El último gudari de mar vivo

A sus 94 años, Juan Azkarate recibe un homenaje en Donostia como último superviviente de la marina auxiliar

Un reportaje de Iban Gorriti

debemos ser cautelosos cuando escribimos sobre memoria histórica. Muchas veces, demasiadas, caemos en el error de enunciaciones como la siguiente: “El último gudari de…”, y el no saberlo a ciencia cierta lleva a errar. Por suerte, hay más testigos del Eusko Gudarostea del lehendakari Aguirre vivos de los que imaginamos. Algunos, totalmente anónimos.

Juan Azkarate sí lo es. Es el último gudari vivo de la unidad del Gobierno vasco denominada Marina Auxiliar del Gobierno de Euzkadi. Fueron alrededor de mil personas las empleadas en este ejército y se sabe, por su listado, que el de Bermeo que perteneció a Solidaridad de Trabajadores Vascos (STV) es el único con vida. Días atrás, le rindieron un merecido homenaje en el Museo Naval de Donostia.

Si uno acude a conocer la curiosa biografía de Azkarate, Bermeo recibe al visitante con olor inconfundible a mar. Con sonidos de gaviota y volteo de campanas eclesiásticas. Con elegante vestimenta y porte, Azkarate recibe en su hogar al amigo con sonrisa firme, mano nonagenaria sincera y dedos experimentados que señalan al pasado desde un presente futuro.

Al grito de “Egun on, gudari!”, uno traspasa el umbral de su hogar. ¡Hay tanta piel en su cuerpo convertido en cuero labrado por las circunstancias! Héroe anónimo, hace gala de un cerebro que sortea olvido e, incluso, perdón sincero. Todo ello, a pesar de que sufrió una poco civil guerra tras el golpe de estado militar de 1936.

Aconteció poco después de perder a su madre, ahogada en la famosa barra de Mundaka que hoy navegan los surfistas. Eran días de huelga de panaderos en su pueblo y volvía de jornada de recados a Gernika-Lumo en barco. El cuerpo apareció sin vida en Laga. Juan sumaba doce años. Lo recuerda con hondo penar.

Se hizo gudari, de los más jóvenes. Tenía solo 14 años (se lo permitieron tras afiliarse al PNV y a SOV/STV) y una cara de retaco impresa en su ficha de la jefatura de guerra. Su padre, mientras tanto, también se sumó a construir trincheras.

Juan conoció y sufrió el mar, tierra y aire. “Las tres”, sonríe. Tres también fueron las veces que acudió y fue recibido por el lehendakari José Antonio Aguirre. Sufrió campos de concentración de Sur de Argeles e Irun. Cárcel en Larrinaga. Fue testigo de altos mandos que, de algún modo, les traicionaron. Lamenta que a políticos y otras personalidades “ricachuelas” se les facilitara el exilio. Lo reprocha aún.

Fue gudari del Bou Araba y del José Luis Díez. Fue camarero segundo y también ayudante de ametralladora en el bacaladero camuflado de guerra. Navegó en el Euskal Herria. Pasó hambre en la España republicana. Perdió todo contacto estando en Francia y pensó, desarraigado, hacer su vida lejos. Le sonaba bien ir a Venezuela, adonde no llegaría. Coincidió con Olaizola, con el tío del famoso artista fallecido Nestor Basterretxea (exalcalde de Bermeo), con el pintor Barrueta. Salió vivo de bombardeos como el de Barcelona o Granollers.

Se vio obligado a andar un día y una noche entera para ir al campo de concentración de Sur de Argeles, al grito de “alez, alez, y con golpes de culatas de rifle si se paraban”, propinados por los senegaleses encargados de su envío a este enclave perteneciente a Perpignan.

TRAS LA GUERRA La vida, curiosa ella, acabada la guerra le llevaría con su empresa de atúnidos a Senegal. Fue presidente de la Sociedad Azkarate Hermanos y sufrió en el país subsahariano la explosión de un compresor que le dejó ciego por un mes. Incluso mantenía la ceguera cuando regresó al pueblo natural de quienes entre sí se llaman txo.

Sin embargo (agárrense a los mecanismos de defensa de sus emociones), decía, “la guerra, lo sufrido en mi vida, no fue dolor en comparación cuando murió mi mujer el 8 de marzo de 2011. Yo era el primero que hubiera ayudado a que falleciera. Padecía Alzheimer y no hubo un día que no estuve con ella. Cada día le ponían un tubo. Aquello sí fue horrible”, compara con todos sus desastres vividos en la guerra civil y se emociona, la única vez en todo el encuentro.

Sus dos brazos aún portan las iniciales tatuadas de su Rosario Etxebarria Zulueta, aquella redera que conoció al día siguiente de salir de la cárcel bilbaina de Larrinaga, con la que compartió siete décadas. “Si me decían los franquistas qué era E. R., yo les decía que El Rey”, sonríe.

Juan Azkarate (Bermeo, 18 de junio de 1922) comienza a relatar en primera persona sus avatares con un llamativo “nació la guerra el 18 de julio de 1936, yo tenía recién cumplidos 14 años”. Él era un niño “espabilado” hijo de Felipe y Anastasia. El matrimonio tuvo once hijos pero, al morir la madre ahogada, ya solo quedaban, por diferentes circunstancias, cinco vivos. “Me llevaron a verla al cementerio. Dolor, sentí mucho dolor. Recuerdo de noche que los coches del pueblo se acercaron a Mundaka a alumbrar con sus luces la mar para ver si se podía rescatar a alguien. Mi madre sabía nadar, pero las corrientes…”, silencia ante la cámara de vídeo que le graba conmovido.

Un año antes, con once años, ya él mismo decidió dejar el colegio y ayudar a su padre en el puerto. “Era mal estudiante y buen dibujante”. Con el golpe de Estado ni se lo pensó: “Yo voy a la guerra”, dijo aquel que había sido alumno de un profesor republicano. “Esa suerte tuvimos con Don Gerardo Jiménez”, alza la voz y el dedo índice. Al crío le dieron un “jersey de invierno” como uniforme de la Marina Auxiliar de Guerra del Gobierno vasco y le alistaron en el bou Araba. En el Ejército del lehendakari Aguirre le pagaban 400 pesetas al mes. Sin cumplir 15 primaveras ya era gudari. El bou Araba fue a dique seco y en un principio le derivaron a un submarino, pero acabaría en el José Luis Díez y en Burdeos. “Los mandos del barco se pasaron como Goikoetxea al bando de Franco y nos devolvieron a España, a Santander. El viaje fue entre cortinas de humo, una hora de combate a oscuras. Ganábamos por velocidad”, recuerda.

periplo Allí le enviaron al Estado Mayor de Fuerzas Navales del Cantábrico. De ordenanza en tierra. “No conforme, me fui adonde el lehendakari Aguirre. En euskera le dije que quería volver a los bous. Pero me mandó a El Sardinero”. Sin embargo, con los franquistas allí, en el Euskal Herria fue a Asturias. Y en un mercante volvió a Francia. De allí, a Barcelona. Y volvió a visitar a Aguirre. Este le recordaba y le mandó a estudiar al mejor colegio, pero “no me aseguraban la comida”.

Y volvió por tercera vez adonde “José Antonio”, exclama. El lehendakari le destina al consulado de Cuba. “Pedí que me pagaran y me dijeron que 250 pesetas. Yo ni quería acabar en Cuba ni ese dinero, por lo que me fui”, enfatiza. Acabó en Aviación como “único vasco en Gerona”, matiza. Más adelante llegó el horror de los campos de concentración tras no aparecer un mugalari en una misión especial. “Éramos 50.000 en la playa de Argeles”. Y de Irun, los franquistas le llevaron a Larrinaga. Al salir libre, conoció al amor de su vida.

El gudari burgalés del Batallón Gernika

Miguel Arroyo es el último gudari superviviente localizado del grupo que participó en la segunda Guerra Mundial

Franck Dolosor

el documental Batallón Gernika, esperanza de libertad 1945-2015, dirigido por Iban González y producido por Baleuko, sigue proporcionando sorpresas inesperadas. La película narra la historia de la brigada creada por el Gobierno vasco en el exilio para ayudar a los aliados en la lucha contra los nazis que tenía lugar en Francia. La unidad militar vasca participó en la liberación de la comarca de la Pointe de Grave, en el Médoc, cerca de Burdeos. Durante los combates que tuvieron lugar en abril de 1945, pocos días antes del armisticio, cinco gudaris murieron y una veintena resultaron heridos.

Arroyo en su casa de Angelu enseña una caja en la que guardaba balas para Ordoki.Foto: F.D.
Arroyo en su casa de Angelu enseña una caja en la que guardaba balas para Ordoki.Foto: F.D.

Durante la grabación del documental protagonizado por Francisco Pérez, gudari navarro afincado en Irun, otro miembro del Batallón Gernika se sumó al proyecto: José Ramón Aranberria, Matxote, natural de Ondarroa y vecino actualmente de Getaria. A medida que el documental avanzaba surgió la esperanza de que otros miembros de la unidad o sus familias, cuyo paradero se desconocía, pudieran aportar sus recuerdos y experiencias. Y así ocurrió. El donostiarra Javier Brosa, afincado en México, contactó con los responsables del documental una vez estrenado. En otros casos han sido las familias de combatientes ya fallecidos quienes se han sumado. Gracias al documental, la familia del gudari donostiarra Antón Mugica ha conocido por fin cómo fueron sus últimos días. Con tan solo veinte años, el primer día del combate de la Pointe de Grave, falleció al pisar una mina. Sus hermanos Guillermo y Carmen tan solo sabían que desapareció en 1945 y que nueve años más tarde el Gobierno francés les informó de su muerte. Siete décadas más tarde han podido localizar y visitar la tumba de su hermano.

Hace unos días, tras una proyección pública del documental en el Museo Vasco de Baiona, un hombre de edad avanzada se levantó, y ante la sorpresa de los asistentes, explicó que la película contaba… “la verdad”. Se trata de Miguel Arroyo, nacido en Burgos en junio de 1924. “Yo estaba ahí y así lo vivimos. ¡Era soldado y fui uno de los colaboradores más cercanos del comandante Ordoki!”

A finales de los años 20 la familia Arroyo llegó a Bilbao, donde se afincó en el número 23 de la calle Uribarri. El monte Artxanda no tenía ningún secreto para un jovencísimo Miguel, que aún recuerda que dos bombas cayeron en la capital vizcaína el día del bombardeo de Gernika. En Uribarri, una casa quedó destruida y los vecinos se refugiaron en un túnel de la cercana vía férrea. Pocos días después, su madre y él subieron a un barco en Santurtzi con rumbo a Iparralde y se afincaron en Baiona. Su padre y sus cinco hermanos se quedaron en Bizkaia. Una de sus hermanas, que era comunista, se trasladó a Rusia mientras su hermano Ramón fue asesinado en circunstancias todavía desconocidas. Ochenta años después, Miguel no puede contener sus lagrimas al recordar el sufrimiento de su familia durante los años de la guerra.

En 1944 se apuntó en Burdeos junto a un amigo para combatir como voluntario en la Segunda Guerra Mundial. Las autoridades galas le mandaron a la localidad bearnesa de Caresse, donde Ordoki estaba creando la brigada vasca. Arroyo, que sigue definiéndose como apolítico, recuerda sobre todo el espíritu de camaradería que reinaba entre los miembros del Batallón Gernika.

“Los alemanes eran más fuertes porque iban mejor armados y en un primer momento consiguieron resistir gracias a sus impresionantes búnkeres”, precisa el gudari. “No sé si maté a alguno, no me acuerdo, disparas tanto que ya no sabes. Ordoki era parco en palabras y nunca hablaba de política. El sargento Carlos Iguiniz, también irundarra, siempre le acompañaba. Al principio, no teníamos buen armamento pero luego nos dieron morteros con los que pudimos destruir las posiciones alemanas en la carretera que conduce hacia Soulac. Yo siempre estaba entre los primeros hasta el final de la Pointe de Grave donde se rindieron muchos alemanes. Desde el comienzo, dos prisioneros alemanes nos acompañaron y nos ayudaban a reparar el armamento y los teléfonos”.

Arroyo salió ileso del combate pero no oculta que pasó mucho miedo. También fue testigo directo de la muerte de los gudaris Iglesias y Mugica. “Han pasado muchos años, pero me acuerdo de todos. Antonio Arrizabalaga me traía las municiones y luego pudimos llegar hasta el final de la Pointe de Grave siguiendo la vía férrea. Ahí, el ejercito francés comenzó a tirar hacia nuestra posición porque no pensaban que nadie había podido avanzar tanto”.

Miguel Arroyo es una fuente inagotable de anécdotas. Cuenta que el teniente eibarrés Andrés Prieto le castigó por haberse quedado un día más de lo previsto en Baiona con su madre. “Prieto era simpático pero quería mandar”. Y también recuerda la visita y el concierto que el célebre cantante Luis Mariano ofreció a los gudaris durante los combates en el Médoc.

Tras la liberación de Francia, el burgalés no participó en desfile del Batallón Gernika en Burdeos y tampoco en el posterior entrenamiento militar que supervisó el jeltzale Primitivo Abad en el castillo de Rotschild, en las afueras de París. “Teníamos que haber seguir luchando contra Franco pero fuimos desmovilizados”, recuerda el gudari. Las autoridades le dieron mil francos y le mandaron a Chiberta, en Angelu (Anglet). Desde allí trató de reunirse de nuevo con su familia en Bilbao, pero al entrar en Gipuzkoa fue detenido y le mandaron a hacer el servicio militar a Gasteiz. “Me consideraban como desertor, pero yo no era un asesino sino un soldado”. En los años cincuenta, Miguel consiguió la nacionalidad francesa y pasó a llamarse Michel Arroyo. Gracias a su nuevo estatus pudo volver a Bilbao a visitar a sus familiares sin temor a la represión franquista.

“No soy vasco, pero lo hice de todo corazón” aclara el gudari de 92 años, que también ayudó a varios ingleses a pasar la muga desde Iparralde hacia Gipuzkoa. “También pasé mucha información de un lado a otro. Tenía el pelo largo y escondía papeles en las orejas” dice sonriendo. Cada año, el Gobierno francés le concede una ayuda de 600 euros para agradecer su participación en la lucha contra los nazis.

Arroyo, que dirigió durante años una empresa de fontanería en la capital labortana, goza de su jubilación junto con su mujer y sus cuatro hijas cerca del puerto de Angelu, en el chalet que construyó él mismo y que lleva el emblemático nombre de La Roseraie. Un nombre simbólico, el del hospital que el Gobierno vasco en el exilio abrió en Bidarte para acoger a los heridos y civiles que huían de la Guerra Civil.

‘El vasco’, un camillero burgalés

La vida de Paulino Lafuente fue de entrega y socorro en su vida civil y en la línea del frente, donde auxilió a gudaris durante la ocupación de Bilbao

Un reportaje de Iban Gorriti

BURGALES

En las últimas fechas, diferentes asociaciones, historiadores y medios de comunicación han homenajeado, investigado o publicado sobre el papel de las maestras en la Guerra Civil, los brigadistas extranjeros que batallaron en Euskadi, el apoyo de asturianos al Eusko Gudarostea, los sacerdotes del bando republicano… Estas líneas son de recuerdo hacia el colectivo de sanitarios y camilleros, lo que en la Segunda Guerra Mundial se llamó medics.

Un ejemplo fue el de Paulino Lafuente Riancho, un fortachón camillero burgalés de casi dos metros de altura al que apodaban el vasco en el campo de concentración de Valdenoceda y que acabó residiendo en Muskiz y Ortuella, y dando hijos, nietos y biznietos a Bizkaia. Falleció en 2000 a los 83 años. “Nos alegramos de que se difunda que hubo muchas personas de fuera de Euskadi que pusieron todo el empeño e incluso su vida por delante, por defender esta tierra sin ser de aquí”, enfatizan la nieta de Paulino, Aiyoa Arroita Lafuente, y su marido, Jesús Pablo Domínguez.
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Castellano de nacimiento y vizcaino de adopción, Paulino auxilió en el frente norte durante la última Guerra Civil desde Bilbao (formó parte de la resistencia a la ocupación de la capital vizcaina por parte de los afectos a los golpistas de 1936 en Artxanda) hasta León, donde fue apresado. Allí comenzó un amplio recorrido por campos de concentración, prisiones y campos de trabajo hasta su liberación en 1943.

Con 19 años, Paulino Lafuente Riancho (Quintanaentello, 1917) se alistó voluntario para luchar contra el ejército fascista, sublevados que acabaron fusilando a su padre. Tres de sus hermanos, además, fueron milicianos en el frente.

Él se alistó al ejército republicano como simpatizante de UGT y PS, siendo enviado al 1º Batallón de Sanidad del cuartel de El Alta, en Santander. Formó parte del contingente como camillero con la graduación de cabo. “Su compañía estaba siempre en primera línea del frente, entonces localizado en tierras montañesas de Burgos y Santander, desgraciadamente muy cerca de la casa familiar en Quintanaentello, Valdebezana”, valora la familia.

El ámbito de actuación de su compañía sanitaria abarcó hasta Bilbao cuando el Cinturón de Hierro comenzaba a caer. “Él recogía a los gudaris heridos en Artxanda (18 y 19 de junio de 1937) para trasladarlos fuera de las líneas de combate, a hospitales militares habilitados en la capital. Roto el frente de Bilbao, se optó por la evacuación rápida hacia territorio cántabro sin dejar de atender los heridos que iban cayendo en la retirada”, explican sus nietos.

En ese periplo hacia Santander estuvo a punto de perder la vida en Saltacaballos (Castro Urdiales), donde un batallón del PNV se encargó de defender la retirada de las tropas republicanas cuando el crucero Almirante Cervera les vio. “Contaba que estando la ambulancia recogiendo y trasladando a los heridos, un obús disparado por el crucero franquista atravesó la camioneta-ambulancia entrando por la puerta trasera y saliendo por el cristal delantero sin explotar. Vio de cerca la muerte, tan cerca que si estira la mano podría haberla tocado. Afortunadamente, el obús asesino pasó de largo”, agregan.

Paulino se negó a rendirse en Santoña y continuó en los frentes de Cantabria, Asturias y León. Fue apresado en el pueblo de Oseja de Sajambre “al bajar a buscar pan”. Fue internado en el campo de concentración de San Marcos, donde le obligaron a cavar fosas en el cementerio cercano para sus compañeros fusilados. Le trasladaron al Batallón de Soldados Trabajadores Asturias nº 21 y de allí al campo de concentracion de Valdenoceda, Prisión Provincial de Burgos, cárcel de Larrinaga en Bilbao, Prisión Provincial de Ávila y el campo de concentración de Miranda de Ebro, “donde decía que peor lo pasó”.

Después llegó el periplo por campos de trabajo: Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores nº 12 de Irurita (Nafarroa) y el nº 31 de Lavacolla (Santiago de Compostela-Galicia). Acabó su periodo de esclavo en Marruecos, donde limpió campos de palmito para plantar cebada para los caballos de los militares. Retornó al hogar en 1943 tras siete difíciles años. Se casó con Ramona, burgalesa que tenía casa en Muskiz y que conoció en la cárcel de Valdenoceda en 1943. “Se conocieron porque el padre de ella era un preso amigo de Paulino que le dijo que le trajera una manta, ya que el vasco se la quitaba”, sonríen.

Trabajó de carpintero y viviendo en Ortuella fue uno de los que ayudaron a rescatar a las personas que quedaron atrapadas en el barrio de Golifar cuando explotó la presa del lavadero de mineral el 11 de octubre de 1964, causando seis muertos. En la también recordada explosión del colegio de Ortuella estaba trabajando en Begoña. No pudo entrar al municipio hasta muy entrada la tarde, aunque su nieta Aiyoa estaba estudiando en el centro escolar. “Nunca quiso hablar de todo lo que sufrió, aunque poco a poco conseguimos sacarle cosas”, le agradecen con cariño hoy.

La herriko del franquista, el gudari y HB

La Guardia Civil registró el lunes la sociedad Intxaurre de Durango, baserri que pasó de mano en mano

Un reportaje de Iban Gorriti

Durango recibió el pasado lunes a siete patrullas de la Guardia Civil. Llegaron, precintaron la zona y registraron la Intxaurre Herriko Elkartea. A continuación, una furgoneta de la Ertzain-tza también estacionó por si había altercados. Un centenar de personas se congregó y portó carteles con el mensaje Konponbide garaia da . Errepresiorik ez. Tras dos horas de búsqueda, los verdes salieron del baserri del casco viejo de la villa “con seis folios de Senideak y una caja de cirios, velas, con el anagrama de Herrira”, confirmaron portavoces de la sociedad. No hubo detenciones.

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Ya el 23 de octubre de 2006, también lunes, agentes de la Guardia Civil con orden del Tribunal Supremo ocuparon 15 herriko tabernas de Hegoalde. El objeto esgrimido entonces fue “inventariar locales, bienes y dinero que pudieran garantizar una eventual liquidación patrimonial de los locales, que se vinculan a Batasuna”. Y en 2011, volvieron al lugar a embargar el caserío en el que en su día vivió el gudari de ANV Bautista Uribe, quien intermedió en la cesión de la propiedad de este inmueble. El próximo día 25 se cumplirán tres años de la pérdida de Uribe Beitia, gudari durangarra del batallón ANV I. Este año, además, se cumplirán 30 años de los últimos trabajos de rehabilitación de la que pasó a ser Intxaurre Herriko Elkartea. A los dos hechos se puede sumar un tercero que les une a todos: la propiedad del solar era de un teniente coronel franquista.

El Ayuntamiento de Durango decretó la casa en ruina, fuera de ordenación. La familia del gudari de Eusko Indarra cuenta que en aquel edificio nacieron los hijos de este soldado del lehendakari José Antonio Aguirre. En el momento en el que se declaró en ruinas, Uribe mantuvo allí un gallinero. Para entonces, el teniente coronel había muerto y su viuda puso una única condición a la hora de la cesión al Ayuntamiento: “que se mantenga la estructura de la casa”. Sin embargo, el pleno municipal no quiso hacerse cargo de ella. Fue entonces cuando Bautista Uribe intercedió para ofrecerla a una sociedad. La mujer del franquista nunca supo que aquella casa sería la sede de la izquierda aber-tzale. Un concejal de Herri Batasuna de Durango en aquella época, Jose Mari Bilbao, solicitó su propiedad “a modo personal”. Un grupo de personas del pueblo pidió créditos particulares a la Caja Laboral. Y con el dinero en la mano, con 12 millones de pesetas de hace más de 35 años, se constituyó la sociedad Intxaurre Herriko Elkartea. Este año se cumplirán 30 años de los últimos trabajos realizados en el solar de la plaza Balbino Garitaonandia.

Las leyes obligaron a hacer obras para mantener la estructura del solar como se había consensuado. Por ejemplo, fue necesario rebajar un metro la altura del suelo. Se mantuvo la estructura en la medida en que fue posible. Nunca se llegó a tirar todo el bloque. Las obras duraron entre cinco y siete años.

VECINO DE AZKUNA Uribe alcanzó los 93 años. Fue soldado del Gobierno Provisional de Euskadi desde los 18 años hasta su fallecimiento hace tres años. Bautista era presidente de honor de gudaris de Eusko Indarra. Nació el 23 de septiembre de 1918. Era del caserío Kakatza. Cuando estalló la Guerra Civil estaba en Otxandio. Se alistó en el batallón ANV I. Bajo el lema de Aberria ala hil tuvo destinos en Loiola, Deba, Lekeitio, monte Albertia, Castro Urdiales y Asturias. Fue hecho preso por los fascistas en Santander y sufrió cárcel en Santoña, Burgos, el campo de concentración de Miranda de Ebro, Elizondo y Madrid. En estos lugares le obligaron a formar parte, esclavo, de los batallones de trabajadores del bando totalitarista. “Nuestro padre siempre fue de ANV, muy demócrata. Como curiosidad, nació en la zona de Mendizabal en un caserío al lado del de Azkuna, el que fue alcalde de Bilbao. Mi padre se ha llevado bien siempre con el tío de Azkuna”, narran sus hijos Koldo y Marisol.

Vivió experiencias traumáticas. En Euba, barrio zornotzarra, los a la postre franquistas le mataron a un hermano, Bernabé, a quien Bautista portó en hombros y enterró él mismo en el cementerio de Amorebieta. Desde Intxaurre le rindieron varios homenajes. “Fue un gudari que siempre ha mantenido su ideología, que anteponía el pueblo al partido. Estaba con los que luchan. Apoyó la candidatura de ANV de 2010 y siempre ha estado en la sombra, luchando hasta el hecho de intermediar por la hoy herriko. ¡Un artista!”, le agradecen.

‘Tiragomas’, el gudari de hierro clave en la liberación de París

Se cumplen este mes 47 años de la muerte de este vizcaino de Arrazola, en el mismo año que se conmemora el septuagésimo aniversario de la liberación de la capital gala

Un reportaje de Iban Gorriti

tiragomas’’, un hombre de hierro, “el vasco que más valor demostró en la liberación de París de los alemanes”. Así lo definió José Miguel Romaña Arteaga en su libro La Segunda Guerra Mundial y los vascos (Bilbao, 1988). La figura de este vizcaino ha sido una de las que han podido caer en el olvido cuando las crónicas y los testimonios de quienes lucharon junto a él contra el fascismo y el nazismo le ensalzan como héroe. El gudari del batallón Arana Goiri y del Rebelión de la Sal es recordado por ejemplo porque durante la liberación de París de los alemanes, “durante el ataque a la Cámara de los Diputados, dio pruebas de un gran espíritu combativo matando a seis alemanes y apoderándose del armamento”, queda impreso en el libro de Romaña Arteaga. Por otra parte, el secretario y responsable del grupo de recreación histórica de la asociación Sancho de Beurko, Guillermo Tabernilla, también tiene palabras taxativas sobre esta figura histórica: “A gudaris como Tiragomas no los paraba nadie”.

Emeterio Soto Campesino, ‘Tiragomas’, rodeado con un círculo junto a otros gudaris del batallón Arana Goiri.Foto: Juan Bilbao Yarto
Emeterio Soto Campesino, ‘Tiragomas’, rodeado con un círculo junto a otros gudaris del batallón Arana Goiri.Foto: Juan Bilbao Yarto

El acta de nacimiento de Tiragomas, al que ha tenido acceso el apasionado de hechos históricos vascos Juan Luis García, le pone nombre y apellidos. La partida de nacimiento de la anteiglesia de Arrazola -valle de Atxondo- deja constancia de que el 3 de marzo de 1909 nació Emeterio Soto y Campesino en el enclave vizcaino. Hijo de Robustiano Soto (30 años), jornalero llegado a Arrazola de un pueblo de Palencia, y casado con María Nieves Campesino (23 años). Euskaldun desde niño, a pesar de que su madre y padre eran castellanos, Emeterio residió años más tarde en Santurtzi y falleció el 6 de octubre de 1967, por lo que se cumplen este mes 47 años de su defunción.

Durante la Guerra Civil, Emeterio Soto Campesino fue gudari del batallón Arana Goiri, de la compañía Kortabarria. Además, en la Sabino Arana Fundazioa cuentan con una nómina de junio de 1937 a su nombre del Batallón Rebelión de la Sal, compañía Urtusaustegi, la cuarta del citado grupo. El libro de Romaña Arteaga señala que Emeterio Soto era un “ferviente abertzale” que se alistó en 1936 a las filas del batallón Arana Goiri, “donde dio sobradas pruebas de su arrojo. Era un vasco de hierro, indomable como Lezo de Urreztieta, alto, fuerte y muy bragado”, según testimonio de Juan José Arriola Ugalde.

Guillermo Tabernilla, de Sancho de Beurko, aporta, por su parte, datos que contextualizan la presencia en la Resistencia de Tiragomas en Francia. Así, explica que cuando el Consejo Nacional de Euzkadi firmó el pacto con la Francia Libre de Charles De Gaulle para incorporar voluntarios vascos a una unidad de combate en mayo de 1941, “quizás ni se imaginasen las dificultades que ello supondría”, valora; unas de orden político -la negativa del Gobierno británico por las presiones de las autoridades franquistas-, y otras de orden práctico, pues fue muy difícil la recluta de hombres para esa nueva unidad y tuvo que recurrirse en gran medida a sudamericanos -soldados de fortuna y aventureros, no necesariamente de origen vasco-, frustrándose lo que podía haber sido una realidad: el 3º Batallón de Fusileros Marinos Vascos, que no pasó de la fase de organización al ser disuelto en 1942.

Tabernilla precisa que dos años antes De Gaulle ya había experimentado “la enorme dificultad” de crear un ejército que combatiese a los nazis al margen de la Francia del armisticio, y se tuvo que conformar con poco más de 1.200 voluntarios, de los que la mitad eran antiguos republicanos españoles que combatían en la 13ª Demi Brigade de la Legión Extranjera.

Tras la guerra civil Tras la que califica como “durísima” Guerra Civil, con los miembros del Ejército de Euzkadi “en la cárcel o en vías de ser liberados, no pocos de los mejores muertos y todos ellos sometidos a feroces represalias, el vasco se había desmovilizado psicológicamente y ya no tenía mentalidad de combatir en una guerra lejana, aunque fuese contra un enemigo común, salvo aquellos más irreductibles e indomables, gran parte procedentes de la izquierda, que estaban repartidos por todo el mundo, no pocos de ellos malviviendo en la Francia ocupada y otros en las filas de la Legión Extranjera. Tiragomas era uno de esos irreductibles”.

El secretario de Sancho de Beurko adjetiva a Emeterio Soto, Tiragomas, como un “nacionalista vasco, gudari voluntario que luchó en los más feroces combates” de la campaña de Bizkaia formando parte de la compañía Kortabarria del batallón Arana Goiri. Superviviente del Saibigain.

“Su recuerdo -agrega Tabernilla- nos ha llegado a pinceladas y, en mi caso, a través de su compañero, el gudari de Trapagaran Juanito Bilbao Yarto, que siempre me habló con admiración de su valentía. Ese es el gran mérito de Tiragomas, formar parte de ese núcleo de irreductibles que no se rindieron nunca. Si el Consejo Nacional de Euzkadi hubiese contado con ellos en 1941 quizás la historia hubiese sido diferente, pues tuvieron que pasar casi cuatro largos años hasta que se hiciese realidad el batallón Gernika. Lo que sí estaba claro es que a gudaris como Tiragomas no los paraba nadie”.

En el libro La Segunda Guerra Mundial y los vascos, de José Miguel Romaña Arteaga, se cita un testimonio aportado por Juan José Arriola Ugalde, gudari y compañero de este guerrillero en la compañía Kortabarria del Arana Goiri de Felipe Bediaga. “Tiragomas fue el máximo exponente del heroísmo vasco en la conquista de la capital francesa, fue un tipo irrepetible: era un valiente y un buen compañero, muy apreciado por todos”.

El 25 de agosto de 1944, día de la liberación de París, Tiragomas estaba allí, “un curtido gudari que se batió como un león”. Pons Prades escribió en su libro Republicanos españoles en la II Guerra Mundial: “En los combates de Luxemburgo, fuertemente fortificado por los alemanes, luchan codo con codo hombres de Fabien, entre los que se encuentran los españoles Huet, Pachón, Zafón y Tiragomas, y soldados de la Novena”. El vizcaino ayudó a poner en libertad a guerrilleros españoles presos de los nazis en la Ópera y en la entrada a la Cámara de los Diputados, en el cuerpo a cuerpo, dio muerte a seis alemanes. “Y se apoderó de su armamento”, agregan.

En la referencia bibliográfica citada de Romaña Arteaga lamentan que el vizcaino, ya residente en Santurtzi, falleciera en 1967, tan pronto para la memoria histórica, “pues podía haber aportado sin duda valiosos datos de las Resistencia y de otros vascos que lucharon junto a él”.