Fugas de la ‘derechona’ en Gernika

El viernes se cumplieron 80 años del primer amago de huida que el Comité de Defensa de la República de Gernika-Lumo imposibilitó

Un reportaje de Iban Gorriti

La cárcel de Gernika durante la Guerra Civil se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza. Foto: Deia
La cárcel de Gernika durante la Guerra Civil se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza.

Gernika-Lumo contó en tiempos de la Guerra Civil con una cárcel o de forma más detallada una Comisaría de zona, primigenio Comité de Defensa de la República formado por miembros del Frente Popular. Se habilitó en el edificio del Instituto de Enseñanza Media local sito en la calle Don Tello. En sus dependencias funcionó el Cuerpo de Policía, Investigación y Vigilancia. Su funcionamiento sirvió en la reciente película Gernika, de Koldo Serra, como inspiración a la hora de presentar en el film una checa, es decir, una instalación que utilizaba el bando republicano como prisión. La checa cinematográfica nunca existió en la historia real de la villa.

Por aquella comisaría, pasaron personas de derechas que fueron apresadas en dos intentos de fuga acontecidos en Lapatza y Bermeo. De la primera -que acabó con un tenso fusilamiento farsa- se cumplieron 80 años el pasado viernes. Una investigación del historiador gernikarra José Ángel Etxaniz detalla que algunos derechistas prepararon una huida de Euskadi aprovechando sus recursos económicos y la cercanía de la costa.

La fuga a realizar desde Lapatza fue ideada por el telegrafista de Elantxobe Jesús Sáenz Mendia, el mecánico Francisco Lorenzo y el durangués Alberto Urigüen, conductor de autobús. A este último le encargaron la adquisición de una motora con destino a Donibane Lohizune. Se sumaron al plan gernikarras del entorno del rico potentado, Juan Tomás Gandarias. “Para ello sobornaron a un marinero con treinta mil pesetas. La aventura pudo costar diez mil más”, añade Etxaniz.

Quince personas integraron la fuga, como queda impreso en el libro Gernika y la Guerra Civil, publicado por Gernikazarra y del que Etxaniz es coautor: el durangués Alberto Urigüen y su mujer María de Ulacia con su hija María Guadalupe; los cántabros Manuel y Enrique Herrera Oria, hermanos del cardenal Oria; el alférez de Irun José Manuel Berástegui y el comandante de Iruñea Manuel Jaén. Además se sumarían seis bilbainos: Carmelo Basabe, el odontólogo Carlos Careaga, el mecánico José María Garteiz, el facultativo de minas Felipe Lumbreras, el industrial José Agustín Munitis y el arquitecto Luis Vallejo. Y por último dos vecinos de Arratzu: el comerciante Manuel Leguineche (”padre del famoso periodista”) y el ajustador Félix Magunagoicoechea. Todos ellos fueron trasladados en tres coches a Lapatza, lugar ubicado entre Elantxobe y Ea.

Los agentes de la Comisaría de zona, con un miembro del PNV y otro de ANV en la dirección, tuvieron noticia del plan de fuga. Coordinados por el comunista Luis Ibáñez montaron un dispositivo de urgencia para detenerles a los monárquicos conservadores y carlistas antes de su partida.

Una patrulla marítima sorprendió a un primer grupo que ya había descendido a las coordenadas de embarque. La Policía de Investigación y Vigilancia dio el alto al resto en la carretera. Fueron enviados a la cárcel de Gernika y allí los comunistas del comité llevaron a los fuguistas al cementerio de Zallo y les hicieron un fusilamiento farsa. “Testigos contaban que a estos derechistas les entraron ataques de nervios y que se descomponían por el miedo a morir”, relata el historiador.

De allí, fueron trasladados a Bilbao. Tras ser interrogados, ingresaron en prisión. Fueron procesados por delitos de auxilio a la rebelión, complicidad en la frustrada evasión, deserción o en el caso de los militares abandono de destino. El tribunal dictó sentencias de entre 3 y 14 años. El fallido intento de fuga no desanimó a otros derechistas. En Bermeo, detuvieron al pesquero Danielín con los Mendizabal, Echeverría, Landecho, Zuazola y Olazabal. Todos ellos pasaron por la cárcel que entre 1890 y 1931 fue ‘Sociedad de Guernica’. A continuación, Instituto de enseñanza media y sede del comité y milicias comunistas. Allí también se gestó el intento de batallón Gernikako Arbola que acabó siendo una compañía que se unió a la unidad Karl Liebknecht. Con el bombardeo nazi de abril de 1937 el edificio quedó en ruinas.

Cuando los niños eran los nuestros

La imagen de Gernika destruida por las bombas sirvió para sensibilizar al mundo sobre los niños vascos que huían de la guerra; la foto de un niño ahogado en las costas turcas ha hecho el mismo efecto. El drama de ayer y de hoy es el mismo.

Un reportaje de Luis Javier Pérez

la fuerza de una fotografía, de una palabra, o de una imagen puede llegar a ser extraordinaria. Si los líderes de la insurrección franquista se hubieran imaginado que lo que tenían previsto para el 26 de abril de 1937 iba a tener la repercusión internacional que tuvo, es posible que hubieran actuado de forma diferente.

 

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Hasta entonces estaban acostumbrados a que sus actos criminales no tuvieran ninguna repercusión práctica, más allá de las vacías quejas de las democracias occidentales. A partir de ese momento tuvieron que ser más cautos, incluso sus gobiernos aliados (activos y pasivos) no querían quedar mal ante sus opiniones públicas por causa de los desmanes de las tropas franquista.

El crimen que cometieron aquel día, la destrucción de la ciudad mártir de Gernika por los aviones alemanes e italianos que servían al gobierno ilegal liderado por el ex-general Francisco Franco, tuvo un enorme impacto internacional. Lo tuvo porque había periodistas que contaron al mundo lo que vieron, y el mundo se estremeció al conocer qué estaba pasando en aquel rincón de Europa.

George L. Steer y Noël Monks son dos magníficos ejemplos de cómo las palabras pueden cambiar el mundo. Sus crónicas sobre la destrucción total de una ciudad indefensa, golpearon las conciencias del mundo y ayudaron a que la sociedad civil de muchos lugares de Europa presionara a sus gobiernos para que abrieran las puertas a la llegada de refugiados del frente vasco.

El caso británico es un modelo claro de cómo ese suceso concreto ayudó a que las cosas cambiaran.

Nicholas Rankin, el autor del libro Crónica desde Guernica: George Steer, corresponsal de guerra, lo explicó de una manera diáfana en la conferencia que ofreció en 2011 durante el encuentro anual que organiza la asociación Basque Childrens of ’37 Association of UK (BC’37A UK) (disponible en su página web).

Rankin traza, de una forma brillante y amena, las líneas de causa-consecuencia que conectan el bombardeo de esta ciudad sagrada de los vascos, el artículo de G. L. Steer publicado en el Times, y la llegada de los Niños Vascos de la Guerra a Gran Bretaña. En este texto se ofrece, además, una detallada descripción del debate que se desarrolló entre la mayoría de la sociedad británica y un gobierno claramente simpatizante con la causa del franquismo (orden, y anticomunismo). Un debate que ganó la sociedad civil y que permitió que 4.000 niños vascos encontraran refugio al otro lado del Golfo de Bizkaia.

Esta reacción social fue alimentada, también, por las informaciones que testigos presenciales británicos no profesionales transmitieron a sus conciudadanos. Es extremadamente interesante leer las crónicas que realizaron los marinos británicos que transportaban suministros a Bilbao, rompiendo el bloqueo franquista, sobre lo que estaba pasando en el frente vasco.

“Contad lo que veis” Para conocer sus historias y sus sentimientos ante la barbarie de la que fueron testigos, es recomendable la serie de artículos que Sarah Richardson ha escrito en el blog de la organización museística británica Tyne & Wear Museums, acerca de las relaciones entre Newcastle y los vascos defensores de la Democracia durante la Guerra Civil.

En sus textos podemos descubrir cómo los marinos de esa ciudad, con largas y profundas relaciones históricas con Bilbao, narran a los diarios locales lo que han visto y han vivido en esta ciudad vasca cercada y bombardeada por el fascismo. Incluso cuentan su visita a las ruinas de Gernika, llevados por un Gobierno vasco que les pide lo mismo que pedía a todos los periodistas que visitaban el frente vasco: “contad al mundo lo que veis, contad al mundo lo que los franquistas están haciendo”.

En los tres artículos de Sarah Richardson, podemos conocer también cómo la sociedad de esa ciudad reacciona para conseguir que aquellos niños salgan de Bilbao y cómo se organiza para que su llegada y su estancia se desarrolle en las mejores condiciones.

Aquellos periodistas, aquellos marinos, aquellas mujeres y hombres de toda clase, ideología y condición social, fueron portadores de Justicia y Esperanza para los vascos que se encontraban sufriendo los ataques de los franquistas y sus aliados. Lo fueron los periodistas, ejemplo de profesionales dispuestos a jugarse su vida por contar la verdad. Lo fueron aquellos marinos británicos que visitaron el frente y se enfrentaron al bloqueo de los buques facciosos, tan valientes ante los bous, pesqueros artillados de la Armada Auxiliar de Euzkadi, y tan cobardes ante los buques de guerra de la Real Armada Británica. Lo fueron los sindicatos, partidos políticos, asociaciones, grupos cristianos… Gentes de derechas o de izquierdas, de toda clase y condición social, que entendieron que la solidaridad para los que sufren la injusticia, es mucho más importante que la realpolitik que los gobiernos occidentales practicaron durante la Guerra Civil y durante la dictadura, y que tanto dolor generó en el Pueblo vasco.

Y no sólo fue la sociedad británica, a la que cito aquí porque conozco mejor su participación en esta parte de la Historia de los Vascos. Lo mismo ocurrió, por ejemplo, en Francia o en Bélgica. El gobierno de la URSS también tomó una parte activa, acogiendo a muchos niños en lo que en aquel momento parecía un destino seguro. En definitiva, en 1937 los vascos, al menos los que estuvieron del lado de la democracia y la libertad, supieron lo que significa la solidaridad internacional.

Es verdad que contamos con la ventaja, fundamental, de tener un Gobierno vasco que fue capaz de organizar el exilio de aquella población vasca con una eficacia que nunca será suficientemente valorada. Entre otras cosas, porque muchos historiadores se ocuparán de ignorar o de minimizar aquel esfuerzo titánico realizado en las más duras condiciones.

Pero aquel Gobierno vasco no habría podido desarrollar esa labor sin la colaboración clave de los vascos de la diáspora, sin el apoyo de un puñado de gobiernos que abrieron sus puertas a aquellas masas de refugiados, y sin la solidaridad de los miles y miles de amigos de los vascos a los que nunca hemos agradecido lo suficiente (ni lo adecuado) su trabajo y su compromiso en aquellos momentos tan complicados.

Los refugiados de hoy Todo eso pasó hace bien poco, en el tiempo de los padres o los abuelos de la mayor parte de los que hoy leen este periódico. De todo esto me acuerdo cuando estos días nos encontramos con decenas de miles de refugiados a las puertas de Europa. Me acuerdo de las historias que se conservan en mi familia sobre las visicitudes que pasaron mi amama, mi ama y mi izeko, convertidas en refugiadas de hatillo, embarcadas en un barco inglés rumbo a la costa vasca continental, donde el Gobierno vasco organizaba la acogida para aquellos que podían huir de los desastres de la guerra.

Me acuerdo de todo esto y de cómo hoy en día nos enorgullecemos de tener una de las mayores rentas europeas, de ser un país moderno y avanzado, donde la crisis ha golpeado menos que en otros lugares.

Me acuerdo de todo eso y me pregunto: ¿De qué sirve todo eso, si es posible que nos estemos convirtiendo en un país de egoístas, donde la Humanidad y el Compromiso con los que sufren se han quedado diluidos en las estadísticas del I+D+I o del porcentaje de PIB industrial?

Aquellos británicos, organizaron la acogida de 4.000 niños vascos sin contar con el apoyo de un gobierno, y en plena crisis económica. Nosotros, los vascos de ahora, muchos de nosotros con familiares que vivieron el exilio, miramos la TV, o leemos los periódicos, con la sensación de que esto de los refugiados a la puerta de Europa en realidad no va con nosotros.

Es terrible, además, cómo las excusas y los discursos del odio se repiten, adaptados al lenguaje de hoy, pero calcados a los que se oían en 1937. Entonces había quienes aseguraban que acoger a esos niños y niñas era introducir el veneno del comunismo en Gran Bretaña, o que aquellos refugiados tenían una formación cultural inferior y por lo tanto iban a ser incapaces de adaptarse a un lugar civilizado, creando conflictos con los locales. Hoy, tenemos que escuchar el mismo discurso miserable, en el que lo único que cambia es la palabra comunista por yihadista. La foto de ese pobre niño kurdo ahogado en una playa, parece que ha tenido un papel similar al que tuvo la crónica de Steer o de Monks sobre la destrucción de Gernika, y ha puesto en marcha una reacción de solidaridad.

Pero hay una gran diferencia. Una diferencia enorme. Llevamos años, decenios, viendo como a las puertas de Europa, o en la propia Europa, los afectados por las guerras malviven e intentan buscar un lugar donde refugiarse. Lo vemos y pensamos. ¡Alguien tiene que hacer algo! Esperamos que nuestros gobiernos, nuestras instituciones, hagan el trabajo.

Cuándo nos daremos cuenta que ese alguien que tiene que hacer algo, somos cada uno de nosotros. En 1937 los niños y las niñas, las mujeres, los ancianos, los perseguidos, eran de los nuestros. Ahora, también.

El viaje clandestino de un lehendakari a Gernika

Se cumplen cuarenta años de la audaz visita que realizó a Gernika el lehendakari Jesús María de Leizaola, tras pasar 37 años de exilio, para tomar parte en la celebración del Aberri Eguna de 1974

Un reportaje de Luis de Guezala

Volver,
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir, que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir,
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.

Es muy posible que a Jesús María de Leizaola le viniera a la cabeza la melodía y la letra de este tango, que cantara Carlos Gardel, mientras miraba por las ventanillas del coche que le llevaba a Bilbao. Conducido el vehículo por Primi Abad, tras haber cruzado clandestinamente la muga, Leizaola veía de nuevo el paisaje de Gipuzkoa y Bizkaia tras, no ya veinte años, sino, casi el doble, nada menos que 37.

Jesús María de Leizaola es un personaje histórico muy singular. Recordado como miembro del Gobierno vasco presidido por José Antonio Agirre y luego como sucesor suyo y segundo lehendakari durante dos décadas hasta el final del franquismo, su imagen como político y erudito es quizás la que más ha trascendido. Pero fue también, en mi opinión, aunque pueda parecer contradictorio, un hombre de acción.

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En 1922 su protesta ante una visita del rey de España, Alfonso XIII, con una pancarta en la que reivindicaba la creación de una Universidad Vasca, le supondría ser apresado y conducido por la Guardia Civil, ¡a pie y esposado! nada menos que desde Gernika hasta Amorebieta.

Quince años después, como recordara recientemente en esta misma sección Xabier Irujo, fue el último miembro del primer Gobierno vasco en abandonar Bilbao momentos antes de su ocupación por el ejército franquista. Consiguiendo, al arriesgar de esta manera su vida, que fueran respetadas las de los centenares de prisioneros fascistas y de derechas que fueron liberados, así como que Bilbao no fuera incendiada ni destruida. Como dijera de él George Steer: “Sería difícil exagerar el valor y la sangre fría de Leizaola aquella noche”.

Y, cuatro décadas después, volvía a protagonizar un acto insólito, de resistencia a la dictadura del general Franco, siendo ya casi octogenario. Arriesgándose de nuevo para poder rendir homenaje al Árbol de Gernika como lehendakari, burlando a su vieja enemiga, la Policía española. La idea parece ser que fue de Iñaki Durañona, transmitida a Martín Ugalde y Mikel Isasi, y este último se la comunicó a Fede Bergaretxe, responsable de la Resistencia vasca y miembro del Euzkadi Buru Batzar de EAJ/PNV. Cuando éste transmitió la idea al resto del EBB, al principio fue general la opinión de que era una ocurrencia descabellada, pero Fede Bergaretxe y Txomin Saratxaga fueron convenciendo al resto hasta lograr la aprobación por parte de Juan de Ajuriaguerra, con la condición de que se asegurara que no hubiera ningún riesgo en los pasos de la frontera.

Algunos años después, Imanol de Aberasturi recordaba y podía hacer pública, tras la muerte del dictador, en la revista Euzkadi, la sorpresa que a él y a otros abertzales convocados para aquel día en Gernika, les había supuesto ver aparecer allí al lehendakari Leizaola.

De Bera a Getxo Tres antiguos gudaris, Primi Abad, Deunoro Totorika e Hilario Zubizarreta habían acompañado el día anterior a Jesús María de Leizaola en su paso clandestino de la muga por Bera, tras un intento fallido por Behobia, y en su viaje hasta Bilbao. Allí Fede Bergaretxe aparcó en la puerta de la basílica de Begoña junto al coche en el que había venido Leizaola. El lehendakari pasó discretamente de un coche a otro sin que nadie se percatara de su identidad, siendo las nueve de la noche y coincidiendo con el final de la misa del sábado de Gloria.

De allí se dirigieron, por el puente de la Salve, hasta Deusto. Pasaron por donde se hallaba el antiguo astillero Euskalduna llamando la atención de Leizaola los numerosos barcos de gran tonelaje allí atracados. Al llegar a la altura de Altos Hornos, pidió parar el coche para contemplar toda la zona de la margen izquierda y el complejo industrial (“nuestra gran fuente de riqueza” -dijo-) que su actuación decidida al final de la guerra había conseguido salvar.

El vehículo llegó finalmente hasta la casa en Algorta de Sabin Zubiri, que le esperaba en el garaje con la puerta abierta para cerrarla en cuanto entrara en él. En la casa le esperaban, junto a la familia Zubiri, Juan de Ajuriaguerra y Luis Mari Retolaza, así como varios periodistas extranjeros, entre ellos el redactor de Le Monde Dominique Puchin, reunidos para que la noticia de su presencia tuviera, posteriormente, reflejo internacional.

Al día siguiente, domingo de Resurrección y Aberri Eguna, Leizaola se dirigió a Gernika, pasando por Larrabetzu y Amorebieta. Llegó a la villa veinte minutos antes de lo previsto, lo que le permitió visitar en Sukarrieta la tumba donde en su día habían reposado los restos de Sabino de Arana. Al volver a Gernika, a las doce del mediodía, la Casa de Juntas se encontraba cerrada, pero los miembros de la Resistencia lograron convencer al bedel de la misma para que la abriera, argumentando que venía una persona ausente muchos años que quería ver el Árbol.

Imanol de Aberasturi recordaba el gran impacto que le produjo ver allí al lehendakari. “Solo ante el Árbol, erguido, aquel anciano de 80 años, representaba para todos los asistentes la prueba fehaciente de que Euzkadi vivía, que nuestro Gobierno estaba en la lucha y que no cedería hasta ser reconocida su personalidad”.

Sin llamar la atención Para evitar llamar la atención se había extendido la consigna de que no se profiriera ningún grito. Un coche estaba preparado para, en caso de necesidad, emprender la huida, pero al final no hizo falta. Con solo diez minutos de retraso sobre el horario programado, Fede Bergaretxe volvió a arrancar su coche para llevar al lehendakari hasta el grupo que volvería a ayudarle a pasar la muga.

Al poco de salir de Gernika tuvieron lo que Bergaretxe definió como un “contratiempo”, pero que era en realidad el tiempo o la Historia que les salía al camino por el que iban. Al atravesar el cruce de Zugaztieta que lleva a Montecalvo y al Balcón de Bizkaia, el anciano lehendakari recordó su detención y conducción por la Guardia Civil por aquella misma carretera, a pie y esposado, cuando era joven. Pidió parar junto a una pequeña ermita y, para desesperación de su chófer, se dirigió a ella.

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,
encadenen mi soñar.

Al final llegaron a Autzagane, donde Leizaola volvió a reunirse con el grupo de sus antiguos gudaris, con media hora de retraso. En esta ocasión volvieron a Iparralde por el paso fronterizo de Behobia. De allí fueron a Donibane Lohizune, al frontón Jai-Alai de esta localidad donde se había organizado una comida para celebrar el Aberri Eguna. Las primeras palabras al dirigirse a los que le esperaban causaron sorpresa y entusiasmo: “¡Vengo de Gernika!”. El plan había salido perfectamente. La Policía española se excusaría diciendo que Leizaola no había estado realmente en Gernika y que todo había sido un montaje. Desde la izquierda abertzale se argumentaría que el viaje se había realizado en connivencia con la Policía española. Aun así, Telesforo Monzón enviaría un mensaje de felicitación a su antiguo compañero de Gobierno.

El periodista francés, que le había acompañado en su regreso a Iparralde, le preguntó, al despedirse, lo que había sentido al regresar ante el Árbol de Gernika y Leizaola respondió: “Que había venido a Gernika para explicar a los jóvenes que hacía casi 37 años que se había constituido el primer Gobierno de Euzkadi, que este Gobierno creó el Ejército vasco, a base de las milicias populares, que creó la Universidad vasca, empezando por la de Medicina y oficializó la bandera vasca. Que el Gobierno había cumplido su misión y que ahora correspondía a los jóvenes el seguirla, mejorándola y perfeccionándola”. Cinco años después Leizaola regresaría a Hegoalde, pero ya no de forma clandestina. Recibido multitudinariamente en el campo de fútbol de San Mamés, regresó para pasar el testigo a otro nacionalista vasco mucho más joven, Carlos Garaikoetxea, que presidiría el primer Gobierno vasco elegido tras la dictadura franquista.

Pero el viajero que huye,
tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido que todo destruye, haya matado mi vieja ilusión,
guarda escondida una esperanza humilde,
que es toda la fortuna de mi corazón.

Gernika, laboratorio del horror

XABIER IRUJO

EL bombardeo de Gernika tuvo lugar el 26 de abril de 1937 entre las 16.30 y 19.40. Fue obra de la Legión Cóndor, una división especial de la Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana) al servicio del Movimiento Nacional dirigida entre noviembre de 1936 y octubre de 1937 por el general Hugo Sperrle. El ataque fue organizado por el coronel Wolfram von Richthofen, jefe de Estado Mayor de la Legión Cóndor entre enero de 1937 y octubre de 1938. Si bien las cifras varían de unas fuentes a otras, tomaron parte en el ataque unos 24 bombarderos y 13 cazas alemanes y tres bombarderos y 10 cazas italianos. Se lanzaron entre 30 y 40 toneladas de bombas, una tercera parte de ellas incendiarias.

Se ha apuntado que se trató de un bombardeo estratégico cuyo objetivo era derribar el puente de Errenteria o, en general, obstruir la vía que comunicaba la retirada de los batallones de gudaris con Bermeo. De este modo, cercados y sin medio de retirarse, serían apresados. Pero cercar a una docena de batallones de infantería mediante la voladura de un puente de no más de 50 pies, sobre un río que no alcanza el metro y medio de profundidad, no es materialmente posible. Por otro lado, tal como anotó Richthofen repetidamente en su diario de guerra, pretender un avance relámpago de las tropas dirigidas por Mola era algo que nunca antes se había materializado. El avance sobre Durango era una lección en este sentido. Y la historia demostró su error. Ni el bombardeo impidió el paso de los batallones en retirada ni el de las tropas rebeldes en su avance, que tomaron Gernika el 29, la atravesaron y avanzaron hacia Bermeo, adonde llegaron el día 30. Y, sin embargo, Richthofen apuntó en su diario que se trató de un gran “éxito técnico”.

Si bien es harto difícil de creer, tal vez Richthofen efectivamente pensara que su plan era estratégicamente viable. Lo cual no impide pensar que aplastar una ciudad con tres hospitales de guerra y miles de refugiados, la mayoría civiles, durante tres horas, a fin de obstruir el paso de las tropas a través de un puente, constituye una atrocidad. Pero si el ataque se produjo con este fin habría que explicar por qué tal cantidad de toneladas de explosivo, el uso tan abundante de bombas incendiarias, la acumulación de cazas y el ametrallamiento de la población civil durante tres horas. Más aún, habría también que explicar por qué Alfons Kössinger y otros miembros de la Legión Cóndor afirmaron que se les ordenó un estudio exhaustivo de las ruinas, incluyendo fotografías aéreas. Se les ordenó asimismo retirar todas las pruebas, lo cual incluye, lógicamente, los cadáveres. Y mantener el más absoluto silencio. Habría que explicar asimismo por qué el gobierno español mintió durante cuatro décadas. Todo ello indica, mucho más allá de cualquier duda razonable, que en efecto se trató de un experimento de guerra: un bombardeo de terror.

Macrabo experimento

Los avances que la ingeniería aeronáutica experimentó en el curso de la carrera armamentística de los años 30, unidos al hecho de que este arma de guerra estaba ahora en manos de un régimen capaz de hacer uso indiscriminado de ella, hicieron posible por vez primera en el curso de la Guerra de Euskadi que el mando alemán abrazara el objetivo de destruir completamente una ciudad. Gernika fue por tanto la primera ciudad objeto de un bombardeo concebido como experimento militar y, asimismo, la primera ciudad en ser bombardeada utilizando una determinada mezcla de explosivos y de acuerdo con el plan de ataque conocido como Carpet Bombing, consistente en bombardear masivamente un objetivo mediante un grupo de bombarderos que, a través de un corredor aéreo y en diversas oleadas, van dejando caer su carga. Para que la devastación fuese completa se utilizaron dos tipos de bombas: las explosivas, que agrietaron techos y paredes, y las incendiarias, cuyo líquido penetró por las grietas abiertas por las primeras, quemándolo todo.

En líneas generales, el bombardeo de Gernika respondió al siguiente esquema: un primer ataque a pequeña escala tomó por sorpresa a la población, que corrió a los refugios. Tras un breve intervalo, los cazas acudieron y obligaron a permanecer a la población en los refugios mediante el ametrallamiento aéreo. Un segundo bombardeo a gran escala, en sucesivas olas, a través de un mismo corredor aéreo de unos 150 metros de ancho, barrió la ciudad, que comenzó a arder. Los supervivientes intentaron escapar, por lo que los cazas se aseguraron de que permanecieran dentro del perímetro de fuego y murieran incinerados o por asfixia. En el caso de que la localidad hubiese sido un objetivo militar, Continúa leyendo Gernika, laboratorio del horror

Bombardeos: cuitas de Cely por Bilbao y Gernika

La mano de Cely sobre una foto de ella y su madre

IBAN GORRITI

LA juventud de Marcelina Castro no fue de agua de Bilbao. La tragedia -escribió el sabio- es lo que muere dentro de una persona mientras vive. A esta nacida en el Regato, en menos de un año y medio, se le murió su hijo, Esteban, de 2 años y meses. Después, durante su segundo embarazo, su marido, el bilbaino Moisés Jiménez, de 24. Tan solo 18 días después nació Cely. “Mi madre me decía que se hizo tantas fotos conmigo siendo yo niña porque temía perderme también”, relata Cely.

Por si fuera poco, comenzó la Guerra Civil. Madre e hija sortearon los bombardeos de la capital vizcaina. Vivían en Autonomía y cuando las sirenas anunciaban un posible ataque, corrían a “refugios que eran de muerte, hoy parecen de risa” -rememora-. Trataban de mantener el corazón vivo y sus ilusiones de futuro: “Las niñas íbamos con juguetes a un túnel en la parte de atrás de la plaza de toros y, más tarde, las amatxus nos llevaban la comida”.

Las sirenas alertaban con “tres tonos”. El primero era de acercamiento, el segundo, “más fuerte, que llegaban”, y en el tercero, “caían ya”. A Cely se le ha quedado el sonido de aquellas sirenas, como “de barco cuando hay niebla”. El tercer tono era a lo bestia. “¡Increíble!”. A pesar de vivir esos momentos de angustia superlativos Continúa leyendo Bombardeos: cuitas de Cely por Bilbao y Gernika