El coronel que alabó la República en Garellano

Fernández Piñerua contribuyó a que Bilbao fuera la única capital de la CAV en la que fracasó el golpe de Estado del 36

Un reportaje de Iban Gorriti

Imagen histórica del cuartel de Garellano. Foto: DEIA
Imagen histórica del cuartel de Garellano. Foto: DEIA

Hay biografías que debieran ser labradas por la importancia que han tenido esas personas en un determinado momento histórico. La actuación firme del coronel republicano Andrés Fernández Piñerua hacia el general Mola durante la jornada golpista del 18 de julio de 1936 debiera ser una de ellas. Sin embargo, se conoce su periplo vital con pinzas, con detalles que han publicado varios investigadores en sus trabajos y algún documento que ha llegado a nuestros días, 80 años después de aquel día en el que generales militares trataron de tomar el poder político vulnerando la legitimidad institucional establecida en el Estado.

Con todo, si con el estallido de la Guerra Civil la villa de Bilbao fue plaza republicana fue en parte gracias a Fernández Piñerua, quien al cargo del cuartel de Garellano acabó gritando a Mola un “¡Viva la República!” antes de colgarle el teléfono en el intento del general golpista de que se sublevaran. El periodista y corresponsal de guerra valenciano Vicente Talón Ortiz resume este episodio. “El drama de las guerras civiles es que, hablo genéricamente, se conocen todos. Por ejemplo, en Bizkaia, el coronel Andrés Fernández Piñerua Iraola se negó a declarar el estado de guerra en Bilbao pese a que Mola le había amenazado con fusilarle en la plaza de Zabalburu si no daba ese paso. Había tratado a Franco en África y mucho más el teniente coronel Vidal Munarriz, jefe del regimiento Garellano, pues fue su profesor de trigonometría”, cita.

Gracias a otro autor, Andoni Astigarraga, conocemos que al producirse el golpe de Estado no hubo unanimidad en el Regimiento de Garellano. Su comandante en jefe, el teniente coronel Joaquín Vidal Munárriz -acabó fusilado por los franquistas en 1939- era partidario de la legalidad republicana. La mayoría de sus oficiales, sin embargo, estaba influido por el UME (Unión Militar Española), de tendencia claramente totalitaria. “Por esta razón, cuando el gobernador militar interino, coronel Fernández Piñerua, formó a la oficialidad en el cuarto de banderas e invitó a los oficiales dispuestos a respaldar al gobierno de la República a dar un paso al frente, fueron muy pocos los que lo hicieron”. El resto fue detenido, entre ellos Fernández Ichaso, el capitán Ramos, el teniente Del Oslo y algunos oficiales más, siendo condenados a muerte y fusilados los tres primeros.

El grueso del Regimiento participó en el desfile militar del día siguiente y “en la fracasada expedición que al día siguiente partió a la reconquista de Vitoria”, agregaba Astigarraga y valoraba en la enciclopedia Auñamendi que “la adhesión final de la mayoría de los oficiales de Garellano a la República fue de gran importancia para Bizkaia, que contaba con muy pocos militares profesionales”. Mola, sin embargo, había pensado que se sublevarían. “Saldría bien si ciertos generales se levantaban porque acto seguido sus subordinados, coroneles y comandantes, les obedecerían según el canon y la jerarquía castrense, tomando primero el control de plazas como Bilbao, Donostia y Gasteiz, y después el resto de las respectivas provincias. A este núcleo militar debían sumarse las unidades de la Falange y de los Requetés, aparte de las organizaciones políticas como Renovación Española o los Tradicionalistas”, expone en el libro Al infierno o a la Gloria el autor Ingo Niebel.

Pero en Bilbao la rebelión no cuajó por una conversación telefónica entre Mola y Fernández Piñerua. El investigador Germán Cortabarría aporta lo que se dijo en aquella conferencia y que aparece en Historia Documental de la Guerra en Euzkadi, de Astigarraga. Piñerua era coronel y comandante militar de Bizkaia al producirse el golpe de Estado. Fue conminado a sumarse a lo que los facciosos llamaron “alzamiento nacional”. La conversación también fue recogida por el corresponsal George Lowther Steer en su libro El árbol de Gernika, aunque utilizó como interlocutor al gobernador civil Novoa Echevarría.

“-¿Es el gobierno militar de Bilbao?

-Sí. señor.

-De parte del general Mola que se ponga el coronel Piñerua.

-Hola.

-¿El coronel Piñerua?

-Sí, soy Piñerua. (No oíamos, manifiesta el testigo, quien llamaba desde Pamplona. Unos supusieron era el general Mola y otros que fue el general García Escámez, pero por lo que contestaba el coronel Piñerua se deducía que le conminaban apremiantemente para sumarse a la rebelión).

-…

-Yo no he dado mi palabra de honor.

-…

-Yo no me comprometí a sublevarme… (y balbuceaba), yo no corro con la responsabilidad…

Al llegar a este punto del diálogo, uno de los presentes, nervioso y exasperado por la conferencia, gritó:

-A cuadrarse los militares. ¡Piñerua, hay que ser leal!

-Sí, sí. Yo soy leal.

-No queremos sublevaciones. ¡Viva la República!

-¡Viva!, y el que había interrumpido la conversación, acercándose al teléfono, gritó:

-Aquí con los traidores no queremos nada.

Así finalizó aquella conferencia en que se solicitaba a las fuerzas de Bilbao su aporte a la rebelión militar”.

Por ello, Mola -según el libro de Talón Memoria de la Guerra de Euzkadi– “su actitud mereció que a las diez de la noche el general Batet le llamase desde Burgos felicitándole por permanecer leal, mientras que corrió el rumor de que Mola le había telefoneado a su vez para decirle que apenas tomase Bilbao le haría fusilar en la plaza de Zabalburu”, según el investigador Ritxi Zarate. Algunas informaciones apuntan que era bilbaino, pero otras -más fidedignas- aseguran que era de Gasteiz y residente en la capital vizcaina, en Garellano. Según un documento del régimen franquista, aportado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, Fernández Piñerua falleció a los 64 años tras un juicio en la salmantina Ciudad Rodrigo.

Adiós a la leyenda del euskera como arma de los aliados

Un estudio desmonta la versión de que fue utilizado en 1942 por marines contra Japón como idioma encriptado durante la segunda guerra mundial

Un reportaje de Iban Gorriti

El Batallón Gernika desfila ante el Teatro de Burdeos, tras la victoria de Point Grave. Foto: Memorial Front du Médoc
El Batallón Gernika desfila ante el Teatro de Burdeos, tras la victoria de Point Grave. Foto: Memorial Front du Médoc

un extenso estudio publicado por la Asociación Sancho de Beurko deconstruye el mito del euskera utilizado como idioma codificado por alguna supuesta unidad de marines de origen vasco durante la Segunda Guerra Mundial, y de forma particular en el desembarco de la Batalla de Guadalcanal en verano de 1942. Los autores del laborioso trabajo surgido en Reno (Estados Unidos) hace más de quince años son los historiadores Pedro J. Oiarzabal, de la Universidad de Deusto, y Guillermo Tabernilla, de Sancho de Beurko Elkartea.

La investigación, con visitas a los archivos estadounidenses, británicos y estatales, desmonta uno de los mitos más arraigados de la historiografía vasca que, a su juicio, se repite “de forma cíclica” en los diferentes medios de comunicación desde hace setenta años. Tabernilla y Oiarzabal fundamentan esta creencia en “las muy complejas relaciones” entre los medios secretos del Gobierno vasco en el exilio y el servicio de inteligencia OSS norteamericano, precedente de la actual CIA.

El estudio de 156 páginas ha visto la luz en la revista digital Saibigain de Sancho de Beurko Elkartea. Lleva por título El enigma del mito y la historia: Basque codetalkers en la Segunda Guerra Mundial. El origen de la creencia heredada tiene su origen en dos publicaciones del año 1952. Primero en la edición mexicana del periódico nacionalista vasco Euzko Deya y, a continuación, una réplica de la armada franquista en La revista de Marina. Editan la misma nota “como reacción a una acción”.

Oiarzabal y Tabernilla ponen de manifiesto en su libro la “falsedad histórica” de tal hecho, enfatizando el obligado papel jugado por el enigmático capitán Frank D. (o Ernesto) Carranza, “hijo de inmigrantes vascos” -según un texto de la época-, artífice del supuesto uso militar del euskera en la última contienda mundial. “Diferentes fuentes citan a Carranza, pero no hay ninguna prueba que demuestre que se llamara así. Creemos que sí existió pero bajo otro nombre real”, subraya Tabernilla.

Es más, se cita que esta enigmática figura murió atropellada cuando salía de casa en abril de 1979 en la Quinta Avenida de Nueva York, vía en la que la OSS tenía su sede. También existe una entrevista en la que la histórica Marichu Anatol -de la Red Cométe- aseguraba en una entrevista publicada en DEIA que vio a Carranza en la muga en Bidasoa.

“A Marichu no se le puede cuestionar. Le vio sin duda. Pero no existe en los fondos militares esa persona con ese nombre. Salen en las bases de datos varios Carranza… pero ninguno con ese perfil. Ha pasado lo difícil de estar en el Pacífico con los marines a la muga del Bidasoa. Solo alguien se puede mover tanto si está trabajando para la inteligencia norteamericana “, agrega Tabernilla.

En aquella guerra sí se utilizaron lenguas como el de la comunidad nativa navajo para encriptar mensajes de radio como un método seguro de comunicación. Tanto es así que el código nunca fue descifrado por las fuerzas imperiales japonesas. Con relación a la lengua vasca, en 2008 el Gobierno vasco también hizo suyo el discurso de que se había usado el euskera como el navajo, pero nunca se había demostrado. “El navajo o el iroqués eran lenguas minoritarias que podían utilizarse, pero el euskera era ya un idioma estudiado y de alguna forma internacionalizado. Dos marines de la OSS de entonces ya declararon que no era posible. El euskera no era una lengua aislada, tenía presencia en muchas partes del mundo”, precisa Tabernilla.

‘capitán carranza’ Oiarzabal también aboga por que el mito surge de las extremadas complejas relaciones entre los servicios de información, y hay libros que lo citan. “Personas con cierta autoridad académica lo creyeron y lo difundieron. Empiezas a dudar que fuera cierto cuando buscas fuentes testimoniales. Tendría que aparecer alguna información real”, enfatiza Oiarzabal quien consultó a los mayores expertos en criptología de Estados Unidos. “Y me aportaron con pelos y señales por qué no se utilizó el euskera. Además, no aparece el capitán Carranza con esas credenciales ni los 60 marines vascoamericanos del cuerpo de transmisiones en Guadalcanal de la Organización Airedale”. A su juicio, resulta imposible demostrar que se diese la utilización de la lengua vasca a partir de esta investigación “con argumentos de peso y con documentos originales”.

El trabajo que se puede consultar de forma gratuita tiene una dedicatoria especial: “A todas aquellas personas que desde el anonimato sirvieron con su esfuerzo y sacrificio al Servicio Vasco de Información y a los servicios secretos de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, contribuyendo a la victoria final contra el totalitarismo”.

Algo más que el compañero de celda de ‘Lauaxeta’

Esta semana se cumplirán 80 años del fusilamiento del comandante del batallón de Eusko Indarra y cofundador de ANV, José Placer Martínez de Lecea

Un reportaje de Iban Gorriti

Algo más que el compañero de celda de ‘Lauaxeta’ Foto: DEIA
Algo más que el compañero de celda de ‘Lauaxeta’ Foto: DEIA

SE le conoce, en muchos casos, casi exclusivamente por ser aquel compañero de celda del poeta y periodista vizcaino, y comandante de intendencia Esteban Urkiaga, más conocido como Lauaxeta, sin embargo, tras analizar la biografía de José Placer, sería injusto retener tan solo ese capítulo. Fue una personalidad política relevante en Araba cuando estalló la Guerra Civil española, además de comandante de gudaris en el batallón Eusko Indarra de la ANV que cofundó. Finalmente, fue fusilado tras un juicio sumarísimo tras ser apresado por los golpistas franquistas mientras defendía una batería en Gernika.

El 5 de julio se cumplirán 80 años de su muerte. En su memoria, el Ayuntamiento de Barrundia ha organizado un acto de recuerdo por él y el resto de represaliados de la zona el 8 de julio a las 13.00 horas en la plaza del Ayuntamiento de Ozaeta.

El primer hijo de quince hermanos del matrimonio Gerardo Placer y Feliciana Martínez de Lecea, Pepe, nació en Ozaeta en diciembre de 1896. Allí vivió su infancia, donde su padre ejerció la profesión de médico de Barrundia durante 35 años. “Como curiosidad, aunque era natural de Zaragoza, Gerardo también trabajó en Busturia, donde fue médico de Sabino Arana”, recuerda Félix Placer, sobrino del fusilado.

José Placer tuvo que dejar pronto su pueblo para trabajar en Gasteiz, aunque volvía con cierta frecuencia a Ozaeta. De convencidos sentimientos nacionalistas e ideas progresistas estuvo afiliado a EAE-ANV desde los comienzos de su militancia política. Fue uno de sus cofundadores e impulsores en la capital alavesa en 1931.

Secretario del comité de Gasteiz, impulsó la corriente de izquierdas dentro de EAE-ANV. Pepe, miembro del nuevo Comité Nacional y representante de Araba, tomó parte activa en la campaña electoral de 1936. Al triunfar la izquierda se renovó la gestora de la Diputación de Araba. Los dos miembros de ANV fueron Joxe María Belaustegigoitia y José Placer, primeros representantes, por tanto, de la izquierda abertzale en esta institución.

El 18 de julio de 1936, tras el golpe de Estado contra la Segunda República, mientras algunos compañeros de partido fueron detenidos, Placer consiguió huir por Ozaeta. Lo recuerda su hermana Ofelia: “Estaba sola en casa. Mi padre fue a visitar a un enfermo en Narvaja y mi madre lo acompañó. Eran las once de la mañana. Inesperadamente se presentó mi hermano Pepe. Quería pasar por el monte a Gipuzkoa, pero no se acordaba muy bien del camino a seguir. Me preguntó si yo sabía de alguien que pudiera acompañarle, porque tenía miedo a perderse. Fui a buscar a un vecino de confianza. Lo acompañó y vino a avisarme de que Pepe ya estaba seguro. Después tuvo problemas por haberlo acompañado”, lamenta Ofelia, y continúa: “Nada más marcharse Pepe, apareció por la puerta de delante de casa el guarda de Elgea. Me preguntó con mucha insistencia a ver dónde estaba Pepe. Le dije que no tenía ni idea y de ahí no me sacó, pero venía a detenerle”.

José tuvo dos hermanos más que fueron gudaris: Eloy Placer, teniente alistado a su mismo batallón, al Eusko Indarra; y Félix Placer, comandante de la unidad comunista Karl Liebknecht. “Félix, se llamaba como yo, era mi padre y Eloy mi tío, como Pepe. Eloy fue condenado en Santoña y, tras exiliarse, trabajó como profesor de la Universidad de Reno. Fue gran investigador de la cultura vasca y escribió sobre Pío Baroja”, continúa relatando. De entre los quince hermanos también destacaron otras personas como Araceli Placer, reputada activista del PNV como conferenciante de Emakume Abertzale Batza.

José Placer luchó en Donostia y después como comandante del batallón Eusko Indarra en las unidades de artillería que actuaban en Gernika, junto a su hermano Eloy. Allí fue hecho prisionero el 3 de mayo, después del bombardeo de la villa. Le llevaron a Ondarreta. Reclamado por el Gobierno, estuvo preso en el convento de los Carmelitas de Gasteiz junto con Lauaxeta con quien compartió celda, condenado a muerte el 15 de mayo por el mismo alférez juez instructor José María Sarachaga y tuvieron como “defensor” de oficio al alférez José Antonio Sáenz de Santamaría, las angustiosas semanas de prisión.

Ambos fueron fusilados en el mismo lugar, en la pared norte del cementerio de Santa Isabel con días de diferencia: Placer el 5 de julio de 1937 y Lauaxeta el 25. “Murió con patriotismo y valentía, según lo atestiguó el Padre Moreno, que le atendió en sus últimos momentos. “Murió gritando Gora Euskadi askatuta”, subraya Félix.

José Placer era primo carnal del padre de la famosa escritora vasca Toti Martínez de Lezea. “Sí. Mi abuelo y su madre eran hermanos. Estos días que he leído sobre el homenaje a Lauaxeta no he podido evitar pensar en él. Compartieron celda en los Carmelitas de Gasteiz y fueron fusilados ante la tapia del mismo cementerio, pero de él apenas una palabra”, comenta a este diario la escritora, y añade: “Su madre, mi tía abuela Feliciana, fue a pedir que le dejaran ver a su hijo antes de morir, y no se lo permitieron”, concluye Toti.

Fusilamiento, amor de juventud y destino

Eloy Resano fue llevado a fusilar por el padre de Benito, que después se convertiría en el marido de su nieta Amelia

Un reportaje de Iban Gorriti
Benito Salvatierra y Amelia Resano terminaron juntos a pesar de las dificultades. Foto: Iban Gorriti
Benito Salvatierra y Amelia Resano terminaron juntos a pesar de las dificultades. Foto: Iban Gorriti

Hay historias de la guerra que sorprenden por su combinación de muerte, amor y, en este caso, destino. Son pasajes que, en ocasiones, se asemejan a guiones de película. La historia, en este caso, gira en torno al abuelo Eloy Resano, a su nieta Amelia Resano Campo (1950), y a Benito Salvatierra Del Campo (1946). Amelia y Benito forman una entrañable pareja navarra, republicana y activista del memorialismo en la que el padre de él fue quien llevó a fusilar al abuelo de ella el 27 de julio de 1936. A día de hoy, es uno de los más cien mil cuerpos desaparecidos aún en el Estado.

Eloy Resano Caparroso fue uno de los primeros asesinados tras el golpe de Estado militar contra la legítima Segunda República. “Toda la historia entre ellos me conmueve”, enfatiza con aprecio Mauro Saravia, fotógrafo vasco-chileno que aporta las primeras pistas a DEIA sobre esta extraordinaria microhistoria.

Pero no acaba ahí el periplo vital de la pareja. Es el momento de rebobinar 80 años atrás y, paso a paso, poner cada pieza en su sitio. El 27 de julio de 1936, los derechistas sublevados contra la democracia fusilaron a Eloy Resano en Zuñiga y a otros seis hombres en la orilla del río Ega, junto a un humilladero, según la tradición oral. Él era natural de Lodosa y “concejal de CNT o UGT, no hemos podido saber a ciencia cierta de cuál de las dos siglas”, explica a este diario su nieta Amelia.

Esta última, ella, hoy también abuela, es la protagonista de la siguiente gran historia de amor. “En 1965, cuando yo tenía 15 años, Benito venía de Antsoain a fiestas de Lodosa. Y empezamos, como era entonces, más a tontear que a salir juntos”, recuerda con la inocencia de entonces. Pero la alegría se volvió olvido por unas palabras del padre de Amelia, Cele. “Un día me preguntó a ver si ese chico que me esperaba debajo de casa era hijo de Zacarías y Dorotea. Le dije que sí, y me respondió que no quería que anduviera más con él, que nunca se sentaría a una mesa con ellos”.

A pesar de sus sentimientos encontrados, Amelia dejó de verse con Benito. “Le dije que no más”. Y pasaron 35 años sin verse. “Nunca”, subraya. Tanto Amelia como Benito se casaron con otras personas.

Un 24 de abril volvieron a coincidir en Lodosa. “Entre nosotros brotó la chispa otra vez. Él llegó a decir ese día que se tenía que haber casado conmigo”. A día de hoy, suman 17 años juntos como pareja casada hace dos años y medio. Son parte del colectivo de recuperación de la memoria histórica Gurugú. Es más, Benito es el presidente de la entidad, él que aún no sabía por qué, de jóvenes, Amelia le había dejado. “Cuando llevábamos -apunta Amelia- cinco o seis años juntos, al venir él de trabajar, le dije que le tenía que contar algo y se puso blanco. Le dije que su padre fue quien llevó a mi abuelo a fusilar, y se llevó el mayor de los disgustos de su vida porque nadie le había contado nada en su familia y me dijo: cariño, siempre te he apoyado, y desde este momento en adelante te voy a apoyar aún más”.

Habla Benito: “¡Imagínate! Yo no tenía ni idea. Aquel día la noté intranquila…. Soy memorialista y voy a seguir siéndolo. Yo no tengo por qué reconciliarme con el pasado de mi familia. Yo voy a seguir luchando por la memoria histórica”, subraya.

Treinta y cinco años después les volvió a unir el primer sentimiento. “Es el destino el que nos unió. Cuando ella tenía 15 años, su padre, lógicamente, estaba resentido. Y a mí era la mujer que me gustaba. Al final, 35 años después, fue el corazón el que dio un vuelco”, proclama Benito.

El año pasado el colectivo Gurugú con el apoyo de los ayuntamientos de Lodosa y Zuñiga instaló un monolito en recuerdo a aquellos fusilados a la orilla del río Ega tras no dar con los restos. “Después de muchos años de silencio y de intentos fallidos, no pudimos recuperar sus cuerpos, pero al menos sí su memoria. Y nuestro compromiso es que su recuerdo y ejemplo se transmita ahora de generación en generación porque mi abuelo fue ídolo para mí. Aunque resulte chocante, me siento de alguna manera afortunada: prefiero que lo mataran por estar en esa parte que con los otros”, dijo Amelia.

Ella es nieta de aquel concejal republicano que también perteneció a una gestora municipal de Lodosa del PSOE y que era amante de la música, la poesía y la lectura. Curiosamente, aún era conocido en el pueblo como el Niñito de las monjas. “Mi abuelo vivía en la calle que se llamaba Detrás del Hospital, junto al colegio y capilla de las monjas. Una de las religiosas le quería muchísimo. Por ello siempre nos decían: si Sor Ana hubiera estado aquí, a tu abuelo no lo fusilan, porque lo hubiese escondido debajo de sus faldas”.

José Vicandi, el gudari al que trepanó el bando contrario

Lo dieron por muerto tras recibir un disparo en la cabeza en la batalla de Zaldibar, cuando en realidad el enemigo lo había apresado y lo operó salvándole la vida

Un reportaje de Iban Gorriti

El gudari, años después de la Guerra Civil.
El gudari, años después de la Guerra Civil. Foto: DEIA

En las guerras también hay, aunque contados, momentos para la esperanza y las buenas acciones. Son, finalmente, sorprendentes actitudes que niegan el dicho de “al enemigo, ni agua”. Fue el caso del gudari José Vicandi del batallón Abellaneda, a quien dieron por muerto el 25 de abril de 1937 en el combate de Santamañazar, Zaldibar. Este soldado del Euzko Gudarostea nacido en Barakaldo y vecino de Kastrexana cayó herido como muertos acabaron sus mandos, el comandante Castet y el capitán Zubelzu, entre otros. Según narra la familia y el estudio Senderos de la memoria -informe elaborado por la UPV/EHU y dirigido por Joseba Agirreazkuenaga y Mikel Urquijo-, Vicandi fue dado por muerto, y quedó abandonado en el campo de batalla, con un tiro en la cabeza.

Sus compañeros llegaron a inscribir su defunción, y se celebraron dos funerales por su persona en Alonsotegi (municipio al que pertenecía entonces Kastrexana) y en Güeñes, sede del cuartel del Abellaneda. Sin embargo, el enemigo, al darse cuenta de que el vizcaino seguía vivo, lo apresó y lo trasladó a Gasteiz, donde una oportuna trepanación le extrajo el proyectil. Una vez rehabilitado tras un año en la capital alavesa, fue enviado como esclavo a uno de los mal llamados batallones de trabajadores en San Pedro de Cardeña, Burgos. Las secuelas de la intervención fueron dolores de cabeza de por vida, acompañados de ataques epilépticos que pudo corregir con un medicamento. Murió con 64 años.

Documento con la invalidez total de José Vicandi.
Documento con la invalidez total de José Vicandi.

recuperación Su hijo Joseba agradece que diversos factores le permitieran seguir vivo en plena Guerra Civil. “Tuvo mucha suerte. Primero, que el tiro fuera de lejos, ya que se quedó alojado entre el cerebro y el hueso. Segundo, que lo apresaran y no decidieran rematarlo allí mismo. Tercero, que un médico militar pusiera todo de su parte para salvarlo, quizás estaba en la guerra obligado… y que lo permitieran mejorarse un año con unas monjas, que él contaba que le trataban muy bien”, detalla Joseba.

A día de hoy, aquel soldado de 20 años a las órdenes del malogrado comandante Castet tendría 102 años. “Mi padre tenía mucho aprecio a Castet. Le parecía un hombre muy íntegro, de carisma. Se acordaba mucho de él y solía contar que en una ocasión le regaló una pistola. Mi padre le preguntó a ver para qué la quería, y le respondió que por si le hacía falta en algún momento”.

José Vicandi Fernández era el tercero de cinco hermanos que dio a Euskadi el matrimonio formado por Miguel Vicandi, de Begoña, y Amalia Fernández, de Barakaldo. “Mi padre ya antes de la guerra estaba afiliado al PNV y se alistó al Abellaneda”, agrega quien recuerda escuchar a José que había luchado contra el fascismo por Markina, Xemein, Arretxinaga, Elgeta, “en el Intxorta Txiki”, y en Zaldibar, donde cayó herido. “Decía que, mientras le hacían la trepanación, no le dolía, pero que notaba que le andaban porque le dieron una anestesia local. Y que se la hicieron con un cincel y un martillo de médicos”.

La noticia de que podía seguir vivo, a pesar de los funerales, llegó a Kastrexana. “ A algún vecino de la zona le pareció que pudiera ser José uno que estaba en Vitoria, y mi abuelo tuvo que pedir un salvoconducto para poder ir a ver si era él. Lo consiguió y mi padre siempre contaba que en el encuentro se dieron un abrazo terrible, de la emoción”, enfatiza Joseba. A continuación, lo enviaron a trabajar como esclavo de Franco a San Pedro de Cardeña y vieron que no podía. Una suerte más: le concedieron la inutilidad total y regresó a Kastrexana, donde comenzó a trabajar hasta jubilarse en la firma local Etxebarria. Cada año que vivió se sumaba al Gudari Eguna que se organiza en Güeñes como encuentro de los soldados de los batallones encartados Abellaneda y Muñatones, de los que queda vivo al menos un integrante: el karranzano Manuel Sagastibeltza, en Santurtzi. Sagastibeltza, Vicandi, Castet, Zubelzu y otros compañeros lo dieron todo el 25 de abril de hace 80 años en Zaldibar, una vez que se derrumbó el frente de los Intxortas tras la ocupación de Elorrio. Las fuerzas del lehendakari Aguirre intentaban consolidar una nueva línea para frenar el avance adversario que amenaza con derrumbar el llamado Frente de Gipuzkoa.

la batalla El batallón Abellaneda llegó aquella jornada a la anteiglesia, que -como curiosidad- en 1932 había cambiado en pleno su nombre histórico de Zaldua por el de Zaldibar. Desde la subida al monte Santa Marina, un batallón fascista del Regimiento América fue sorprendido por la llegada de los gudaris, pero el Abellaneda es atacado a su vez por sorpresa por el Tercio Navarra de requetés. Mueren Castet y Zubelzu. El batallón retrocede precipitadamente tras tratar de resistir, dejando una treintena de muertos y algún prisionero en manos de los franquistas, caso de Vicandi. Algunos grupos del Abellaneda llegaron en retirada a Gernika-Lumo, sufriendo el bombardeo aéreo del 26 de abril de 1937. “Amigos de mi padre del Abellaneda contaban que, tras salir de lo de Zaldibar, les pilló el bombardeo de Gernika. Como curiosidad, a día de hoy en las listas de desaparecidos del Gobierno vasco aún aparece el nombre, lugar y fecha en que mi padre murió”, concluye.