Nochebuena de 1836: La batalla de Lutxana

Un error en la interpretación de una orden por parte de un corneta, que tocó ‘al ataque’ cuando le habían dicho que tocara ‘alto’, propició que los liberales derrotaran a los carlistas y tomaran Bilbao. La nieve en Lutxana se tiñó de sangre

Un reportaje de Enrique de la Peña

LA localidad de Lutxana fue testigo, hoy hace 180 años, de acontecimientos memorables que cambiaron el devenir de la nación. En aquel reducido espacio, el fiel de la balanza de la historia osciló mientras miles de hombres derramaban su sangre bajo las condiciones climatológicas más adversas.

Diciembre de 1836. Nuestro país sufre desde hace tres años una sangrienta guerra civil, un conflicto ideológico que posteriormente sería denominado la Primera Guerra Carlista. A su muerte, Zumalacárregui legó a su rey un ejército aguerrido y un embrión de estado que desafiaría mortalmente a la España de Isabel II que contaba con todos los recursos del Estado y con el respaldo de Francia, Gran Bretaña y Portugal, integradas en la Cuádruple Alianza. Sin embargo, en agosto de 1836 los liberales más radicales habían obligado a María Cristina, la Reina Gobernadora, a firmar la Constitución de 1812 y cundía la división y el desasosiego en las filas isabelinas.

El carlismo tenía también graves preocupaciones y la fundamental era la perenne penuria económica; precisaba desesperadamente recursos, y Don Carlos fijó su mirada en Bilbao. Si la rica villa fuera tomada por sus tropas, podría obtener los préstamos necesarios. La junta convocada en Durango en octubre de 1836 acordó la conquista de la capital vizcaina y los generales Eguía y Villareal dirigirían las operaciones.

El 24 de diciembre amaneció nuboso y frío. Llovía y había nieve en los altos. Aquel domingo, la villa se mostraba triste, oscura y angustiada, y muchos de sus edificios eran montones de escombros humeantes. Se cumplían sesenta y cuatro días de asedio y la situación era desesperada, pero la plaza no pensaba en rendirse. Desde los altos de Miribilla se miraba con ansiedad hacia Portugalete, donde el ejército del Norte, al mando de Espartero, se esforzaba en romper el cerco. Pero la salvación no llegaba y pasaban los días…

Los carlistas eran tenaces; uno a uno habían tomado los fuertes que protegían Bilbao: Banderas, Capuchinos, San Mamés, Burtzeña, Lutxana… y en ellos se habían apropiado de artillería que engrosó la suya propia para herir a la ciudad. El fuerte de San Agustín, en el solar del actual ayuntamiento, era la puerta de entrada al corazón de la villa, y allí fue donde con más denuedo golpearon. Los intensos bombardeos y asaltos del 17, el 22 y el 27 de noviembre convirtieron el edificio en una ruina que finalmente fue tomada a través de las alcantarillas. La consternación se apoderó de la ciudad; su pérdida parecía inminente. Sin embargo, en un golpe de audacia, guarnición y milicianos tomaron una suicida determinación; bajo un tiroteo constante que supuso un sangriento tributo, consiguieron acumular material combustible y dar fuego al edificio, logrando un tiempo precioso para establecer una segunda línea en la entrada del Arenal que conjuró el peligro. En claro desafío, los milicianos bilbainos colocaron en el lugar un gran cartel en el que se leía Tránsito a la Muerte.

Ese mismo día, 27 de noviembre, Espartero pasó el río Galindo y lanzó a sus hombres a la conquista del puente de Castrejana sobre el Cadagua. Los batallones alaveses y guipuzcoanos del general Villareal, unos cuatro mil hombres, se defendieron tenazmente de los quince mil liberales y, cuando refuerzos carlistas pasaron el puente de Alonsotegi, los cristinos hubieron de retirarse de nuevo a Portugalete ante el riesgo de verse envueltos.

Dos días después, el general liberal decidió hacer un intento por la margen derecha. La marina española y británica le procuró un puente de 680 pies desde Portugalete hasta la orilla contraria abarloando treinta y dos navíos. El 30 de noviembre los constitucionales marchan por Leioa y Erandio hacia Asúa; allí el puente sobre el río está cortado, las defensas son demasiado sólidas y los liberales se ven bloqueados en la margen derecha del río Asúa. Mientras tanto, un violento temporal ha destrozado el puente de barcas y la situación se hace crítica. Los isabelinos son atacados mientras se construye un nuevo puente; el día 7 evacúan la margen derecha y regresan a Portugalete donde les espera un refuerzo de cuatro mil hombres.

Llegan refuerzos Un nuevo intento frustrado en Burtzeña hace cundir el desánimo en el ejército liberal. Sin embargo, una encendida proclama de su general y la llegada de dinero y nuevos refuerzos elevan la moral. La oficialidad liberal considera imposible la liberación de la villa, pero, alentado por los mandos ingleses, Espartero se impone: no hay alternativa; salvar la plaza o morir en el intento. El general sabe su prestigio en juego y, si es derrotado, Bilbao se perderá inevitablemente; pero ha de actuar con presteza, la plaza puede caer en cualquier momento y sus consecuencias serían desastrosas.

El apoyo inglés será decisivo; desde la posición fuertemente artillada por los británicos en el Desierto, frente a Erandio, se construye un nuevo puente el día 17 para el paso de tropas. El 23 pasan el Galindo y los liberales ocupan la margen izquierda frente a Lutxana, a la vez que se posicionan en Erandio.

El día de Nochebuena, Espartero se halla enfermo; aquejado de cólicos se encuentra encamado en Erandio, en el palacete de D. José María Jado, rico propietario bilbaino. Será su lugarteniente el general Oráa quien elabore los planes de asalto y dirija las operaciones; Espartero, desde su cama, recibirá información y dará las órdenes oportunas.

Al amanecer, un intenso bombardeo golpea las defensas carlistas en Lutxana que disponen de una batería en Montecabras, a 50 pies de altura, un fortín en la Casa de la Pólvora y un reducto de un solo cañón junto al destruido puente sobre el Asúa. Sorprendentemente, el mando carlista no es consciente de lo que se avecina y muchas de las tropas, ante un tiempo realmente horrible, han sido acantonadas en los alrededores.

Oráa sabe que la clave es el puente de Lutxana y ha puesto en marcha todo su ingenio. Tres batallones se han situado en la margen izquierda y sus cañones causan estragos en la otra orilla. Repentinamente, hacia las 4 de la tarde, el día se oscurece y cae una tromba de granizo y nieve; el momento es aprovechado y ocho compañías de soldados escogidos son transportadas desde la margen izquierda en treinta lanchas. Dos balsas británicas se dirigen al puente; aportan materiales para su pronta reconstrucción. La niebla y la cellisca impiden a los carlistas divisar a sus enemigos hasta que ya los tienen encima, y son muy pocos frente al masivo e inesperado desembarco. A pesar de la obstinada defensa, los carlistas han de replegarse y sus contrarios toman las posiciones una a una, apoderándose del puente y de Montecabras. Las balsas permiten el paso de varios batallones mientras los ingenieros se afanan febrilmente en la reparación del puente, que quedará apto en el plazo de una hora y media.

A la bayoneta Los liberales se lanzan monte arriba, pero a mitad de camino topan con una obstinada defensa que les detiene en seco. De Banderas bajan refuerzos; muchos de ellos son castellanos, hombres extenuados que han llegado cinco días antes con el general Gómez tras seis meses de un recorrido por toda la península que les ha llevado hasta Algeciras. Los siete batallones que pueden oponer los carlistas están incompletos, alguno de ellos no cuenta más de trescientos efectivos.

A pesar de la enorme desproporción, los carlistas resisten y los cristinos se ven en una situación crítica; el temporal ha destruido el puente que le une con la margen izquierda y la nieve cubre el paisaje y los cadáveres. Se dan violentos ataques a la bayoneta y nadie cede. Hacia las once y media, Oráa acude a Espartero y le expone lo apurado de la situación. El general pide un caballo y sobreponiéndose a sus dolores acude al lugar del combate siendo recibido por los soldados como a su salvador. En primera línea, el general Iribarren ha enardecido a sus hombres y se han lanzado de nuevo contra los facciosos. Espartero se ve frustrado; su idea era esperar el amanecer, aunque su situación es muy comprometida rodeada por montes infestados de enemigos y con dos ríos a retaguardia. Ante la precipitación de Iribarren exclama con irritación: “Sí, ya está empeñada la lucha y vamos a morir”. Hacia la una de la madrugada un violentísimo aguacero hace imposible el combate. En la noche, Espartero creía perdida la batalla; no sabía que el frente enemigo era extremadamente débil y veía su posición en Lutxana muy precaria. Sin embargo, un hecho fortuito, cuando ordenaba el relevo de tropas, le entregó la llave de la victoria. Oráa ordenó a un corneta tocara alto; pero el soldado confundió la orden y señaló la de ataque. Y, milagrosamente, aquellos soldados extenuados y ateridos se lanzaron adelante como autómatas. Oráa hizo amago de atravesar con su espada al infeliz corneta, pero Espartero al ver la reacción de sus hombres, cogió del brazo a su lugarteniente y permitió que continuara la acción.

Los carlistas se hallaban extenuados y faltos de munición, y, ante aquel ataque inesperado, se desmoronó su voluntad y las líneas cedieron; todo fue confusión y los voluntarios no obedecían ya a sus oficiales. Increíblemente, sus mandos no habían reaccionado y los combatientes no recibieron los refuerzos que hubieran podido derrotar a los cristinos como hicieron días antes en Kastrexana.

Hacia las 4 de la mañana, los liberales tomaron el fuerte de Banderas mientras los carlistas se desbandaban hacia Asúa, Sondika y Derio. Tras la ocupación del molino de viento y las casas de Artxanda, la liberación de Bilbao era ya un hecho.

A las 9 de la mañana, Espartero hizo su entrada a pie en Bilbao, y quiso hacerlo pasando junto a las ruinas de San Agustín, recorriendo el Tránsito a la Muerte. En el Arenal formaba la Milicia Nacional y allí abrazó a todos sus jefes haciéndoles patente que “envidiaba mucho la justa y merecida gloria que habían adquirido”.

La liberación de Bilbao resonó en toda la España liberal y desató el júbilo de los partidarios de la Reina. La villa fue declarada invicta, además de muy noble y leal, se otorgaron pensiones a viudas y huérfanos y Espartero obtuvo el título de Castilla con el apelativo de Conde de Luchana; empezaba para él una carrera fulgurante que le llevaría a lo más alto en el estado liberal.

Para los carlistas la batalla de Lutxana fue un absoluto desastre que de un plumazo hizo inútiles los enormes sacrificios realizados ante la villa. Eguía y Villareal fueron destituidos, cundió el desánimo y se habló de traición. Sólo la inactividad de Espartero impidió la total destrucción de las fuerzas realistas, que, no obstante, supieron sobreponerse a la adversidad. Pocas semanas después de Lutxana, plantarían cara nuevamente a sus bien armados oponentes. La guerra duraría todavía tres largos años…

Einstein y los vascos

Un libro desvela que el Premio Nobel de Física alemán, que huyó del nazismo en 1933, fue garante de niños exiliados durante la guerra civil

Un reportaje de Iban Gorriti

EL físico más famoso del siglo XX, Albert Einstein (1879-1955), tuvo constancia de un episodio político relacionado con Euskadi e, incluso, dio protección a una parte de su comunidad: la más desprotegida cuando los Derechos Fundamentales saltaron por los aires por la acción del fascismo.

El científico alemán, según desvela un libro estadounidense, auxilió a víctimas que huían del totalitarismo de Hitler, Mussolini o Franco, entre ellas los niños y niñas exiliados desde Euskadi a otros países durante la Guerra Civil española. De algún modo, el humanista nacido en Ulm extrapolaba su huida ante la amenaza del nazismo en la de aquellos menores que partieron de puertos como el de Santurtzi con destino a países entonces en paz entonces como Gran Bretaña, Francia, URSS o Bélgica. Otra referencia bibliográfica, en este caso obra de Thomas F. Glick, asegura que el alemán universal pudo visitar Bilbao en febrero de 1923, después de que la Junta de Cultura le invitara a villa capitalina aprovechando un viaje de una semana que llevó a cabo por Barcelona, Zaragoza y Madrid.

La publicación titulada The Einstein file (El expediente Einstein) mantiene en inglés el enunciado siguiente: “Einstein prestó servicios en un comité de ayuda a refugiados centrado en niños refugiados vascos”. El autor del libro es el veterano periodista estadounidense Fred Jerom, quien bosqueja al padre de la física moderna como pacifista, socialista y ferviente crítico del racismo.

El editor del ensayo valora que desde que Einstein arribó a EE.UU. en 1933 huyendo del auge del nazismo, el FBI se dedicó a recopilar información sobre su persona para desacreditarlo y destruir su reputación. De hecho, la obsesión era tal que le siguieron investigando después de su muerte.

El expediente que lleva su nombre registra más de 1.400 páginas, todas ellas intentos de confirmar que el premio Nobel de Física de 1921 suponía un “riesgo” para la seguridad de Estados Unidos. Fue el caso del excéntrico director del FBI J. Edgar Hoover, quien estaba ofuscado con el perfil de aquel judío que siempre se presentó como agnóstico.

Hoover (1895-1972) fue el primer director de la Oficina Federal de Investigación en 1924. Siempre según la versión de Fred Jerome, Hoover casi se dejó la vida -murió de un infarto en plena era del presidente Richard Nixon- tratando de destapar que Albert Einstein, nacionalizado estadounidense, era un hombre “extensamente asociado a centenares de grupos pro-comunistas”, así como un garante de auxilio “a los refugiados españoles” o “a un grupo de niños vascos, y al Comité de escritores exiliados”, tal como se desprende de The Einstein file.

El capo del FBI investigó, entre otros, a las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil española, de forma más concreta a la Brigada Abraham Lincoln, organizada en el país norteamericano, “por la ideología comunista de sus integrantes”. A juicio de J. Edgar Hoover, Einstein también abrazaba este dogma, al igual que otros perfiles famosos que investigó, es el caso del actor y director de cine Charles Chaplin o la actriz Marilyn Monroe, esta última por su matrimonio con el “comunista” Arthur Miller y por sus relaciones con los Kennedy, eternos rivales del jefe de los espías. Aunque nunca lo pudo demostrar, el director del servicio de inteligencia yanqui comenzó a investigar al científico antes de que este cruzara el charco y lograra una nueva nacionalidad.

De visita en España Albert Einstein visitó durante una semana Barcelona, Zaragoza y Madrid en 1923, lo que pudo suponer un primer contacto con la realidad política del Estado bajo el mandato de Alfonso XIII, monarca que le recibió. El libro Einstein y los españoles: ciencia y sociedad en la España de entreguerras, escrito por el también estadounidense Thomas F. Glick, asegura que el premio Nobel se marchó de Zaragoza, “no por Barcelona, sino por Bilbao”.

Agrega que el 27 de febrero la Junta de Cultura vasca le dirigió una invitación, un hecho al que contribuyen diversos artículos publicados en la prensa de Euskadi. Eugenio Fojo sugirió incluso que el Ateneo de Bilbao organizara una serie de conferencias sobre la relatividad “por el gran número de hombres de ciencia que hay en Bizkaia y por contar con una Escuela de Ingenieros Industriales”. Thomas F. Glick (Cleveland, 1939), profesor de historia medieval de la Universidad de Boston e hispanista, también escribió en 2014 otro ensayo titulado Einstein in Spain: Relativity and the Recovery of Science.

Aurelio Arteta en México

Un choque de tranvías en México acabó con la vida de Aurelio Arteta y truncó lo que pudo ser una nueva etapa artística

Un reportaje de Javier González de Durana Isusi

EL pasado día 10 se cumplieron 76 años del fallecimiento del pintor bilbaino Aurelio Arteta en la ciudad de México como consecuencia de un choque de tranvías, en uno de los cuales viajaba con su mujer para disfrutar de un soleado domingo en Xochimilco, el precioso pueblo situado al sur de la capital federal que aún hoy conserva lagunas y canales supervivientes de la antigua masa de agua que rodeaba la Tenochtitlan azteca.

Pasó la noche anterior llorando por la muerte de su amigo Julián Zugazagoitia, periodista y político socialista, mandado fusilar por Franco tras ser detenido en Francia por la Gestapo y entregado a la policía española. Por tanto, el viaje a Xochimilco, con sus vistosos mercados de flores y coloristas embarcaciones, buscaba paliar el dolor causado por esta noticia. Hubo otro motivo para coger el tranvía hacia el pintoresco lugar: quería comprar allí un terreno al que retirarse de vez en cuando, lejos del ajetreo urbano.

Todo ello (el descanso, el consuelo y el terreno idílico) se frustró cuando el tranvía en que viajaba se empotró contra otro estacionado en una parada a mitad de camino. El conductor no vio el vehículo detenido o le fallaron los frenos o iba distraído… El caso es que falleció el viajero Arteta, que iba a su lado, en la zona delantera del vagón que no frenó. El encontronazo entre ambos vehículos fue brutal. Un hierro golpeó la cabeza del pintor, abriéndole el cráneo, y otro hierro le atravesó el estómago con salida de masa intestinal. La agonía duró tres horas. La prensa publicó al día siguiente la fotografía de su cabeza, en la que se observa la brecha profunda y un rictus de dolor en la boca.

Arteta y su familia fueron favorecidos por la generosidad del México presidido por Lázaro Cárdenas. Miles de exiliados encontraron la posibilidad de rehacer allí sus vidas al sentir que su regreso a la normalidad anterior a la guerra civil era imposible con Franco. No es que el pintor sospechara que podía ser acusado de delitos políticos por los militares gobernantes, pues éstos no los hubieran encontrado, salvo que ser demócrata, sin carnet de partido político alguno, fuera considerada actitud delictiva. Sin embargo, temió por la vida de sus dos hijos y ellos fueron el motivo de su marcha a México. Ambos lucharon en el frente republicano. Su hijastro Andrés, que estaba haciendo el servicio militar en el norte de África el 18 de julio, fue obligado a pasar a la península con el ejército insurrecto pero una vez en Málaga desertó para integrarse en las tropas leales a la República. Es decir, un traidor a los ojos franquistas. El otro hijo, Aurelio, trabajó como intermediario en comunicaciones para el Servicio de Inteligencia Militar. O sea, un espía. Un traidor y un espía. Evidentemente, Arteta no podía regresar con ellos a Bilbao o a Madrid sin que sus vidas corrieran grave riesgo. Carentes de documentación en Francia, donde su padre vivía refugiado desde marzo de 1938 con el amparo del Gobierno vasco, si no querían ser detenidos por la policía del Gobierno de Vichy y correr el riesgo de ser entregados a este lado de la frontera, a los muchachos no les quedaba otra opción que alistarse a la Legión Extranjera en vísperas de una conflagración mundial. La única alternativa razonable era escapar lo más lejos posible.

La epopeya del exilio vivido por los defensores de la legitimidad republicana que temieron por sus vidas o por las de sus seres queridos se encuentra ya bien estudiada, en términos generales. Los archivos y la documentación están abiertos y disponibles desde hace algunas décadas, de manera que tras la omertá franquista se ha podido conocer la magnitud de aquella tragedia. Se encuentran pendientes de abordar las odiseas personales de algunos de aquellos individuos obligados a dejar atrás una parte importante de sus vidas para intentar dar comienzo a una existencia nueva en lugares inesperados para ellos.

Reinvención en el exilio Como es obvio, no todas las personas exiliadas pasaron por vicisitudes dignas de ser conocidas, aunque todas sufrieron injustamente, pero algunas sí reclaman ser examinadas por la fuerza poderosa de su personalidad. Y más si, como en el caso del pintor vasco, ese exilio hasta ahora desconocido estuvo caracterizado por una prodigiosa reinvención de sí mismo que, por desgracia, no pudo culminar. Diecisiete meses vividos en México no le dieron tiempo para mucho aunque, de los numerosos artistas en la misma situación que él, fue quien en ese breve periodo de tiempo se situó y adaptó mejor profesionalmente al nuevo contexto. La dificultad para abordar estas historias personales es que los protagonistas ya no están, sus hijos y conocidos, a veces, tampoco, y las huellas documentales dejadas suelen ser escasas y frágiles.

Arteta embarcó en el puerto francés de Sète a bordo del buque Sinaia, junto con su mujer y sus hijos, el 25 de mayo de 1939, después de pasar varios días tirados sobre las arenas del campo de concentración de Le Bercarés, llegando a Veracruz el 13 de junio. Si un fotógrafo anónimo tomó la imagen de su cabeza rota año y medio después, en aquel momento fueron los servicios mexicanos de inmigración los que fotografiaron su cabeza, de frente y de perfil.

A los pocos días la familia Arteta se encontraba alojada en la acogedora casa de Francisco Belaustegigoitia, delegado del Gobierno vasco en México, quien no conocía personalmente al pintor pero sí su prestigio y obra. En su casa vivieron durante dos semanas hasta encontrar un domicilio propio. Las dos personas clave durante los meses mexicanos de Arteta fueron Paco Belaustegigoitia e Indalecio Prieto, un nacionalista y un socialista. El primero no sólo lo acogió, sino que lo introdujo entre sus amigos empresarios asentados allí. De estos contactos derivaron encargos para ejecutar retratos de Ángel Urraza, fundador de la Compañía Hulera Euzkadi dedicada a la fabricación de llantas y cámaras para ruedas de automóvil; de Nicolás Arbide, creador de una empresa de fabricación de pavimentos y tubos de hormigón para canalizaciones que abasteció a todo el país, y de los hermanos Valentín y Nicolás Arsuaga, creadores de una empresa de alimentación que años después desembocaría en el grupo Gigante. Además, Belaustegigoitia consiguió que el Centro Vasco le encargara una pintura mural, de la que sólo pudo elaborar el boceto, y le puso en contacto con otros empresarios allí instalados, como Carlos Prieto, impulsor de la Siderúrgica de Monterrey, para quien pintó un delicioso retrato de su mujer e hijos pequeños.

Aparte de los retratos -trabajos alimenticios que resolvía con eficacia-, durante sus primeros meses Arteta ejecutó visiones vascas pintadas con el pincel de la nostalgia. Escenas de neskas y arrantzales como si estuviera en Bermeo, de layadores como si se encontrara en las laderas del Sollube o de romerías como si las viera en Orozko. Muchas de estas pinturas fueron adquiridas por miembros de la comunidad vasca local.

Su otro valedor, Indalecio Prieto, le puso en relación con la personalidad institucional más importante del momento, el presidente de la República, Lázaro Cárdenas, de cuya esposa, Amalia Solórzano, realizó un elaborado y espectacular retrato. La satisfacción con que resolvió este encargo le iba a abrir todas las puertas de la sociedad mexicana deseosa de verse retratada por él o poseedora de alguna de sus piezas. Por desgracia, a los pocos días de entregar la pintura, Cárdenas dejó el cargo presidencial y Arteta encontraba la muerte.

Arte para el pueblo Da que pensar, con tristeza, lo mucho que Arteta a los 61 años aún hubiera podido conseguir en ese país de muralistas, ¡él que siempre se consideró un pintor muralista! Le separaba de los colegas mexicanos la ideología radical, de raíz anarquista o comunista-estalinista, pero le acercaba a ellos el deseo de plasmar imágenes que hablaran desde el muro al pueblo con una estética comprensible. Poco días antes de su muerte se inauguró y pudo conocer la obra de David Alfaro Siqueiros, Retrato de la burguesía, plasmada en los muros del Sindicato Mexicano de Electricistas. El ataque ideológico es brutal y esto no debió de gustar a Arteta, hombre moderado en formas y delicado en gustos, pero es seguro que le interesó la utilización de modernas técnicas pictóricas, como el aerógrafo y la pintura Duco, esto es, tecnología del siglo XX aplicada a relatos del siglo XX. Poco a poco Arteta fue dejando a un lado las imágenes relacionadas con su país natal, el indigenismo vasco que practicó con acierto y ternura, para dar paso a un indigenismo mexicano al que la realidad circundante le empujaba y obligaba. Apenas una docena de piezas dan testimonio de este tan interesante como breve recorrido.

Volviendo a la causa de su fallecimiento. Arteta utilizó el nombre del museógrafo mexicano Fernando Gamboa, quien se lo ofreció como avalista para que entrara en el país. A Gamboa lo había conocido en Valencia en 1937 con motivo del Segundo Congreso de Escritores Revolucionarios, al que éste asistió en representación de la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios) mexicana, junto con Octavio Paz, Elena Garro, José Revueltas, Juan de la Cavada y otros creadores del país americano. Pues bien, el conductor del tranvía que provocó el accidente, aquel a cuyo lado estaba situado Arteta, formó parte del Comité de Redacción de la revista Frente a frente, órgano portavoz de la LEAR, un comité en el que también estaba Fernando Gamboa y algunos otros que visitaron Valencia.

La pregunta surge inevitable: ¿estaba Arteta al lado del conductor porque lo conocía de alguna reunión previa entre obreros e intelectuales que a la LEAR gustaba convocar? Una de las personas heridas en el accidente era Eli de Gortari, una descendiente de vascos cuyo hijo también estaba vinculado a la Liga, una organización que en todo el país no contaba con más de 200 afiliados. ¿Casualidad? Es difícil de creer. ¿Murió Arteta por estar en el lugar más perjudicial del tranvía durante el accidente porque conocía al conductor? Éste, llamado Salvador Aviña Vera, fue inmediatamente detenido por la policía acusado de manejo negligente del vehículo. Tres días antes, Aviña había sido desahuciado de su casa por impago continuado de la renta. Era un hombre con inquietudes políticas y culturales que atravesaba una difícil situación personal. No podemos evitar preguntarnos cuál hubiera sido el destino de Arteta en México si el infortunio no se hubiera cruzado en su excursión a Xochimilco un soleado domingo de noviembre.

La niña del ‘Habana’ y madre de Biriukov

Clara Agirregabiria fue una de las tripulantes del último viaje del histórico barco hacia la libertad el 13 de junio de 1937. El próximo 30 de noviembre cumplirá 89 años

Un reportaje de Iban Gorriti

LA última salida del histórico vapor Habana fue el 13 de junio de 1937. A él auparon a la pequeña Clara Agirregabiria, natural de Ortuella. A la postre sería la madre de Chechu Biriukov Agirregabiria, mítico jugador de baloncesto internacional por la URSS y España. Ambos siguen siendo a día de hoy uña y carne. Habla el recordado escolta del Real Madrid: “Rusia nos lo ha dado todo; Euskadi es la patria de mi madre, y España nos recibió muy bien. ¡No podemos estar más agradecidos!”, enfatiza a DEIA José Alexandervich.

Agirregabiria junto a su hijo, Chechu Biriukov, que sostiene a uno de sus vástagos.Foto: Estudio Sanchinarro
Agirregabiria junto a su hijo, Chechu Biriukov, que sostiene a uno de sus vástagos.Foto: Estudio Sanchinarro

 

Pero no pivotemos antes de tiempo. Retornemos a aquel tristísimo episodio de guerra y momento de despedida familiar hacia un país en paz. El Habana partió de Santurtzi con 4.500 niños y niñas. Su primera parada fue el puerto de Paullac (Burdeos). De este contingente, un grupo de 1.610 niños protagonizó la única expedición que soltó amarras con destino a Rusia.

El libro de Jesús Alonso Carballés, 1937. Los niños vascos evacuados a Francia y Bélgica, editado en Bilbao en 1998 por la Asociación de niños evacuados el 37, mantiene que en Paullac los menores destinados a Rusia “transbordaron directamente al vapor francés Sontay, y sin tocar tierra, se dirigieron a Leningrado -hoy San Petersburgo- donde llegaron varios días después. Desde allí fueron trasladados a Crimea, Odessa y Moscú”.

Junto a Clara y sus hermanos Consuelo y Pedro -ingeniero de caminos que acabó en Cuba- también iba a bordo la más adelante madre del jugador de hockey Valeri Borísovich Jarlámov, es decir, Carmen Oribe, conocida como Begoñita la de Las Cortes de Bilbao. Jarlámov es el Pelé del hockey, según valoración del comentarista deportivo y exfutbolista Michael Robinson (Leicester, Inglaterra, 1958).

Clara Agirregabiria nació en 1927. El 30 de noviembre cumplirá 89 años. Recuerda aquella partida a lo desconocido. “Yo no dejaba de llorar. No me quería ir. Lloraba tanto que me pusieron en el Habana a una persona a mi cargo porque si yo empezaba a llorar de nuevo contagiaba al resto que hacía lo mismo”, relata. Hija de un empleado en el ferrocarril y de una tendera, llegó junto a sus hermanos a un centro de acogida en Samara. “Nos trataban muy bien”, testimonia Clara, y va más allá: “Las familias rusas eran capaces de quitar el pan a sus hijos para dárnoslo a nosotros”. Chechu agrega un dato más: “Los rusos vivían un momento malo al comenzar la guerra contra los nazis y les podía faltar de todo, pero a los niños del País Vasco no les faltaba de nada”.

Clara contrajo matrimonio con Alexander Biriukov, chófer de Moscú que fallecería en 1991. Se conocieron en la fábrica en la que trabajaba ella, en Telman, de cuero. Primero vivieron en la Avenida de Lenin en una casa habitada por diferentes familias con baño y cocina compartidos. Más adelante, el Gobierno les dio una casa para la familia de 28 metros cuadrados. De allí se mudaron a la avenida Lomonosov, pero no fue su último destino. Años antes de viajar a Madrid consiguieron “una casa de 42 metros cuadrados y un pequeño balcón”, sonríe el nacido en aquella metrópoli el 3 de febrero de 1963 y quien guarda una relación especial con la tierra de su madre.

“Yo me considero vasco y así lo digo cuando voy a Rusia. Tengo en Santurtzi a mis tías Consuelo y Araceli, a mi tío Leo, a mis primos. Voy a verles en verano, pero es que me hinchan a comer, es una barbaridad”, valora quien precisamente regenta el restaurante Biriukov Bistró en el barrio Las Tablas de Madrid y quien tras sus 22 años de gloria en el baloncesto internacional fue representante de caras conocidas como Antonio Molero, el Fiti de la serie Los Serrano.

Antes de llegar al Estado español, la familia visitaba a sus parientes que residen en Santurtzi. En el momento en el que se permitió a los niños de la guerra civil volver, muchos lo hicieron. “Cuando íbamos en verano a pasar dos meses en Euskadi, la entrada era por Irun. En tren, íbamos de Moscú a París. Nos daban un día de descanso. Y de allí a Irun adonde nos iba a buscar un tío mío”, trasmite Chechu. El jugador internacional recuerda “perfectamente” sus visitas a la localidad costera: “El viejo puerto, el olor a sardinas, pan y vino. ¡Joder! En la plaza vivía el marido de mi tía y sigue viviendo, Leo Mayor”.

Clara, por su parte, aunque mezcla en sus conversaciones el castellano con el ruso, asegura que “siempre me dicen que tengo acento vasco, no lo he perdido”. A partir de octubre de 1983 residen en Madrid. “Desde la distancia, estamos muy agradecidos a Euskadi. Nos sentimos parte de vosotros”, concluyen.

El último gudari de mar vivo

A sus 94 años, Juan Azkarate recibe un homenaje en Donostia como último superviviente de la marina auxiliar

Un reportaje de Iban Gorriti

debemos ser cautelosos cuando escribimos sobre memoria histórica. Muchas veces, demasiadas, caemos en el error de enunciaciones como la siguiente: “El último gudari de…”, y el no saberlo a ciencia cierta lleva a errar. Por suerte, hay más testigos del Eusko Gudarostea del lehendakari Aguirre vivos de los que imaginamos. Algunos, totalmente anónimos.

Juan Azkarate sí lo es. Es el último gudari vivo de la unidad del Gobierno vasco denominada Marina Auxiliar del Gobierno de Euzkadi. Fueron alrededor de mil personas las empleadas en este ejército y se sabe, por su listado, que el de Bermeo que perteneció a Solidaridad de Trabajadores Vascos (STV) es el único con vida. Días atrás, le rindieron un merecido homenaje en el Museo Naval de Donostia.

Si uno acude a conocer la curiosa biografía de Azkarate, Bermeo recibe al visitante con olor inconfundible a mar. Con sonidos de gaviota y volteo de campanas eclesiásticas. Con elegante vestimenta y porte, Azkarate recibe en su hogar al amigo con sonrisa firme, mano nonagenaria sincera y dedos experimentados que señalan al pasado desde un presente futuro.

Al grito de “Egun on, gudari!”, uno traspasa el umbral de su hogar. ¡Hay tanta piel en su cuerpo convertido en cuero labrado por las circunstancias! Héroe anónimo, hace gala de un cerebro que sortea olvido e, incluso, perdón sincero. Todo ello, a pesar de que sufrió una poco civil guerra tras el golpe de estado militar de 1936.

Aconteció poco después de perder a su madre, ahogada en la famosa barra de Mundaka que hoy navegan los surfistas. Eran días de huelga de panaderos en su pueblo y volvía de jornada de recados a Gernika-Lumo en barco. El cuerpo apareció sin vida en Laga. Juan sumaba doce años. Lo recuerda con hondo penar.

Se hizo gudari, de los más jóvenes. Tenía solo 14 años (se lo permitieron tras afiliarse al PNV y a SOV/STV) y una cara de retaco impresa en su ficha de la jefatura de guerra. Su padre, mientras tanto, también se sumó a construir trincheras.

Juan conoció y sufrió el mar, tierra y aire. “Las tres”, sonríe. Tres también fueron las veces que acudió y fue recibido por el lehendakari José Antonio Aguirre. Sufrió campos de concentración de Sur de Argeles e Irun. Cárcel en Larrinaga. Fue testigo de altos mandos que, de algún modo, les traicionaron. Lamenta que a políticos y otras personalidades “ricachuelas” se les facilitara el exilio. Lo reprocha aún.

Fue gudari del Bou Araba y del José Luis Díez. Fue camarero segundo y también ayudante de ametralladora en el bacaladero camuflado de guerra. Navegó en el Euskal Herria. Pasó hambre en la España republicana. Perdió todo contacto estando en Francia y pensó, desarraigado, hacer su vida lejos. Le sonaba bien ir a Venezuela, adonde no llegaría. Coincidió con Olaizola, con el tío del famoso artista fallecido Nestor Basterretxea (exalcalde de Bermeo), con el pintor Barrueta. Salió vivo de bombardeos como el de Barcelona o Granollers.

Se vio obligado a andar un día y una noche entera para ir al campo de concentración de Sur de Argeles, al grito de “alez, alez, y con golpes de culatas de rifle si se paraban”, propinados por los senegaleses encargados de su envío a este enclave perteneciente a Perpignan.

TRAS LA GUERRA La vida, curiosa ella, acabada la guerra le llevaría con su empresa de atúnidos a Senegal. Fue presidente de la Sociedad Azkarate Hermanos y sufrió en el país subsahariano la explosión de un compresor que le dejó ciego por un mes. Incluso mantenía la ceguera cuando regresó al pueblo natural de quienes entre sí se llaman txo.

Sin embargo (agárrense a los mecanismos de defensa de sus emociones), decía, “la guerra, lo sufrido en mi vida, no fue dolor en comparación cuando murió mi mujer el 8 de marzo de 2011. Yo era el primero que hubiera ayudado a que falleciera. Padecía Alzheimer y no hubo un día que no estuve con ella. Cada día le ponían un tubo. Aquello sí fue horrible”, compara con todos sus desastres vividos en la guerra civil y se emociona, la única vez en todo el encuentro.

Sus dos brazos aún portan las iniciales tatuadas de su Rosario Etxebarria Zulueta, aquella redera que conoció al día siguiente de salir de la cárcel bilbaina de Larrinaga, con la que compartió siete décadas. “Si me decían los franquistas qué era E. R., yo les decía que El Rey”, sonríe.

Juan Azkarate (Bermeo, 18 de junio de 1922) comienza a relatar en primera persona sus avatares con un llamativo “nació la guerra el 18 de julio de 1936, yo tenía recién cumplidos 14 años”. Él era un niño “espabilado” hijo de Felipe y Anastasia. El matrimonio tuvo once hijos pero, al morir la madre ahogada, ya solo quedaban, por diferentes circunstancias, cinco vivos. “Me llevaron a verla al cementerio. Dolor, sentí mucho dolor. Recuerdo de noche que los coches del pueblo se acercaron a Mundaka a alumbrar con sus luces la mar para ver si se podía rescatar a alguien. Mi madre sabía nadar, pero las corrientes…”, silencia ante la cámara de vídeo que le graba conmovido.

Un año antes, con once años, ya él mismo decidió dejar el colegio y ayudar a su padre en el puerto. “Era mal estudiante y buen dibujante”. Con el golpe de Estado ni se lo pensó: “Yo voy a la guerra”, dijo aquel que había sido alumno de un profesor republicano. “Esa suerte tuvimos con Don Gerardo Jiménez”, alza la voz y el dedo índice. Al crío le dieron un “jersey de invierno” como uniforme de la Marina Auxiliar de Guerra del Gobierno vasco y le alistaron en el bou Araba. En el Ejército del lehendakari Aguirre le pagaban 400 pesetas al mes. Sin cumplir 15 primaveras ya era gudari. El bou Araba fue a dique seco y en un principio le derivaron a un submarino, pero acabaría en el José Luis Díez y en Burdeos. “Los mandos del barco se pasaron como Goikoetxea al bando de Franco y nos devolvieron a España, a Santander. El viaje fue entre cortinas de humo, una hora de combate a oscuras. Ganábamos por velocidad”, recuerda.

periplo Allí le enviaron al Estado Mayor de Fuerzas Navales del Cantábrico. De ordenanza en tierra. “No conforme, me fui adonde el lehendakari Aguirre. En euskera le dije que quería volver a los bous. Pero me mandó a El Sardinero”. Sin embargo, con los franquistas allí, en el Euskal Herria fue a Asturias. Y en un mercante volvió a Francia. De allí, a Barcelona. Y volvió a visitar a Aguirre. Este le recordaba y le mandó a estudiar al mejor colegio, pero “no me aseguraban la comida”.

Y volvió por tercera vez adonde “José Antonio”, exclama. El lehendakari le destina al consulado de Cuba. “Pedí que me pagaran y me dijeron que 250 pesetas. Yo ni quería acabar en Cuba ni ese dinero, por lo que me fui”, enfatiza. Acabó en Aviación como “único vasco en Gerona”, matiza. Más adelante llegó el horror de los campos de concentración tras no aparecer un mugalari en una misión especial. “Éramos 50.000 en la playa de Argeles”. Y de Irun, los franquistas le llevaron a Larrinaga. Al salir libre, conoció al amor de su vida.