En la mañana del 2 de septiembre, viran el ancla y emprenden la que, confían, será la parte más breve de la travesía. Se equivocan: conocen Jamaica antes que México y a punto están de perder el barco al encallarlo en unos bajíos, hasta que, finalmente, arriban a Veracruz, su último puerto, pasados otros cuarenta y un días.

Sin cartas de navegación detalladas; sin electrónica a bordo; sin radar, GPS, sonda ni AIS, los nueve valientes que partieron de Santurtzi han sido capaces de llegar a su destino, esquivando en el camino a sus carceleros, siete huracanes y algunas de las costas más difíciles del planeta.

México les acoge y les ofrece asilo, los medios de comunicación cuentan su historia y la de su barco. Sus familias pronto reciben el consuelo de saberlos vivos, aunque en la dolorosa distancia. Comienzan a tratar de establecerse. Su capacidad de trabajo y su bonhomía harán que pronto lo consigan. Para Ismael, por ejemplo, habrán de pasar dos años hasta que consiga ahorrar lo suficiente para poder llevar con él a su familia, compuesta por su mujer y sus hijas.

Es cierto: el viaje del Montserrat no tiene la épica de las grandes epopeyas marítimas. No hay en él oro, conquistas ni descubrimientos. Es un hecho humilde, de gente sencilla que decidió arriesgarlo todo a cambio de la esperanza de libertad.

Matar en Urbasa: el derecho a la verdad no prescribe

El libro ‘¿Qué hicimos aquí con el 36?’ es una cita con la memoria: la de las víctimas y, también, la de los victimarios

Un reportaje de Balbino García de Albizu Jiménez

Homenaje en septiembre de 2012 a los civiles amescoanos represaliados. Foto: Javier Cantera
Homenaje en septiembre de 2012 a los civiles amescoanos represaliados. Foto: Javier Cantera

Ala pregunta que titula el libro ¿Qué hicimos aquí con el 36? cabe responder que, con el 36, hicimos de Urbasa un matadero para ocultar el asesinato de civiles no armados, no combatientes, lejos del frente y, únicamente, por sus ideas. Y la pregunta es procedente porque no tuvieron que venir de fuera para esta tarea. Aquí, en ayuntamientos, concejos, sacristías y cuartelillos, se decidió a quiénes, cuándo y cuánto se les hacía pagar por no ser afectos. Aquí se aplicó la pena y con recursos propios.

No hay que ocultar los hechos, ni las causas, ni las consecuencias. El derecho, individual y colectivo a conocer la verdad no prescribe. Sólo conociéndola se puede evitar la repetición de hechos similares. Placas, diplomas, homenajes… son más baratos y vistosos, pero no suplen a la verdad. Porque la Memoria Histórica o empieza por esclarecer los hechos o no es nada. Conocer lo ocurrido es higiene mental y ética y a nadie ha hecho daño nunca, como el agua y el jabón, salvo a quienes aman la mugre.

Atractivo para el asesinato Desde que se inició el Alzamiento comenzó la represión sobre los no adictos, con muchas variantes, de las que también me ocupo en el libro, y empezaron lo que, más tarde e impropiamente, se llamaron fusilamientos. En Urbasa no los hubo. Todo fueron disparos, uno o dos máximo, de arma corta en el cráneo, hechos a poca distancia.

Un asesinato es un homicidio con agravantes y Urbasa era un lugar propicio para todos los agravantes. Premeditación, alevosía, superioridad armada, discriminación ideológica, ensañamiento, impunidad, nocturnidad y despoblado.

Estos crímenes son delitos de terrorismo, en cuanto a los objetivos perseguidos, y delitos de odio, en cuanto a su motivación. Urbasa era un territorio bien conocido solo por quienes desarrollaban allí alguna actividad -ganadera o forestal-. El tránsito de vehículos por las dos carreteras existentes, construidas solo una década antes, era prácticamente nulo en aquel verano.

Pero esas dos carreteras, que discurren próximas a las simas, facilitaron a los asesinos el traslado, hasta el lugar elegido, de las víctimas, cuyos cadáveres fueron arrojados a su interior tras darles muerte. Profundas las dos utilizadas y en forma de campana una, la de El Raso de Urbasa, y de embudo invertido otra, la de El Dos, que solo se empezó a llamar de Otsoportillo, y por error, a partir de 1980.

Se subía de amanecida o ya echada la noche. Y los disparos a esas horas no incitaban a la curiosidad, sino al miedo de quien pudiera estar próximo.

Hubo dos lugares más de asesinato que añadir. Uno, puramente circunstancial, El Haya de los Maestros, y otro excepcional, El Balcón de Ubaba, sobre el Nacedero del Urederra, usado este por gente foránea para acabar con gente igualmente foránea. Y se usó excepcionalmente, porque los cadáveres caían a términos de Baquedano, lo que obligaba al concejo local a retirarlos a su costa.

Represores y víctimas De las desapariciones forzadas de Urbasa, crímenes en cualquier caso, solo hubo víctimas de dos clases, las que padecieron la pérdida en un instante, el tiro en la nuca, y las condenadas a padecer esa pérdida en lo que les quedaba de vida, los suyos, su familia. A unos y otros, los identificamos.

Los represores hicieron su aportación de forma muy variada. Los hubo entre los alcaldes, concejales, párrocos, jefes de línea de la Guardia Civil, juntas locales carlistas o falangistas, facilitadores de recursos y vehículos (imprescindibles en este caso), grupos de irregulares adictos, vecinos denunciantes. Un día determinado y por alguna circunstancia difícil de precisar, previo aviso y autorización de la autoridad militar local, se pasaba el recado y un grupo de adictos, también local, acababa con la vida de la víctima.

El objetivo no es saber quién apretó el gatillo, sino que hubo voluntades locales que decidieron, colaboraron, aceptaron y consintieron cada uno de estos crímenes. Y hay una responsabilidad retroactiva, porque la historia no se puede cambiar, pero sí se puede y se debe ser crítico con lo ocurrido y condenarlo.

Hubo víctimas de todos los colores políticos (ugetistas, socialistas, nacionalistas, Izquierda Republicana, apolíticos, comunistas, anarquistas). Incluimos a nacidos en ocho comunidades autónomas y catorce provincias, pero residentes en Navarra en su mayoría. Entre 19 y 59 años de edad. Obreros, ferroviarios, labradores, ingenieros, gerentes, rentistas, oficiales de la Guardia Civil, etc. Ningún analfabeto, pero sí cinco maestros.

El rescate de la verdad Han pasado más de siete años desde que empezamos a desarrollar este proyecto, con la participación activa de los ayuntamientos amescoanos. En total, cerca de 150 personas han hecho aportaciones al mismo. Partimos del libro de Marino Ayerra Redín, No me avergoncé del Evangelio (Argentina, 1958). De los materiales de encuesta de José María Jimeno Jurío, maestro y amigo, y de sus informes sobre las simas, personales de la que encontró abierta y obtenidos de los espeleólogos estelleses sobre el resto. De los apuntes de Luciano Lapuente, estudioso y amigo. Y de las informaciones de Eugenio Roa, espeleólogo y amigo, sobre su descenso a la sima de El Raso, en los años cincuenta. Las encuestas hechas a familiares-hijos, nietos, sobrinos y vecinos (unas ochenta personas en total). Los numerosos expedientes instruidos por los alzados que hemos podido consultar, especialmente en el Archivo Real y General de Navarra. En ellos, el represor, preñado de fundamentalismo, señala a los no afectos, con sus informes y sus conclusiones. Establece la represión a aplicar a las víctimas, en escritos, con fecha y firma. Hemos logrado así altas cotas de objetividad dándoles voz, identidad y oportunidad de condenarse a sí mismos con esas afirmaciones que dejan bien probada la inconsistencia de las denuncias y la conducta criminal practicada. Todo ello en documentación, cuyas referencias archivísticas citamos y que es accesible al público.

Y hay que añadir, aunque es obvio, que los autores de estos delitos no fueron juzgados nunca por ellos, no cumplieron pena alguna por haberlos cometido, no resarcieron a las víctimas de los daños producidos, no reconocieron el dolor causado, no mostraron arrepentimiento público, ni pidieron perdón.

Y a los expedientes de Incautaciones, Responsabilidades Políticas y Depuración de Funcionarios se unieron los de Presunciones de Muerte, en los que no se decía que las víctimas habían sido asesinadas, sino “muertas en la lucha nacional contra el marxismo”, circunstancia que los Jueces de Instrucción exigían fuera avalada por los testigos firmantes.

Los objetivos logrados Hemos publicado un libro riguroso y documentado, que contribuye a esclarecer lo ocurrido en Urbasa y en los valles amescoanos. Y lo hacemos, hasta donde ha sido posible, caso por caso, con nombres, apellidos y fechas, víctimas y victimarios, lugares y circunstancias, causas y consecuencias. Creemos haber identificado a la gran mayoría de los asesinados en Urbasa y su localización. Y descrito el desarrollo y resultados de nuestro proyecto.

Esto, reitero, sin subvención alguna del Gobierno de Navarra, ni saliente, ni entrante. Y sin que, en los siete años de tarea que llevamos, ningún partícipe en el proyecto haya sido remunerado.

Hemos demostrado que ese derecho imprescriptible a la verdad puede y debe ser satisfecho desde el poder público. Y que los archivos, los accesibles y los que quedan por abrir, pueden dar mucho de sí.

Hemos denunciado que la Ley llamada de Memoria Histórica de 2007 nació con carencias graves y que, como en todas, basta para incumplirla con no dotarla de presupuestos. Con o sin excusas. Y que el problema no son las leyes, sino la voluntad política de cumplirlas. Con la demostrada hasta el presente, nuestros muertos están próximos a ser considerados obsoletos. Hemos aclarado que, gestos aparte, en lo relativo a Urbasa, tras las encuestas de Jimeno Jurío de 1977-1978, no se había avanzado en absoluto. Y que solo el que sacudiéramos el arbolico con nuestro proyecto de 2010 ha propiciado avances sólidos y objetivos.

Pero resultamos incómodos para algunos. Por haber hecho, y con resultados muy positivos, lo que los poderes públicos no han asumido nunca. Porque a algunos, que no se cansan de vocear eso de Verdad, Justicia y Reparación, les da pereza ponerse a buscar la Verdad, porque la investigación histórica es muy laboriosa, costosa, a veces muy indiscreta y, siempre, muy poco fotogénica.

Porque hemos procurado no acoger en nuestro proyecto ni en nuestros actos, a los que tratan de obtener, de la Memoria Histórica, réditos políticos, mediáticos, económicos o curriculares. No hemos hecho el trabajo para ellos, sino para las víctimas y para los interesados en saber lo ocurrido.

Porque hemos dejado al descubierto algunos errores y falsedades, deliberados y consentidos, tendentes a adjudicar a las víctimas ideologías, afinidades, incluso orígenes, que no tuvieron. En definitiva, a reinventar la historia.

Y, como resulta difícil cuestionar el proyecto y el libro, hay quien ha optado por rodearlo de un biombo de silencio, para que no se visibilicen uno y otro. Luego derramarán lágrimas de cocodrilo por “esos muertos que siguen anónimos en las cunetas”, mientras dificultan que las noticias que damos sobre lo ocurrido y que podrían orientar a sus familiares en la búsqueda, tengan divulgación. Pero cada uno se muestra como es, en sus palabras y en sus silencios.

El periodista jeltzale del exilio

Se cumplen 110 años del nacimiento en Galdakao y 55 años del fallecimiento en Venezuela de Genaro Egileor Arostegi, un hombre que formó parte del gabinete de comunicación del lehendakari José Antonio Aguirre

Un reportaje de Iban Gorriti

Recorte de prensa sobre el funeral de Egileor. Foto: DEIA
Recorte de prensa sobre el funeral de Egileor. Foto: DEIA

la guerra del 36 en Euskadi tuvo insignes periodistas que trataron de sacar a la luz las sombras de la llegada de los sublevados contra la Segunda República que desembocaría en franquistas y sus aliados internacionales. Como la importante labor llevada a cabo por Esteban Urkiaga Lauaxeta o Cecilia G. de Guilarte, así como la de muchos otros escritores de la época, merece la atención el trabajo de ciencias de la información y el periplo vital de Genaro Egileor (Galdakao, 1908).

Diversas investigaciones le sitúan como una figura a poner en valor también en la actualidad, 110 años después de su nacimiento en Galdakao y 55 después de su fallecimiento en San Juan de los Morros, Venezuela a los precisamente 55 años. Todo ello después de 24 años de exilio, prácticamente la mitad de su vida. Y ahí está su posible mejor denominación: periodista jeltzale del exilio.

Así, el investigador de Kortezubi Gregorio Arrien le define en uno de sus impagables trabajos como notable. “Genaro Egileor, por su parte, era un notable escritor y periodista, que tras la Guerra Civil se exilió primero en Francia y después en Venezuela, donde murió en 1963. Él, junto a Monika Lekunberri, fueron los principales promotores de la conocida asociación cultural Euzkerearen Adiskideak y promotores también de la ikastola del municipio”, tal y como relata Arrien.

Hecha esa introductoria radiografía del galdakoztarra, gracias a Merche Acillona se conoce mejor la trayectoria vital de Genaro Egileor Arostegi. En un trabajo de la profesora de Filología Hispánica de la Universidad de Deusto nos ilustramos con que nació en el seno de una familia euskaldun y originaria de la localidad vizcaina, que está próxima a Bilbao. Hijo de Domingo y Martina, tuvo un total de siete hermanos. “Domingo fue un gudari destacado por su actitud heroica y tenaz al que fusilaría el ejército franquista al negarse a abjurar de sus principios abertzales. El Ayuntamiento de Galdakao le ha recordado y reconocido como vecino predilecto poniendo su nombre a una destacada calle del pueblo, la calle Txomin Egileor”, destaca Acillona.

La guerra internacional del 36 en el Estado español, tras el golpe militar de los sublevados, coge a Egileor en Donostia en unos cursos sobre lenguas minoritarias. Desde allí escribiría sus primeras crónicas, siempre bajo el sobrenombre de Atxerre. “Así será conocido entre sus compañeros de partido entre los que se encuentra el propio lehendakari Aguirre”, subraya Acillona.

Labor en prensa

Para entonces, ya de joven se comprometió con el PNV y con el sindicato ELA. Había escrito en La Tarde. Defensor de las repúblicas, hasta la caída de Bilbao, participó en la elaboración del diario Lan Deya, órgano de prensa de ELA, que celebró su primer ejemplar el 30 de diciembre de 1933, durante la Segunda República. En febrero de 1937, transcurrido apenas medio año de guerra, Egileor pasó a ocupar la dirección del citado rotativo.

Aguirre acabará agradeciendo su fidelidad llamando a trabajar a Egileor en su gabinete de prensa con trabajos en prensa y radio. En la salida del Gobierno vasco a Catalunya, Atxerre viaja junto al presidente vasco. De hecho, reside en Barcelona hasta enero de 1939. La Delegación vasca con la entrada de los franquistas debió partir hacia Francia.

Entre 1936 y 1940 se editaba en Francia el boletín de información Euzko Deya. Escrito en francés, se publicaba en París. El mismo boletín se imprimió en Londres en 1938, en Buenos Aires en mayo de 1939 y en México ya sobre el año 1943. Egileor colaboró en Euzko Enda junto a Barandiaran, en la columna titulada ‘Los vascos en América’, “siendo muy crítico con la colonización española”, según valora Acillona.

El 30 de diciembre de 1939 colaboraba en Euzko Deya de Buenos Aires. El 5 de octubre de 1942 Agirre visitó por primera vez el Centro Vasco de Caracas y Egileor vivió así un primer encuentro con el lehendakari. Este centro fue un hervidero social, político y cultural, donde se creó la primera emisora de Radio Euzkadi. Allí retomó sus anteriores trabajos en la radiocomunicación. “En un ambiente crispado y tras reiteradas alusiones personales a su cargo en la revista Euzkadi y a sus intervenciones radiofónicas, cesó en la dirección, siendo sustituido por Martin de Ugalde”, mantiene la docente.

Retorno a Euskadi

Con todo, en el verano de 1942, había salido Euzkadi, el órgano divulgativo del Centro Vasco de Caracas y fue dirigido por Juan Iturbe (1942), José María Barrenechea (1942), Blas Garate (1943-1945), Eusebio Barriola (1945-1946), José Estornés Lasa (1946), José María Bengoa (1947-1948), Genaro Egileor (1949) y Martín de Ugalde (1949- 1950). A partir de entonces, decidió dedicarse a la familia y los negocios cárnicos y ganaderos que poseía en Venezuela. Contrajo matrimonio en 1957 con Concha de Partearroyo, de familia bilbaína. Tuvieron una hija: Begoña Chiquinquirá.

Trató de retornar a Euskadi y rechazó al mismo tiempo la participación activa en política. Con viajes a Canarias y Bilbao, preparó una vivienda en la capital vizcaina para residir de forma definitiva. Sin embargo, no pudo ser. Un primer infarto en Venezuela le dejó tocado de salud y un segundo le despidió de los suyos y de Euskadi. Falleció en San Juan de los Morros en febrero de 1963. Tenía solo 55 años y había vivido la mitad en el exilio.

Su funeral se celebró al otro lado del Atlántico en una tierra, la venezolana, que además de recibirle con los brazos abiertos en su exilio, le despidió con aprecio, como dan fe las crónicas de la época, a un amante de Euskadi y a un buen comunicador.