Fusilamiento, amor de juventud y destino

Eloy Resano fue llevado a fusilar por el padre de Benito, que después se convertiría en el marido de su nieta Amelia

Un reportaje de Iban Gorriti
Benito Salvatierra y Amelia Resano terminaron juntos a pesar de las dificultades. Foto: Iban Gorriti
Benito Salvatierra y Amelia Resano terminaron juntos a pesar de las dificultades. Foto: Iban Gorriti

Hay historias de la guerra que sorprenden por su combinación de muerte, amor y, en este caso, destino. Son pasajes que, en ocasiones, se asemejan a guiones de película. La historia, en este caso, gira en torno al abuelo Eloy Resano, a su nieta Amelia Resano Campo (1950), y a Benito Salvatierra Del Campo (1946). Amelia y Benito forman una entrañable pareja navarra, republicana y activista del memorialismo en la que el padre de él fue quien llevó a fusilar al abuelo de ella el 27 de julio de 1936. A día de hoy, es uno de los más cien mil cuerpos desaparecidos aún en el Estado.

Eloy Resano Caparroso fue uno de los primeros asesinados tras el golpe de Estado militar contra la legítima Segunda República. “Toda la historia entre ellos me conmueve”, enfatiza con aprecio Mauro Saravia, fotógrafo vasco-chileno que aporta las primeras pistas a DEIA sobre esta extraordinaria microhistoria.

Pero no acaba ahí el periplo vital de la pareja. Es el momento de rebobinar 80 años atrás y, paso a paso, poner cada pieza en su sitio. El 27 de julio de 1936, los derechistas sublevados contra la democracia fusilaron a Eloy Resano en Zuñiga y a otros seis hombres en la orilla del río Ega, junto a un humilladero, según la tradición oral. Él era natural de Lodosa y “concejal de CNT o UGT, no hemos podido saber a ciencia cierta de cuál de las dos siglas”, explica a este diario su nieta Amelia.

Esta última, ella, hoy también abuela, es la protagonista de la siguiente gran historia de amor. “En 1965, cuando yo tenía 15 años, Benito venía de Antsoain a fiestas de Lodosa. Y empezamos, como era entonces, más a tontear que a salir juntos”, recuerda con la inocencia de entonces. Pero la alegría se volvió olvido por unas palabras del padre de Amelia, Cele. “Un día me preguntó a ver si ese chico que me esperaba debajo de casa era hijo de Zacarías y Dorotea. Le dije que sí, y me respondió que no quería que anduviera más con él, que nunca se sentaría a una mesa con ellos”.

A pesar de sus sentimientos encontrados, Amelia dejó de verse con Benito. “Le dije que no más”. Y pasaron 35 años sin verse. “Nunca”, subraya. Tanto Amelia como Benito se casaron con otras personas.

Un 24 de abril volvieron a coincidir en Lodosa. “Entre nosotros brotó la chispa otra vez. Él llegó a decir ese día que se tenía que haber casado conmigo”. A día de hoy, suman 17 años juntos como pareja casada hace dos años y medio. Son parte del colectivo de recuperación de la memoria histórica Gurugú. Es más, Benito es el presidente de la entidad, él que aún no sabía por qué, de jóvenes, Amelia le había dejado. “Cuando llevábamos -apunta Amelia- cinco o seis años juntos, al venir él de trabajar, le dije que le tenía que contar algo y se puso blanco. Le dije que su padre fue quien llevó a mi abuelo a fusilar, y se llevó el mayor de los disgustos de su vida porque nadie le había contado nada en su familia y me dijo: cariño, siempre te he apoyado, y desde este momento en adelante te voy a apoyar aún más”.

Habla Benito: “¡Imagínate! Yo no tenía ni idea. Aquel día la noté intranquila…. Soy memorialista y voy a seguir siéndolo. Yo no tengo por qué reconciliarme con el pasado de mi familia. Yo voy a seguir luchando por la memoria histórica”, subraya.

Treinta y cinco años después les volvió a unir el primer sentimiento. “Es el destino el que nos unió. Cuando ella tenía 15 años, su padre, lógicamente, estaba resentido. Y a mí era la mujer que me gustaba. Al final, 35 años después, fue el corazón el que dio un vuelco”, proclama Benito.

El año pasado el colectivo Gurugú con el apoyo de los ayuntamientos de Lodosa y Zuñiga instaló un monolito en recuerdo a aquellos fusilados a la orilla del río Ega tras no dar con los restos. “Después de muchos años de silencio y de intentos fallidos, no pudimos recuperar sus cuerpos, pero al menos sí su memoria. Y nuestro compromiso es que su recuerdo y ejemplo se transmita ahora de generación en generación porque mi abuelo fue ídolo para mí. Aunque resulte chocante, me siento de alguna manera afortunada: prefiero que lo mataran por estar en esa parte que con los otros”, dijo Amelia.

Ella es nieta de aquel concejal republicano que también perteneció a una gestora municipal de Lodosa del PSOE y que era amante de la música, la poesía y la lectura. Curiosamente, aún era conocido en el pueblo como el Niñito de las monjas. “Mi abuelo vivía en la calle que se llamaba Detrás del Hospital, junto al colegio y capilla de las monjas. Una de las religiosas le quería muchísimo. Por ello siempre nos decían: si Sor Ana hubiera estado aquí, a tu abuelo no lo fusilan, porque lo hubiese escondido debajo de sus faldas”.

La evacuación de los niños del sanatorio de Gorliz en 1937

La Guerra Civil supuso un doloroso punto y seguido en la enfermedad de los niños ingresados en Gorliz, que fueron evacuados por el Gobierno vasco a sanatorios de Francia

Un reportaje de Iñaki Goiogana

Recibimiento en Bilbao a los niños evacuados de Gorliz. En el centro, con los ojos cerrados, el alcalde Areilza. Foto: Sabino Arana Fundazioa
Recibimiento en Bilbao a los niños evacuados de Gorliz. En el centro, con los ojos cerrados, el alcalde Areilza. Foto: Sabino Arana Fundazioa

LA tuberculosis, una enfermedad antigua, adquirió caracteres de epidemia en el siglo XIX debido a la masificación que implicó la revolución industrial. La falta de higiene en las ciudades multiplicó los efectos de la enfermedad. Para hacernos una idea de su incidencia entre nosotros basta decir que en nuestro caso, para Bilbao, una ciudad de unos 80.000 habitantes, en el período entre 1878 y 1888 se ha calculado que hubo unos 6.000 casos de tuberculosis, con una de las tasas de defunción infantil más altas de Europa.

Aunque desde 1882, gracias a los descubrimientos de Robert Koch, era conocido el denominado bacilo de Koch, la bacteria que producía la enfermedad, el arsenal terapéutico contra ella era escaso: sol, aire libre, alimentación y unas cuantas técnicas quirúrgicas de carácter corrector.

Sin embargo, en la lucha contra la enfermedad, algunos investigadores pudieron observar en pueblos pesqueros del canal de la Mancha cómo los jóvenes con escrofulosis sanaban cuando se incorporaban a sus tareas pesqueras en la mar. Para estas formas osteoarticulares y escrofulosas de la enfermedad se crearon los sanatorios marinos, en los que la acción terapéutica se basaba en la asociación de varios factores: la helioterapia reforzada por la reverberación marina a las que se añadía la mayor riqueza en iodo de la atmósfera junto a las playas. Toda esta acción ecológica se completaba en los sanatorios marinos con el efecto de los ejercicios de rehabilitación, las tablas de gimnasia, el masaje, los baños en agua de mar y otras técnicas que una incipiente terapéutica física ponía al servicio del enfermo.

La tuberculosis y Gorliz Enrique de Areilza, personalidad médica de la Bizkaia de la época, tras visitar los pueblos pesqueros de la provincia, también se apercibió de los efectos benéficos del mar en los enfermos de tuberculosis y solicitó a la Diputación la construcción de un centro similar a los que se estaban estableciendo en Europa.

De este modo, el sanatorio de Gorliz nació con unas intenciones muy definidas: ser un centro de tratamiento de las formas osteoarticulares tuberculosas infantiles, el mal de Pott o tuberculosis vertebral, el tumor blanco o tuberculosis de rodilla, entre las formas tuberculosas, así como otras afecciones de diversa etiología como las malformaciones vertebrales de causa no tuberculosa, el raquitismo y también las formas llamadas entonces escrofulosas, que hoy sabemos que correspondían a tuberculosis ganglionares.

El sanatorio de Gorliz surgió de la acción de Enrique de Areilza y de Luis de Salazar, presidente de la Diputación, pero su iniciativa transcendió a toda la población. Luis Larrinaga Maurologoitia fue quien materializó las ideas de Areilza y quien dirigió el centro desde su fundación en 1919 hasta 1937.

La guerra La guerra civil desde sus comienzos mostró cuán mortal y destructora podía llegar a ser una guerra moderna, una guerra industrial. Mostró también que la muerte y la destrucción no se limitaban al frente; utilizando la aviación, tenía la capacidad de llegar más allá de los frentes, y a menudo llegaba. Para enfrentarse a los miedos creados por los bombardeos de ciudades y pueblos sin protección, el Gobierno vasco procedió a evacuar a quienes no estaban llamados a filas, sobre todo, niños, mujeres y ancianos.

Los franquistas iniciaron la ofensiva contra Bizkaia el 31 de marzo con el bombardeo de Durango. A finales de mayo, el 29, iniciaron los combates para ocupar Peña Lemona. Lo lograron el 5 de junio, tras duras luchas y tras cambiar de mano la cumbre en varias ocasiones. Entonces, el frente se estacionó entre Mungia y Peña Lemona, con el Cinturón de Hierro casi a la vista de los sublevados, muy cerca, pues, del sanatorio de Gorliz.

Evacuación Pocos días antes, el 31 de mayo de 1937, Alfredo Espinosa, consejero de Sanidad, remitió un telegrama a la delegación de Baiona instando la búsqueda de un edificio adecuado para albergar a los niños de Gorliz y a sus acompañantes. En principio, unos 350 niños y 50 mayores.

La evacuación, como todas las que hasta entonces se llevaron a cabo, se anunció en la prensa y se realizó solicitando el expreso permiso de los padres. Fue deseo del Gobierno vasco que los niños en el exilio recibieran la misma atención médica que en Gorliz y es por eso que se trasladó a Francia gran parte del material médico y de otro tipo. Desde material de rayos X hasta ropa infantil. El de Gorliz fue el único hospital evacuado en su totalidad.

La evacuación se hizo en dos viajes. La primera expedición partió al anochecer del día 10 de junio en el yate Goizeko Izarra, renombrado como Warrior y abanderado en el Reino Unido para evitar complicaciones con la marina franquista. En total, formaban la expedición 139 niños, 6 hermanas de la Caridad, 14 auxiliares y el consejero Alfredo Espinosa.

La segunda expedición partió a las 6 de la mañana del día 13, también en el hermoso yate Goizeko Izarra o Warrior. Esta vez partieron 131 niños y 13 monjas, de los cuales 25 procedían del Sanatorio Marítimo de Plen-tzia. Aprovechó este viaje para salir al extranjero el director del sanatorio, doctor Luis Larrinaga. En ambos viajes, desde el puerto de arribada, Baiona, en ambulancias, los niños fueron trasladados a Saint Christau. No le resultó fácil al Gobierno vasco dar con un lugar apropiado para albergar a estos niños. Los responsables municipales de Iparralde y Francia, temerosos de la tuberculosis, pusieron trabas a la acogida en sus pueblos a los pequeños evacuados de Gorliz. Pero, finalmente, a pesar de los impedimentos municipales y de la oposición del prefecto de Pau, los niños fueron llevados a Saint Christau, hermosa estación balnearia con capacidad global superior al número de niños evacuados, y en la cual se gozaba de un amplio parque y jardines de recreo. Clima de media montaña, húmedo, nada frío y, ante todo, sedante y calmoso. Alimentación sana, variada y abundante.

Berck-Plage El traslado de los niños a Saint Christau no hizo disminuir las presiones del prefecto de Pau. Ocurrió todo lo contrario, y el departamento de Sanidad del Gobierno vasco se vio obligado a buscar un nuevo centro sanitario para acoger a los pequeños evacuados. La solución se halló en la costa del canal de la Mancha, en Berck-Plage. Un lugar especialmente apropiado, pues Berck-Plage fue el lugar donde se establecieron los primeros sanatorios contra la tuberculosis osteoarticular y escrofulosa, siendo sus centros sanitarios de fama mundial. Además, los métodos que se utilizaban en Berck-Plage eran muy similares a los que se aplicaban en Gorliz.

El traslado de los niños y niñas de Saint Christau a Berck-Plage se realizó en dos viajes por carretera. El 14 de julio partieron de Saint Christau 25 niños, los más enfermos, con sus acompañantes, los restantes 140 partieron días más tarde, el 3 de agosto.

Regreso El franquismo utilizó para la polémica propagandística las evacuaciones de población infantil llevadas a cabo por el Gobierno vasco. En torno a estos niños se desarrolló una campaña de propaganda muy intensa, sobre todo en torno a los niños evacuados a la URSS y a los pequeños trasladados a Francia desde Gorliz.

Dentro de esta campaña y casi a la par de la ocupación de Bilbao por los sublevados, la Diputación franquista de Bizkaia emprendió la tarea de repatriar a los niños evacuados. Con este fin, realizando la Cruz Roja Internacional labores de intermediación, autoridades del Gobierno vasco y franquistas mantuvieron varias entrevistas. Estas se tornaron muy difíciles por los intentos de las nuevas autoridades de presentar peticiones paternas de repatriación que resultaron falsas y por la desconfianza del Gobierno vasco sobre los documentos que presentaban los franquistas.Aunque estas dificultades supusieron la retirada de la Cruz Roja de las negociaciones, las entrevistas prosiguieron hasta el acuerdo final, al que se llegó el 7 de agosto.

El 9 de agosto, el doctor Bilbao, en representación del Gobierno de Euzkadi, y el cónsul francés en Zaragoza, señor Tur, firmaron el acuerdo definitivo por el que 108 niños, todas las hermanas de la Caridad y muchas de las auxiliares tomarían el camino de regreso a casa. Con los niños retornó gran parte del material médico y no médico evacuado. Ese mismo día 9 cruzaron los niños la muga acompañados del comandante Troncoso y de Antonio Maseda, delegado especial para la Protección y Repatriación de la Infancia. En Bilbao les recibió José María de Areilza, primer alcalde franquista de la ciudad e hijo del doctor Areilza. Desde Bilbao, los niños fueron trasladados a Gorliz para seguir con su tratamiento.

De los 165 niños que quedaron en Francia, 37 fueron repatriados a principios de 1938 valiéndose de una petición hecha por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Otro grupo crecido de niños, formado por 76 en número, regresó el 30 de agosto de 1939. El resto permaneció en Francia, primero en Berck-Plage hasta el verano de 1939, y, más tarde, junto a sus padres y en refugios del Gobierno vasco. Diez niños tuberculosos evacuados de Gorliz fallecieron en el exilio debido a la gravedad de sus dolencias.

Conclusión En la guerra, en general, como en la evacuación de los niños del sanatorio de Gorliz, en particular, se enfrentaron dos formas de ser, la democrática frente a la fascista. Ante el Gobierno vasco que hizo públicas sus intenciones de evacuar a los niños y solicitó expresamente el consentimiento a los padres, las autoridades franquistas falsificaron solicitudes de progenitores para su utilización partidista. Ante la labor de ayuda a la población necesitada se opuso la propaganda de guerra.

Pero las marrullerías franquistas no se limitaron a las falsas solicitudes paternas. El consejero Espinosa también fue objeto de traición cuando el 21 de junio volvía de Iparraldede atender a los evacuados a Santander para reunirse con sus compañeros de Gobierno y el piloto del avión en el que regresaba lo entregó en la playa de Zarautz a los sublevados. Espinosa, un digno sucesor del doctor Areilza, cayó frente al pelotón de ejecución.

En paralelo, pero en el otro extremo, José María de Areilza,alcalde Bilbao e hijo del doctor Areilza, en un discurso pronunciado el 8 de julio de 1937, afirmó que Bilbao había sido “conquistado por las armas”, y añadía que había“caído vencida para siempre esa horrible pesadilla siniestra y atroz que se llamaba Euzkadi y que era una resultante del socialismo prietista de un lado, y de la imbecilidad vizcaitarra por otro”. Fascismo en estado puro frente a democracia. No se hizo excepción con los niños.

Doblan las campanas por los ocho asesinados en Zeanuri

La parroquia de Arratia oficia hoy una misa de recuerdo a los vecinos asesinados por el bando franquista y el republicano en una misma jornada, el 7 de abril de 1937

Un reportaje de Iban Gorriti

SI me asesinan, antes llegaré al cielo”. Esta frase forjada en euskera por el párroco de Zeanuri en 1937, Benito Atutxa, fue profética. Él fue uno de los ocho asesinados en diferentes localizaciones del municipio el sangriento 7 de abril de 1937. Fueron muertes causadas por los dos bandos que protagonizaron la Guerra Civil derivada del intento de golpe de Estado de julio de 1936.

Por un lado, milicianos del Eusko Gudarostea acabaron con la vida de dos pastores, del párroco de la localidad, de un concejal del PNV y de un franciscano cuyo cuerpo no ha sido encontrado. Por el otro, en un bombardeo fascista sufrido esa jornada, murieron el joven carpintero de 18 años Jesús Urutxurtu, y un miliciano del batallón comunista de Perezagua, Cristóbal González, según detalla el registro civil consultado gracias a la Sociedad Aranzadi.

Con motivo de los 80 años que se cumplieron el viernes de esta tragedia, hoy, Domingo de Ramos, la parroquia de Zeanuri oficiará una misa a las 11.30 horas. “Como fueron muertos causados por los dos bandos, vamos a hacer un ejercicio de memoria inclusiva”, valora el párroco José Mari Kortazar.

La lista de muertos aquel día es la siguiente: las balas de milicianos mataron a los pastores de Beretxikorta Florencio Etxebarria y Ramón Etxebarria, el párroco Benito Atutxa, el edil jeltzale León Zuluaga, y el franciscano Bizente Ozerinjauregi. En el bombardeo fascista perdieron la vida, al menos, el joven carpintero Jesús Urutxurtu, el labrador Esteban Astondoa, y el miliciano Cristóbal González.

La Causa General redactada en 1941 por el Ayuntamiento de Zeanuri informa cómo fueron algunos de los ocho asesinatos. Así, por ejemplo, asegura que el cura párroco de Santa María tenía 55 años y murió a tiros de pistola cerca de la iglesia de San Isidro, apareciendo su cadáver a la mañana siguiente en la margen del río anexo a este templo. Fue levantado a las cuatro de la tarde del mismo día siendo conducido en un automóvil al cementerio del vecino pueblo de Areatza “donde está sepultado”, detallaba.

Según su información, Atutxa fue asesinado por dos milicianos del Batallón Perezagua del Eusko Gudarostea. Estas mismas personas, aducen, acabaron con la vida de León Zuluaga Beldarrain, de 36 años, labrador y “nacionalista vasco que desempeñó el cargo de concejal durante la dominación roja”, valoraban los franquistas.

En el caso de Bizente Ozerinjauregi Uria, religioso franciscano, el informe comunica que fue detenido por soldados “del Batallón Durruti de CNT, según unos, y del Perezagua, según otros”. Fue conducido desde su caserío al centro del pueblo ignorando cuál sería su suerte. “Se puede suponer que fue asesinado en algún lugar apartado. Se dice también que fue enterrado en el barrio de Undurraga, pero sin prueba alguna de valor”.

Ozerinjauregi, detallan, “desempeñaba el cargo de Superior del Colegio Seráfico de San Pantaleón de Arras. Sus familiares son del partido de derechas españolas”.

Ramón Etxebarria Beitia tenía 71 años, según la Causa General. Era labrador y de ideología nacionalista vasca. Su cadáver fue encontrado en el barrio de Altzusta a la salida de un refugio. Presentaba un tiro de pistola en la cabeza. “Según declaración de su esposa, fue asesinado por dos jefes del batallón Perezagua, sin precisar graduación, únicamente sabe que tenía estrellas”, imprimen.

Del caso de Florencio Etxebarria Gallarta, labrador de 48 años, registraron que su filiación política era nacionalista vasca. El lugar del hallazgo y razón de la muerte fueron los mismos que el de Ramón Echevarria, del caserío contiguo al suyo.

El régimen franquista entrevistó a principios de los años 40 a familiares de las personas asesinadas para obtener estas informaciones. En el caso de Benito Atutxa, a las hermanas Simona y Margarita Atutxa; en el de León Zuluaga Beldarrain, a su viuda Florencia Zuluaga Atucha; en el de Ramón Echevarria Beitia, a su viuda Francisca Arteche Mugaguren, y en el de Florencio Echevarria Gallarta, su viuda Marta Gorostiaga Egaña.

Hasta la fecha, el legado oral había señalado como autores de estas muertes a “milicianos asturianos comunistas”. Sin embargo, la información aportada por Aranzadi cita a los batallones vascos Perezagua, comunista, y Durruti, anarquista. Además, la creencia popular era que en el bombardeo fascista del 7 de abril de 1937 había muerto una sola persona y que era “el niño” Jesús Urutxurtu. El registro civil informa de que este zeanuriarra tenía 18 años cuando murió en el raid y detalla que de oficio era carpintero.

El sacerdote Martín Orbe, en su introducción al libro Consejos de guerra contra el Clero vasco. La Iglesia vasca vencida, ya hablaba de seis muertos en aquella negra jornada. A su lista hay que agregar al franciscano Ozerinjauregi y al miliciano González. El prólogo de Orbe informaba de que aquel 7 de abril el bando golpista llevó a cabo un bombardeo sobre Zeanuri en el que murió el joven Jesús Urutxurtu. “El bombardeo realizado por los -autocalificados- nacionales el mismo día tuvo por objetivo destruir la batería tanto de artillería ligera como pesada situada en el barrio Zulaibar. Además de los destrozos en edificios e instalaciones, fueron bastantes los civiles heridos; e incluso, dos muertos, Esteban Astondoa en el citado barrio Zulaibar y Jesús Urutxurtu en la plaza del pueblo”.

gritos de angustia En Zeanuri conservan un diario de Elena Rotaeche en el que se recoge el dolor picassiano de una madre, la viuda Rosario Fernández de Larrinoa, que vio cómo una bomba mataba en la plaza a su hijo Jesús Urutxurtu. “Vamos al refugio de debajo del puente, a donde nos trasladamos todos hasta que anochece y ya no hay temor al bombardeo. Allí se dan escenas trágicas como la de una viuda a la que avisan de que una bomba acaba de sepultar a su hijo. Aquella mujer pierde la razón y es horrible oírle los gritos de angustia”. El caso del franciscano Bizente Ozerinjauregi Uria, nacido en el caserío Goikiri el 1 de octubre de 1899, sigue siendo un misterio. “Estando en un caserío del barrio de Altzua, unos milicianos lo sacaron de casa y nunca más se encontró su cuerpo”. Ocho décadas después, un familiar de aquel religioso ha dado a conocer un dato más sobre aquella muerte. “Luis, un hermano del fraile, siguió a los milicianos. Uno de ellos se volvió y le amenazó: “Si nos sigues, vas a acabar como él”, narra emocionado.

‘Milagros’ supervivientes del horror de Durango

Se cumplen ochenta años desde el día en que dos hermanas sobrevivieron al ataque de un caza italiano que mató a su tía

Un reportaje de Iban Gorriti

La tía de las niñas, Tere Minchero; el padre, Manuel Muñoz, y la madre, Victorina Minchero. La tía de las niñas, Tere Minchero; el padre, Manuel Muñoz, y la madre, Victorina Minchero. Foto: Familia Muñoz Minchero

Son dos hermanas vivas, es decir, dos corazones, dos cerebros, cuatro ojos, pero… tres manos. La cuarta quedó colgando de los tendones el 31 de marzo de 1937 cuando ellas dos sobrevivieron a un ametrallamiento de un caza fascista italiano junto al cementerio de Durango. Sobre ellas, murió acribillada su tía, que trataba de ser parapeto para las niñas ante aquellos pilotos que sonreían. Planeaban tan bajo que veían los rostros risueños de sus verdugos, aquellos 45 aviadores que Gerediaga Elkartea ha ratificado que ejecutaron el crimen de guerra que acabó, sin distinciones ideológicas, con el 5% de la población de la villa.

Conocieron aquel dantesco genocidio Milagros (Pasaia, 20 noviembre de 1928) y Teresa (Altza, 3 de septiembre de 1935), refugiadas aquellos días en Durango. La primera, residente a día de hoy en Hernani, fue quien perdió su mano derecha cuando sumaba 8 años. La segunda apuraba dos primaveras y en la actualidad vive en Saubion, en Las Landas.

Las biografías de las dos Muñoz Minchero son entregas que viajan no solo a su pasado sino a lugares de refugio hasta el punto de convertirse en desplazados continuos, nómadas, para sobrevivir. El rebobinado fugaz las sitúa en Durango, en días en que su padre, Manuel Muñoz El Niño (Villanueva de Tapia, Málaga, 1902) era miliciano del batallón Karl Liebnecht del PCE y luchaba en el frente contra los golpistas y sus aliados.

Llegó el 31 de marzo a Durango. Con los toques de alarma, quienes estaban en misa se sintieron protegidos y, aconteció todo lo contrario, los bombarderos fueron a por sacerdotes, monjas y fieles de la jesuítica San José, la agustina Santa Susana, y la parroquia Santa María de Uribarri. Morirían durante todo el día más de 336 personas indefensas.

Por la tarde, regresó la muerte de los murciélagos bombarderos y la escuadra Cucaracha de Mussolini. Milagros y Teresa se escondían en el “monte Furumbullas, estoy segura de que se llamaba así”, cerca del cementerio, y cuando huían de la mano y arropada la bebé en el seno de su tía Tere Minchero Rubio, la adulta decidió tirarse al suelo y escudar a las menores. Resultó muerta por las balas. “Mi tía estaba hecha trizas. Lo recuerdo todo como si lo estuviera viendo ahora. Fue algo tan duro…”, da testimonio Milagros, nombre de pila que parece un alias por su significado.

Milagros Muñoz y Teresa Muñoz, a día de hoy. Milagros Muñoz y Teresa Muñoz, a día de hoy.

“¡Yo ahí renací!”, enfatiza aquella niña que de pronto se vio sin mano, sin tía, al lado de su hermana de dos años y mientras los caza empecinados continuaban acabando con vidas. “Viéndote en esa tesitura no sientes el dolor”, subraya quien fue llevada por un camión de milicianos a un hospital donde le cortaron la mano derecha y la enviaron en un coche particular a un hospital de sangre militar a la entrada de Bilbao.

“Yo era la única entre hombres”, detalla, y narra un episodio más de escalofrío. “Me dejaron entre todo muertos y tuve que gritar que no me olvidaran, que yo estaba viva”. En ese momento reconoció a uno que no iba vestido de militar. “Era un mendigoizale que yo conocía. Le dije, tú eres Alejandro, panadero de Aretxabaleta. Y también a otro, Juan Peña, de la frutería de Pasajes. ¡Ya fue casualidad! Desde ese momento, fui la primera para todo”.

Y allí le amputaron el brazo. “Decidieron cortármelo desde el codo y así he vivido toda mi vida, con ocho hijos que he sacado adelante”, enfatiza. Tres semanas después de aquel 31 de marzo, el 23 de abril mataron a su padre en los últimos días de resistencia antes los facciosos en Elorrio. El fallecido de 34 años y su esposa Victorina pertenecían a “una familia muy orgullosa” de la Segunda República que se había casado únicamente por lo civil en Pasaia.

Sin conocer este hecho, el Gobierno vasco quiso que Milagros fuera evacuada a la URSS en el histórico barco Habana. “¡Pero no!”, sorprende la hernaniarra. “Me bajaron del barco porque con la herida fresca no podía hacer aquel viaje de días. Me dijeron que el mar no era bueno para mi brazo”, rememora.

Teresa no recuerda nada del bombardeo de Durango, pero reconoce el gesto de su tía. “Hay un libro en el que pone que mi tía, a la que llaman Muichero en vez de Minchero, murió en Durango fusilada, pero no es cierto, murió a nuestro lado. Milagros y yo estamos vivas por el instinto de ella, que murió al tirarse al suelo para protegernos con su cuerpo”, narra quien fue evacuada a Bretaña y contrajo matrimonio en París con un hombre “torturado de guerra” que desapareció y de quien nunca supo su verdadera identidad.

Habla Manu Muñoz, hijo de Teresa: “Casi no le conocimos. Mi madre no tiene claro cómo se llamaba. Dice que Javier, pero sus amigos le llamaban Mario y también aparece como Gabino. Es triste, pero sé poquísimo de mi padre”, lamenta este republicano que retiene escasos instantes de su progenitor en la mente. “Tengo el recuerdo de estar comiendo todos en la mesa en Hernani junto a un señor que era mi padre, un torturado en la guerra al que le habían arrancado las uñas de los pies”.

barco interceptado Rebobinando al día del bombardeo de Durango, curada Milagros en un hospital de campaña, las mujeres de la familia viajaron en un barco carbonero inglés a la Bretaña francesa que fue interceptado por el franquista Cervera. “Al ser barco inglés, neutral, nos dejaron seguir nuestro rumbo”, argumenta Teresa. Estando allí, a pesar de la paz, murió otro bebé de Victorina “por una insolación”. Aquella mujer, acabada la guerra, no quería volver porque “los alemanes son asesinos, bandidos”, y los mal autodenominados nacionales “decían que los rojos habían quemado Durango y es mentira”, repetía.

En su regreso, los franquistas las dejaron en Irun. Victorina se afincó con los suyos en Hernani. Teresa, tras viajar a París a servir, anidó residencia entre Saubion y Tosse, en Las Landas. Ella es una de las mujeres que componen la exposición fotográfica Emeek Emana de Intxorta 1937 con retratos de Mauro Saravia abierta al público en el Palacio de Aiete de Donostia hasta el 7 de mayo. Milagros acompañó a Teresa al estreno: “¡Estamos agradecidísimas por la exposición! Está bien que se recuerden casos como el nuestro, como el mío, que para colmo nací un 20 de noviembre. Toda mi vida han sido casualidades”, redondea Milagros.

La anarquista de Sestao que intentó matar a Franco

La miliciana Julia Hermosilla -’Paquita’ en la resistencia- se ha convertido en un referente de mujer que combatió contra el fascismo en plena Guerra civil

Un reportaje de Iban Gorriti

Hermosilla, en su domicilio de Angelu en 2005 y en su época joven. Foto: Aitor Azurki/CNT Hermosilla, en su domicilio de Angelu en 2005 y en su época joven. Foto: Aitor Azurki/CNT

EL 30 de marzo de 2017 cumpliría 101 años, pero falleció en 2009 en Baiona. Ella, Julia Hermosilla, hija de cenetistas, pareja de cenetista, madre cenetista… En otras palabras, Paquita o Eugenia en la resistencia, la Revolucionaria para su círculo de amistades, participó en dos intentos de atentado contra el dictador español Franco. El primero aconteció, según ella, en 1948 “en Madrid” -aunque todo lleva a que fuera en la bahía de La Concha- y el segundo también en Donostia, en el palacio de Aiete.

El libro ‘Matar a Franco: los atentados contra el dictador’, de Antoni Batista, dice lo siguiente sobre el segundo. Que el anarquista Ángel Aransaez, pareja de Julia Hermosilla, conoció en la cárcel a uno de los fundadores de ETA, Julen Kerman de Madariaga y contactó con él para proponerle el pase de explosivos. Mientras tanto, Julia Hermosilla actuaba en Donostia como observadora del terreno y decidió ubicar el operativo del mando a distancia de explosión en la ladera del monte Ulia, “según fuentes anarquistas”, matiza el autor quien comprobado que no había visibilidad en ese lugar, estima que “el lugar debió ser el monte Urgull, y concretamente el Paso de los Curas, cercano con perfecta visibilidad sobre Aldapeta y línea sin interferencias para las ondas electromagnéticas”.

El libro Maizales bajo la lluvia, del periodista donostiarra Aitor Azurki, recoge el testimonio de Julia Hermosilla y su hijo Naiarin. Habla Julia: “Pues mira, pusimos la bomba debajo del puente, me parece que allí hay un hotel”. Su hijo le corrige: “No, no. Era en el palacio de Aiete, subiendo”.

Fuera como fuera, el intento “no salió bien porque se gastaron las pilas. El mando a distancia no funcionó”, agregaba Naiarin, quien iba más allá: “Entonces mandaron a mi madre a por ella, no fuera a explotar y hacer víctimas inocentes”. Otras fuentes consultadas estiman que el intento fue al traste “porque la lluvia mojó el explosivo”.

La libertaria vizcaina había tomado también parte en otro atentado -”uno aéreo en 1948 en Madrid”, valoraba – aunque todo apunta que se refiera al del 12 de septiembre de aquel año en La Concha de Donostia. Un avión proveniente de Iparralde sobrevoló la bahía. El plan no funcionó por la presencia de un hidroavión y cazas del Ejército del Aire. Los anarquistas decidieron posponer el ataque y conservar los explosivos que pudieron ser los que se utilizaron en Aiete.

De lo que no cabe ninguna duda es que Julia Hermosilla fue como ella decía “rebelde” siempre, de la CNT siempre, de Aransaez siempre… “Nuestra vida ha sido siempre de aventuras”, concluía en el libro Maizales bajo la lluvia , quien conoció a históricas personalidades como Isaac Puente, Ramón Rubial, los lehendakaris Aguirre y Leizaola, y era amiga de Telesforo Monzón, entre otros, y quien como miliciana perdió casi el sentido el oído en el bombardeo histórico de Otxandio donde al estallar la guerra no dudó en ir a defender la villa y Villarreal (Legutio).

Aitor Azurki trató de conocerle en 2006 porque “tenía todos los elementos para entrevistarla: mujer feminista, antifascista, miliciana, herida en la guerra y exiliada y luchadora antifranquista. No lo dudé. Era ese tipo de personas que te cambia la visión de la vida, ese tipo de personas que todo el mundo debería conocer al menos una vez en la vida porque, a través de sus palabras, de su vida se reconstruía el devenir de nuestro pueblo, la lucha de la sociedad por la libertad”.

Le costó reiteradas llamadas poder entrevistarle por su salud, pero llegó el día y acudió a su casa de Angelu, Lapurdi, y hablaron largo y tendido. “De su lucha por la libertad e igualdad como mujer -feminismo, diríamos hoy, por supuesto-, de anticonceptivos, de la visión machista de aquella sociedad, de su lucha anarquista, de su amor Aransáez, de la lucha en la Guerra, de la ‘derrota’ y el exilio, de formar una familia fuera del odio y siempre a favor de la cultura, del amor por Euskal Herria y el euskera, de su activa lucha antifranquista desde Iparralde…”

Hermosilla fue aquella niña de 14 años que no dudó en ser de la CNT con solo 14 y a la que sus compañeros le llamaron “mocosa” con 18 primaveras cuando quiso salir pitando a luchar en la revolución de Asturias de 1934 con su buzo y pistola de Eibar. Regresó junto a su pareja Ángel Aransaez -hijo del histórico riojano Saturnino Aransaez- y se plantó en julio de 1936 en Otxandio a batallar contra los golpistas. “En Julia y su familia se puede ver nítidamente el sacrificio, la humanidad, tenacidad y compromiso por un ideal, una mujer, un pueblo por su libertad tanto individual como colectiva. Julia -concluye Azurki- fue, en muchísimos aspectos, auténtica vanguardia revolucionaria”.