Adiós a la leyenda del euskera como arma de los aliados

Un estudio desmonta la versión de que fue utilizado en 1942 por marines contra Japón como idioma encriptado durante la segunda guerra mundial

Un reportaje de Iban Gorriti

El Batallón Gernika desfila ante el Teatro de Burdeos, tras la victoria de Point Grave. Foto: Memorial Front du Médoc
El Batallón Gernika desfila ante el Teatro de Burdeos, tras la victoria de Point Grave. Foto: Memorial Front du Médoc

un extenso estudio publicado por la Asociación Sancho de Beurko deconstruye el mito del euskera utilizado como idioma codificado por alguna supuesta unidad de marines de origen vasco durante la Segunda Guerra Mundial, y de forma particular en el desembarco de la Batalla de Guadalcanal en verano de 1942. Los autores del laborioso trabajo surgido en Reno (Estados Unidos) hace más de quince años son los historiadores Pedro J. Oiarzabal, de la Universidad de Deusto, y Guillermo Tabernilla, de Sancho de Beurko Elkartea.

La investigación, con visitas a los archivos estadounidenses, británicos y estatales, desmonta uno de los mitos más arraigados de la historiografía vasca que, a su juicio, se repite “de forma cíclica” en los diferentes medios de comunicación desde hace setenta años. Tabernilla y Oiarzabal fundamentan esta creencia en “las muy complejas relaciones” entre los medios secretos del Gobierno vasco en el exilio y el servicio de inteligencia OSS norteamericano, precedente de la actual CIA.

El estudio de 156 páginas ha visto la luz en la revista digital Saibigain de Sancho de Beurko Elkartea. Lleva por título El enigma del mito y la historia: Basque codetalkers en la Segunda Guerra Mundial. El origen de la creencia heredada tiene su origen en dos publicaciones del año 1952. Primero en la edición mexicana del periódico nacionalista vasco Euzko Deya y, a continuación, una réplica de la armada franquista en La revista de Marina. Editan la misma nota “como reacción a una acción”.

Oiarzabal y Tabernilla ponen de manifiesto en su libro la “falsedad histórica” de tal hecho, enfatizando el obligado papel jugado por el enigmático capitán Frank D. (o Ernesto) Carranza, “hijo de inmigrantes vascos” -según un texto de la época-, artífice del supuesto uso militar del euskera en la última contienda mundial. “Diferentes fuentes citan a Carranza, pero no hay ninguna prueba que demuestre que se llamara así. Creemos que sí existió pero bajo otro nombre real”, subraya Tabernilla.

Es más, se cita que esta enigmática figura murió atropellada cuando salía de casa en abril de 1979 en la Quinta Avenida de Nueva York, vía en la que la OSS tenía su sede. También existe una entrevista en la que la histórica Marichu Anatol -de la Red Cométe- aseguraba en una entrevista publicada en DEIA que vio a Carranza en la muga en Bidasoa.

“A Marichu no se le puede cuestionar. Le vio sin duda. Pero no existe en los fondos militares esa persona con ese nombre. Salen en las bases de datos varios Carranza… pero ninguno con ese perfil. Ha pasado lo difícil de estar en el Pacífico con los marines a la muga del Bidasoa. Solo alguien se puede mover tanto si está trabajando para la inteligencia norteamericana “, agrega Tabernilla.

En aquella guerra sí se utilizaron lenguas como el de la comunidad nativa navajo para encriptar mensajes de radio como un método seguro de comunicación. Tanto es así que el código nunca fue descifrado por las fuerzas imperiales japonesas. Con relación a la lengua vasca, en 2008 el Gobierno vasco también hizo suyo el discurso de que se había usado el euskera como el navajo, pero nunca se había demostrado. “El navajo o el iroqués eran lenguas minoritarias que podían utilizarse, pero el euskera era ya un idioma estudiado y de alguna forma internacionalizado. Dos marines de la OSS de entonces ya declararon que no era posible. El euskera no era una lengua aislada, tenía presencia en muchas partes del mundo”, precisa Tabernilla.

‘capitán carranza’ Oiarzabal también aboga por que el mito surge de las extremadas complejas relaciones entre los servicios de información, y hay libros que lo citan. “Personas con cierta autoridad académica lo creyeron y lo difundieron. Empiezas a dudar que fuera cierto cuando buscas fuentes testimoniales. Tendría que aparecer alguna información real”, enfatiza Oiarzabal quien consultó a los mayores expertos en criptología de Estados Unidos. “Y me aportaron con pelos y señales por qué no se utilizó el euskera. Además, no aparece el capitán Carranza con esas credenciales ni los 60 marines vascoamericanos del cuerpo de transmisiones en Guadalcanal de la Organización Airedale”. A su juicio, resulta imposible demostrar que se diese la utilización de la lengua vasca a partir de esta investigación “con argumentos de peso y con documentos originales”.

El trabajo que se puede consultar de forma gratuita tiene una dedicatoria especial: “A todas aquellas personas que desde el anonimato sirvieron con su esfuerzo y sacrificio al Servicio Vasco de Información y a los servicios secretos de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, contribuyendo a la victoria final contra el totalitarismo”.

El gudari burgalés del Batallón Gernika

Miguel Arroyo es el último gudari superviviente localizado del grupo que participó en la segunda Guerra Mundial

Franck Dolosor

el documental Batallón Gernika, esperanza de libertad 1945-2015, dirigido por Iban González y producido por Baleuko, sigue proporcionando sorpresas inesperadas. La película narra la historia de la brigada creada por el Gobierno vasco en el exilio para ayudar a los aliados en la lucha contra los nazis que tenía lugar en Francia. La unidad militar vasca participó en la liberación de la comarca de la Pointe de Grave, en el Médoc, cerca de Burdeos. Durante los combates que tuvieron lugar en abril de 1945, pocos días antes del armisticio, cinco gudaris murieron y una veintena resultaron heridos.

Arroyo en su casa de Angelu enseña una caja en la que guardaba balas para Ordoki.Foto: F.D.
Arroyo en su casa de Angelu enseña una caja en la que guardaba balas para Ordoki.Foto: F.D.

Durante la grabación del documental protagonizado por Francisco Pérez, gudari navarro afincado en Irun, otro miembro del Batallón Gernika se sumó al proyecto: José Ramón Aranberria, Matxote, natural de Ondarroa y vecino actualmente de Getaria. A medida que el documental avanzaba surgió la esperanza de que otros miembros de la unidad o sus familias, cuyo paradero se desconocía, pudieran aportar sus recuerdos y experiencias. Y así ocurrió. El donostiarra Javier Brosa, afincado en México, contactó con los responsables del documental una vez estrenado. En otros casos han sido las familias de combatientes ya fallecidos quienes se han sumado. Gracias al documental, la familia del gudari donostiarra Antón Mugica ha conocido por fin cómo fueron sus últimos días. Con tan solo veinte años, el primer día del combate de la Pointe de Grave, falleció al pisar una mina. Sus hermanos Guillermo y Carmen tan solo sabían que desapareció en 1945 y que nueve años más tarde el Gobierno francés les informó de su muerte. Siete décadas más tarde han podido localizar y visitar la tumba de su hermano.

Hace unos días, tras una proyección pública del documental en el Museo Vasco de Baiona, un hombre de edad avanzada se levantó, y ante la sorpresa de los asistentes, explicó que la película contaba… “la verdad”. Se trata de Miguel Arroyo, nacido en Burgos en junio de 1924. “Yo estaba ahí y así lo vivimos. ¡Era soldado y fui uno de los colaboradores más cercanos del comandante Ordoki!”

A finales de los años 20 la familia Arroyo llegó a Bilbao, donde se afincó en el número 23 de la calle Uribarri. El monte Artxanda no tenía ningún secreto para un jovencísimo Miguel, que aún recuerda que dos bombas cayeron en la capital vizcaína el día del bombardeo de Gernika. En Uribarri, una casa quedó destruida y los vecinos se refugiaron en un túnel de la cercana vía férrea. Pocos días después, su madre y él subieron a un barco en Santurtzi con rumbo a Iparralde y se afincaron en Baiona. Su padre y sus cinco hermanos se quedaron en Bizkaia. Una de sus hermanas, que era comunista, se trasladó a Rusia mientras su hermano Ramón fue asesinado en circunstancias todavía desconocidas. Ochenta años después, Miguel no puede contener sus lagrimas al recordar el sufrimiento de su familia durante los años de la guerra.

En 1944 se apuntó en Burdeos junto a un amigo para combatir como voluntario en la Segunda Guerra Mundial. Las autoridades galas le mandaron a la localidad bearnesa de Caresse, donde Ordoki estaba creando la brigada vasca. Arroyo, que sigue definiéndose como apolítico, recuerda sobre todo el espíritu de camaradería que reinaba entre los miembros del Batallón Gernika.

“Los alemanes eran más fuertes porque iban mejor armados y en un primer momento consiguieron resistir gracias a sus impresionantes búnkeres”, precisa el gudari. “No sé si maté a alguno, no me acuerdo, disparas tanto que ya no sabes. Ordoki era parco en palabras y nunca hablaba de política. El sargento Carlos Iguiniz, también irundarra, siempre le acompañaba. Al principio, no teníamos buen armamento pero luego nos dieron morteros con los que pudimos destruir las posiciones alemanas en la carretera que conduce hacia Soulac. Yo siempre estaba entre los primeros hasta el final de la Pointe de Grave donde se rindieron muchos alemanes. Desde el comienzo, dos prisioneros alemanes nos acompañaron y nos ayudaban a reparar el armamento y los teléfonos”.

Arroyo salió ileso del combate pero no oculta que pasó mucho miedo. También fue testigo directo de la muerte de los gudaris Iglesias y Mugica. “Han pasado muchos años, pero me acuerdo de todos. Antonio Arrizabalaga me traía las municiones y luego pudimos llegar hasta el final de la Pointe de Grave siguiendo la vía férrea. Ahí, el ejercito francés comenzó a tirar hacia nuestra posición porque no pensaban que nadie había podido avanzar tanto”.

Miguel Arroyo es una fuente inagotable de anécdotas. Cuenta que el teniente eibarrés Andrés Prieto le castigó por haberse quedado un día más de lo previsto en Baiona con su madre. “Prieto era simpático pero quería mandar”. Y también recuerda la visita y el concierto que el célebre cantante Luis Mariano ofreció a los gudaris durante los combates en el Médoc.

Tras la liberación de Francia, el burgalés no participó en desfile del Batallón Gernika en Burdeos y tampoco en el posterior entrenamiento militar que supervisó el jeltzale Primitivo Abad en el castillo de Rotschild, en las afueras de París. “Teníamos que haber seguir luchando contra Franco pero fuimos desmovilizados”, recuerda el gudari. Las autoridades le dieron mil francos y le mandaron a Chiberta, en Angelu (Anglet). Desde allí trató de reunirse de nuevo con su familia en Bilbao, pero al entrar en Gipuzkoa fue detenido y le mandaron a hacer el servicio militar a Gasteiz. “Me consideraban como desertor, pero yo no era un asesino sino un soldado”. En los años cincuenta, Miguel consiguió la nacionalidad francesa y pasó a llamarse Michel Arroyo. Gracias a su nuevo estatus pudo volver a Bilbao a visitar a sus familiares sin temor a la represión franquista.

“No soy vasco, pero lo hice de todo corazón” aclara el gudari de 92 años, que también ayudó a varios ingleses a pasar la muga desde Iparralde hacia Gipuzkoa. “También pasé mucha información de un lado a otro. Tenía el pelo largo y escondía papeles en las orejas” dice sonriendo. Cada año, el Gobierno francés le concede una ayuda de 600 euros para agradecer su participación en la lucha contra los nazis.

Arroyo, que dirigió durante años una empresa de fontanería en la capital labortana, goza de su jubilación junto con su mujer y sus cuatro hijas cerca del puerto de Angelu, en el chalet que construyó él mismo y que lleva el emblemático nombre de La Roseraie. Un nombre simbólico, el del hospital que el Gobierno vasco en el exilio abrió en Bidarte para acoger a los heridos y civiles que huían de la Guerra Civil.

1945. La victoria escamoteada

El final de la Segunda Guerra Mundial fue un momento transcendental en la lucha contra el franquismo: se veía próximo su final. Esa esperanza se desvaneció muy pronto. Pero la memoria permanece

Reportaje de Iñaki Goiogana

En la primavera de 1945 en el rostro de los exiliados vascos, y cabe decir que en la de todos los antifascistas vascos, se dibujaba una amplia sonrisa. Una sonrisa que no era otra cosa que la expresión de una esperanza en la pronta solución al conflicto iniciado casi una década antes con la guerra de 1936. Efectivamente, era cuestión de semanas que los Aliados llegaran a Berlín (la discusión era sobre quién haría ondear antes su bandera, si los occidentales o los soviéticos) y con ello finalizara la más cruel de las guerras habidas jamás y comenzara una nueva era en la que, si bien no se acabaría con los odios, las guerras y las diferencias entre los grupos humanos, los conflictos se encauzarían por caminos más civilizados. Durante los seis años de conflicto, a la vez que se luchaba en los frentes, se teorizó muchísimo sobre la posguerra. Las cinco décadas del siglo trascurridas habían demostrado de sobra que las personas eran muy capaces de casi borrar la existencia humana de la tierra, pero ahora, cuando finalizaba el lustro más mortífero de la historia, era el momento para poner las bases de un futuro lo más justo posible. Justo en lo social y justo en lo político.

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Los vascos no fueron ajenos a estos esfuerzos que buscaban un mundo mejor para el futuro inmediato. Las revoluciones, tanto de derecha como de izquierda, habían demostrado su cruel naturaleza. La derecha en el poder dejó desde el mismo inicio de la guerra de 1936, un reguero de sangre, prisión, trabajos forzados, opresión, etc. Y de la izquierda, si bien no había gozado de poder en Euskadi, no eran menos conocidos sus métodos en práctica allí donde gobernaba, si bien el generoso esfuerzo del pueblo soviético en la guerra contra el nazi-fascismo ayudó mucho a disimilar los procederes comunistas. Eran, pues, tiempos de optimismo.

Entre los vascos quien mejor encarnaba el espíritu optimista era su lehendakari, José Antonio Agirre, quien el mes de marzo de 1945 realizó un viaje de varias semanas a Europa, tocando en su periplo Londres, París y la Euskadi Continental. Volvía a Europa después de su exilio americano de gran parte de la II Guerra Mundial.

No era un viaje muy común. Agirre cruzó el Atlántico traído por el ejército americano, quien, además de proporcionar el avión para el trayecto, puso a disposición del lehendakari un oficial del servicio americano de inteligencia, la OSS. En esta verdadera maratón de entrevistas que mantuvo Agirre, se reunió, además de con las distintas autoridades vascas partidarias, sindicales y del Gobierno, con personalidades republicanas españolas, como el antiguo presidente del ejecutivo español, Juan Negrín, e internacionales. Entre estas últimas cabe destacar la reunión tenida con Georges Bidault, ministro de Asuntos Exteriores francés, y miembro de la Resistencia, especialmente bien relacionado con el Gobierno vasco por ser miembro fundador de la Liga Internacional de Amigos de los Vascos (LIAB) y por su militancia democristiana. En esta entrevista el lehendakari le comunicó a Bidault que el motivo de su viaje a Europa era “resolver, de acuerdo con las autoridades francesas, la situación de la emigración vasca, organizando al mismo tiempo los núcleos vascos alrededor del Gobierno de Euzkadi, para coordinar luego esta acción con las demás fuerzas democráticas peninsulares que combatían al régimen del general Franco”. Agirre manifestó al ministro galo que “los vascos estaban dispuestos a apoyar toda solución democrática que tuviera carácter de seriedad y aceptara la autonomía política del pueblo vasco”. Llegados a este punto, Agirre quiso aprovechar la entrevista para saber hasta dónde estaba dispuesta Francia a intervenir en la solución del conflicto peninsular, a lo que Bidault contestó: “Excepto la invasión, todo”.

Durante aquellos días y semanas, el lehendakari se reunió con otros líderes internacionales, y las respuestas que obtuvo fueron también parecidas, venían a coincidir en algo así como “preparen Vds. una solución moderada y unitaria a la dictadura franquista y nosotros daremos algún tipo de empujón para que ésta caiga”.

Aglutinar fuerzas Agirre, que no dejó de soñar con este momento y este género de respuestas desde que en junio de 1937 abandonara Euskadi expulsado por los franquistas, pisó el acelerador y se puso él mismo y, junto a él, todos sus colaboradores en la tarea de aglutinar a toda la oposición antifranquista, cediendo incluso en algunos puntos de su ideario nacionalista con el fin de lograr la ansiada derrota franquista. En aquellos meses finales de la II Guerra Mundial y comienzos de la posguerra, el lehendakari estuvo en México, donde se habían reunido los republicanos para recomponer las instituciones republicanas e hizo de hombre bueno entre las fuerzas españolas; estuvo en San Francisco en las reuniones de constitución de la ONU acompañando o, tal vez, llevando al Gobierno republicano, logró el Pacto de Baiona entre las fuerzas vascas, creó estructuras en el interior que representaban al Gobierno de Euzkadi como el Consejo Delegado, reunió a una serie de ilustres exiliados como Francisco Basterretxea en Buenos Aires a quienes pidió que redactaran planes y medidas para su inmediata aplicación en Euskadi nada más ser derribada la dictadura, etc.

Todo esto, además del esfuerzo desarrollado por las instituciones vascas a lo largo de la II Guerra Mundial. Efectivamente, desde nada más iniciarse el conflicto en septiembre de 1939, el ejecutivo vasco, a la vez que hacía suya la guerra y manifestaba que en realidad no era más que una continuidad de la iniciada en 1936, se ofreció desinteresadamente a los Aliados. Este ofrecimiento se sustanció en, por una parte, la colaboración de los servicios de inteligencia vascos con los Aliados, y, por otra, en labores de propaganda desarrollados en el Cono Sur. Además de estas labores de información y propaganda, hubo también intentos de crear unidades militares específicamente vascas que colaboraran en el esfuerzo militar. Así, una primera intentona que resultó fallida, fue la encabezada por Manuel Irujo en Londres, donde se propuso crear un batallón de fusileros marinos dentro de las fuerzas de la Francia Libre del general Charles De Gaulle, y otra, que tuvo final feliz, se sustanció en el batallón Gernika, integrado también en el ejército galo pero ya en suelo francés.

Embrión del ejército vasco El batallón Gernika fue una pieza muy importante dentro de los planes que el lehendakari trajo en la primavera de 1945 de América a Europa. Debía ser, junto a Euzko Naia, núcleos paramilitares organizados por el PNV en el interior, el embrión del ejército o de la policía vascos. Ambos cuerpos estaban pensados para que se encargaran, en caso de caída de la dictadura, precisamente de hacer que la transición del franquismo desembocara en una República moderada y federal con el mínimo coste en vidas humanas y pérdidas materiales. Esta fuerza debía prepararse y, de ser posible, entrar en combate contra el nazismo.

Meses antes del viaje del lehendakari a Europa, en agosto de 1944, al tiempo que era liberado Iparralde de la ocupación nazi, los consejeros Jesús María Leizaola y Eliodoro de la Torre encomendaron al comandante Kepa Ordoki que reuniera a todos los vascos encuadrados en el maquis que pudiera y formara con ellos un batallón a las órdenes del Gobierno vasco. Ordoki cumplió la orden y, meses más tarde, en abril de 1945, estos hombres entraron en combate en el Médoc, en las operaciones de eliminación de las bolsas de alemanes que habían quedado aisladas en la costa atlántica durante los combates seguidos para la liberación de Francia en el verano de 1944.

Pero aquella primavera de 1945, sin embargo, cuando finalmente los soviéticos izaron la bandera roja el 2 de mayo en el edificio del Reichstag y, una semana más tarde, Alemania se rindió incondicionalmente a los Aliados, empezaron ya a manifestarse síntomas que hacían presagiar que lo que era de justicia y parecía factible -una Europa democrática y socialmente avanzada, además de una Euskadi libre de la dictadura franquista- podría torcerse. Así, los soldados alemanes que se rindieron a los aliados occidentales no fueron desarmados hasta días más tarde cuando estuvo claro que los soviéticos, por el momento al menos, no iban a causar problemas. El 12 de abril de 1945 falleció el presidente estadounidense Roosevelt, siendo sustituido por Truman y en agosto se obligó a rendirse al Japón con el lanzamiento de dos bombas atómicas. Antes, en febrero, los anglo-británicos y los soviéticos se habían repartido sus zonas de influencia en el mundo. Es cierto también que se dieron los pasos para instituir la ONU, un organismo internacional ideado para dirimir los conflictos internacionales, que se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y que a la II Guerra Mundial, después de una inmediata posguerra terriblemente dura, le siguió un tiempo de oro para las clases menos favorecidas de la sociedad. Todos estas nubes y claros presagiaban lo que se conocería como guerra fría, con su continua amenaza de una guerra apocalíptica que habría dejado chicas las inmensas matanzas anteriores.

Esta guerra fría trajo consigo su peaje para Euskadi, el peor de los escenarios soñados por los exiliados. Haciendo realidad aquello de que es preferible lo malo conocido a lo bueno por conocer, los Aliados, comiéndose sus promesas, optaron por mantener erguida la dictadura franquista en lugar de tentar a la suerte con un sistema democrático que, supuestamente, habría podido desembocar en un Gobierno liderado por comunistas. Los planes para el futuro, los esfuerzos diplomáticos, la colaboración con los Aliados, el batallón Gernika, etc. quedaron, finalmente, en nada y la dictadura franquista desapareció con el mismo dictador, tres décadas más tarde.

La vida por un sueño Pero la primavera de 1945 estuvo llena de esperanzas y sueños. Uno de estos sueños frustrados fue, sin duda, el deseo de los hombres del batallón Gernika de luchar en tierra vasca contribuyendo a su liberación. Lo dieron todo, algunos gudaris incluso su vida, pero de poco sirvió. No pudo ser, o simplemente no fue por simples intereses geoestratégicos. Pero este sacrificio e injusto pago hace que su lucha deba ser recordada y no olvidada. Por ello, para traer a nuestro presente la gesta de aquellos hombres, se está rodando un documental que revivirá la historia del batallón Gernika. Para escenificar los exteriores de la batalla del Médoc se rodarán unas escenas en la batería de Punta Lucero, en la boca del Abra. De esta manera se unirá la historia con el deseo de aquellos gudaris. Se recreará la lucha en Médoc pero en Euskadi, en un lugar que seguro hubiera sido deseado por los miembros del batallón Gernika. De alguna forma, esta recreación simbolizará el nunca realizado desembarco aliado en la Euskadi dominada por la Dictadura del general Franco.

Vascos en la fuerza naval francesa libre durante la Segunda Guerra Mundial

Juan Pardo San Gil

Entre los primeros en acudir al llamamiento del general De Gaulle para continuar la lucha por la liberación de Francia hubo hasta setenta marinos de ambos lados del Bidasoa que lucharon unidos

LA invasión alemana de Francia en mayo de 1940 acabó con la derrota de los aliados en suelo francés y la firma de un armisticio de rendición el 22 de junio por el nuevo gobierno que se aposentaría en Vichy. El anterior viceministro de Defensa, el general Charles de Gaulle, consiguió escapar a Londres unos días antes y el 18 de junio dirigía a los franceses por la BBC un llamamiento para continuar la lucha hasta la liberación de Francia. Aunque en Gran Bretaña se hallaba un buen número de militares franceses, solo unos pocos decidieron unirse a la Francia Libre; la mayoría prefirieron ser repatriados.

Aún con un número limitado de adhesiones, durante el verano de 1940, De Gaulle consiguió reunir una pequeña fuerza terrestre de 3.000 soldados, unos 900 marinos y 400 aviadores. Pronto, varias colonias francesas y numerosos simpatizantes de la causa aliada procedentes de países no combatientes, se irán incorporando también al movimiento. Tres años después sus fuerzas ascenderían a 50.000 hombres y mujeres en el Ejército, 12.500 en la Marina (civil y militar), 3.200 en la Aviación, 4.700 en la Resistencia y otros 1.900 en los comités de apoyo por todo el mundo. Más de la mitad de estas cifras eran ciudadanos nacidos fuera de Francia: casi 32.000 procedían de las colonias (mayoritariamente subsaharianos) y otros 5.000 aproximadamente pertenecían a diferentes nacionalidades, principalmente europeos y latinoamericanos.

Proseguir la lucha Las Fuerzas Navales Francesas Libres nacieron el 27 de junio de 1940, cuando llegó a Gibraltar el vicealmirante Émile Muselier, procedente de Marsella, y se reunió con las tripulaciones de 4 cargueros y un pesquero y un centenar de aviadores que habían escapado de Francia tras el armisticio. Todos ellos se mostraron dispuestos a proseguir la lucha, en consonancia con el llamamiento hecho por el general De Gaulle. Muselier se trasladó a Londres y colocó espontáneamente esta agrupación a las órdenes de De Gaulle, que el 1 de julio le designó comandante de las Fuerzas Navales Francesas Libres (FNFL) y provisionalmente de las Fuerzas Aéreas Francesas Libres (FAFL).

Las FNFL agruparon tanto a los navíos de guerra como a los mercantes de la Francia Libre. En su mayoría eran buques franceses refugiados en puertos británicos y puestos a disposición de De Gaulle por el gobierno británico. Las FNFL nunca tuvieron personal, ni repuestos suficientes para poner en servicio todos los buques entregados. En junio de 1942 contaban con 40 navíos de guerra operativos (de 65 disponibles) y 67 mercantes (de 170). El cuartel general estaba en Londres y operaron desde bases en Portsmouth, Greenock (Escocia) y numerosos puertos coloniales de África, América, Oriente Medio y el Pacífico.

Tras la ocupación aliada de Marruecos, Argelia y Túnez, la Francia Libre se fusionó con el mando civil y militar del Norte de África del general Giraud, creando el Comité Francés de la Liberación Nacional con sede en Argel. El 3 de agosto de 1943 las FNFL se fusionaron con las Fuerzas Navales del Norte de África para formar la nueva Marina Francesa de la Liberación. Las unidades que continuaron operando desde bases británicas se organizaron como una agrupación, denominada Fuerzas Navales en la Gran Bretaña, que mantuvo el espíritu de las antiguas FNFL hasta el fin de la guerra.

VASCOS EN LAS FNFL: EL PACTO FRANCO-VASCO

Entre los primeros en acudir al llamamiento del general De Gaulle había varios marinos vascos. El 1 de julio de 1940 firmaban su alistamiento los labortanos Pierre Dupin, Max Martín Ibarlucia, Jean Le Gasse, Paul Leremboure y René Miremont y el bajonavarro Armand Mailharin, que entonces servían en la Marina de Guerra o Mercante francesas. Durante el verano de ese año, una veintena más se incorporaron a las FNFL. Entre ellos estaba una mujer, Marthe Marie Larramendy, de San Juan de Luz, y el primer vasco peninsular alistado, el tolosarra Juan Antonio Castro Izaguirre, teniente de navío de la Marina Republicana durante la guerra civil y que en las FNFL haría toda la campaña del Pacífico como oficial del contratorpedero Triomphant.

En mayo de 1941, el Consejo Nacional Vasco, organismo que sustituyó temporalmente al Gobierno Vasco, firmó en Londres un acuerdo de colaboración con la Francia Libre (DEIA, 14-05-2011). Como resultado de ese acuerdo llegó a crearse una unidad militar vasca dentro de las FNFL en 1941, el Tercer Batallón de Fusileros Marinos. El batallón estaba formado por oficiales vascos o republicanos españoles y reclutas de diversos orígenes pero mayoritariamente latinoamericanos. Las presiones de los ingleses, que querían evitar Continúa leyendo Vascos en la fuerza naval francesa libre durante la Segunda Guerra Mundial