La palabra cumplida de Aguirre a Companys

El primer lehendakari, agradecido por cómo le acogió Catalunya en la guerra, prometió al president que le acompañaría si tenía que salir al exilio. y lo cumplió

Un reportaje de Iban Gorriti

Aguirre y Companys, en un acto público celebrado en octubre de 1938 en Barcelona. Foto: Archivo de Jesús Elosegi
Aguirre y Companys, en un acto público celebrado en octubre de 1938 en Barcelona. Foto: Archivo de Jesús Elosegi

Las palabras del vicesecretario de comunicación del Partido Popular, Pablo Casado, pusieron la piel de gallina a más de una persona que las oyeron, leyeron, en definitiva, sintieron semanas atrás: “No tenemos nada que ceder ni negociar con los golpistas. El que la declare (por la independencia en Catalunya), lo mismo acaba como el que la declaró hace 83 años”.

Ocurrió el pasado 9 de octubre. Pablo Casado -de forma paradójica, nieto de un médico republicano de UGT que sufrió el franquismo- envió el mensaje al presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, al que comparó con su homónimo Lluís Companys (1882-1940). El histórico president catalán declaró la independencia de Catalunya el 6 de octubre de 1934. Desde entonces han transcurrido poco más de 83 años. Por ello fue encarcelado y tras ser detenido por la Gestapo fue fusilado por el régimen totalitarista de Franco el 14 de octubre de 1940, en Montjuic. El malogrado político se convirtió en el único presidente en toda Europa asesinado por el fascismo. “Fue falsamente acusado de sedición, juzgado sin garantías procesales, condenado a muerte y fusilado”, valora en un estudio Marc Pons.

Sin embargo, 77 años después de aquel asesinato de Estado aún resuena el apoyo agradecido del lehendakari José Antonio Aguirre (1904-1960) a Companys. Todavía nuestros mayores retienen frases del presidente natural de Getxo como: “Siempre con Catalunya”. De hecho, prometió al president catalán que si este último algún día tenía que poner rumbo al exilio, él le acompañaría. Y cumplió su palabra.

Lo hizo quien tras estallar la guerra el 18 de julio de 1936 ya difundió el siguiente recado: “La causa de la libertad catalana era la causa de la libertad vasca. Así lo había de entender un espíritu recto”.

En 1939 Aguirre se unió a Companys y acompañados por sus gabinetes cruzaron la frontera para llegar al Estado francés. El lehendakari viajó de París -donde estaba exiliado- a Catalunya en la noche del 24 al 25 de enero. Como curiosidad, días antes, el 22, se publicó por última vez en Catalunya el diario Euzkadi, editado en Barcelona por el PNV desde diciembre de 1937, y ese mismo día se dio orden a los hospitales que gestionaba el Gobierno de Euzkadi para el cierre de los mismos y la evacuación del personal y enfermos.

El 23, Companys había cenado con Josep Andreu i Abelló, presidente del Tribunal de Casación de Catalunya. Ambos recorrieron en coche las calles desiertas de Barcelona. Andreu narró ese último paseo nocturno de Companys por la capital: “Fue una noche como nunca olvidaré. El silencio era total, un silencio terrible, como solo se advierte en el punto culminante de una tragedia. Fuimos a la plaza de Sant Jaume y nos despedimos de la Generalitat y de la ciudad. Eran las dos de la madrugada. La vanguardia del ejército nacionalista estaba ya en el Tibidabo y cerca de Montjuict. No creíamos que volviésemos jamás”. Companys salió de Barcelona a las tres de la madrugada del día 24.

Según narra el historiador de Sabino Arana Fundazioa, Iñaki Goiogana, Manuel Irujo acompañó a Aguirre. “La misión que se habían impuesto era, por una parte, coordinar las labores de evacuación y, por otra parte, asistir a la que resultaría última sesión plenaria de las Cortes de la República”, subraya.

El 26, la ciudad condal fue ocupada por los sublevados. El lehendakari, ante la imposibilidad de llegar a Barcelona, se instaló en Port de Molins. El 4 de febrero, el lehendakari decidió abandonar Catalunya y partir hacia Francia, “pero no quiso hacerlo solo”, enfatiza Goiogana. Quiso hacerlo acompañando al president de la Generalitat, Lluís Companys.

cruzar la frontera Los dos presidentes supieron que Manuel Azaña, Juan Negrín y Diego Martínez Barrio, presidentes de la República, del Gobierno y de las Cortes, respectivamente, también querían pasar a Francia. “Los cinco acordaron cruzar juntos la frontera y hacerlo por un punto poco frecuentado. Sin embargo, cuando al día siguiente, 5 de febrero, los presidentes vasco y catalán se acercaron a la casa donde habían pasado la noche los más altos cargos de la República se encontraron con que estos habían marchado ya, sin esperarles como habían convenido, y no les quedó otra que emprender el ascenso del collado de Manrella y, una vez coronada la cima, bajar a Les Illes, primer municipio francés”, agrega el investigador.

A juicio de Goiogana, el recorrido que hicieron juntos el lehendakari Aguirre y el president Companys venía a ser una metáfora de la situación del momento y de lo que vendría más tarde. “Se dice que Companys, al llegar a Les Illes, llevaba el dinero justo para pagarse una tortilla. No tenían más, ni él ni su Ejecutivo, despojados por parte del Gobierno de la República de las cantidades de dinero previstos para la evacuación cuando los camiones de la Generalitat que lo transportaban a la frontera pasaron por Figueres”.

Cuatro años después y tras haber sido ejecutado Companys, del puño de Aguirre quedaron escritas las siguientes reflexiones en su libro De Gernika a Nueva York, pasando por Berlín (1943). “Salía el presidente de Cataluña señor Companys por el monte, camino del exilio. A su lado marchaba yo. Le había prometido que en las últimas horas de su patria me tendría a su lado, y cumplí mi palabra. También el pueblo catalán emigraba, y también la aviación de Hitler, Mussolini y Franco, asesinaba a mansalva a aquellos peregrinos indefensos. (…) Yo miraba con dolor a los fugitivos, porque para nosotros los vascos se había guardado en Francia aquellas normas de pudor que impone la desgracia. Se nos atacó y calumnió por los bien pensantes, pero vivimos en nuestras propias instituciones y fuimos distinguidos con afecto por las autoridades y personalidades de todas las ideas”.

Y los marinos de las siete provincias vascas formaron juntos

Entre 1940 y 1943, profesionales de la mar de un lado y otro del Bidasoa participaron en el tercer batallón de las Fuerzas Navales Francesas Libres, que no entró en combate

Un reportaje de Iban Gorriti

Los marineros de Hegoalde e Iparralde que formaron la unidad militar vasca denominada ‘3er. Batallón de Fusileros Marinos’. Foto: Juan Pardo San Gil
Los marineros de Hegoalde e Iparralde que formaron la unidad militar vasca denominada ‘3er. Batallón de Fusileros Marinos’. Foto: Juan Pardo San Gil

PERDIDA la Guerra Civil española por el bando republicano y sometido el Estado al totalitarismo franquista, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) marinos vascos de Hegoalde e Iparralde formaron juntos, por primera vez en muchos siglos, en un mismo bando y en una misma unidad: las Fuerzas Navales Francesas Libres (FNFL).

Fue la eminencia en la materia Juan Pardo San Gil -querido investigador fallecido en 2013- quien estudió con mayor mimo este capítulo de la historia de Euskadi. En el seno de estas fuerzas navales se organizó además una primera unidad militar vasca, el denominado 3er. Batallón de Fusileros Marinos, fruto del acuerdo entre el Consejo Nacional de Euzkadi y la Francia Libre. “Presiones inglesas obligaron a disolver el batallón, pero tanto este intento de participación colectiva como el acuerdo firmado tuvieron una gran significación histórica”, mantenía en sus investigaciones el malogrado historiador.

Siempre según sus indicaciones, los marinos vascos estuvieron presentes en casi todos los escenarios bélicos: ya fuera en tripulaciones de la España franquista o en el exilio, sirvieron en el bando aliado durante toda la contienda.

Una presencia importante de marinos de un lado y otro de los Pirineos tuvo lugar en las Fuerzas Navales Francesas Libres (1940-1943). Las creó el vicealmirante Muselier. Su objetivo fue “seguir combatiendo contra el Eje, cuando la Francia de Vichy firmó el armisticio con Alemania en 1940”, publicó Pardo. En ellas se alistaron unos pocos marinos vascos refugiados en Francia e Inglaterra después de la Guerra Civil, a la par que lo hacían varias decenas de compañeros labortanos, bajonabarros y suletinos. Por primera vez en varios siglos combatían juntos, sin fronteras y todos vascos.

De su paso por las FNFL nos queda además el primer intento de organizar una unidad militar vasca para combatir con los aliados. Por acuerdo entre el Consejo Nacional Vasco -organismo que sustituyó temporalmente al Gobierno vasco- y la Francia Libre llegó a organizarse una unidad militar vasca dentro de las FNFL en 1941, bautizada 3er. Batallón de Fusileros Marinos.

Las presiones de los ingleses, que querían evitar cualquier acción que pudiera animar al Gobierno de Franco a entrar en guerra, obligaron a disolver la unidad en 1942, sin haber llegado a entrar en combate. Sus componentes pasaron entonces a otras unidades de las Fuerzas Navales y del Ejército de la Francia Libre a título individual. No obstante, el acuerdo firmado tenía una gran significación histórica por tratarse del primer tratado internacional de la era moderna, suscrito por un organismo representativo del pueblo vasco y que, además, tenía una versión en euskera.

La mayor parte de marinos era de Iparralde, pero también hubo presencia de combatientes de Hegoalde, de localidades como Bilbao, Gasteiz, Sestao o Donostia. Así por ejemplo, Ángel de Agirretxe Goikoetxea era natural de Bilbao, médico, exdirector de la revista Jagi-Jagi y uno de los dirigentes de Euzko Mendigoizale Batza. Durante la Guerra Civil había sido capitán médico del Batallón Zergaitik Ez, ascendiendo hasta teniente coronel. Sirvió luego como médico de los refugiados en Francia. Al producirse la invasión alemana escapó de Donibane Lohi-tzune en el langostero bretón Solangane. Fue a Irlanda y luego a Inglaterra. Acabó siendo médico de primera clase de las FNFL y médico del 3er. Batallón.

Chófer de estrellas De la villa capitalina vizcaina también era Juan Antonio de Basabe Arrazola. Había servido como teniente de Infantería en un batallón de gudaris y después pasó a Francia. A raíz de la invasión alemana escapó de Donibane Lohi-tzune en el transporte polaco Baron Nairn con Antonio Gamarra y otros. Fue alférez de Navío de 2ª de las FNFL (septiembre 1941).

El citado Antonio Gamarra era gasteiztarra y miembro del Araba Buru Batzar del PNV. Al producirse la invasión alemana de Francia partió de Donibane Lohitzune en el Baron Nairn y llegó a Inglaterra con otros dos compañeros del EBB, Juan Basabe y varios miembros de los Servicios Vascos de Información. Fue oficial de Administración de 2ª de las FNFL. El bilbaino Juan Cotano fue instructor de los Comandos del Ejército de Tierra. Y como curiosidad histórica, el marino de Baiona Gaston Sanz se hizo muy popular en los años 60 por ser el chófer de los actores estadounidenses Liz Taylor y Richard Burton, a los que acompañó en incontables actos públicos. El labortano falleció en 2005.

Manuel Iturrioz, el Houdini de los mugalaris vascos

Investigadores consideran a Manuel Iturrioz el primer pasador que formó parte de la Red Comète y que protagonizó más de cinco huidas

Un reportaje de Iban Gorriti

‘Collage’ con las fotografías de las vivencias de Iturrioz, un luchador incansable, tal y como lo recuerda su familia. Fotos: Familia Iturrioz
‘Collage’ con las fotografías de las vivencias de Iturrioz, un luchador incansable, tal y como lo recuerda su familia. Fotos: Familia Iturrioz

en 2006, Orexa dejó de ser el pueblo más pequeño de Gipuzkoa. Hoy lo es Baliarrain. Sin embargo, la historia de los moradores de la localidad de Tolosaldea permanece intacta. No hay que echar la vista muy atrás para conocer que un hombre llamado Manuel Iturrioz fue uno de los primeros pasadores, mugalaris, de la histórica red Comète.

La red Comète -en palabras del investigador Juan Carlos Jiménez de Aberasturi- fue una organización franco-belga que nació en Bruselas en 1940 con la finalidad de evacuar a los combatientes aliados perseguidos por los nazis. Su objetivo era ponerlos a salvo conduciéndolos, con la ayuda de las embajadas y servicios aliados en el Estado español, hasta Gibraltar. “La meta final, tras atravesar la Europa ocupada, era el País Vasco, lugar elegido para el paso, generalmente a través del Bidasoa. Aquí, un grupo de vascos de ambos lados de la frontera colaboró activamente en esta etapa final de su peligroso viaje”, valora en su estudio La red Comète en el País Vasco (1941-1944).

Uno de ellos -hay historiadores que aseguran que fue el primero en sumarse a esta organización- fue Manuel Iturrioz, quien casi a escondidas de su familia acabaría escribiendo sus memorias cuando ya sobrepasaba los 80 años. Hasta entonces, el silencio al respecto gobernó su boca.

Como el de Orexa, también son recordadas las gestas casi olvidadas de otros mugalaris como Alejandro Elizalde, Tomás Anabitarte, Florentino Goikoetxea, Martín Errazkin, Kattalin Agirre, Frantxia Usandizaga o José Manuel Larburu. Fueron maestros de evitar la vigilancia a ambos lados de Nafarroa y Gipuzkoa porque establecían itinerarios considerados seguros y estables. Tenían fama de profesionales.

Pero, ¿qué o quién era mugalari? Mugalari es un término en euskara que designaba a una persona que ayudaba a cruzar la frontera entre el Estado español y el francés. Muga significa frontera, es decir, que el vocablo señala también a la persona que vivía en zona fronteriza y, por extensión, a contrabandistas, cuyas actividades de tráfico de perseguidos políticos fueron muy frecuentes durante la Guerra Civil, así como en la Segunda Guerra Mundial, donde destacó su marcado carácter antifascista en la resistencia, en la clandestinidad: en este caso, antifranquista y antinazi.

En el caso de Iturrioz, su audacia y lucha quedó reflejada en dos cuadernos que escribió a mano en castellano. “Cuando murió, un primo me entregó lo que mi padre había escrito y me quedé sorprendido porque en vida no contó nada, nada”, admitía años atrás su hijo Joxemari al programa Sautrela de ETB. “Yo le había visto escribiendo cosas, pero cuando le preguntaba qué hacía, me respondía que nada, que era para pasar el rato”, apostillaba.

De la biografía de este mugalari lo que más sorprendió a la familia fue “todas las veces que escapó tras ser detenido”. Primero, cayó en Asturias, en Ribadesella, pero logró huir a Sara y de allí a Barcelona. Fue preso del campo de concentración de Argelès-Sur-Mer, de donde sus argucias le posibilitaron llegar hasta Donibane Lohitzune, costa en la que los nazis lo detuvieron, pero también se deshizo de ellos. Y llegó, incluso, a huir de las manos asesinas de Melitón Manzanas, recordado policía franquista, colaborador de la Gestapo y jefe de la Brigada Político-Social de Gipuzkoa, puesto desde el que torturó a opositores al régimen totalitarista.

Los descendientes de Iturrioz relatan que, al recibir las memorias de Manuel, consultaron al investigador Juan Carlos Jiménez de Aberasturi, que había estudiado la red Comète. Y este cotejó las fechas y nombres del texto que el mugalari, desde los barrotes de su memoria, había manuscrito. Tras tres años de anotaciones, todas las piezas de aquel puzle personal coincidían.

A partir de ese momento, Joxemari Iturrioz se puso manos a la obra y con la editorial Alberdania publicó el libro Manuel Iturrioz. Borrokalari baten bizipenak. En él, deja impreso cómo su tío fue sirviente en un caserío de Arizkun. A su regreso a Orexa cumplió labores de pastor, lo que daba pistas de que su vida iría por ahí, por la senda del caserío. Pero fue todo lo contrario. Vendió las ovejas y partió a buscar trabajo a Tolosa.

Al poco tiempo, a través de un amigo, se hizo mikelete (policía foral) y fue detenido en los primeros compases de la guerra en Donostia. Protagonizó su primera huida y se unió a los batallones milicianos y siguió en la lucha antifascista. Tras su paso por Asturias y volverse a escapar del enemigo, en Barcelona llegó a tener el grado de capitán. Al perder la guerra el bando republicano, cruzó a Francia, pero fue internado en el campo de concentración citado. Una vez más, como el famoso ilusionista y escapista Harry Houdini, logró huir. Entonces, contactó con la red Comète y entró a formar parte de ella y ayudó a aquellas personas en peligro a pasar de frontera. Le volvieron a detener y volvió a escapar. Regresó para ayudar a los maquis a pasar de un lado al otro de los Pirineos y a ganar dinero con el contrabando.

en familia Con el paso de los años y tras arriesgar su vida a diario, decidió dejar aquella actividad. Contrajo matrimonio con Asun Escudero y tuvieron tres hijos: Ángel, Andoni y Maite. Asentaron su residencia en París donde se relacionaron, sobre todo, con inmigrantes españoles y portugueses. “No tuvieron vacaciones. Del trabajo a casa y de casa al trabajo. No había dinero. No volvíamos cada año a Euskal Herria”, evoca Andoni.

Su familia, aunque la figura de Manuel es poco conocida, no olvida sus memorias. “Cuando leí el libro de Aberasturi sobre la red Comète vi que en él había muchas preguntas y que en los textos de mi padre había muchas respuestas”, subraya su hijo Andoni. Su primo Joxemari agrega una última reflexión: “Fue perdedor de una guerra, pero su forma de ser enérgica le llevó a seguir luchando, siempre a seguir y salir adelante”.

El misterio de las fosas comunes de Durango

Un informe del entonces consejero Jesus María Leizaola conservado en Venezuela confirma que en el cementerio de la villa fueron enterrados 127 cadáveres

Un reportaje de Iban Gorriti

Homenaje ante una fosa común en el cementerio de Durango donde descansan los restos de los asesinados por el franquismo. Fotos: Iban Gorriti
Homenaje ante una fosa común en el cementerio de Durango donde descansan los restos de los asesinados por el franquismo. Foto: Iban Gorriti

UN informe del entonces consejero de Justicia y Cultura, Jesús María Leizaola, revela importantes y novedosos datos sobre el bombardeo de Durango. El documento oficial repatriado por el PNV del exilio en Venezuela a Euskadi confirma que en el cementerio de la villa vizcaina hay dos fosas comunes, tumbas y panteones que acogen los restos de 127 personas, algunos identificados con nombre y apellido. El dato es importante porque los franquistas arrancaron las páginas del registro del camposanto para ocultar la verdad que ahora vuelve a salir a la luz y despeja todo tipo de dudas. En caso de estar juntas, podría ser el mayor acopio de asesinados resultante de un solo acontecimiento en la CAV.

“Este informe de Leizaola se conservaba en los archivos de Santiago Aznar, consejero de Industria del Gobierno del lehendakari Aguirre, y lo trajimos de Venezuela. Leizaola fue quien denunció al mundo el bombardeo de Gernika junto al alcalde y cura de la villa, como el corresponsal George L. Steer”, señalael exsenador Iñaki Anasagasti.

Leizaola apuntó en sus credenciales que la villa había sido bombardeada el 31 de marzo de 1937 y días posteriores de abril “por la aviación alemana”. Con el transcurso del tiempo se ha demostrado que el dato sobre la autoría era erróneo y que los autores de la matanza de personas de los dos bandos fueron los fascistas italianos de Mussolini, con el beneplácito de los militares golpistas españoles de Mola y la planificación de la Legión Cóndor de Hitler.

El informe, además, cuenta con el testimonio de una delegación inglesa que por aquellos días se encontraba en Euskadi y que fue testigo del bombardeo del 2 de abril de 1937. “Redactó un documento certificando la iniquidad cometida por la barbarie fascista”, cita el texto.

El parte oficial facilitado por el consejero de Defensa del Gobierno de Euzkadi data del día 5 de abril de 1937. “El número de víctimas causadas por esta acción vandálica es impresionante”, señala el documento y lo argumenta del siguiente modo: “Los muertos en Durango, en el momento mismo del feroz bombardeo, se elevan a 127. Y, posteriormente, a causa de las heridas recibidas fallecieron más de otro centenar de personas, pasando de 150 los heridos graves que recibieron asistencia facultativa en el Santo Hospital de Basurto y otros centros benéficos y diferentes pueblos. El número total de heridos se eleva a 300”.

La numeración correspondió al orden de enterramiento. Así, en la primera fosa, se concentraron 42 cuerpos, por 39 en la segunda. Además, hubo cadáveres a los que se les dio sepultura más digna -según el texto oficial- en tumbas y panteones. Uno de los casos es el de Teresa Minchero, que murió acribillada por los cazas italianos que iban asesinando a las familias que huían del cementerio durante la tarde del 31 de marzo. Teresa caminaba junto con dos sobrinas. Se tiró a la hierba para protegerlas de las balas y perdió la vida. Las dos niñas se salvaron, pero una de ellas perdió un brazo. Aún viven, Teresa en Las Landas (Francia) y Milagros en Hernani.

Reconfortado por conocer el paradero aproximado donde yacen los restos de su familiar, un descendiente de Teresa relata agradecido: “Acabamos de sentir una gran emoción al saber dónde puede encontrarse el cuerpo de mi tía abuela, Teresa Minchero Rubio. Nos pesa que muchos familiares que la conocieron ya no están entre nosotros y nunca supieron dónde se hallaba su cuerpo. Olvidarse de su sacrificio es como matarlas de nuevo”, enfatiza desde Hendaia Manu Muñoz Minchero, quien mantiene la esperanza de localizar los restos en el camposanto durangués. Su búsqueda continúa.

Siempre se ha creído que había una o dos fosas comunes del bombardeo en el cementerio de Durango. De hecho, hay un prado que se ha mantenido intacto entre las sepulturas y la capilla que los franquistas erigieron en 1939 tras derribar la anterior. “Será un panteón capilla para honrar a los mártires y héroes de campaña en el cementerio de Santa Cruz”, detallaba el pliego de condiciones guardado en el Archivo Municipal de la villa.

La opinión más extendida es que ese espacio podría acoger las dos fosas comunes. El historiador iurretarra Jon Irazabal siempre ha declarado que no se debiera exhumar. Familias como la de los Minchero aún sueñan con recuperar los restos de aquellos parientes que los franquistas les arrebataron y que, además, trataron de borrar con acciones como la de arrancar las páginas del registro del cementerio.

DESTRUCCIÓN MASIVA Así lo explicaban los observadores ingleses en el informe de Leizaola: “Esta tarde de 2 de abril hemos acabado de presenciar un espectáculo desgarrador. Hemos visitado Durango, una población grande, a 20 millas de Bilbao y seis de la línea de combate, y hemos visto la destrucción causada por un raid hace dos días, en el que dos religiosos y catorce monjas fueron muertos en la iglesia durante la misa, junto con muchas otras víctimas. Cuando nos acercábamos al pueblo, los aeroplanos volvieron. Les vimos dar vueltas encima de nosotros, y cuando estaban encima del pueblo oímos espantosas explosiones y vimos levantarse densas nubes de humo. Después visitamos la terrible devastación. La pequeña ciudad estaba completamente deshecha”.

Según detallaron el cónsul de S. M. Británica en Bilbao, Mr. Stevenson, y el deán de la catedral de Canterbury, Hewet Johnson, los bombardeos sobre la población de Durango no cesaron hasta quedar destruida. “En el orden de las actuaciones aéreas contra poblaciones civiles no hay hasta ahora en el mundo nada que pueda equipararse a esta monstruosa exterminación de la villa de Durango”, subrayaron.

Estos testigos se sorprendieron aún más al contemplar cómo los bombarderos arrojaban muerte sobre “el Hospital de sangre de Durango, a pesar de las visibles señales que demuestran su humanitario destino, pereciendo dos religiosas de la Caridad y sufriendo el edificio graves deterioros”.

 

Un vasco, precursor de los kamikazes japoneses

La aviación republicana considera al teniente elorriarra Félix Urtubi Ercilla como el primer piloto que derribó a un avión enemigo mediante la técnica del espolonazo

Un reportaje de Iban Gorriti

El avión Breguet que Félix Urtubi pilotaba cuando asesinó a su escolta con una pistola. Foto: DEIA
El avión Breguet que Félix Urtubi pilotaba cuando asesinó a su escolta con una pistola. Foto: DEIA

LA poco conocida biografía del aviador republicano Félix Urtubi Ercilla ha sido heredada con tono grandilocuente y laudatorio como personaje histórico, mítico. Hay quien se aventura a calificarle como el primer piloto kamikaze de la historia porque murió en combate cuando, tras ser tocado, decidió mediante la acción del espolonazo derribar al aeroplano fascista contrario. Tenía 32 años. Ocurrió tan solo un mes después de estallar la Guerra Civil. Al de pocos años, Japón llevaría a cabo esa práctica de forma habitual contra los estadounidenses en días de la Segunda Guerra Mundial.

Félix Alejandro nació en Elorrio en 1904 y fue vecino de Arrasate y de Aretxabaleta, municipio del que su abuelo fue, además de filósofo licenciado y boticario, alcalde. De hecho, se le reivindica como el regidor que proclamó la Primera República en la localidad guipuzcoana en el siglo XIX. De su abuelo heredó no solo el apellido, sino también el nombre de pila.

Urtubi era descendiente de una saga de farmacéuticos atxabaltarras, ése fue el caso de su padre Pablo Urtubi Errazquin. Su madre, Matilde, sin embargo, era de Udala. Ya a una edad temprana, quiso ser aviador. El matrimonio vivía en Arrasate, en la calle Iturriotz. El miembro de Intxorta 1937 Kultur Taldea, José Ramón Intxauspe, estudió su figura y ha publicado el resultado en el libro Gerra Zibila Aretxabaletan. Ezin ahaztu! En el mismo recoge que Urtubi ingresó en “el Arma de Aviación, destacando desde sus inicios por su arrojo y determinación. Durante su periodo de instrucción como cabo piloto ya dejó entrever su espíritu luchador”, valora.

Con motivo de un concurso de patrullas y encuadrado en el Grupo 33 de Burgos se vio obligado a tomar tierra por avería del radiador. “Ni corto ni perezoso se echó el radiador al hombro y recorrió los kilómetros que le separaban de la localidad más cercana. Allí soldó el radiador y volvió de igual forma para montarlo y salir nuevamente en vuelo”, relata el historiador. Tras numerosas hazañas, su carácter le llevó a que le abrieran un expediente al considerar que “no cumplió correctamente con un servicio ordenado”, analiza Intxauspe. Por este motivo, le enviaron a Marruecos. De Getafe debió trasladar al general Cabanellas.

El 18 de agosto de 1936, día del golpe de Estado de militares españoles contra la Segunda República, Urtubi estaba en la base de Tetuán. “La guerra le coge en el escenario menos deseado para él -republicano como era-, dentro de la zona rebelde”, agrega Intxauspe.

Al guipuzcoano le envían a Sevilla, pero por su posicionamiento republicano le ponen un escolta en la parte trasera. Urtubi llevó oculta una pistola y al sobrevolar el Estrecho de Gibraltar disparó contra su guardián Juan Miguel de Castro Gutiérrez, dejándole sin vida. “Sin perder tiempo y con mucha sangre fría pone rumbo a su aparato hacia zona republicana”, tras lo que aterrizó en Getafe.

El 18 agosto su avioneta fue derribada en Extremadura por un piloto nazi. Le dieron por muerto cuando Urtubi había saltado en paracaídas y se internó en los montes donde por poco lo fusilan. Llegado a zona gubernamental, con el avance faccioso del general Yagüe para conquistar Madrid efectuó un vuelo de reconocimiento sobre Toledo. Le salió al encuentro una patrulla de tres aviones fascistas italianos. “Urtubi -relata Intxauspe-, en tan desigual lucha, logró derribar a uno de sus oponentes pero finalmente, viéndose perdido sin municiones, se abalanzó sobre uno de los aparatos italianos logrando embestirlo y precipitándose los dos aviones en llamas al suelo”.

Ascendido a capitán “Su final estaba escrito, ya que lo había anunciado con anterioridad a sus camaradas: “El día que no pueda hacer otra cosa perderé la vida; pero no se me escapará el avión enemigo”, agrega el de Intxorta 1937. Intxauspe también le reconoce como el primer kamikaze por llevar a la práctica el llamado espolonazo. “Fue el precursor de los kamikazes. No pasó inadvertida esta proeza heroica para los corresponsales de la prensa republicana madrileña, titulando sus artículos con frases como Gloriosa muerte de un caballero del aire. El teniente aviador Urtubi ha muerto como mueren los héroes”.

Murió a los 32 inviernos con graduación de teniente y ascendido con carácter póstumo a capitán. Estaba casado con María Cruz Robla Román y tenían una hija de tres años, Matilde (1933), nombre de su madre. El también componente de la asociación Intxorta 1937 considera a Urtubi “uno más entre tantas personas que han quedado ocultas por el paso del tiempo”.