El coronel que alabó la República en Garellano

Fernández Piñerua contribuyó a que Bilbao fuera la única capital de la CAV en la que fracasó el golpe de Estado del 36

Un reportaje de Iban Gorriti

Imagen histórica del cuartel de Garellano. Foto: DEIA
Imagen histórica del cuartel de Garellano. Foto: DEIA

Hay biografías que debieran ser labradas por la importancia que han tenido esas personas en un determinado momento histórico. La actuación firme del coronel republicano Andrés Fernández Piñerua hacia el general Mola durante la jornada golpista del 18 de julio de 1936 debiera ser una de ellas. Sin embargo, se conoce su periplo vital con pinzas, con detalles que han publicado varios investigadores en sus trabajos y algún documento que ha llegado a nuestros días, 80 años después de aquel día en el que generales militares trataron de tomar el poder político vulnerando la legitimidad institucional establecida en el Estado.

Con todo, si con el estallido de la Guerra Civil la villa de Bilbao fue plaza republicana fue en parte gracias a Fernández Piñerua, quien al cargo del cuartel de Garellano acabó gritando a Mola un “¡Viva la República!” antes de colgarle el teléfono en el intento del general golpista de que se sublevaran. El periodista y corresponsal de guerra valenciano Vicente Talón Ortiz resume este episodio. “El drama de las guerras civiles es que, hablo genéricamente, se conocen todos. Por ejemplo, en Bizkaia, el coronel Andrés Fernández Piñerua Iraola se negó a declarar el estado de guerra en Bilbao pese a que Mola le había amenazado con fusilarle en la plaza de Zabalburu si no daba ese paso. Había tratado a Franco en África y mucho más el teniente coronel Vidal Munarriz, jefe del regimiento Garellano, pues fue su profesor de trigonometría”, cita.

Gracias a otro autor, Andoni Astigarraga, conocemos que al producirse el golpe de Estado no hubo unanimidad en el Regimiento de Garellano. Su comandante en jefe, el teniente coronel Joaquín Vidal Munárriz -acabó fusilado por los franquistas en 1939- era partidario de la legalidad republicana. La mayoría de sus oficiales, sin embargo, estaba influido por el UME (Unión Militar Española), de tendencia claramente totalitaria. “Por esta razón, cuando el gobernador militar interino, coronel Fernández Piñerua, formó a la oficialidad en el cuarto de banderas e invitó a los oficiales dispuestos a respaldar al gobierno de la República a dar un paso al frente, fueron muy pocos los que lo hicieron”. El resto fue detenido, entre ellos Fernández Ichaso, el capitán Ramos, el teniente Del Oslo y algunos oficiales más, siendo condenados a muerte y fusilados los tres primeros.

El grueso del Regimiento participó en el desfile militar del día siguiente y “en la fracasada expedición que al día siguiente partió a la reconquista de Vitoria”, agregaba Astigarraga y valoraba en la enciclopedia Auñamendi que “la adhesión final de la mayoría de los oficiales de Garellano a la República fue de gran importancia para Bizkaia, que contaba con muy pocos militares profesionales”. Mola, sin embargo, había pensado que se sublevarían. “Saldría bien si ciertos generales se levantaban porque acto seguido sus subordinados, coroneles y comandantes, les obedecerían según el canon y la jerarquía castrense, tomando primero el control de plazas como Bilbao, Donostia y Gasteiz, y después el resto de las respectivas provincias. A este núcleo militar debían sumarse las unidades de la Falange y de los Requetés, aparte de las organizaciones políticas como Renovación Española o los Tradicionalistas”, expone en el libro Al infierno o a la Gloria el autor Ingo Niebel.

Pero en Bilbao la rebelión no cuajó por una conversación telefónica entre Mola y Fernández Piñerua. El investigador Germán Cortabarría aporta lo que se dijo en aquella conferencia y que aparece en Historia Documental de la Guerra en Euzkadi, de Astigarraga. Piñerua era coronel y comandante militar de Bizkaia al producirse el golpe de Estado. Fue conminado a sumarse a lo que los facciosos llamaron “alzamiento nacional”. La conversación también fue recogida por el corresponsal George Lowther Steer en su libro El árbol de Gernika, aunque utilizó como interlocutor al gobernador civil Novoa Echevarría.

“-¿Es el gobierno militar de Bilbao?

-Sí. señor.

-De parte del general Mola que se ponga el coronel Piñerua.

-Hola.

-¿El coronel Piñerua?

-Sí, soy Piñerua. (No oíamos, manifiesta el testigo, quien llamaba desde Pamplona. Unos supusieron era el general Mola y otros que fue el general García Escámez, pero por lo que contestaba el coronel Piñerua se deducía que le conminaban apremiantemente para sumarse a la rebelión).

-…

-Yo no he dado mi palabra de honor.

-…

-Yo no me comprometí a sublevarme… (y balbuceaba), yo no corro con la responsabilidad…

Al llegar a este punto del diálogo, uno de los presentes, nervioso y exasperado por la conferencia, gritó:

-A cuadrarse los militares. ¡Piñerua, hay que ser leal!

-Sí, sí. Yo soy leal.

-No queremos sublevaciones. ¡Viva la República!

-¡Viva!, y el que había interrumpido la conversación, acercándose al teléfono, gritó:

-Aquí con los traidores no queremos nada.

Así finalizó aquella conferencia en que se solicitaba a las fuerzas de Bilbao su aporte a la rebelión militar”.

Por ello, Mola -según el libro de Talón Memoria de la Guerra de Euzkadi– “su actitud mereció que a las diez de la noche el general Batet le llamase desde Burgos felicitándole por permanecer leal, mientras que corrió el rumor de que Mola le había telefoneado a su vez para decirle que apenas tomase Bilbao le haría fusilar en la plaza de Zabalburu”, según el investigador Ritxi Zarate. Algunas informaciones apuntan que era bilbaino, pero otras -más fidedignas- aseguran que era de Gasteiz y residente en la capital vizcaina, en Garellano. Según un documento del régimen franquista, aportado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, Fernández Piñerua falleció a los 64 años tras un juicio en la salmantina Ciudad Rodrigo.

19 de junio de 1937: Agur Bilbao

El cinturón de hierro levantado para la defensa de Bilbao fue roto el 12 de junio. Esta es la crónica de la agonía posterior

Un reportaje de José Ignacio Salazar Arechalde

Columna de blindados de las tropas franquistas entrando en Bilbao por la Ribera, casi desértica. Foto: Sabino Arana Fundazioa
Columna de blindados de las tropas franquistas entrando en Bilbao por la Ribera, casi desértica. Foto: Sabino Arana Fundazioa

ERA una mañana fría de enero de 1941. El puerto de Marsella se encontraba atestado de viajeros. En uno de sus muelles aparecía amarrado el buque Alsina al que acceden fatigados un buen número de republicanos españoles, nacionalistas vascos y judíos de toda Europa. Comenzaba para muchos un exilio sin retorno. Algunos de ellos lo habían iniciado antes. Era el caso del abogado bilbaino José de Arechalde, secretario general de justicia en el Gobierno vasco, que recordaba en la cubierta del Alsina los días fatídicos de Bilbao en la primera quincena del mes de junio de 1937.

El cinturón de hierro, fortificación levantada para la defensa de Bilbao con pocos medios y escaso tiempo, había sido roto en el sector de Gaztelumendi el 12 de junio. Las tropas vascas combatían con medios precarios a un enemigo que les machacaba desde los aviones italianos y alemanes con total impunidad.

A media tarde, la artillería enemiga lanzaba sobre la villa tremendos cañonazos que derribaban varias casas de las calles Fernández del Campo, Iturriza y San Francisco. Consecuencia de este ataque fue también la destrucción del frontón Euskalduna.

Para el día 13 de junio, el monte Santa Marina ya estaba ocupado por las fuerzas enemigas. Así, las fuerzas atacantes dominaban la orilla derecha del río Ibaizabal y la ría de Bilbao.

A medianoche, el lehendakari Aguirre convoca a los principales responsables militares, y a los consejeros, Leizaola y Astigarrabia. La defensa de Bilbao en aquellas condiciones se muestra imposible.

El 14 se lucha por la posesión de Santo Domingo y, al día siguiente, el enemigo atravesaba los ríos Ibaizabal y Nervión y arrebataba a las fuerzas vascas la ermita de San Roque. El cerco de la villa estaba casi cerrado.

La batalla final El 16 de junio la batalla encarnizada se disputa ya en jurisdicción de la villa. El Gobierno vasco, se reúne con la asistencia de los mandos militares. La situación es tan desesperada que la sesión se celebra en la parte trasera del edificio de Presidencia porque la fachada que da a la plaza Elíptica recibía los disparos que llegaban desde Artxanda.

A las nueve y media de la noche, el lehendakari se dirige a los vascos desde Radio Bilbao. Lanza un mensaje dramático, invocando la historia gloriosa de la Patria, la fe en la victoria y la firmeza en la lucha. Con las tropas franquistas a las puertas de Bilbao, el Gobierno vasco se ve obligado a abandonar la villa esa noche e instalarse en la localidad de Trucíos.

Se forma entonces una Junta de defensa compuesta por los consejeros Leizaola, Aznar y Astigarrabia, y el general Gamir Ulibarri. En un bando firmado ese mismo día, se prohíbe que ninguna persona salga de sus casas desde las ocho y media de la tarde hasta las seis de la mañana salvo que disponga un pase especial de circulación.

Durante cinco larguísimos días, del 13 al 17 de junio, los batallones vascos resistieron de manera heroica en toda la línea que va de Santo Domingo a Enekuri, con violentos combates en San Roque, el Casino y el Funicular, soportando intensos bombardeos de la aviación enemiga, sin material antiaéreo ni un solo avión que pudiese hacerles frente.

No le faltaba razón a Pablo Beldarrain, el comandante de gudaris, cuando afirmaba: “Quizás pueda parecer exagerado pero, ciertamente, algo serio había ocurrido aquí, en Artxanda-Santo Domingo, ya al final de la guerra en Bizkaia, protagonizado por el saber estar de los Batallones de Euskadi, resistiendo a un enemigo cien veces mejor armado con el patrocinio de Hitler y Mussolini, a punto de caer sobre Bilbao”.

El ultimo periódico de la Bilbao republicana sale el día 18 de junio. Es el Euzkadi. En una especie de grito al mundo se alaba el heroísmo de los gudaris y se pide sacrificio.

En la madrugada del día 19, con la intervención del arquitecto Tomas Bilbao, se vuelan los puentes que cruzan la ría bilbaina, tratando de retrasar, aunque solo fuesen unas horas, el avance del ejercito franquista para que el operativo de evacuación se llevase a cabo de manera más ordenada.

Era llevar a la práctica lo que se acordó en la reunión del Gobierno vasco y que aparece en le informe de Aguirre en a la Republica, esto es, que las destrucciones de obras y bienes se limitasen a lo militarmente razonable. Esa fue la misma línea de actuación que llevó a la práctica el consejero Leizaola, consiguiendo de esa manera evitar la destrucción de diversos edificios como el de la Universidad de Deusto.

Presos liberados Durante los primeros días de junio, los presos de derechas, habían sido concentrados, para mejor garantizar su seguridad, en la cárcel de Larrinaga. El Gobierno vasco tuvo clara la decisión de darles la libertad. Es verdad que algunos sectores izquierdistas mostraron su disconformidad pero prevaleció la posición humanitaria.

No fueron pocas las dificultades que tuvieron que arrostrar las autoridades del gobierno y los mandos del Ejército vasco que participaron en esta operación.

Tuvo una intervención trascendental el inspector de prisiones Joaquín Zubiria. Al anochecer del día 18 de junio, agrupa a todos los presos, les entrega picos y palas al objeto de simular una salida de zapadores y, al mismo tiempo, se pone en contacto con las fuerzas enemigas.

Por otro lado, el comandante Francisco Gorritxo dirige el operativo militar distribuyendo a los gudaris del batallón Itxasalde por los puntos de Zabalbide, Iturribide y Atxuri para cubrir con seguridad la salida de los presos. Debió de hacer frente a la oposición de Jaime Urquijo, jefe sustituto de la VI Brigada, no sin riesgo de su propia vida, al que manifiesta de manera rotunda que actuaba bajo las ordenes del Gobierno vasco, según cuenta de manera pormenorizada en un informe que redacta a solicitud del PNV el 23 de marzo de 1938.

Otra entrega de unos 650 presos tuvo lugar en Trucíos, labor ejecutada por Ricardo Leizaola, José Manuel Epalza y León Urriza, actuación también arriesgada porque se ejecutó a la vista de milicianos santanderinos y asturianos, opuestos a esa liberación.

Ese rasgo humanitario no fue reconocido por las autoridades franquistas ni por los medios de comunicación a su servicio. Para estos, la liberación se transforma en evasión, cuando no en huida heroica y casi novelesca. Nada más lejos de la realidad. Los gudaris bajo las directrices últimas del lehendakari y la Consejería de Justicia, habían liberado a los presos quienes, como recuerda José de Arteche en su libro El abrazo de los muertos, gritaban entusiasmados en los jardines del Arenal. “¡Nos han salvado los gudaris!”. La manipulación de los datos concluirá con el discurso de Areilza en el que fijará la versión oficial del régimen franquista: Los presos habían huido y su salvación era obra heroica de los soldados de España.

Memoria manipulada Con la conquista de Bilbao por el Ejército de Franco, el nuevo poder instalado en la villa impone su relato. El primer alcalde franquista, José María de Areilza, durante los 250 días al frente del ayuntamiento impone una visión de una Bilbao española, imperial y guerrera, no solo en el discurso del Coliseo sino en una serie de alocuciones que, no por casualidad, tienen lugar en sitios significativos de la Villa. Ibaigane, la casona del empresario nacionalista vasco Sota, sirve para contraponer la soberbia de los millonarios bizkaitarras con la modestia falangista y, tomando posesión de Sabin Etxea, pretende acabar con el “dragón del separatismo vasco”. Los medios de comunicación afines en la villa a la dictadura, están plagados de cientos de artículos que enfocan la toma de Bilbao en idéntica dirección que Areilza.

Sirva como ejemplo el primer número de El Correo Español de 6 de julio de 1937 en el que su colaborador José María Arozamena en un articulo con titulo tan significativo como Lo que venimos a hacer en Bilbao, viene a sintetizar lo que para el régimen significaba la conquista: “La quimera dorada de la nacionalidad vasca ha quedado vencida por completo en la entrada vibrante de nuestras banderas victoriosas portando el modo y el estilo nuevo de la juventud”.

Cabe citar también a cierto tipo de intelectual como José Félix de Lequerica. La toma de Bilbao supone, para el que fuera ministro de Franco, el triunfo de lo mejor de la sociedad, lo culto y lo exquisito. Frente a ello el nacionalismo vasco y el socialismo representan lo plebeyo, lo zafio, en definitiva, lo innoble.

Memoria olvidada Con la muerte de Franco, la recuperación de esta parte de nuestra historia se realizó de un modo fragmentario. Es verdad que salieron a la luz libros prohibidos, escritos en el exilio, y se recopilaron testimonios de protagonistas de aquel tiempo que habían sido silenciados por la memoria impuesta por la dictadura.

Pero, sin embargo, siempre me ha sorprendido que, probablemente el día más trascendente en la historia de Bilbao del siglo XX, el 19 de junio de 1937, no haya sido objeto de mayores estudios entre historiadores, ensayistas, ni se haya rememorado de la manera que pide tan trascendental fecha. Y es que el fatídico 19 de junio supuso un corte radical en el devenir cultural, social y político de la villa. Durante casi 40 años se impone una Bilbao española y franquista a partir de un hecho fundacional violento, como fue el golpe de Estado y la victoria militar de Franco.

Supuso el exilio de miles de bilbainos, casi podemos hablar de una Bilbao exiliada, y la imposición de unas formas de vida. Faltan aun estudios completos sobre el número de exiliados, las requisas de sus bienes, las multas judiciales y gubernativas y otros tantas cuestiones cuyo impacto generó una autentica ruptura social.

Deber de memoria Es aquí cuando se hace preciso reivindicar el deber de la memoria. El hecho traumático de la conquista de Bilbao, no es simplemente un acontecimiento histórico que todo el vecindario de la villa debiera conocer. La memoria se relaciona con la idea de justicia y con la idea de deuda a los que nos precedieron. La deuda comprende la necesidad de guardar las huellas materiales, las documentales y, tomando prestadas unas palabras de Paul Ricoeur, exige “el sentimiento de estar obligados respecto a estos otros de los que afirmaremos más tarde que ya no están pero que estuvieron”. No se trata de defender la memoria por la memoria, ni de abusar de ella. Si es verdad que el dolor de los hechos nos remiten pasado, el valor moral que hemos reivindicado, el deber de memoria, se dirige al futuro.

Fin de trayecto Miles de bilbainos se vieron obligados a dejar su hogar. Algunos volvieron en plena dictadura. Otros se despidieron definitivamente de su Bilbao natal camino de un exilio eterno. Y aunque sus vidas transcurrieron por diferentes países y ciudades, en su memoria conservaron perpetuamente la casa de Bilbao donde nacieron, donde vivieron. Ese hogar permanente en el que pensaba José de Arechalde a bordo del Alsina. Aquel piso tercero, del número 1, de la calle Tendería.

Así pasen 80 años.

‘El vasco’, un camillero burgalés

La vida de Paulino Lafuente fue de entrega y socorro en su vida civil y en la línea del frente, donde auxilió a gudaris durante la ocupación de Bilbao

Un reportaje de Iban Gorriti

BURGALES

En las últimas fechas, diferentes asociaciones, historiadores y medios de comunicación han homenajeado, investigado o publicado sobre el papel de las maestras en la Guerra Civil, los brigadistas extranjeros que batallaron en Euskadi, el apoyo de asturianos al Eusko Gudarostea, los sacerdotes del bando republicano… Estas líneas son de recuerdo hacia el colectivo de sanitarios y camilleros, lo que en la Segunda Guerra Mundial se llamó medics.

Un ejemplo fue el de Paulino Lafuente Riancho, un fortachón camillero burgalés de casi dos metros de altura al que apodaban el vasco en el campo de concentración de Valdenoceda y que acabó residiendo en Muskiz y Ortuella, y dando hijos, nietos y biznietos a Bizkaia. Falleció en 2000 a los 83 años. “Nos alegramos de que se difunda que hubo muchas personas de fuera de Euskadi que pusieron todo el empeño e incluso su vida por delante, por defender esta tierra sin ser de aquí”, enfatizan la nieta de Paulino, Aiyoa Arroita Lafuente, y su marido, Jesús Pablo Domínguez.
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Castellano de nacimiento y vizcaino de adopción, Paulino auxilió en el frente norte durante la última Guerra Civil desde Bilbao (formó parte de la resistencia a la ocupación de la capital vizcaina por parte de los afectos a los golpistas de 1936 en Artxanda) hasta León, donde fue apresado. Allí comenzó un amplio recorrido por campos de concentración, prisiones y campos de trabajo hasta su liberación en 1943.

Con 19 años, Paulino Lafuente Riancho (Quintanaentello, 1917) se alistó voluntario para luchar contra el ejército fascista, sublevados que acabaron fusilando a su padre. Tres de sus hermanos, además, fueron milicianos en el frente.

Él se alistó al ejército republicano como simpatizante de UGT y PS, siendo enviado al 1º Batallón de Sanidad del cuartel de El Alta, en Santander. Formó parte del contingente como camillero con la graduación de cabo. “Su compañía estaba siempre en primera línea del frente, entonces localizado en tierras montañesas de Burgos y Santander, desgraciadamente muy cerca de la casa familiar en Quintanaentello, Valdebezana”, valora la familia.

El ámbito de actuación de su compañía sanitaria abarcó hasta Bilbao cuando el Cinturón de Hierro comenzaba a caer. “Él recogía a los gudaris heridos en Artxanda (18 y 19 de junio de 1937) para trasladarlos fuera de las líneas de combate, a hospitales militares habilitados en la capital. Roto el frente de Bilbao, se optó por la evacuación rápida hacia territorio cántabro sin dejar de atender los heridos que iban cayendo en la retirada”, explican sus nietos.

En ese periplo hacia Santander estuvo a punto de perder la vida en Saltacaballos (Castro Urdiales), donde un batallón del PNV se encargó de defender la retirada de las tropas republicanas cuando el crucero Almirante Cervera les vio. “Contaba que estando la ambulancia recogiendo y trasladando a los heridos, un obús disparado por el crucero franquista atravesó la camioneta-ambulancia entrando por la puerta trasera y saliendo por el cristal delantero sin explotar. Vio de cerca la muerte, tan cerca que si estira la mano podría haberla tocado. Afortunadamente, el obús asesino pasó de largo”, agregan.

Paulino se negó a rendirse en Santoña y continuó en los frentes de Cantabria, Asturias y León. Fue apresado en el pueblo de Oseja de Sajambre “al bajar a buscar pan”. Fue internado en el campo de concentración de San Marcos, donde le obligaron a cavar fosas en el cementerio cercano para sus compañeros fusilados. Le trasladaron al Batallón de Soldados Trabajadores Asturias nº 21 y de allí al campo de concentracion de Valdenoceda, Prisión Provincial de Burgos, cárcel de Larrinaga en Bilbao, Prisión Provincial de Ávila y el campo de concentración de Miranda de Ebro, “donde decía que peor lo pasó”.

Después llegó el periplo por campos de trabajo: Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores nº 12 de Irurita (Nafarroa) y el nº 31 de Lavacolla (Santiago de Compostela-Galicia). Acabó su periodo de esclavo en Marruecos, donde limpió campos de palmito para plantar cebada para los caballos de los militares. Retornó al hogar en 1943 tras siete difíciles años. Se casó con Ramona, burgalesa que tenía casa en Muskiz y que conoció en la cárcel de Valdenoceda en 1943. “Se conocieron porque el padre de ella era un preso amigo de Paulino que le dijo que le trajera una manta, ya que el vasco se la quitaba”, sonríen.

Trabajó de carpintero y viviendo en Ortuella fue uno de los que ayudaron a rescatar a las personas que quedaron atrapadas en el barrio de Golifar cuando explotó la presa del lavadero de mineral el 11 de octubre de 1964, causando seis muertos. En la también recordada explosión del colegio de Ortuella estaba trabajando en Begoña. No pudo entrar al municipio hasta muy entrada la tarde, aunque su nieta Aiyoa estaba estudiando en el centro escolar. “Nunca quiso hablar de todo lo que sufrió, aunque poco a poco conseguimos sacarle cosas”, le agradecen con cariño hoy.

Los ‘chimbos’ en sus chacolís

En el pujante Bilbao de hace un siglo, los chacolís de Begoña eran punto de encuentro para sus vecinos, los ‘chimbos’

Un reportaje de Amaia Mujika Goñi

EN los alrededores de Bilbao el domingo de Pascua empezaba el espiche en los chacolís, una costumbre decimonónica que sobrevivió hasta la explosión urbanística de 1960 al llevarse consigo los escasos caseríos que sobrevivían en Deusto y Begoña. De la mano de la última generación de hombres y mujeres que han conocido la Begoña rural, la de las campas verdes con frutales, huertas y parrales, la de los caseríos enlazados por caminos, estradas y lavaderos cercados por las fábricas y las cada vez más amplias carreteras, evocaremos una costumbre que forma parte del imaginario bilbaino: el peregrinaje de chimbos y mahatsorri(s) a los chacolís de Montaño, Matico y Zurbaran, Garaizar, Txabola y Uriarte, Larracoechea, Puerta Roja y Puentenuevo.

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Bilbao, hasta que en 1861 inicia sus proyectos de ensanche a costa de las vecinas anteiglesias de Abando, Deusto y Begoña, se circunscribía al casco urbano que todos conocemos como las 7 calles. A esta, su Villa, bajaban los pobladores de la Tierra Llana, aún después de perder definitivamente su condición de repúblicas, porque en su pequeñez se desarrollaba todo un mundo que les era ajeno y propio a la vez. En ella vivían los propietarios de sus caseríos y heredades a los que pagar la renta por Santo Tomás, el mercado para sus excedentes agropecuarios, la plaza para la venta de coronas por Todos los Santos y el espacio de oportunidades para los hijos-as que debían labrar su futuro al margen de la unidad productiva familiar destinada al mayorazgo.

Este Bilbao rebosante de actividad, progreso y contrastes confinado entre la Ría y las laderas de los montes, era en cambio para sus habitantes un espacio constreñido. Y sentían por ello el campo circundante como su escape natural, bien orillando la ría hasta los Caños o en sentido contrario por el Campo de Volantín hasta La Salve; cruzando los puentes hacia las vegas de Abando o sencillamente subiendo a Begoña por las Calzadas, Zabalbide y caminos y estradas de nombre perdido para llegar al alto de Artagan donde se encontraba la Amatxu y a cuyas faldas el Botxo crecía y se expandía.

Por ello el bilbaino de entonces, que no la bilbaina confinada a un espacio aún más reducido que el urbano, el doméstico, recibía el apelativo de chimbo y chacolinero, al ser estos, según el lexicón de Arriaga, sus principales aficiones campestres.

Chimbo por su dedicación a la caza intensiva de unos pajarillos, de igual nombre y amplia variedad, que entre septiembre y octubre poblaban los campos en busca de insectos, zarzamoras y frutas, y cuyo destino era la cazuela, un delicado y apreciado manjar que, con ajo y cebolla, asado vuelta y vuelta en su propia manteca, se servía con pimientos entreverados. Y Chacolinero, por su asiduidad a los chacolís de los alrededores donde saborear el vino de la tierra junto con cazuelas de bacalao al pil-pil cocinadas a fuego lento por las etxekoandres, en amable y chispeante tertulia al caer la tarde.

El chacolí en Begoña La principal actividad económica de Begoña hasta avanzado el siglo XX ha sido la agricultura y aunque la primacía de unos cultivos sobre otros ha ido variando, la existencia de viñedos y parrales para la elaboración de vino ha sido constante a lo largo de su historia. Una producción siempre escasa para la demanda existente pero impuesta a los labradores y jornaleros por los propietarios de sus heredades que, puestos de acuerdo o formando parte del concejo bilbaino, reglamentaron desde 1399 el consumo y comercio de vino y sidra en la Villa y por ende la producción vitivinícola y de manzana en las anteiglesias vecinas. Este ordenamiento será el germen de la Hermandad y Cofradía de San Gregorio Nacianceno que reunirá a partir de 1623 a los dueños de las viñas para mantener las medidas proteccionistas del vino de cosecha-chacolín y la regulación estacional en la venta de los caldos foráneos en Bilbao hasta principios del siglo XIX.

A partir de 1816 el interés de los patronos por el chacolí desaparece, entre otras razones, por el fin de la exención fiscal al vino local y la implantación, a buen precio, de tintos y blancos foráneos debido, en gran parte, al desarrollo del ferrocarril Bilbao-Tudela. Ante la pérdida del mercado bilbaino, los labradores y jornaleros se hacen con su producción, bien para consumo propio al igual que la sidra o vendiéndolo directamente a tabernas y otros productores, o bien convertidos en chacolineros de temporada. Una fórmula, ésta última, que a pesar de las guerras carlistas, los profundos cambios socio-económicos, las sucesivas plagas que asolaron las cepas o la anexión de la anteiglesia a la Villa consiguió erigirse en una práctica exitosa al conciliar economía, gastronomía y ocio.

Los chacolís de temporada La temporada de chacolí en Begoña empezaba el domingo de Pascua, coincidiendo con las primeras fresas, y duraba sin tregua hasta finales de mayo. Siendo el espiche o apertura de las barricas muy esperado, éste se seguía por riguroso turno entre los distintos caseríos chacolineros, no abriendo el siguiente sin terminar la producción del que estaba en curso. El reclamo para dirigir a los clientes era el branque, una rama verde de laurel clavada en los postes de luz del camino o estrada a seguir en dirección al chacolí abierto, en cuyo balcón o puerta se mostraba la misma señal. La apertura, previa licencia municipal, podía durar desde las pocas horas de Cenobia La Rubia en Arteche al mes entero de Madariaga, que completaba su producción con la adquirida a sus vecinos.

Llegados al lugar el ambiente era el de un caserío cuyos moradores combinaban sus diarias labores agropecuarias con la atención a quienes se acercaban a degustar su chacolí. Habitualmente los hombres de la casa se ocupaban de servir y llenar las jarras directamente de los bocoyes y pipas en la bodega, situada detrás de la cocina o en chabola anexa, y las mujeres de tener el fuego bajo o la económica permanentemente encendidos para cocinar o calentar las deseadas cazuelas de bacalao al pilpil y alguna que otra a la vizcaina, con ensalada o pimientos, entre otras afamadas especialidades gastronómicas como el guisado de carne de Epifanía Larrañaga en el chacolí Lorente, las patitas de cordero de Trauco, las manitas de Isabel Añabeitia en Arteche, las asaduras con verduras de Larrazabal, las carnes de Patacón seleccionadas por los matarifes del vecino matadero, las sartas de chorizo de Andresa Gaztelu en Gazteluiturri o el arroz con leche de Celeminchu.

El mobiliario consistía en mesas y bancos de tablero corrido que, guardados durante el resto del año, se sacaban al zaguán o bajo los parrales y frutales en flor. Para el chacolí se utilizaban jarras de barro cocido y esmaltadas con babero, de 5 medidas: azumbre (de 1½ l. a 2 l.), ½ azumbre (1 l.), cuartillo y medio (750 ml), cuartillo (½ litro) y medio cuartillo (250 ml), siendo su capacidad algo más reducida al considerarse que en ello estribaba el verdadero negocio de la venta al menudeo. Se bebía directamente de las jarras de medio cuartillo al ser una medida individual o escanciado en vasos de vidrio prensado, grueso y estriado, de unos 10 cm de alto, boca acampanada y falso culo que en el catálogo de 1898 de la fábrica asturiana de vidrio Pola y Cifuentes se referencia como Vaso sorbete para chacolí. Según la tradición, el uso de estos vasos en los chacolís se debe al reciclaje del remanente de unas lamparillas que se utilizaron como iluminación de balcones en una visita regia a la Villa, y bien pudiera serlo si tomamos en cuenta el inventario de 1840 relativo a los enseres de la Real Junta de Comercio de Bilbao que dice tener: “1 partida de vasos pequeños que sirvieron para la iluminación del año 1828 en que estuvo el Rey en Bilbao” respondiendo a la visita de Fernando VII y Amalia.

Con el tiempo algunos chacolís como Patillas, Leguina, Lozoño, La Choriza, Mari o Abasolo se convirtieron en establecimientos permanentes, en los que el chacolí era sustituido por vino corriente, sidra y otras bebidas junto con las clásicas cazuelas de bacalao y sencillos menús a base de pollo asado con ensalada, huevos fritos con chorizo, productos de temporada (setas, caracoles…) o queso y pan, dejando para postre las exquisitas variedades de fruta que se producían en la anteiglesia, tan apreciadas en el mercado de la Ribera. Su clientela era básicamente familiar y en domingo, aunque también era lugar para celebraciones y onomásticas como la de San Isidro, que cada 15 de mayo organizaba el Sindicato de Labradores para sus asociados y que en 1934 sirvió Matías Sarasola en su chacolí de Zabalbide: entremeses, paella, tortilla de setas o jamón, merluza en salsa con espárragos, pollo asado con ensalada, flan y fruta y todo ello regado con vino Rioja.

Si bien la tertulia, las partidas de cartas y el dominó eran el entretenimiento habitual de los chacolís, en sus aledaños se organizaban también verdaderos campeonatos de lanzamiento de rana, caso de Gallaga o Abasolo, o se jugaba a los bolos en los carrejos de Mari, Urrinaga, Zizerune, Gardeazabal o Atxeta antiguo.

El término chacolí acuñó tal fama que se extendió a merenderos y tabernas, que proliferaron Zabalbide arriba, a partir de los de Katezarra y Urriñaga, en dirección a las cumbres de Archanda y Monte Avril tales como Oruetabarri, Merodio, Landazabal, León, Sanjinés, Jaureguizar o Isidro convertidos en lugar de esparcimiento dominical o de las romerías de Santo Domingo, Justibaso, Tetuane o la sondikatarra San Roque.

Sirva lo aquí escuetamente contado como homenaje a los mahatsorri(s) que nos han abandonado, especialmente a los más recientes que, aun sin ser nombrados, están en el recuerdo de todos. Y a los begoñeses-as que, con sus relatos en agradables mañanas de conversación están tejiendo la memoria viva de la anteiglesia, contribuyendo con ello a que no sea olvidada.

Oro de Bilbao para comprar armamento

Entre julio y octubre de 1936, nada más estallar la Guerra Civil, el PNV llevó a Baiona lingotes del Banco de España en Bilbao para adquirir armas en Checoslovaquia y Alemania

Un reportaje de I. Gorriti

CUANDO la Guerra Civil golpeó a Gipuzkoa, los habitantes del territorio se encontraron prácticamente desarmados ante los golpistas militares españoles y sus leales. Para ahogar aún más la indefensa situación, el presidente del Gobierno francés, León Blum, acordó el 8 de agosto de 1936 prohibir la exportación de armas a España, de acuerdo con el criterio adoptado en un Consejo de Ministros celebrado el 25 de julio del mismo año.

En un primer momento, Blum no pensó en actuar de este modo cuando recibió una llamada de socorro desde el otro lado de los Pirineos. El 20 de julio de 1936, el mandatario francés leyó las siguientes palabras en un telegrama de su homónimo español: “Sorprendidos por peligroso golpe militar. Stop. Solicitamos ayuda inmediata armas y aviones. Stop. Fraternalmente José Giral”. Según la interpretación realizada por investigadores e historiadores, Blum quiso responder afirmativamente, pero acabó echándose atrás y se atrincheró en la “No Intervención”.

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A partir de ahí, los republicanos y nacionalistas vascos pudieron conseguir alguna cantidad de metralla y escasos fusiles de cuarteles franceses. Unos 300 fusiles pudieron pasar la frontera pese al “cierre firme y absoluto” de la misma, como valoraba el secretario del gobernador civil de Bizkaia y miembro del PNV, Pedro de Basaldua, según documentos atesorados en Sabino Arana Fundazioa.

El jeltzale recordaba en sus testimonios una anécdota al respecto: Los obreros ferroviarios de Burdeos lograron, bajo pretexto de maniobrar los vagones de una vía a otra, soltar un vagón y enviarlo a gran velocidad a Hendaia. Cuando este llegó, el Gobierno francés ya había fijado su posición, prohibiendo toda exportación de armas. El vagón repleto de ametralladoras, fusiles y munición permaneció mucho tiempo a escasos metros de Irun, mientras esta ciudad caía en manos del enemigo por falta de material de guerra, explicaba Basaldua. Para más inri, meses después ese vagón salió hacia “la España facciosa”.

Los meses pasaron con el previo viaje del exdiputado Telesforo Monzón a Barcelona en busca de armas para defender Gipuzkoa. A juicio de Basaldua, la lentitud desesperante de las gestiones y el fracaso de las mismas en no pocas ocasiones llevaron al PNV a designar a Anton Irala como la persona que se trasladaría a Francia para hacer examen de la situación y de las posibilidades reales de adquirir armamento. Irala se entrevistó en París con Rafael Picabea y, a su regreso, inició gestiones con el mundo financiero, así como con consejeros de banca. “Todo fracasó, pues la duda, el recelo y la pasividad habían ganado sus espíritus mercantilizados”, estimaba el que fuera secretario del gobernador civil de Bizkaia.

Por este motivo, Irala y Monzón viajaron al país vecino con el objetivo de hacer un llamamiento desde territorio galo a los vascos del mundo con el fin de adquirir armamento. A este respecto, Basaldua valoraba: “Digamos que el patriotismo respondió mejor, en rasgo ejemplar y emocionante en uno de los casos concretos, que aquel que se hizo con anterioridad con la banca”.

Lingotes en pesqueros

Con esos mimbres, el PNV acordó con Eliodoro de la Torre, delegado del Departamento de Finanzas de la Junta de Defensa de Vizcaya, llevar a la práctica un plan, aceptado por el gobernador civil, “a base de disponer del oro -apunta Basaldua- que como reserva tenía el Banco de España en Bilbao”, en el mismo inmueble donde sigue a día de hoy, en la Gran Vía. “El plan se llevó a cabo entre julio y octubre de 1936”, acotaba Anton Irala en testimonios concedidos en 1989 a Eduardo Jauregi, investigador de Sabino Arana Fundazioa. Irala fue secretario general de la presidencia del Gobierno vasco, miembro de la Delegación vasca en París y delegado del Gobierno vasco en Nueva York.

La acción comenzó con la apertura de las cajas que contenían los lingotes de oro. Se procedió al correspondiente inventario “con todo detalle” y, a medianoche, se trasladó su contenido en dos automóviles al puerto de Ondarroa. El embarque de las cajas se registró a las dos de la madrugada: “Se hizo en cinco pesqueros, una caja en cada barco por si llegaran a tropezar con algún buque rebelde y para evitar de esa forma que su totalidad cayera en poder de los sublevados”. Al frente de la expedición viajaban De la Torre, Monzón e Irala.

Ya en aguas jurisdiccionales francesas, se transportó todo el oro en un solo barco con Eliodoro de la Torre al cargo hacia Donibane Lohizune y Baiona. Era sábado. Hubo que esperar al lunes. Solo el Credit Lyonnais admitía oro. De la Torre viajó a París y se quedaron al cargo Monzón y Picabea, que fueron quienes iniciaron las gestiones con Checoslovaquia e incluso Alemania, con la garantía de aquel dinero en depósito.

Las gestiones dieron sus frutos. En octubre, poco después de constituirse el Gobierno de Euzkadi, llegaba el primer barco con armas a Bilbao, procedentes curiosamente desde la ciudad alemana de Hamburgo, “ante la indiferencia de la policía y las autoridades fascistas”. Hasta entonces, según Basaldua, Bizkaia contaba con poco armamento para hacer frente a los sublevados. El Cuartel de Montaña registraba 1.200 fusiles, 16 ametralladoras Hotchkiss, dos morteros de 81 milímetros y doce de 50 milímetros y un cañón Schneider.

La Guardia Civil tenía 500 fusiles y cuatro ametralladoras. Asalto y Seguridad poseía otro medio millar de fusiles y seis ametralladoras, así como tres morteros de 50 milímetros. Los carabineros, por su parte, sumaban 300 fusiles y los miñones 110. La suma total era de 2.610 fusiles, 26 ametralladoras Hotchkiss, 17 morteros y un cañón Schneider de montaña.

Más adelante llegaría todo lo conseguido in extremis gracias al oro de Bilbao y a las donaciones de patriotas vascos de fuera de las mugas de los territorios de Hegoalde.