Iñaki Azkuna, el espíritu libre

 

Legión de Honor Francesa, Medalla de Oro y Brillantes de la ABAO, Mejor Alcalde del Mundo por la Fundación City Majors, responsable de la reordenación de Osakidetza durante los ’90 y heredero de una estirpe de ediles que convirtieron una ciudad post industrial anclada a su orgulloso pasado en un faro de rehabilitación que se estudia en todo el mundo, Iñaki Azkuna nos abandonó ayer tras una larga lucha contra un cáncer de próstata que se le diagnosticó en 2003.

 

Nacido en 1943 en Durango -la Bizkaia profunda que dirían algunos-, hijo de un metalúrgico y una costurera que, por motivos de trabajo solían desplazarse a menudo a la capital. Fue entonces cuando comenzó a conocer una ciudad que le fascinaba y que le acogió con los brazos abiertos. Sin embargo, todavía pasarán unas décadas hasta que Azkuna se asentara en la Villa.

 

En 1966 se fue a Salamanca a estudiar. La medicina era su gran vocación y Salamanca una ciudad que siempre le había atraído (le fascinaban, entre otros, la figura de Unamuno, a la que rehabilitó contra viento y marea). Recordaba con cariño cuando sus padres viajaban a visitarle a la ciudad del Tormes. De vez en cuando se escapaba con su padre para que esté le enseñara “su” universidad, la cárcel de Ciudad Rodrigo donde pasó buena parte de su vida condenado por rojo separatista. Por fortuna, no fue allí donde vio su última pared y pudo volver junto a su familia.

 

Tras doctorarse en radiología y cardiología Cum Laude se marchó en 1971 a París donde permaneció dos años, perdió la Fe (reconoció haberla recuperado con la muerte de su padre pocos meses después) y, sobre todo, ganó a la persona que marcó su vida: la mexicana Anabella Domínguez, una estudiante de Filología Francesa que acabaría siendo su pareja hasta que el cáncer (la misma maldita enfermedad que se llevó a buena parte de su familia; “sé que estoy condenado”, solía decir) la separó de su lado.

 

Desde 1973 ejerció como profesor de la Universidad del País Vasco y poco después comenzó a trabajar en el Servicio de Radiología del Hospital de Cruces, un paso previo para, en 1981, ser nombrado director general del hospital más grande de Euskadi y uno de los más relevantes del Estado. Fue entonces cuando su carrera médica comenzó a tornarse, poco a poco, carrera política.

 

En 1982 ascendió a responsable de hospitales de Osakidetza y sólo un año más tarde, en Viceconsejero de Sanidad, cargo que mantuvo hasta 1989 cuando José Antonio Ardanza, Lehendakari, lo convirtió en su mano derecha. Era el nuevo Consejero-Secretario de la Presidencia. Y fue desde aquí donde remodeló por completo el Sistema Vasco de Salud para convertirlo en uno de los más eficaces de Europa y en un ejemplo de gestión sanitaria (aunque muchos de sus detractores lo acusan de un sobreendeudamiento que ahora estamos pagando).

 

En 1999, con la figura de Josu Ortuondo bastante desgastada, el PNV le pide que se presente como relevo del alcalde para intentar retener la joya de la corona del partido. Azkuna lo consiguió, eso sí, con el apoyo de sus máximos adversarios (como los llamaría el mismo) durante toda su estancia en el Ayuntamiento. Los votos de Euskal Herritarrok, la izquierda abertzale fueron capitales para que Azkuna tomara el relevo.

 

Desde entonces su peso específico en la capital bizkaitarra fue subiendo. Cada vez necesitó menos apoyos (en 2003 a EA y Ezker Batua; en 2007 sólo Ezker Batua y en 2011 ganó por mayoría) lo que le permitió construir un Bilbao más a su medida. Es cierto que fue uno de los alcaldes que más bajó a las aceras. Y pasará a la historia del consistorio por haber sido su alcalde más mediático y, probablemente, más querido. Un primer edil que funcionó como un espíritu libre al que muchos acusaron de incongruencias (un republicano convencido que veía en la Monarquía la forma más estable de Gobierno para el Estado; un católico de pro que se enfrentó a la Iglesia porque en el Alcalde hay “que ser el más laico”; un alcalde que dejó un corazón brillante en el centro de Bilbao pero que se olvidó de los barrios) pero también un político que dejó la caja saneada, que casi siempre se acordó de sus predecesores -esos que trajeron el Guggenheim, Ría 2000, Euskalduna, el Metro, el tranvía, etc.- y que se encargó de hacerlos más grandes.

 

En cualquier caso, como muchos otros genios algunos aprovecharán su marcha para idolatrarle y otros para seguir atacándole. Él ya está en paz, con sus padres y Anabella, su gran amor. Goian Bego.

Mario Benedetti, el poeta sabio

 

Paso de los Toros es una pequeña ciudad ubicada en una orilla del río Negro en la mitad de Uruguay que, hoy día, tiene poco más de 10.000 habitantes. El enclave, conocido en su momento como un importante vado para cruzar el país era el lugar de residencia de Brenno Benedetti y Matilde Farrugia, hasta que en 1922 se mudaron con su hijo de dos años, Mario, a Tacuarembó. Un paso corto y desdichado (les estafaron) que acabó con la familia en la capital Montevideo.

 

En 1928, el joven Mario inició sus estudios con ocho años en el Colegio Alemán de Montevideo, uno de los centros de enseñanza privada más reputado del país sudamericano. Sin embargo, en 1933 tiene que abandonarlo y pasa, durante un año al Liceo Miranda. En su nuevo centro sólo pudo cursar la mitad de sus estudios secundarios. Los problemas económicos que acuciaban a la familia hicieron que tuviera que acabar de formarse por su cuenta.

 

Desde su último año en el Colegio Alemán, Mario ya trabajaba en la empresa Will L. Smith, repuestos para automóviles donde acumuló suficiente dinero y experiencia para cruzar el Río de la Plata e irse a vivir durante tres años a Buenos Aires. Allí no sólo hizo contactos sino que empezó a perfilar su verdadera vocación: escribir.

 

En 1943 con sólo 23 años dirige la revista Marginalia donde publica su primer volumen de ensayos (relevantes): Peripecia y novela. Dos años después Benedetti se incorpora al equipo de redactores de Marcha donde permaneció hasta el cierre del semanario en 1974 a instancias del gobierno del dictador uruguayo Juan María Bordaberry. Desde dos décadas antes Mario era el director literario de una de las referencias de la literatura en castellano.

 

Benedetti fue siempre una persona de principios. En marzo de 1946 se casó con Luz López Alegre que, según él, fue siempre su “gran amor y compañera en la vida”. En 1950 desde su puesto en el consejo de redacción en el magazine Número, fue uno de los activistas más comprometidos contra el Tratado Militar que su país firmó con Estados Unidos. Ese mismo año recibía su primer Premio del Ministerio de Instrucción Pública por su compilación de cuentos “Esta mañana”. El literato lo recibiría casi de modo sistemático hasta 1958… cuando renunció a él (y a volver a recibirlo) porque no estaba de acuerdo con el modo en el que se asignaban.

 

 

Latinoamericano comprometido

 

Si algo caracterizó a Benedetti, como hemos dicho, fue su compromiso con sus valores. Desde su columna literaria “Al pie de las letras” del diario La mañana fue uno de los mayores defensores del teatro y la cultura latinoamericanas. En la revista Peloduro dejaba ver sus dotes críticas y su vis cómica como colaborador. Además, era crítico de cine en La Tribuna Popular y fue uno de los mayores defensores de la cultura cubana y de figuras como Rubén Darío en México.

 

Su ponencia en 1968 “Sobre las relaciones entre el hombre de acción y el intelectual” recibe tal apoyo que lo convierte en Miembro del Consejo de Dirección de la Casa de las Américas de La Habana donde aprovecha su cargo para crear el Centro de Investigaciones literarias, uno de los más prestigiosos del mundo en su ámbito.

 

Sin embargo, cuando la cultura dejó de ser suficiente, a pesar de tener la vida mucho más que resuelta, Benedetti se unió a miembros del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros para crear  el Movimiento de Independientes 26 de marzo, una plataforma que se integró en el bloque de izquierdas Frente Amplio hasta que la fuerza se impuso en lo que debería haber sido un proyecto político diferente en el panorama marxista-leninistas que se suponía contrapeso al liberalismo estadounidense.

 

El golpe de estado de 1973 hizo que Benedetti renunciara a su recién estrenado cargo (1971) como director del Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República de Montevideo.  Casi cuatro décadas después una de las mentes más preclaras de la historia del pequeño país vuelve a cruzar el Río de la Plata con Buenos Aires como destino. De allí también tuvo que huir a Perú donde fue detenido, deportado y amnistiado para llegar, finalmente, a Cuba. Sólo tres años después, con la dictadura recién terminada en España, Benedetti llega a Madrid donde pasaría casi una década alejado de su mujer, quien tuvo que quedarse en Uruguay cuidando de las dos madres de la pareja.

 

Durante los años 70 Benedetti fue un hombre sin hogar que volvió varias veces a Cuba, se instaló en Palma de Mallorca, recibió varios galardones de calado y colabora con el recién nacido diario El País. En 1983, harto de su lejanía del gran amor de su vida, comienza lo que él mismo llamó el “desexilio”, un periodo que marcaría gran parte de su obra que, por cierto, inspiraría la obra de Joan Manuel Serrat “El sur también existe”.

 

Con la caída del dictador de origen vasco, Benedetti vuelve a la primera plana de la actividad política en su país. Si bien es cierto que participó en la derogación de algunas leyes que pretendían minimizar el impacto de los crímenes cometidos durante las décadas de horror de Bordaberry, Mario siempre se mostró como un ideólogo de encuentro en el que la recuperación social estaba muy por encima de la venganza y la victoria.

 

En 2006, después de varios años en los que cosechó el reconocimiento internacional merecido, Benedetti sufre un golpe que le lastraría aún más que su enfermedad respiratoria: su gran amor, Luz, fallece. La mujer con la que compartió 60 años de matrimonio y 10 de exilio le dejaba solo y sólo pudo sobrellevarlo de un modo, escribiendo: “Cómo la necesito. Dios había sido mi más importante carencia pero a ella la necesito más que a Dios“. Su obra, “Canciones del que no canta” repasa lo que él mismo definió como “una vida que no fue fácil”.

 

El 17 de mayo de 2009, a los 88 años de edad Mario moría en su casa de Montevideo. Unos días antes Pilar del Río, la mujer de su amigo José Saramago, hizo una “Cadena de Poesía” mundial que quería acompañarlo y apoyarle en sus últimos momentos. Sin duda, la mejor despedida posible.

 

 

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto,

cambiaron todas las preguntas

 

Mario Benedetti.

Mo Farah, el hombre sin límites

 

Mohamed Farah es todo un ejemplo de superación. Un ejemplo de que, por mucho que la vida te golpee, siempre tenemos la opción de levantarnos y, por qué no, golpear a la vida. Nacido el 23 de marzo de 1983 en Mogadiscio, Somalia, con apenas 10 años tuvo que abandonar su país natal como refugiado para dirigirse a Londres. No fue fácil. A las penurias que esto supone -dejarlo todo atrás, incluida una buena parte de su familia para ir a un lugar frío, ajeno, extraño- hay que sumarle todas las trabas que vivió para llegar a Djibuti, lugar de residencia de su padre.

 

Su adaptación al Reino Unido fue dura. Aunque sus condiciones como deportista amateur hicieron que no le costara relacionarse con sus compañeros de la modesta Feltham Community College (era un buen lanzador de jabalina, jugaba bien a fútbol -religión al norte del Canal- y tenía un carácter muy abierto), sus problemas con los estudios y la barrera idiomática convirtieron en un infierno sus primeros tiempos en las islas.

 

Todo iba mal hasta que Mo dio con un profesor de educación física, Alan Watkinson, que se percató de su enorme talento como corredor. El maestro le convenció para que probara diferentes disciplinas y Farah ganó el Campeonato Juvenil de Cross de Inglaterra cinco años seguidos y en 2001 fue subcampeón europeo junior.  En poco tiempo su nombre comenzó a sonar entre los principales clubes de atletismo del país -algunos de los más importantes del mundo- y Farah decidió que el atletismo sí era lo suyo.

 

El joven que aspiraba a ser mecánico de coches (aunque soñaba con convertirse en lateral del Arsenal) había recibido el espaldarazo para volver a creer en el mismo. Para darse cuenta de su talento y, sobre todo, para darse cuenta del esfuerzo que requeriría explotarlo.

 

Su primera competición la cubrió con 13 años. Eran los London Youth Games y Farah quedó noveno. Nada mal para un neófito en el atletismo y en la competición. El gusanillo del atletismo se había hecho con él y la leyenda comenzaba a dar sus primeras zancadas.

 

Comenzó a dedicar más tiempo a lo que empezó como un entretenimiento y en sólo cinco años saltó a la fama por marcar el segundo mejor tiempo de la historia del Reino Unido en los 5.000 con un estratosférico 13:09:40. El joven tenía sólo 23 años, estudiaba en la Universidad de St. Mary’s en su adorado Twickenham, y apuntaba maneras que se confirmaron sólo un mes más tarde en los mundiales de Göteborg. Ganó la medalla de plata y a finales de año se alzó con el oro en los Campeonatos de Europa de Cross.

 

Pero todo no podía ser un cuento de hadas y Mo vio como bajaba ligeramente su rendimiento ante el empuje de sus rivales. Su punto más bajo llegó en Pekín 2008 cuando ni siquiera se clasificó para la final olímpica. Algo había que cambiar y decidió que había que cambiarlo rápido. En Berlín 2009 quedó séptimo en los 5.000 y sólo dos meses después marcó la mejor tercera marca de la historia en 10 millas en el Great South Run. Desde entonces sólo ha cosechado victorias.

 

En 2010 se llevó en Barcelona los títulos europeos de 5.000 y 10.000. En 2011 se estrenó con el oro mundial en 5.000 y la plata en 10.000. En 2012 retuvo el título continental en 5.000 como antesala de unas olimpiadas perfectas donde se llevó las preseas doradas en las dos distancias. Sólo un año más tarde se llevó el oro del mundial de Moscú en 10.000… y también en 5.000 lo que le convertía en el segundo hombre capaz de hacer doblete mundial-olimpiadas en las dos distancias junto con Kenenisa Bekele.

 

Ahora Mo Farah es un ídolo nacional que vive tranquilo en Twickenham entrenado por Alan Storey y es el miembro más destacado del reputado Newham & Essex Beagles. Desde 2010 está casado con Tania Nell, su novia desde hace tiempo y es padre de gemelas.

 

Sin embargo, no es el atletismo y su familia lo único que “llenan” a esta estrella del deporte. Farah gestiona desde un viaje en 2011 a Somalia la Mo Farah Foundation, una de las fundaciones más activas en el Cuerno de África y una de las que más está haciendo por la reconversión de la zona y, sobre todo, para evitar que otros niños tengan que pasar por el trauma que pasó el propio atleta.

 

Comandante de la Orden del Imperio Británico, después de sus dos medallas olímpicas, Farah no ha estado nunca exento de polémica por su condición de musulmán -no se digiere demasiado bien por la parte más conservadora de la sociedad británica-. Sin embargo, este joven de 30 años es todo un ejemplo de superación y de cómo nunca hay que olvidar las raíces. De momento, parece que nada podrá parar a este hombre sin límites.

Josef Ajram, un tipo nada común

 

Parece que nada es habitual en la vida de este barcelonés de 35 años (5 de abril de 1978). Ni su profesión: broker, triatleta y escritor; ni sus récords en las disciplinas deportivas, ni su planteamiento de vida (cada uno de sus cuatro libros es un perfecto ejemplo impreso)… ni siquiera su nombre es nada común. Se trata de Josef Ajram, el hombre que redefine al hombre.

 

A simple vista pasa perfectamente por una estrella de rock a la vieja usanza. Tatuajes, piercings, chupas de cuero y un aspecto “fornido” son su carta de presentación. Incluso su nutrida lista de seguidores en las redes sociales (175.000 en Twitter) se ciñe mucho más a este estereotipo que al de un escritor (Dónde está el límite; La solución; No sé dónde está el límite pero sí dónde no está; Ganar en Bolsa es posible; y Bolsa para dummies son hasta ahora sus cinco volúmenes publicados) y trader que es adicto a la adrenalina y a pensar.

 

Lo mejor de todo es que, como el mismo diría, “lo vamos a entender todo muy fácil”. Empecemos por su nombre. Sus raíces sirias -su padre es de Damasco- le han permitido vivir “maravillosos veranos” en la milenaria ciudad y, de paso, “abrir la mente” y nutrirse de su inmenso bagaje cultural. Su nombre, además, le sirvió para aprender a forjarse una identidad diferenciada. Él mismo reconoce que tuvo que imponerse a profesores y compañeros para que le llamaran correctamente (“ni José ni Josep”).

 

Desde joven decidió cuál sería su camino profesional. Un profesor le respondió que el camino más rápido para generar “la pasta” (cómo le preguntó) era o evadir impuesto o la Bolsa. Y, a diferencia de muchos de nuestros políticos, se decantó por la Bolsa. La teoría es sencilla: “comprar barato y vender caro”. Pero eso le requirió mucho tiempo y dedicación a indagar sobre cómo se comporta el mercado y los valores. Desde los 16 años es un fiel de las páginas salmón. Tanto que se fue a más de una recuperación en septiembre donde, eso sí, salvaba todas las bolas de partido. La única que erró fue la Selectividad donde fue “el único de 200” que no aprobó. Algo que le llevó a una universidad privada que abandonó cuando comprobó que no le iban a enseñar nada sobre Bolsa (a pesar de cursar Administración y Dirección de Empresas).

 

Y fue este el hecho diferencial que forjó quien es hoy. Comenzó a ir a diario a la Bolsa de Barcelona en bicicleta para aprenderlo todo sobre los valores in situ. Su comportamiento, su relación entre empresas… creaba incluso sus propias estadísticas. Y de paso empezó a calcular cuánto andaba en bicicleta cada día.

 

Poco a poco comenzó a comprender como funciona este mundo y a disfrutar de la satisfacción que da ser capaz de prever cómo funcionan los títulos y los mercados. El control de los números le permitía superar su intuición… y esto le convirtió en un “yonqui”… y un adicto a la adrenalina.

 

Decidió analizar cuál era el momento del día más óptimo para trabajar. De 9 a 11 de la mañana. A esa hora los grandes inversores estadounidenses todavía están “durmiendo”. Hay hueco para los pequeños. Su planteamiento es obvio pero no sencillo: ¿cuándo podemos ligar más fácilmente en una fiesta? Cuando los chicos más guapos y las chicas más guapas aún no han llegado. De 9 a 11 de la mañana los guaperas americanos todavía no han entrado en la fiesta europea así que esa es la hora ideal para que este tatuado ligue.

 

Esto, además, le permite tener bastantes horas libres al día para preparase para sus grandes retos deportivos. Desde los ultraman, hasta los triatlones, ironman, carreras ciclistas y de atletismo… Pero, igual que la naturaleza le ha puesto varias veces en su sitio cuando está frente a un reto extremo, la Comisión Nacional del Mercado de Valores le ha hecho pasar malos ratos. En 2007 suspendió la cotización de unas acciones que compró muy a la baja. Esto redundó en 100.000 euros de pérdida en un sólo día. No se las quedó. Asumió las pérdidas y al día siguiente tuvo “la suerte” de recuperar 99.000€. La fiesta fue mayúscula. Igual que la lección. Muchas veces, aprender es perder. Nada típico.

Jeff Bezos, el último revolucionario

 

Dice la Real Academia de la Lengua que un revolucionario es aquel partícipe en un cambio rápido y profundo de una cosa. No se nos ocurre mejor definición para el hombre que llega hoy hasta nuestra portada. El próximo domingo hará 50 años que nació en Albuquerque (Nuevo México, Estados Unidos). Medio siglo de negocios, riesgos y éxito en el que ha cambiado completamente el modo en el que consumimos… y todo parece indicar que seguirá haciéndolo los próximos lustros.

 

Jeff Bezos fue el temprano hijo de Jacklyn Gise (quien lo tuvo a los 17 años) y Ted Jorgensen. Éste, del que no se sabe gran cosa, pronto dejó paso a Miguel Bezos, su padrastro y mentor y el marido de Jacklyn. Poco después de la boda la familia se mudó a Houston donde Miguel trabajó como ingeniero de Exxon. Dos años después la familia se mudaría a Miami.

 

Con un ingeniero en la familia, el joven Jeff se decantó por Princeton para cursar sus estudios de ingeniería eléctrica. Se graduó en 1986 y comenzó a trabajar para una empresa que instalaba fibra óptica… un paso necesario antes de dar el salto a Wall Street.

 

En la Gran Manzana realizó varios trabajos relacionados con su profesión y comenzó sus primeros pinitos en el mundo de las finanzas… pero su carácter emprendedor no tardó mucho en aflorar y el 16 de julio de 1995, tras un año de gestiones y una inversión de 300.000 dólares, lanzó cadabra.com una librería online que era la semilla de un proyecto muchísimo mayor.

 

Los que le conocen afirman que desde el primer momento Bezos tenía claro el proceso de masificación y las posibilidades prácticamente infinitas que ofrecía internet para los primeros pioneros. Sin duda, la red de redes se abriría camino en todos los mercados. Así, el treintañero creó un servicio que compilaba las publicaciones de cientos de editoriales y que permitía que cualquiera buscara un volumen, lo encargara y lo recibiera en su casa.

 

Como no podía ser de otro modo, la primera oficina de Cadabra fue el garaje de la casa donde vivía alquilado con Mackenzie, su mujer, en Seattle. Tres servidores fueron el primer paso para gestionar la información, los pedidos, los stocks y los envíos. Siguiendo la estrategia de otro gurú de Silicon Valley, Steve Jobs, Bezos cambió el nombre de la compañía por Amazon. El motivo era simple, por aquel entonces internet mostraba los nombres de las empresas alfabéticamente y, del mismo modo que Apple aparecía antes que Atari en los vetustos listines telefónicos, Amazon tenía que ser la primera librería online.

 

Con 200.000 títulos en su catálogo y una eficacia legendaria (el boca a boca era sobresaliente), fueron muchos los que se animaron a pedir sus libros preferidos por correo electrónico. En sólo unos meses más de 2.000 personas visitaban diariamente Amazon.com. En un año eran 50.000 y en dos desde la venta del primer libro, ya estaba entre las páginas más relevantes de internet.

 

Amazon se había convertido en la confirmación de que el comercio electrónico era, no sólo fiable, sino con tanto potencial (o más) que el tradicional. Sin duda, Bezos no iba a dejar que Amazon fuera sólo una librería. Su empresa no tardaría en apostar por otros productos y servicios: la cultura en formato multimedia, la ropa, la comida (y, a día de hoy, cualquier cosa), etc. eran el paso intermedio para conseguir su objetivo último: “que Amazon sea la empresa más centrada en el cliente del mundo. Queremos ser el lugar donde la gente pueda encontrar y descubrir cualquier cosa que se proponga”.

 

Una vez que Amazon se había convertido en la tienda más grande del planeta, Bezos decidió que era hora de revolucionar lo que consumimos. Ya no bastaba con el cómo. Y el primer paso fueron los libros electrónicos. Kindle, su eReader es a día de hoy el libro digital con más ventas en todo el planeta y la pata sobre la que sustenta la industria literaria en muchos países.

 

Ahora, uno de los hombres más ricos del mundo, destaca por sus enormes donaciones a la educación y la ciencia -entre ellos una cifra indeterminada al proyecto Blue Origins-; por haber participado en la creación de un reloj que servirá para medir el tiempo con una precisión sorprendente durante los próximos 10.000 años; o por haber conseguido que un equipo de investigadores encontraran los motores que impulsaron al Apolo a la Luna.

 

Excéntrico, visionario y emprendedor, su última campanada ha sido la adquisición del legendario The Washington Post para el que dice tener un plan en ciernes. Todavía no se sabe nada pero, a buen seguro, no nos dejará indiferentes. ¿Cambiará también nuestro concepto del periodismo?