El bombardeo de Gernika y sus corresponsales de habla inglesa

En el 79 aniversario del bombardeo de Gernika, la autora resume en este artículo su tesina universitaria, con la que rinde homenaje a la villa, a su gente y a los periodistas angloparlantes que contaron al mundo lo que allí pasó

Un reportaje de Carmen Martín Ceballos

Gernika es un antiguo pueblo conocido por ser “el hogar de las libertades vascas”, donde se encuentra el viejo roble (símbolo de la libertad y la democracia en Euskadi), bajo el que los vascuences siempre se habían reunido para tomar decisiones democráticamente y “ante el que los reyes de Castilla juraban los fueros de Vizcaya, y que por eso era un símbolo de la autonomía vasca”. Teniendo en cuenta que durante la guerra civil española Euskadi estaba del lado de la República y sabiendo lo históricamente importante que es Gernika para los vascos, los republicanos pensaban que los nacionales nunca se atreverían a atacar la villa y, si en algún momento intentaban hacer que ésta cayese, daban por sentado que sus habitantes serían respetados y no habría violencia.

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Los republicanos no podían estar más equivocados, ya que la tarde del 26 de abril de 1937 tuvo lugar la mayor masacre que una guerra había visto contra la población civil hasta el momento, perpetrada por la Legión Cóndor y la Aviación Legionaria al servicio del bando nacional, que estaba siendo ayudado por Hitler y Mussolini, violando el Pacto de No Intervención firmado a principios de marzo de 1937 por 27 países europeos (entre ellos Alemania e Italia).

Después del bombardeo, empezó una nueva polémica entre nacionales y republicanos, ya que los primeros nunca admitirían que fueron ellos los responsables de tal masacre, no solo porque supuso la muerte de tantísima población civil, sino también porque se habían encontrado en Gernika bombas alemanas que no habían explotado, y eso habría significado que todo el mundo supiera que los nazis estaban ayudando a los nacionales. Por este motivo, los sublevados culparon al bando contrario y utilizaron la propaganda como nunca se había hecho hasta el momento. El bombardeo de Gernika marcó un antes y un después en la guerra civil española, no solo porque después de éste, los republicanos perdieron la batalla del norte casi inmediatamente (pues los rebeldes habían minado la moral de los vascos, ya que querían traspasar Bilbao, protegido por el cinturón de hierro), sino también porque muchos periódicos extranjeros que en un principio apoyaban la causa de Franco, cambiaron de idea de la noche a la mañana y empezaron a apoyar a la República. Y es que el mundo no estaba acostumbrado a las atrocidades que años después se demostraría que personas civilizadas podían llegar a cometer, pues los soldados alemanes probaron en Gernika los métodos y materiales que luego utilizarían en la Segunda Guerra Mundial.

El 26 de abril de 1937 había en Gernika alrededor de siete mil habitantes, además de unos tres mil refugiados que habían ido llegando durante las semanas previas. Como era lunes, día de mercado, también se habían acercado a la plaza de la villa muchas otras personas de los pueblos vecinos a comprar y vender productos. Parecía que era como cualquier otro día de mercado, pero sobre las 16:30 la campana de la iglesia empezó a sonar, ya que “una fuerza aérea formada por cuarenta y tres bombarderos y cazas… transportarían unos 50.000 kg. de bombas” y bombardearían Gernika durante casi tres horas y media. Como la villa no era considerada un punto estratégico, no había muchas tropas ni tenían ningún tipo de defensa aérea, por lo que las personas que allí se encontraban estaban completamente indefensas. Solo un 1% de los edificios de Gernika quedó indemne; el 71% fue totalmente destruido, un 7% sufrió graves daños y el 28% tuvo daños diversos. Debido al poco interés de los nacionales (ganadores de la Guerra Civil) en investigar sobre el número de víctimas de la masacre y al hecho de que tampoco dejaron que investigadores extranjeros intentaran averiguar nada, nunca se sabrá ni siquiera un número aproximado de las personas que murieron allí ese día, ya que todas las estimaciones son desechadas (parece que los que dan un número reducido de víctimas quieren minimizar las consecuencias del bombardeo, y los que hablan de un número elevado de muertes quieren resaltar el horror de lo acaecido).

lOS PERIODISTAS Los reporteros de habla inglesa que informaron sobre el bombardeo de Gernika son: el británico nacido en Sudáfrica George Lowther Steer (que escribía para el periódico londinense The Times); el australiano Noel Monks (trabajador del periódico inglés Daily Express); el británico Christopher Holme, que trabajaba en la agencia internacional de noticias Reuters, y, por último, el londinense Keith Scott Watson, que cubrió la noticia para el Star y el Daily Herald, ambos periódicos publicados en Londres. Gracias a estos cuatro reporteros, el mundo pudo saber lo que verdaderamente sucedió en Gernika, ya que ellos llegaron a la villa solo unas horas después del bombardeo y, no solo tomaron nota de lo que estaban viendo, sino que también preguntaron a muchos testigos de la barbarie y, tal como lo percibieron, lo contaron.

Al principio ni siquiera sus jefes creían lo que leían, y como no querían publicar algo que no fuera verídico y los rebeldes declararon que ellos no habían sido los responsables del ataque, los cuatro reporteros tuvieron que volver a la villa, seguir preguntando, contrastar sus notas entre ellos y luego, confirmarlo a sus superiores. La publicación de estos artículos haría que los nacionales no solo odiaran a los mencionados corresponsales, sino que también trataran de desacreditarlos cada vez que tenían la ocasión, de la misma forma que declararon que seguramente Gernika había sido bombardeada por los republicanos o dinamitada por los propios habitantes de la villa.

Monks pasó por Gernika ese día de camino al frente, con el conductor que el Gobierno vasco le había proporcionado para facilitar su trabajo. Escribió que la villa estaba llena de gente y muy ruidosa, lo normal en un día de mercado. De camino al frente, de repente el conductor paró el coche y se bajó de éste gritando, ya que vio los bombarderos que se dirigían a Gernika. Los dos se escondieron en un hoyo provocado por una bomba y se quedaron muy quietos para no ser vistos, ya que sabían que si los soldados los veían, les dispararían al instante. En ese mismo momento, Steer y Holme estaban a unos pocos kilómetros de Gernika, cuando vieron los aviones que bombardearían la villa. Sobre las 21:30 de esa noche, mientras estos tres periodistas cenaban con Watson, llegó al restaurante un lloroso hombre gritando que Gernika había sido completamente destruida. Cinco minutos después, los cuatro reporteros estaban de camino a la villa.

Después de la guerra, Monks escribió sobre su artículo del ataque a Gernika que el telegrafista que envió su crónica al Daily Express no hablaba inglés, por lo que si los republicanos hubieran bombardeado Gernika, él mismo lo podría haber denunciado sin ninguna censura, y se puede leer entre exclamaciones que lo habría hecho de haber sido verdad. Pero la realidad era que habían sido soldados alemanes (e italianos, como se descubriría más tarde) en su intento de ayudar a Franco a ganar la guerra. Holme también se vio obligado a desmentir las falsas acusaciones del bando nacional y defender su integridad e imparcialidad en el conflicto, pues él no solo había escrito sobre el bombardeo de Gernika, sino también sobre la quema de Irun llevada a cabo por anarquistas en septiembre de 1936 cuando dicha ciudad estaba a punto de caer en manos de los nacionales, con lo cual es obvio que en ningún momento se dejó llevar por sus ideas políticas, y hubiese sido injusto poner en tela de juicio su imparcialidad a la hora de hacer su trabajo, informar de la verdad.

detalles de Watson y Steer Watson no es muy conocido y sus artículos sobre el ataque a Gernika no trascendieron tanto como los de sus compañeros, lo cual resulta extraño porque es el único que se encontraba en la villa cuando el bombardeo tuvo lugar, lo que hace que sus artículos contengan detalles que no son mencionados en ningún otro.

Por último, es casi imposible escribir sobre el ataque a Gernika y no tropezarse con el nombre de Steer, pues su artículo sobre lo ocurrido en la sagrada villa vasca fue uno de los más importantes de toda la Guerra Civil, quizás fue el que más impacto causó porque fue simultáneamente publicado en The Times y The New York Times. En él se incluían muchísimos detalles sobre lo visto y oído después del ataque y acusó desde el principio a los alemanes de haber bombardeado el corazón del País Vasco en su intento de ayudar a Franco a ganar la Guerra Civil española. Además, después de la guerra, escribió un libro llamado El árbol de Gernika, el cual es un conmovedor homenaje a los vascos, su sufrimiento y lo valientes y relevantes que fueron en la lucha contra Franco y el fascismo.

Cuando el bombardeo de Gernika tuvo lugar y los cuatro reporteros llegaron a la masacrada villa, es de suponer que sus habitantes hubieran preferido que hubieran sido médicos o bomberos para que hubieran podido ayudar haciendo algo útil en aquel momento. Lo que no se imaginaban era que estos periodistas serían de tanta ayuda cuando al día siguiente los autores de aquel holocausto no solo dijeron que ellos no habían tenido nada que ver, sino que además sugirieron que los perpetradores habían sido los propios habitantes del pueblo. Gracias a Monks, Holme, Steer y Watson, el mundo supo lo que verdaderamente había pasado en Gernika. Aunque los nacionales y su propaganda hicieron dudar a toda la humanidad de lo que los corresponsales habían dicho y no hubo países que se atrevieran a ayudar abiertamente a los republicanos a ganar la guerra, estos cuatro informadores hicieron su trabajo. Picasso inmortalizó Gernika, pero como Herbert Southworth escribió, fueron Holme, Monks, Steer y Watson los “creadores de Gernika”, y él creía que sin estos, no existiría el acontecimiento como lo conocemos hoy en día, y solamente por eso, creo que todos los amantes de la historia y la verdad deberíamos estarles eternamente agradecidos.

Novedades sobre el bombardeo de Gernika

YURI ÁLVAREZ

Han pasado 75 años desde que Euskadi sufriera uno de los episodios más negros de su historia y los interrogantes que planean sobre el bombardeo de Gernika son todavía importantes. ¿Hasta qué punto estuvo implicado el régimen franquista en el ataque? ¿Cuál fue el nivel de destrucción del bombardeo? ¿Cuánto tardó el municipio en reconstruirse de sus cenizas? ¿Cuántas bombas se lanzaron? ¿Cuáles fueron las consecuencias del ataque?

Aunque algunas de estas cuestiones se daban por resueltas, dos nuevos trabajos de investigación sobre aquel fatídico 26 de abril de 1937 arrojan aún más luz sobre el ataque fascista perpetrado contra la villa. Se trata de los libros The Day Guernica was bombed (El día que Gernika fue bombardeada) y El Gernika de Richthofen. Un ensayo de bombardeo de terror. El primero es un trabajo que recoge 129 entrevistas realizadas en 1972 a supervivientes del bombardeo que eran adultos en el momento del ataque. Su autor, Willian Smallwood, conocido como Egurtxiki, es un biólogo y antiguo piloto de guerra de 82 años que en 1966 decidió aprender la lengua materna de muchos de sus amigos de Idaho y años más tarde llegó a Euskadi para ponerla en práctica.

El segundo es el último trabajo de Xabier Irujo, profesor del Centro de Estudios vascos de la Universidad de Nevada, que se ha pasado los últimos seis años recabando información sobre el bombardeo y se ha hecho con más de 12.000 documentos procedentes de una veintena de archivos de Europa y América. Gracias a esa labor de investigación, Irujo detalla en su libro numerosos aspectos sobre el bombardeo de los que no se tenía constancia. Por ejemplo, explica que en el ataque participaron el 21% de los aviones del bando rebelde en el conjunto de la península. También revela que en el bombardeo tomaron parte 24 bombarderos y unos 13 cazas alemanes y 3 bombarderos y al menos 10 cazas italianos. Además, el nivel de destrucción de Gernika fue del 85,22% -el 67,58% del total de los edificios destruidos en Bizkaia, excluyendo Bilbao- y durante el ataque se lanzaron entre 31 y 41 toneladas de bombas, parte de ellas incendiarias.

Ambos trabajos serán presentados el próximo viernes a las 11.00 horas en la antigua fábrica de armas Astra Unceta de Gernika y contará con la presencia de sus dos autores, Xabier Irujo y William Smallwood, Egurtxiki, que volverá a desplazarse desde Idaho hasta la villa para realizar en euskera la presentación de su último libro. Una obra que comenzó a gestarse hace más de cuarenta años, cuando su amistad con muchos vascos que emigraron a Idaho le incitó a conocer más sobre aquellos pastores que solamente hablaban euskera. En 1966 decidió pasar cuatro meses en los montes de Idaho para empaparse de la lengua vasca, y allí fue donde Basilio Iriondo le bautizó con el sobrenombre de Egurtxiki, que es la traducción literal de su apellido, Smallwood. Su hambre por seguir aprendiendo el idioma y la cultura vasca le llevaron años más tarde hasta Baiona, Uztaritze y, finalmente, Gernika.

Hablar de política

Pero, ¿qué le empujó a recoger testimonios de los supervivientes del bombardeo? Según explica Xabier Irujo, paseando una mañana por la villa observó que las tejas de las casas del centro tenían un color más vivo que las de la periferia. “Estas deben ser las casas que se destruyeron”, pensó. Siguió caminando y llegó a un bar de la villa cuyo dueño había hecho las Américas y había puesto a su negocio el nombre de Bar Boise. En ese momento, Egurtxiki se le acercó y le preguntó si conocía a algún superviviente del bombardeo. La cara amable del tabernero cambió en segundos y le aconsejó que no hablara de política, ya que más de uno había sido castigado por ello.

En un intento por hacerle entrar en razón, se acercó a Egurtxiki y le contó una anécdota de lo que podría pasarle por hablar de lo que no debía. “Tras el bombardeo, el nuevo sacerdote repetía a los feligreses desde el púlpito, en castellano, que debían purgar su pecado con severas penitencias, por haber rociado con gasolina y reducido a cenizas sus hogares, y a escombros el conjunto de la villa. Un día, habiendo escuchado el sermón en silencio, dos mujeres acudieron a la sacristía y trataron de explicar al sacerdote, en privado, que ellos no habían quemado Gernika, que habían sido los aviones de Franco los que habían destruido sus hogares. Por la mañana, la Guardia civil acudió a sus casas, las obligaron a salir fuera y les raparon el pelo, frente a sus casas, en plena calle. Después, las pasearon con las manos atadas a la espalda por las calles de Gernika y las condenaron en juicio sumarísimo a 36 meses de reclusión, de los cuales cumplieron 27″.

Sin poder dar crédito a lo que estaba escuchando, Egurtxiki se juró a sí mismo que tenía que escribir un libro sobre el bombardeo para descubrir qué pasó realmente en Gernika. Tras perfeccionar su euskera recibiendo clases particulares, fue recogiendo uno a uno los testimonios de 129 supervivientes cuyos relatos permiten hoy percibir la magnitud del horror vivido en Gernika. Entre esas personas se encuentran gudaris, enfermeras, un médico, un enterrador y diversos civiles que sobrevivieron al ataque.

Muy pocas personas tenían constancia de este trabajo hasta que una conversación entre Xabier Irujo y el exsecretario de Estado de Idaho Pete Cenarrusa -mientras escribían el cuarto memorial del Parlamento de Idaho sobre la paz y la independencia de Euskal Herria- llevó al primero a hacerse con un manuscrito sobre el bombardeo de Gernika firmado por Egurtxiki. Tras leer toda la información, se puso en contacto con él y éste le invitó a su casa, donde paso a paso le fue contando cómo se las ingenió para recoger los 129 testimonios que más de cuarenta años después por fin verán la luz.

“Gernika olía a carne quemada”

AITOR ANUNCIBAY

DONOSTIA. Ni fue un héroe ni tuvo voluntad de serlo. Pero la Guerra Civil le atrapó y, desde ese momento, se vio inmerso sin buscarlo en algunos de los más cruentos combates desarrollados en Euskadi y en la aterradora batalla del Ebro. Se trataba de mi abuelo, Antonio Anuncibay, quien trató de escapar de las balas y las bombas que desde julio de 1936 comenzaron a pulverizar vidas, partir familias y aniquilar progresos sociales. Cuando murió, hace nueve años, hubo que poner en orden sus papeles. Y, entre ellos, apareció el relato de sus vivencias durante el cainita conflicto bélico, escrito por él mismo en 1970. La narración muestra sus angustiosas tribulaciones por Tolosa, Hernani, Donostia, Bilbao, Elgeta, Gernika, Gasteiz, Tarragona y Murcia.

Nacido en Altsasu, era un ferroviario de 22 años con novia en Gasteiz, mi abuela María, quien se encontraba en territorio franquista. Su trabajo le había conducido hasta Tolosa, donde le rodearon las primeras escaramuzas de los sublevados. Le esperaban tres años de horror, en los que, obligado, tomó parte en primera línea de frente tanto en el bando republicano, en un batallón de gudaris, como en el de los sublevados, tras ser apresado por las tropas de Franco.

El 18 de julio de 1936, sábado, estaba en Tolosa, disfrutando de su juventud. “Aquí llevo mes y medio de mozo de estación. Me encontraba bailando en la plaza y, de repente, se para la música. Nos preguntamos qué pasa y se dice: las fuerzas de África se han sublevado, será cosa de cuatro días. Nos vamos a casa y la noche pasa tranquila. A la mañana siguiente, me voy a mi trabajo y no pasa nada. Yo continúo en la estación como todos los ferroviarios”.

Testigo de la muerte

Su tranquilidad tenía las horas contadas. En Tolosa asistió a la primera de las cientos de muertes que sufrió en directo. Era agosto. “Los requetés y falangistas rodean el pueblo” y, frente a ellos, “se planta un cañón en el paso a nivel que dispara sobre los montes porque ellos tiran de todos sitios”. Un biplano del bando nacional se presenta para “callar el cañón”. Mi abuelo recuerda que el avión “tira una bomba y mata a una señora cuando cogía vainas en su huerta”. “Era la mujer de un compañero. Todo esto ocurría en la estación y fue la primera sangre que vi”, dice. Ante la inevitable caída de la villa, explica que una jornada de agosto sale precipitadamente junto a “la patrona -propietaria de la casa donde se alojaba- y sus hijos” camino de Hernani. Tal era la prisa que “se quedó la comida en la mesa”.

Tras unos días alojado en la vivienda de unos familiares de su casera, se traslada a Donostia, donde se reúne en la estación de Atotxa con otros ferroviarios. “Nos organizan para hacer guardia en el Puente de Hierro y para llenar sacos terreros en la playa. Se duerme en un coche de la estación y así continuamos hasta el 13 de septiembre”, escribe. Esa jornada, cinco columnas nacionales de mayoría requeté se hacen con el control de la capital. El frente está prácticamente estabilizado en la frontera con Gipuzkoa, en su mayor parte en manos de los facciosos. No hay tiempo que perder. Mi abuelo se embarca hacia las 21.00 horas en un pesquero gallego “lleno de mujeres, niños y hombres; casi todos mareados”. “Si hubiera habido marejadilla, nos habríamos hundido, pues el barco iba al ras del agua”, ilustra.

El destino de la nave era Bilbao, sede del Gobierno vasco y bajo la legalidad republicana. Durante su viaje, subió la tensión. “Cuando íbamos navegando a la altura de Mutriku, el barco pegó un estampido. Creíamos que era el buque Almirante Cervera -navío de las tropas franquistas que bombardeaba las costas cantábricas-, y resultó ser una biela del motor. Quedamos a la deriva y, a fuerza de pitar, vino el barco compañero. Con grandes maniobras, pudo tirarnos un chicote para el amarre. Así navegamos cierto tiempo hasta que se soltó de nuevo, e hizo otra maniobra”, explica. Pese a todo, mi abuelo no obvia que tuvieron “gran suerte porque el barco no se hundió ni apareció el fantasma Cervera, pues por la tarde estuvo bombardeando las afueras de San Sebastián”.

Al mediodía del 14 de septiembre atracaron en Bilbao, donde nuevamente se reúne con trabajadores de su gremio en la estación de Abando. Pero el Botxo tampoco era el refugio más plácido. Los bombardeos por aviones alemanes e italianos son látigos que castigan desde el cielo. “Suenan las sirenas y nos metemos en el túnel de Cantalojas. Pasa la alarma, salimos, y la oficina del Gobierno vasco y las vías del tranvía de la calle Hurtado de Amezaga quedan destruidas”, señala. El recuerdo de estos bombardeos resulta ilustrativo: “Así pasamos el tiempo, entre bombardeo y bombardeo. Las sirenas ponen en tensión toda la ciudad. Las mujeres con los niños se vuelven locas”.

El 7 de noviembre se crea el Estado Mayor del Ejército vasco, compuesto por 25.000 hombres repartidos en 27 batallones de infantería, que se unen a los más de 10.000 milicianos del poco activo frente. Antonio Anuncibay es una de las personas reclutadas. “El batallón mío se organiza en noviembre por unos señores de la Telefónica de San Sebastián”, relata, y matiza que su escuadra se encargaba de tirar las líneas telefónicas a las posiciones de batalla.

Escaramuzas

A finales de noviembre llega el bautizo del horror. Parten hacia las estribaciones del Gorbea, donde “pasa el invierno con duelos de artillería y escaramuzas”. El siguiente destino: Markina. “Aquí, duelo de artillería y combates. El general Mola nos tira octavillas diciendo: Gudaris, rendíos, que os arraso“. Finalizando el invierno de 1937, le trasladan a Elgeta, donde el frente se mantuvo hasta la primavera. “El 31 de marzo vemos el bombardeo de Durango. Por fin, llegan a nosotros con gran bombardeo aéreo, Continúa leyendo “Gernika olía a carne quemada”