Fusilamiento, amor de juventud y destino

Eloy Resano fue llevado a fusilar por el padre de Benito, que después se convertiría en el marido de su nieta Amelia

Un reportaje de Iban Gorriti
Benito Salvatierra y Amelia Resano terminaron juntos a pesar de las dificultades. Foto: Iban Gorriti
Benito Salvatierra y Amelia Resano terminaron juntos a pesar de las dificultades. Foto: Iban Gorriti

Hay historias de la guerra que sorprenden por su combinación de muerte, amor y, en este caso, destino. Son pasajes que, en ocasiones, se asemejan a guiones de película. La historia, en este caso, gira en torno al abuelo Eloy Resano, a su nieta Amelia Resano Campo (1950), y a Benito Salvatierra Del Campo (1946). Amelia y Benito forman una entrañable pareja navarra, republicana y activista del memorialismo en la que el padre de él fue quien llevó a fusilar al abuelo de ella el 27 de julio de 1936. A día de hoy, es uno de los más cien mil cuerpos desaparecidos aún en el Estado.

Eloy Resano Caparroso fue uno de los primeros asesinados tras el golpe de Estado militar contra la legítima Segunda República. “Toda la historia entre ellos me conmueve”, enfatiza con aprecio Mauro Saravia, fotógrafo vasco-chileno que aporta las primeras pistas a DEIA sobre esta extraordinaria microhistoria.

Pero no acaba ahí el periplo vital de la pareja. Es el momento de rebobinar 80 años atrás y, paso a paso, poner cada pieza en su sitio. El 27 de julio de 1936, los derechistas sublevados contra la democracia fusilaron a Eloy Resano en Zuñiga y a otros seis hombres en la orilla del río Ega, junto a un humilladero, según la tradición oral. Él era natural de Lodosa y “concejal de CNT o UGT, no hemos podido saber a ciencia cierta de cuál de las dos siglas”, explica a este diario su nieta Amelia.

Esta última, ella, hoy también abuela, es la protagonista de la siguiente gran historia de amor. “En 1965, cuando yo tenía 15 años, Benito venía de Antsoain a fiestas de Lodosa. Y empezamos, como era entonces, más a tontear que a salir juntos”, recuerda con la inocencia de entonces. Pero la alegría se volvió olvido por unas palabras del padre de Amelia, Cele. “Un día me preguntó a ver si ese chico que me esperaba debajo de casa era hijo de Zacarías y Dorotea. Le dije que sí, y me respondió que no quería que anduviera más con él, que nunca se sentaría a una mesa con ellos”.

A pesar de sus sentimientos encontrados, Amelia dejó de verse con Benito. “Le dije que no más”. Y pasaron 35 años sin verse. “Nunca”, subraya. Tanto Amelia como Benito se casaron con otras personas.

Un 24 de abril volvieron a coincidir en Lodosa. “Entre nosotros brotó la chispa otra vez. Él llegó a decir ese día que se tenía que haber casado conmigo”. A día de hoy, suman 17 años juntos como pareja casada hace dos años y medio. Son parte del colectivo de recuperación de la memoria histórica Gurugú. Es más, Benito es el presidente de la entidad, él que aún no sabía por qué, de jóvenes, Amelia le había dejado. “Cuando llevábamos -apunta Amelia- cinco o seis años juntos, al venir él de trabajar, le dije que le tenía que contar algo y se puso blanco. Le dije que su padre fue quien llevó a mi abuelo a fusilar, y se llevó el mayor de los disgustos de su vida porque nadie le había contado nada en su familia y me dijo: cariño, siempre te he apoyado, y desde este momento en adelante te voy a apoyar aún más”.

Habla Benito: “¡Imagínate! Yo no tenía ni idea. Aquel día la noté intranquila…. Soy memorialista y voy a seguir siéndolo. Yo no tengo por qué reconciliarme con el pasado de mi familia. Yo voy a seguir luchando por la memoria histórica”, subraya.

Treinta y cinco años después les volvió a unir el primer sentimiento. “Es el destino el que nos unió. Cuando ella tenía 15 años, su padre, lógicamente, estaba resentido. Y a mí era la mujer que me gustaba. Al final, 35 años después, fue el corazón el que dio un vuelco”, proclama Benito.

El año pasado el colectivo Gurugú con el apoyo de los ayuntamientos de Lodosa y Zuñiga instaló un monolito en recuerdo a aquellos fusilados a la orilla del río Ega tras no dar con los restos. “Después de muchos años de silencio y de intentos fallidos, no pudimos recuperar sus cuerpos, pero al menos sí su memoria. Y nuestro compromiso es que su recuerdo y ejemplo se transmita ahora de generación en generación porque mi abuelo fue ídolo para mí. Aunque resulte chocante, me siento de alguna manera afortunada: prefiero que lo mataran por estar en esa parte que con los otros”, dijo Amelia.

Ella es nieta de aquel concejal republicano que también perteneció a una gestora municipal de Lodosa del PSOE y que era amante de la música, la poesía y la lectura. Curiosamente, aún era conocido en el pueblo como el Niñito de las monjas. “Mi abuelo vivía en la calle que se llamaba Detrás del Hospital, junto al colegio y capilla de las monjas. Una de las religiosas le quería muchísimo. Por ello siempre nos decían: si Sor Ana hubiera estado aquí, a tu abuelo no lo fusilan, porque lo hubiese escondido debajo de sus faldas”.

19 de junio de 1937: Agur Bilbao

El cinturón de hierro levantado para la defensa de Bilbao fue roto el 12 de junio. Esta es la crónica de la agonía posterior

Un reportaje de José Ignacio Salazar Arechalde

Columna de blindados de las tropas franquistas entrando en Bilbao por la Ribera, casi desértica. Foto: Sabino Arana Fundazioa
Columna de blindados de las tropas franquistas entrando en Bilbao por la Ribera, casi desértica. Foto: Sabino Arana Fundazioa

ERA una mañana fría de enero de 1941. El puerto de Marsella se encontraba atestado de viajeros. En uno de sus muelles aparecía amarrado el buque Alsina al que acceden fatigados un buen número de republicanos españoles, nacionalistas vascos y judíos de toda Europa. Comenzaba para muchos un exilio sin retorno. Algunos de ellos lo habían iniciado antes. Era el caso del abogado bilbaino José de Arechalde, secretario general de justicia en el Gobierno vasco, que recordaba en la cubierta del Alsina los días fatídicos de Bilbao en la primera quincena del mes de junio de 1937.

El cinturón de hierro, fortificación levantada para la defensa de Bilbao con pocos medios y escaso tiempo, había sido roto en el sector de Gaztelumendi el 12 de junio. Las tropas vascas combatían con medios precarios a un enemigo que les machacaba desde los aviones italianos y alemanes con total impunidad.

A media tarde, la artillería enemiga lanzaba sobre la villa tremendos cañonazos que derribaban varias casas de las calles Fernández del Campo, Iturriza y San Francisco. Consecuencia de este ataque fue también la destrucción del frontón Euskalduna.

Para el día 13 de junio, el monte Santa Marina ya estaba ocupado por las fuerzas enemigas. Así, las fuerzas atacantes dominaban la orilla derecha del río Ibaizabal y la ría de Bilbao.

A medianoche, el lehendakari Aguirre convoca a los principales responsables militares, y a los consejeros, Leizaola y Astigarrabia. La defensa de Bilbao en aquellas condiciones se muestra imposible.

El 14 se lucha por la posesión de Santo Domingo y, al día siguiente, el enemigo atravesaba los ríos Ibaizabal y Nervión y arrebataba a las fuerzas vascas la ermita de San Roque. El cerco de la villa estaba casi cerrado.

La batalla final El 16 de junio la batalla encarnizada se disputa ya en jurisdicción de la villa. El Gobierno vasco, se reúne con la asistencia de los mandos militares. La situación es tan desesperada que la sesión se celebra en la parte trasera del edificio de Presidencia porque la fachada que da a la plaza Elíptica recibía los disparos que llegaban desde Artxanda.

A las nueve y media de la noche, el lehendakari se dirige a los vascos desde Radio Bilbao. Lanza un mensaje dramático, invocando la historia gloriosa de la Patria, la fe en la victoria y la firmeza en la lucha. Con las tropas franquistas a las puertas de Bilbao, el Gobierno vasco se ve obligado a abandonar la villa esa noche e instalarse en la localidad de Trucíos.

Se forma entonces una Junta de defensa compuesta por los consejeros Leizaola, Aznar y Astigarrabia, y el general Gamir Ulibarri. En un bando firmado ese mismo día, se prohíbe que ninguna persona salga de sus casas desde las ocho y media de la tarde hasta las seis de la mañana salvo que disponga un pase especial de circulación.

Durante cinco larguísimos días, del 13 al 17 de junio, los batallones vascos resistieron de manera heroica en toda la línea que va de Santo Domingo a Enekuri, con violentos combates en San Roque, el Casino y el Funicular, soportando intensos bombardeos de la aviación enemiga, sin material antiaéreo ni un solo avión que pudiese hacerles frente.

No le faltaba razón a Pablo Beldarrain, el comandante de gudaris, cuando afirmaba: “Quizás pueda parecer exagerado pero, ciertamente, algo serio había ocurrido aquí, en Artxanda-Santo Domingo, ya al final de la guerra en Bizkaia, protagonizado por el saber estar de los Batallones de Euskadi, resistiendo a un enemigo cien veces mejor armado con el patrocinio de Hitler y Mussolini, a punto de caer sobre Bilbao”.

El ultimo periódico de la Bilbao republicana sale el día 18 de junio. Es el Euzkadi. En una especie de grito al mundo se alaba el heroísmo de los gudaris y se pide sacrificio.

En la madrugada del día 19, con la intervención del arquitecto Tomas Bilbao, se vuelan los puentes que cruzan la ría bilbaina, tratando de retrasar, aunque solo fuesen unas horas, el avance del ejercito franquista para que el operativo de evacuación se llevase a cabo de manera más ordenada.

Era llevar a la práctica lo que se acordó en la reunión del Gobierno vasco y que aparece en le informe de Aguirre en a la Republica, esto es, que las destrucciones de obras y bienes se limitasen a lo militarmente razonable. Esa fue la misma línea de actuación que llevó a la práctica el consejero Leizaola, consiguiendo de esa manera evitar la destrucción de diversos edificios como el de la Universidad de Deusto.

Presos liberados Durante los primeros días de junio, los presos de derechas, habían sido concentrados, para mejor garantizar su seguridad, en la cárcel de Larrinaga. El Gobierno vasco tuvo clara la decisión de darles la libertad. Es verdad que algunos sectores izquierdistas mostraron su disconformidad pero prevaleció la posición humanitaria.

No fueron pocas las dificultades que tuvieron que arrostrar las autoridades del gobierno y los mandos del Ejército vasco que participaron en esta operación.

Tuvo una intervención trascendental el inspector de prisiones Joaquín Zubiria. Al anochecer del día 18 de junio, agrupa a todos los presos, les entrega picos y palas al objeto de simular una salida de zapadores y, al mismo tiempo, se pone en contacto con las fuerzas enemigas.

Por otro lado, el comandante Francisco Gorritxo dirige el operativo militar distribuyendo a los gudaris del batallón Itxasalde por los puntos de Zabalbide, Iturribide y Atxuri para cubrir con seguridad la salida de los presos. Debió de hacer frente a la oposición de Jaime Urquijo, jefe sustituto de la VI Brigada, no sin riesgo de su propia vida, al que manifiesta de manera rotunda que actuaba bajo las ordenes del Gobierno vasco, según cuenta de manera pormenorizada en un informe que redacta a solicitud del PNV el 23 de marzo de 1938.

Otra entrega de unos 650 presos tuvo lugar en Trucíos, labor ejecutada por Ricardo Leizaola, José Manuel Epalza y León Urriza, actuación también arriesgada porque se ejecutó a la vista de milicianos santanderinos y asturianos, opuestos a esa liberación.

Ese rasgo humanitario no fue reconocido por las autoridades franquistas ni por los medios de comunicación a su servicio. Para estos, la liberación se transforma en evasión, cuando no en huida heroica y casi novelesca. Nada más lejos de la realidad. Los gudaris bajo las directrices últimas del lehendakari y la Consejería de Justicia, habían liberado a los presos quienes, como recuerda José de Arteche en su libro El abrazo de los muertos, gritaban entusiasmados en los jardines del Arenal. “¡Nos han salvado los gudaris!”. La manipulación de los datos concluirá con el discurso de Areilza en el que fijará la versión oficial del régimen franquista: Los presos habían huido y su salvación era obra heroica de los soldados de España.

Memoria manipulada Con la conquista de Bilbao por el Ejército de Franco, el nuevo poder instalado en la villa impone su relato. El primer alcalde franquista, José María de Areilza, durante los 250 días al frente del ayuntamiento impone una visión de una Bilbao española, imperial y guerrera, no solo en el discurso del Coliseo sino en una serie de alocuciones que, no por casualidad, tienen lugar en sitios significativos de la Villa. Ibaigane, la casona del empresario nacionalista vasco Sota, sirve para contraponer la soberbia de los millonarios bizkaitarras con la modestia falangista y, tomando posesión de Sabin Etxea, pretende acabar con el “dragón del separatismo vasco”. Los medios de comunicación afines en la villa a la dictadura, están plagados de cientos de artículos que enfocan la toma de Bilbao en idéntica dirección que Areilza.

Sirva como ejemplo el primer número de El Correo Español de 6 de julio de 1937 en el que su colaborador José María Arozamena en un articulo con titulo tan significativo como Lo que venimos a hacer en Bilbao, viene a sintetizar lo que para el régimen significaba la conquista: “La quimera dorada de la nacionalidad vasca ha quedado vencida por completo en la entrada vibrante de nuestras banderas victoriosas portando el modo y el estilo nuevo de la juventud”.

Cabe citar también a cierto tipo de intelectual como José Félix de Lequerica. La toma de Bilbao supone, para el que fuera ministro de Franco, el triunfo de lo mejor de la sociedad, lo culto y lo exquisito. Frente a ello el nacionalismo vasco y el socialismo representan lo plebeyo, lo zafio, en definitiva, lo innoble.

Memoria olvidada Con la muerte de Franco, la recuperación de esta parte de nuestra historia se realizó de un modo fragmentario. Es verdad que salieron a la luz libros prohibidos, escritos en el exilio, y se recopilaron testimonios de protagonistas de aquel tiempo que habían sido silenciados por la memoria impuesta por la dictadura.

Pero, sin embargo, siempre me ha sorprendido que, probablemente el día más trascendente en la historia de Bilbao del siglo XX, el 19 de junio de 1937, no haya sido objeto de mayores estudios entre historiadores, ensayistas, ni se haya rememorado de la manera que pide tan trascendental fecha. Y es que el fatídico 19 de junio supuso un corte radical en el devenir cultural, social y político de la villa. Durante casi 40 años se impone una Bilbao española y franquista a partir de un hecho fundacional violento, como fue el golpe de Estado y la victoria militar de Franco.

Supuso el exilio de miles de bilbainos, casi podemos hablar de una Bilbao exiliada, y la imposición de unas formas de vida. Faltan aun estudios completos sobre el número de exiliados, las requisas de sus bienes, las multas judiciales y gubernativas y otros tantas cuestiones cuyo impacto generó una autentica ruptura social.

Deber de memoria Es aquí cuando se hace preciso reivindicar el deber de la memoria. El hecho traumático de la conquista de Bilbao, no es simplemente un acontecimiento histórico que todo el vecindario de la villa debiera conocer. La memoria se relaciona con la idea de justicia y con la idea de deuda a los que nos precedieron. La deuda comprende la necesidad de guardar las huellas materiales, las documentales y, tomando prestadas unas palabras de Paul Ricoeur, exige “el sentimiento de estar obligados respecto a estos otros de los que afirmaremos más tarde que ya no están pero que estuvieron”. No se trata de defender la memoria por la memoria, ni de abusar de ella. Si es verdad que el dolor de los hechos nos remiten pasado, el valor moral que hemos reivindicado, el deber de memoria, se dirige al futuro.

Fin de trayecto Miles de bilbainos se vieron obligados a dejar su hogar. Algunos volvieron en plena dictadura. Otros se despidieron definitivamente de su Bilbao natal camino de un exilio eterno. Y aunque sus vidas transcurrieron por diferentes países y ciudades, en su memoria conservaron perpetuamente la casa de Bilbao donde nacieron, donde vivieron. Ese hogar permanente en el que pensaba José de Arechalde a bordo del Alsina. Aquel piso tercero, del número 1, de la calle Tendería.

Así pasen 80 años.

La evacuación de los niños del sanatorio de Gorliz en 1937

La Guerra Civil supuso un doloroso punto y seguido en la enfermedad de los niños ingresados en Gorliz, que fueron evacuados por el Gobierno vasco a sanatorios de Francia

Un reportaje de Iñaki Goiogana

Recibimiento en Bilbao a los niños evacuados de Gorliz. En el centro, con los ojos cerrados, el alcalde Areilza. Foto: Sabino Arana Fundazioa
Recibimiento en Bilbao a los niños evacuados de Gorliz. En el centro, con los ojos cerrados, el alcalde Areilza. Foto: Sabino Arana Fundazioa

LA tuberculosis, una enfermedad antigua, adquirió caracteres de epidemia en el siglo XIX debido a la masificación que implicó la revolución industrial. La falta de higiene en las ciudades multiplicó los efectos de la enfermedad. Para hacernos una idea de su incidencia entre nosotros basta decir que en nuestro caso, para Bilbao, una ciudad de unos 80.000 habitantes, en el período entre 1878 y 1888 se ha calculado que hubo unos 6.000 casos de tuberculosis, con una de las tasas de defunción infantil más altas de Europa.

Aunque desde 1882, gracias a los descubrimientos de Robert Koch, era conocido el denominado bacilo de Koch, la bacteria que producía la enfermedad, el arsenal terapéutico contra ella era escaso: sol, aire libre, alimentación y unas cuantas técnicas quirúrgicas de carácter corrector.

Sin embargo, en la lucha contra la enfermedad, algunos investigadores pudieron observar en pueblos pesqueros del canal de la Mancha cómo los jóvenes con escrofulosis sanaban cuando se incorporaban a sus tareas pesqueras en la mar. Para estas formas osteoarticulares y escrofulosas de la enfermedad se crearon los sanatorios marinos, en los que la acción terapéutica se basaba en la asociación de varios factores: la helioterapia reforzada por la reverberación marina a las que se añadía la mayor riqueza en iodo de la atmósfera junto a las playas. Toda esta acción ecológica se completaba en los sanatorios marinos con el efecto de los ejercicios de rehabilitación, las tablas de gimnasia, el masaje, los baños en agua de mar y otras técnicas que una incipiente terapéutica física ponía al servicio del enfermo.

La tuberculosis y Gorliz Enrique de Areilza, personalidad médica de la Bizkaia de la época, tras visitar los pueblos pesqueros de la provincia, también se apercibió de los efectos benéficos del mar en los enfermos de tuberculosis y solicitó a la Diputación la construcción de un centro similar a los que se estaban estableciendo en Europa.

De este modo, el sanatorio de Gorliz nació con unas intenciones muy definidas: ser un centro de tratamiento de las formas osteoarticulares tuberculosas infantiles, el mal de Pott o tuberculosis vertebral, el tumor blanco o tuberculosis de rodilla, entre las formas tuberculosas, así como otras afecciones de diversa etiología como las malformaciones vertebrales de causa no tuberculosa, el raquitismo y también las formas llamadas entonces escrofulosas, que hoy sabemos que correspondían a tuberculosis ganglionares.

El sanatorio de Gorliz surgió de la acción de Enrique de Areilza y de Luis de Salazar, presidente de la Diputación, pero su iniciativa transcendió a toda la población. Luis Larrinaga Maurologoitia fue quien materializó las ideas de Areilza y quien dirigió el centro desde su fundación en 1919 hasta 1937.

La guerra La guerra civil desde sus comienzos mostró cuán mortal y destructora podía llegar a ser una guerra moderna, una guerra industrial. Mostró también que la muerte y la destrucción no se limitaban al frente; utilizando la aviación, tenía la capacidad de llegar más allá de los frentes, y a menudo llegaba. Para enfrentarse a los miedos creados por los bombardeos de ciudades y pueblos sin protección, el Gobierno vasco procedió a evacuar a quienes no estaban llamados a filas, sobre todo, niños, mujeres y ancianos.

Los franquistas iniciaron la ofensiva contra Bizkaia el 31 de marzo con el bombardeo de Durango. A finales de mayo, el 29, iniciaron los combates para ocupar Peña Lemona. Lo lograron el 5 de junio, tras duras luchas y tras cambiar de mano la cumbre en varias ocasiones. Entonces, el frente se estacionó entre Mungia y Peña Lemona, con el Cinturón de Hierro casi a la vista de los sublevados, muy cerca, pues, del sanatorio de Gorliz.

Evacuación Pocos días antes, el 31 de mayo de 1937, Alfredo Espinosa, consejero de Sanidad, remitió un telegrama a la delegación de Baiona instando la búsqueda de un edificio adecuado para albergar a los niños de Gorliz y a sus acompañantes. En principio, unos 350 niños y 50 mayores.

La evacuación, como todas las que hasta entonces se llevaron a cabo, se anunció en la prensa y se realizó solicitando el expreso permiso de los padres. Fue deseo del Gobierno vasco que los niños en el exilio recibieran la misma atención médica que en Gorliz y es por eso que se trasladó a Francia gran parte del material médico y de otro tipo. Desde material de rayos X hasta ropa infantil. El de Gorliz fue el único hospital evacuado en su totalidad.

La evacuación se hizo en dos viajes. La primera expedición partió al anochecer del día 10 de junio en el yate Goizeko Izarra, renombrado como Warrior y abanderado en el Reino Unido para evitar complicaciones con la marina franquista. En total, formaban la expedición 139 niños, 6 hermanas de la Caridad, 14 auxiliares y el consejero Alfredo Espinosa.

La segunda expedición partió a las 6 de la mañana del día 13, también en el hermoso yate Goizeko Izarra o Warrior. Esta vez partieron 131 niños y 13 monjas, de los cuales 25 procedían del Sanatorio Marítimo de Plen-tzia. Aprovechó este viaje para salir al extranjero el director del sanatorio, doctor Luis Larrinaga. En ambos viajes, desde el puerto de arribada, Baiona, en ambulancias, los niños fueron trasladados a Saint Christau. No le resultó fácil al Gobierno vasco dar con un lugar apropiado para albergar a estos niños. Los responsables municipales de Iparralde y Francia, temerosos de la tuberculosis, pusieron trabas a la acogida en sus pueblos a los pequeños evacuados de Gorliz. Pero, finalmente, a pesar de los impedimentos municipales y de la oposición del prefecto de Pau, los niños fueron llevados a Saint Christau, hermosa estación balnearia con capacidad global superior al número de niños evacuados, y en la cual se gozaba de un amplio parque y jardines de recreo. Clima de media montaña, húmedo, nada frío y, ante todo, sedante y calmoso. Alimentación sana, variada y abundante.

Berck-Plage El traslado de los niños a Saint Christau no hizo disminuir las presiones del prefecto de Pau. Ocurrió todo lo contrario, y el departamento de Sanidad del Gobierno vasco se vio obligado a buscar un nuevo centro sanitario para acoger a los pequeños evacuados. La solución se halló en la costa del canal de la Mancha, en Berck-Plage. Un lugar especialmente apropiado, pues Berck-Plage fue el lugar donde se establecieron los primeros sanatorios contra la tuberculosis osteoarticular y escrofulosa, siendo sus centros sanitarios de fama mundial. Además, los métodos que se utilizaban en Berck-Plage eran muy similares a los que se aplicaban en Gorliz.

El traslado de los niños y niñas de Saint Christau a Berck-Plage se realizó en dos viajes por carretera. El 14 de julio partieron de Saint Christau 25 niños, los más enfermos, con sus acompañantes, los restantes 140 partieron días más tarde, el 3 de agosto.

Regreso El franquismo utilizó para la polémica propagandística las evacuaciones de población infantil llevadas a cabo por el Gobierno vasco. En torno a estos niños se desarrolló una campaña de propaganda muy intensa, sobre todo en torno a los niños evacuados a la URSS y a los pequeños trasladados a Francia desde Gorliz.

Dentro de esta campaña y casi a la par de la ocupación de Bilbao por los sublevados, la Diputación franquista de Bizkaia emprendió la tarea de repatriar a los niños evacuados. Con este fin, realizando la Cruz Roja Internacional labores de intermediación, autoridades del Gobierno vasco y franquistas mantuvieron varias entrevistas. Estas se tornaron muy difíciles por los intentos de las nuevas autoridades de presentar peticiones paternas de repatriación que resultaron falsas y por la desconfianza del Gobierno vasco sobre los documentos que presentaban los franquistas.Aunque estas dificultades supusieron la retirada de la Cruz Roja de las negociaciones, las entrevistas prosiguieron hasta el acuerdo final, al que se llegó el 7 de agosto.

El 9 de agosto, el doctor Bilbao, en representación del Gobierno de Euzkadi, y el cónsul francés en Zaragoza, señor Tur, firmaron el acuerdo definitivo por el que 108 niños, todas las hermanas de la Caridad y muchas de las auxiliares tomarían el camino de regreso a casa. Con los niños retornó gran parte del material médico y no médico evacuado. Ese mismo día 9 cruzaron los niños la muga acompañados del comandante Troncoso y de Antonio Maseda, delegado especial para la Protección y Repatriación de la Infancia. En Bilbao les recibió José María de Areilza, primer alcalde franquista de la ciudad e hijo del doctor Areilza. Desde Bilbao, los niños fueron trasladados a Gorliz para seguir con su tratamiento.

De los 165 niños que quedaron en Francia, 37 fueron repatriados a principios de 1938 valiéndose de una petición hecha por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Otro grupo crecido de niños, formado por 76 en número, regresó el 30 de agosto de 1939. El resto permaneció en Francia, primero en Berck-Plage hasta el verano de 1939, y, más tarde, junto a sus padres y en refugios del Gobierno vasco. Diez niños tuberculosos evacuados de Gorliz fallecieron en el exilio debido a la gravedad de sus dolencias.

Conclusión En la guerra, en general, como en la evacuación de los niños del sanatorio de Gorliz, en particular, se enfrentaron dos formas de ser, la democrática frente a la fascista. Ante el Gobierno vasco que hizo públicas sus intenciones de evacuar a los niños y solicitó expresamente el consentimiento a los padres, las autoridades franquistas falsificaron solicitudes de progenitores para su utilización partidista. Ante la labor de ayuda a la población necesitada se opuso la propaganda de guerra.

Pero las marrullerías franquistas no se limitaron a las falsas solicitudes paternas. El consejero Espinosa también fue objeto de traición cuando el 21 de junio volvía de Iparraldede atender a los evacuados a Santander para reunirse con sus compañeros de Gobierno y el piloto del avión en el que regresaba lo entregó en la playa de Zarautz a los sublevados. Espinosa, un digno sucesor del doctor Areilza, cayó frente al pelotón de ejecución.

En paralelo, pero en el otro extremo, José María de Areilza,alcalde Bilbao e hijo del doctor Areilza, en un discurso pronunciado el 8 de julio de 1937, afirmó que Bilbao había sido “conquistado por las armas”, y añadía que había“caído vencida para siempre esa horrible pesadilla siniestra y atroz que se llamaba Euzkadi y que era una resultante del socialismo prietista de un lado, y de la imbecilidad vizcaitarra por otro”. Fascismo en estado puro frente a democracia. No se hizo excepción con los niños.

De tipos y estereotipos: La mirada de los otros

Muchos han sido los viajeros que a lo largo de la historia han dejado por escrito su impresión, no exenta de curiosidades, sobre los vascos y el país

Un reportaje de Marian Álvarez

‘Civitates Orbis Terrarum’, Colonia 1598.
‘Civitates Orbis Terrarum’, Colonia 1598.

Los libros de viajes constituyen, según expresión de Ana Mª Freire, la forma literaria de la materia histórica. En sus distintas expresiones (diarios, apuntes, crónicas, memorias…) proporcionan numerosas noticias sobre las tierras visitadas y, convenientemente sometidas a un análisis crítico que elimine la subjetividad que las impregna, se convierten en una fuente de valor incalculable para el conocimiento del pasado. Acercarnos a los relatos, a los testimonios e impresiones de los viajeros extranjeros que, de paso o como destino final, visitaron el País de los Vascos, es el objetivo de este artículo.

Son viajeros de todo tipo y condición, que comienzan a dejar testimonios escritos en épocas medievales, para florecer en la Edad Moderna y explosionar en el siglo XIX. Voces y miradas ajenas, algunas de ellas teñidas de prejuicios ante pueblos que consideran inferiores, otras muchas plenas de curiosidad e interés casi científico, que buscan la fidelidad y objetividad del relato y otras, por último, que destilan admiración por el ambiente romántico y pintoresco que encuentran en esta tierra. De sus observaciones sobre el País recogeremos tan sólo aquellas que hacen referencia a sus habitantes, su carácter, su personalidad, sus costumbres… dejando para otra ocasión las descripciones del paisaje, la economía y, por supuesto, el idioma que, por diferente y extraño, fue el elemento que más llamó la atención de todos aquellos que nos visitaron.

Data del año 1140 el primero de estos relatos que, con una cierta extensión, se ocupa de los vascos. Se trata de una especie de guía del camino de Santiago, incluida en el Libro V del Codex Calixtinus, escrita por el clérigo francés Aymeric Picaud y su acompañante, la flamenca Girberga de Flandes. Producto posiblemente de una mala experiencia a su paso por estas tierras, son terribles y numerosos los descalificativos que nos dedica: de color negro, de aspecto innoble, malvados, perversos, pérfidos, desleales, lujuriosos, borrachos, agresivos, feroces y salvajes, desalmados y réprobos, impíos y rudos, crueles y pendencieros. Junto a esta retahíla, que continúa en parecidos términos, señalan, sin embargo, que en el campo de la guerra son de buena calidad, y para asaltar el campo o el combate, atrevidos. Surge así el primero de los estereotipos, la valentía y fortaleza de los hombres vascos, en el que incidirán viajeros posteriores añadiendo también nuevos rasgos, tales como un físico vigoroso, su amabilidad y afabilidad para con los forasteros y su carácter alegre. Pero será el médico Gaspar Stein, en el año 1610, quien introduzca otra característica que hará fortuna posteriormente: son ingeniosos, ilustrados, valientes, ágiles, defensores acérrimos de sus privilegios, diestros en el manejo de las armas, fáciles de atraer y sedientos de grandeza.

En efecto, el sentimiento de pertenencia a un pueblo y la conciencia de su singularidad se convertirá en otro de los aspectos más destacados y repetidos a partir de ahora en las descripciones de los viajeros, quienes reflejarán el amor de los vascos por su tierra y sus compatriotas, su carácter orgulloso y su empeño en la defensa de sus libertades.

Más instruidos y activos Respecto a los hombres de Vizcaya se dice comúnmente en España, como también en Francia, que prefieren robar a mendigar; no porque sean notables por robar, sino porque desprecian pedir. (…) en Madrid se tiene en general la idea de que los vizcaínos son más instruidos y activos que otros españoles; los vizcaínos se apoyan mucho unos a otros siempre que se encuentran fuera de su provincia, y promueven los intereses unos de otros (…) pero en cuanto los vizcaínos adquieren en Madrid alguna fortuna, abandonan el lugar y se retiran a sus amadas montañas, donde se construyen buenas casas y viven el resto de su vida con holgura y comodidad (Giuseppe Baretti, 1770).

…el más amable, más hospitalario y más preventivo del mundo cuando el extranjero es un visitante en paz, el vasco es un león excitado cuando la planta de un invasor profana su suelo libre, y apela a sus energías en defensa de su amada libertad que le fue trasmitida desde tiempo inmemorial (Sydney Crocker, 1839).

Las mujeres vascas, por su parte, merecieron muchas más páginas que los hombres. Prácticamente todos los viajeros que pasaron por el País les dedicaron su atención y prácticamente todos ellos también coincidieron en destacar los mismos extremos, mayoritariamente en tono elogioso, aunque no faltaron algunos, de moral quizás más rígida, como nuestro ya conocido Picaud, que las calificaron de impúdicas y de costumbres licenciosas.

Los extranjeros que recorrieron el País hasta el siglo XVIII manifestaron en primer lugar su sorpresa por la peculiaridad de sus peinados y tocados. Se asombraron sobremanera con los ya muy conocidos tocados corniformes propios de las mujeres casadas, pero no olvidaron poner también el acento en el aspecto de las solteras, que llevaban la cabeza descubierta y rapada hasta la coronilla, dejando sólo algunas mechas en la frente y los laterales.

…las mozas con las cabezas rapadas, salvo algunos mechones que se dejan de cabello largo (León de Rosmithal, 1465).

Las doncellas no casadas van con la cabeza descubierta y llevan sobre la cabeza desnuda ánforas, vasijas y cualquier cosa no ligera… Inmediatamente después de casarse cubren su cabeza con un velo y la tapan, como con un casco, con una cinta de lienzo de color dorado que enrollan de manera que sobresale un poco sobre la frente a la manera de un cuerno. Es gente afable, elegante y alegre. Los hombres nunca van sin armas y menos aún sin arco y flecha, ni siquiera a la iglesia (Georg Braun, Civitates Orbis Terrarum, 1575).

A partir del siglo XVIII los visitantes foráneos registrarán el cambio de las modas y pasarán a elogiar ahora los cabellos de las jóvenes, peinados en largas trenzas y adornados con lazos de colores, un arreglo que contribuirá a aumentar, más si cabe, su belleza natural, otra de las cualidades ensalzada en todos los relatos que estudiamos. Hermosas, esbeltas, coquetas, altas, gráciles, alegres, de cutis fresco y tez lozana… serán expresiones repetidamente usadas en sus escritos para describir a las mujeres vascas.

Su fresca tez, sus ojos negros y fogosos, su hermosa cabellera, la plenitud y la proporción de su talla, la vivacidad de sus modales, todo ello es encantador para el forastero (Christian August Fischer, 1797).

De talla superior a la media, con hermosa figura, ojos negros, pelo trenzado hasta casi los pies, pañuelos de alegres colores coquetamente colocados en las cabezas, algunas tenían caras muy bellas, con una expresión viva e inteligente en el semblante (Alexander Slidell Mackenzie, 1834).

Con ser la belleza uno de los elementos recurrentes, habrá sin embargo otro aspecto que concitará, más si cabe, el interés y la atención de estos turistas en su caminar por el País. Será la laboriosidad y la capacidad de trabajo de la mujer vasca, a la que visionaron desempeñando los más duros oficios y labores, provocando su sorpresa y admiración.

Mujeres en la fragua En Bilbao ellas son ganapanes y mozos de cordel de la Villa, que cargan y descargan los navíos. Van descalzas de pie y pierna, y desnudos los brazos y por la robustez de los músculos que se las ven, se puede conjeturar la fuerza que alcanzan (…) sostienen y llevan sobre la cabeza fardos tan pesados, que son menester dos hombres regulares para ponérselos encima (William Bowles, 1775).

En ninguna parte he visto como aquí tantos trabajos y tan penosos ejecutados por mujeres. En la parte española labran frecuentemente, inclinadas sobre la agria laya, (…) en Bilbao llevan los más grandes pesos sobre la cabeza, en particular barras de hierro; hasta en la fragua las vi ocupadas con el martillo y el yunque (Wilhelm Von Humboldt, 1801).

Valientes y aguerridos los hombres, bellas y trabajadoras las mujeres. Alegres, todos ellos. Será ésta, la alegría, el gusto y la pasión por el baile y la fiesta como colofón de todas las actividades, otra de las características innumerables veces repetida en los libros de viajes. Fue Diego Cuelbis en 1599 el primero en mencionarla al describir a las mujeres que se le acercaron saltando a la morisca, con las castañuelas y el tamboril y serán, dos siglos más tarde, Fischer y Humboldt quienes nos ofrecerán una descripción más elaborada al darnos cuenta de las romerías a que asistieron a su paso por Bizkaia.

Una romería es una fiesta para todo Bilbao y es para el espectador no menos fiesta que para el bailarín, porque es general la pasión hacia esta diversión (Christian August Fischer, 1797).

En medio de esta laboriosidad, son los vascos el pueblo más animoso y expansivo que pueda verse, y al día de labor más fatigoso sigue a menudo música y baile (Wilhelm Von Humboldt, 1801).

Con la afición por la música y el baile y una curiosa cita de W. Bowles finalizan estas breves pinceladas que intentan resumir las descripciones de los tipos, tópicos y estereotipos más comunes en la literatura de viajes referidos a los vascos. Queda a nuestro criterio y particular reflexión dictaminar y valorar lo que de cierto, verdad y fundamento pudieran contener y lo que de ellos pudiéramos hoy todavía conservar.

Sea como fuere, me pareció que los ingleses y alemanes son sobrios en comparación de muchos vizcaínos que yo vi; y con todo eso, es cosa muy rara hallar un borracho (…). Yo creo proviene la diferencia de que los vizcaínos rara vez beben sin comer bien. Hombres y mujeres almuerzan, comen, meriendan y cenan; y si no fuese por los achaques que a veces resultan de esto, vivirían ociosos los pocos médicos que hay en Vizcaya (William Bowles, 1775).

José Vicandi, el gudari al que trepanó el bando contrario

Lo dieron por muerto tras recibir un disparo en la cabeza en la batalla de Zaldibar, cuando en realidad el enemigo lo había apresado y lo operó salvándole la vida

Un reportaje de Iban Gorriti

El gudari, años después de la Guerra Civil.
El gudari, años después de la Guerra Civil. Foto: DEIA

En las guerras también hay, aunque contados, momentos para la esperanza y las buenas acciones. Son, finalmente, sorprendentes actitudes que niegan el dicho de “al enemigo, ni agua”. Fue el caso del gudari José Vicandi del batallón Abellaneda, a quien dieron por muerto el 25 de abril de 1937 en el combate de Santamañazar, Zaldibar. Este soldado del Euzko Gudarostea nacido en Barakaldo y vecino de Kastrexana cayó herido como muertos acabaron sus mandos, el comandante Castet y el capitán Zubelzu, entre otros. Según narra la familia y el estudio Senderos de la memoria -informe elaborado por la UPV/EHU y dirigido por Joseba Agirreazkuenaga y Mikel Urquijo-, Vicandi fue dado por muerto, y quedó abandonado en el campo de batalla, con un tiro en la cabeza.

Sus compañeros llegaron a inscribir su defunción, y se celebraron dos funerales por su persona en Alonsotegi (municipio al que pertenecía entonces Kastrexana) y en Güeñes, sede del cuartel del Abellaneda. Sin embargo, el enemigo, al darse cuenta de que el vizcaino seguía vivo, lo apresó y lo trasladó a Gasteiz, donde una oportuna trepanación le extrajo el proyectil. Una vez rehabilitado tras un año en la capital alavesa, fue enviado como esclavo a uno de los mal llamados batallones de trabajadores en San Pedro de Cardeña, Burgos. Las secuelas de la intervención fueron dolores de cabeza de por vida, acompañados de ataques epilépticos que pudo corregir con un medicamento. Murió con 64 años.

Documento con la invalidez total de José Vicandi.
Documento con la invalidez total de José Vicandi.

recuperación Su hijo Joseba agradece que diversos factores le permitieran seguir vivo en plena Guerra Civil. “Tuvo mucha suerte. Primero, que el tiro fuera de lejos, ya que se quedó alojado entre el cerebro y el hueso. Segundo, que lo apresaran y no decidieran rematarlo allí mismo. Tercero, que un médico militar pusiera todo de su parte para salvarlo, quizás estaba en la guerra obligado… y que lo permitieran mejorarse un año con unas monjas, que él contaba que le trataban muy bien”, detalla Joseba.

A día de hoy, aquel soldado de 20 años a las órdenes del malogrado comandante Castet tendría 102 años. “Mi padre tenía mucho aprecio a Castet. Le parecía un hombre muy íntegro, de carisma. Se acordaba mucho de él y solía contar que en una ocasión le regaló una pistola. Mi padre le preguntó a ver para qué la quería, y le respondió que por si le hacía falta en algún momento”.

José Vicandi Fernández era el tercero de cinco hermanos que dio a Euskadi el matrimonio formado por Miguel Vicandi, de Begoña, y Amalia Fernández, de Barakaldo. “Mi padre ya antes de la guerra estaba afiliado al PNV y se alistó al Abellaneda”, agrega quien recuerda escuchar a José que había luchado contra el fascismo por Markina, Xemein, Arretxinaga, Elgeta, “en el Intxorta Txiki”, y en Zaldibar, donde cayó herido. “Decía que, mientras le hacían la trepanación, no le dolía, pero que notaba que le andaban porque le dieron una anestesia local. Y que se la hicieron con un cincel y un martillo de médicos”.

La noticia de que podía seguir vivo, a pesar de los funerales, llegó a Kastrexana. “ A algún vecino de la zona le pareció que pudiera ser José uno que estaba en Vitoria, y mi abuelo tuvo que pedir un salvoconducto para poder ir a ver si era él. Lo consiguió y mi padre siempre contaba que en el encuentro se dieron un abrazo terrible, de la emoción”, enfatiza Joseba. A continuación, lo enviaron a trabajar como esclavo de Franco a San Pedro de Cardeña y vieron que no podía. Una suerte más: le concedieron la inutilidad total y regresó a Kastrexana, donde comenzó a trabajar hasta jubilarse en la firma local Etxebarria. Cada año que vivió se sumaba al Gudari Eguna que se organiza en Güeñes como encuentro de los soldados de los batallones encartados Abellaneda y Muñatones, de los que queda vivo al menos un integrante: el karranzano Manuel Sagastibeltza, en Santurtzi. Sagastibeltza, Vicandi, Castet, Zubelzu y otros compañeros lo dieron todo el 25 de abril de hace 80 años en Zaldibar, una vez que se derrumbó el frente de los Intxortas tras la ocupación de Elorrio. Las fuerzas del lehendakari Aguirre intentaban consolidar una nueva línea para frenar el avance adversario que amenaza con derrumbar el llamado Frente de Gipuzkoa.

la batalla El batallón Abellaneda llegó aquella jornada a la anteiglesia, que -como curiosidad- en 1932 había cambiado en pleno su nombre histórico de Zaldua por el de Zaldibar. Desde la subida al monte Santa Marina, un batallón fascista del Regimiento América fue sorprendido por la llegada de los gudaris, pero el Abellaneda es atacado a su vez por sorpresa por el Tercio Navarra de requetés. Mueren Castet y Zubelzu. El batallón retrocede precipitadamente tras tratar de resistir, dejando una treintena de muertos y algún prisionero en manos de los franquistas, caso de Vicandi. Algunos grupos del Abellaneda llegaron en retirada a Gernika-Lumo, sufriendo el bombardeo aéreo del 26 de abril de 1937. “Amigos de mi padre del Abellaneda contaban que, tras salir de lo de Zaldibar, les pilló el bombardeo de Gernika. Como curiosidad, a día de hoy en las listas de desaparecidos del Gobierno vasco aún aparece el nombre, lugar y fecha en que mi padre murió”, concluye.