EpC: Costumbres identitarias

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En épocas anteriores, las gentes temerosas de Dios, poco acostumbradas a regirse por una conciencia autónoma en asuntos que conciernen a la moral, solían guiarse ante la incertidumbre de hallarse entre extraños en lejanas tierras por el sabio consejo de “ allá donde fueres, haz lo que vieres” sin caer en la cuenta de que, una no menos sabia advertencia avisa de, “todo se pega menos la hermosura”, conjunción esta de motivos que explicaría la enorme semejanza que los distintos pueblos de España han adquirido entre si según ha aumentado el vacacional trasiego del interior a la costa y el eje Norte-Sur.
Al tiempo que nuestros políticos buscan fórmulas para cohesionar el puzzle autonómico, la ciudadanía que no precisa de ningún mecanismo constitucional, ha optado por importar y exportar costumbres, imitar y dar ejemplo de tradiciones, ceder y tomar comportamientos unos de otros, indistintamente de las zonas a las que pertenezcan. Pioneros de este mestizaje práctico fueron los gastrónomos haciendo de paellas valencianas, butifarras catalanas, gazpachos andaluces, pulpo a la gallega, bacalao a la vizcaína y cocido madrileño, platos internacionales por el mero hecho de salirse dos pulgadas del mapa. Ello es nada, comparado con nuestra capacidad para llevar con nosotros y traernos de igual modo, lo peor de cada sitio, pues no hay rincón peninsular en el que jóvenes y no tan jóvenes caguen y meen junto a las catedrales, sorban y escupan sus verdes gargajos a plena luz del día sobre la acera pública, se nos desprendan de la mano con grácil ademán descuidado las latas de refrescos junto al azulado litoral de la playa y en cualquier bar que se precie podamos contemplar su ancho suelo nevado de colillas sobre blancas servilletas testigos del trajín que allí se comunican generaciones enteras entre bocado y bocado, que digo yo, tan arraigadas maneras como las citadas y muchas otras, es imposible que hayan sido irradiadas desde un único lugar. Cosa que me preocupa, desde que se ha extendido la moda de viajar por el mundo, unos para disfrutar de sus vacaciones saliendo al extranjero de turistas, otros viniendo aquí como emigrantes para trabajar a destajo, pues seguramente los primeros a su regreso nos traigan desarrollado el gusto pedófilo ampliamente practicado en los países asiáticos o la tentadora afición al suicidio de nipones, mientras quienes nos abandonen, dejarán aquí la enriquecedora cultura de lapidar a las mujeres y la sana costumbre capitalista de mantener bajos los salarios para aumentar la competitividad empresarial.
Sin embargo, lo ocurrido en Cataluña con la prohibición de las corridas de los Toreros, ha marcado un antes y un después en esta tendencia. Quien sabe, hasta es posible que se invierta tan nefasta tendencia y la gente vuelva más religiosa tras visitar los países musulmanes, más amante de las artes de vuelta por los países del Este, más educada de Alemania, y sin salir de la península…más simpáticos de Andalucía, más ahorradores de Cataluña, más nobles del Norte, incluso más guapos de Canarias.

Por un Sacramento Prenatal

¡Ay! Mísero de mi. ¡Ay! Infelice/ Apurar cielos pretendo ya que me tratais así/ ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?/ Aunque si nací...ya entiendo/ Bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor/ Pues el delito mayor del Hombre, es haber nacido.

Recientemente hemos conocido por boca del Cardenal Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino que, el Vaticano estudia adelantar la administración de la Primera Comunión a etapas infantiles anteriores a los 7 años a las que Piaget no concedió todavía la madurez mental suficiente como para elaborar el pensamiento.  Asunto problemático dentro de la Iglesia por cuanto la Teología ha huido siempre de las vertientes intencionales que apuestan por una Fe pura sin anclajes, y fuera de ella, dada la gran ignorancia que hay respecto a la noción de Sacramento y en consecuencia el enorme atrevimiento con el que propios y extraños al Catolicismo se pronuncian con mayor libertad y gracia con las que Dios en su generosidad se nos ofrece a través de ellos, pues aunque 7 son los Sacramentos fundamentales para el Católico (Bautismo, Comunión, Confirmación, Matrimonio, Unción de los enfermos, Sacerdocio, Confesión), podría entenderse que por definición cualquier cosa es susceptible de entenderse como un Sacramento, desde la inspiración artística, hasta la propia Vida. Y aquí quería yo llegar.

No me parecería mal que los Doctores de la Iglesia decidieran, como en su día se hiciera con el Bautismo, anticipar la Primera Comunión de los más jóvenes a un tiempo en el que todavía creen en la llegada de los Reyes Magos y la realidad histórica de todas y cada una de las figuras Asisinas del Nacimiento, incluida la del Cagador, pues si los padres están autorizados por naturaleza para determinar desde que viene al mundo la criatura, la educación de su paladar por medio de los alimentos, apariencia física a través de la vestimenta, lo que debe o no debe aprender de la cultura en la que está inmerso como puede ser la música, las matemáticas etc, sin esperar a que su hijo decida por si mismo lo que desea o no desea comer, vestir, o aprender, es lógico presuponer que también lo estén para transmitirles con la misma intención e intensidad todo aquello en cuanto creen, pues no solo de pan vive el hombre, sin temor a ver en ello mayor manipulación que transmitirle la lengua materna o a caminar en posición erguida antes de que tenga capacidad racional para elegir entre los distintos idiomas o andar a cuatro patas.

Por si este argumento no fuera suficiente, hemos de tener presente que, de entre el mínimo de los 7 Sacramentos oficiales, 5 requieren ineludiblemente de la razón hecha y derecha, para ser genuino y eficaz, por lo que, que el Bautismo y la Comunión tengan lugar, uno a pocos días de nacer y el otro durante la primera infancia, no solo no me parece mal, sino que me parece inmejorable, si la familia del interesado vive su Fe y creen en lo que están haciendo. Por que yo no estoy aquí para malgastar saliva y tinta de las malas cosas que están mal hechas por gente ignorante, carente de Fe, que acude a Bautizos, Comuniones, Bodas y Entierros, como quién celebra un cumpleaños, sale la Noche Vieja o va a una despedida de soltero, con el único propósito de recibir regalos, darse un banquete y tener una escusa para disfrazarse.
Pero mis estudios de Teología en Deusto, me capacitan para ser más papista que el Papa y proponer aquí y ahora, una idea que ya expuse a mis profesores hace más de tres lustros y que espero esta vez, sea atendida como corresponde en los Obispados, a saber, la creación de un Sacramento Prenatal o si se prefiere, de la Concepción. Yo soy de los que estoy en contra del aborto, por cuanto creo que, desde el mismo momento de la Concepción hemos ahí física y espiritualmente un ser humano.

Cuando los Padres de la Iglesia adelantaron el Bautismo, no se les ocurrió ir más allá del neonato porque su mentalidad romana de índole práctico se lo impedía; para ellos no tenía mucho sentido otorgar el Sacramento a un recién nacido de igual manera que para el Derecho Romano todavía no era persona y mucho menos ciudadano. Sin embargo, en los tiempos que corren nuestra querida Santa Madre Iglesia, si desea convencer en lugar de vencer a la hora de mostrar el aborto como algo dañino para el espíritu humano, nada mejor que instaurar un Sacramento Prenatal para administrárselo a toda mujer embarazada, pudiéndose operar el mismo sobre el propio vientre de la madre o por vía oral ingiriendo unas gotas de agua vendita, ya que de continuar resistiéndose a este proceder, si a San Agustín y compañía les surgiera el problema del Limbo de los niños no bautizados, a Cañizares y Benedicto XVI, les podría aparecer la actual práctica de la Iglesia respecto al feto al que se le niega un mínimo sacramental, como el mejor contra argumento que los proabortistas pudieran escribir en el debate social.
La coherencia teológica de mi propuesta, no puede rechazarse por motivos operacionales, dado que la actual dinámica ya posibilita el hecho inaudito de que criaturas de Dios desprovistas de libertad, voluntad y razón, sin bautizar, confesar, ni haber hecho la primera comunión, participan de la Eucaristía recibiendo el Cuerpo de Cristo infelizmente, sin beberlo ni comerlo, en el útero materno, dado que las embarazadas, a diferencia de divorciadas y proabortistas, si pueden comulgar en misa todos los domingos.

Esencia y accidente de la DGT

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La nueva campaña veraniega de culpabilización colectiva diseñada por la DGT, a todas luces no por Timofónica, ahora conocida como Timostar, que presenta a familiares recibiendo por sorpresa llamadas telefónicas para informarles de una fatalidad, termina sus anuncios con una afirmación y una pregunta ¡Todos sabemos evitar un accidente! ¿Por qué no lo hacemos?

Sobre la afirmación debo discutir que los accidentes puedan evitarse, si con la voz accidente nos referimos al suceso extraordinario de carácter involuntario del cual se sigue un daño. A lo sumo, pueden reducirse las situaciones de riesgo en los que estos aparecen. Pero si un accidente, es verdaderamente un accidente, la posibilidad de evitarlos por parte del usuario medio de los utilitarios es tan nula como la capacidad de un presupuesto que contemple un capítulo para imprevistos. Si se desea evitar los accidentes de tráfico, se ha de abordar cuanto antes tres elementos que concurren mayoritariamente como fuente de ellos, dejando a un lado el climatológico, cuales son el factor humano, las características de la máquina, y las condiciones de la pista.

Dado que para los conductores se puede seguir un perjuicio directo, ya solo por el instinto de supervivencia, se supone que pondrán todo de su parte para evitar circunstancias que multipliquen el riesgo de sufrir accidentes, como por ejemplo,  no ingerir alcohol antes de la conducción, colocarse el cinturón de seguridad, realizar los debidos descansos en los trayectos largos, etc. Entonces ¿qué sucede? La realidad humana es más compleja que la lógica matemática; Aparte del mencionado instinto de supervivencia, se dan otros factores en nuestro comportamiento como la incidencia de la rutina, nuestro temperamento, los despistes, el exceso de confianza, la distracción, el cansancio, las prisas, el aburrimiento, la impaciencia, las preocupaciones, y tantas otras cosas que parece mentira que se permita conducir a la mayor parte de la población. ¿Por qué lo hacen? Evidentemente no por nuestra seguridad, sino por volumen de negocio de la industria automovilista y petrolera, impuestos de por medio. La primera medida que debería tomarse si se desea velar por nuestra seguridad vial, sería regular con mayor exigencia la concesión de permisos de conducir otorgándoselo solo a personas de probada responsabilidad y vida sana.

Pero de poco serviría que los conductores fueran responsables, si confiando en el buen hacer de los expertos gubernamentales y en la empresa dónde han adquirido el utilitario, van a 120 km/h en un ataúd de hojalata rodante. La estadística nos dice que de tal número de desplazamientos debe seguirse tal índice de accidentes, y en consecuencia, si las máquinas que se permiten fabricar, vender y circular son una invitación directa al homicidio en manos irresponsables, en manos seguras, educadas, entrenadas, sanas y responsables, lo son a jugársela en la ruleta rusa. ¿Por qué lo hacen? Por qué va a ser…¡Por negocio! La escoria social debe viajar en escoria rodante, que aunque se venda a preciso de escoria, adecuados a los sueldos de escoria, dejan beneficios sustanciosos tanto de su compra directa, como derivados de su uso frecuente. Una segunda medida entonces a tomar sería cuando menos empezar a publicar el número de muertos en carretera asociado al modelo de vehículo y marca en el que iba el infeliz finado. Eso sí que sería informar al consumidor. Auque lo justo sería prohibir su existencia a todo vehículo que no demuestre fehacientemente mantener vivo y sano al conductor que sufra un accidente yendo a la máxima velocidad permitida en nuestro país, actualmente a 120 Km/h.

Por último, aun contando con conductores responsables en vehículos seguros, todavía quedaría mejorar mucho nuestra red vial para evitar los accidentes ¿Por qué no se hace? Aun a riego de parecer reiterativo, la verdad es que es por negocio. Si nuestras carreteras fueran seguras, la contratación de seguros se vería alarmantemente reducida.

 

  Y ahora, que somos plenamente conscientes de que ¡Todos! Incluida la DGT, sabemos cómo evitar los accidentes…¿Por qué no lo hacen? Para responder esta vez, acudiré a la aristotélica diferencia entre esencia y accidente: digamos que la esencia de las sucesivas campañas que dicen concienciarnos, consisten en convencernos de que la culpa de lo que nos pase, es nuestra, solo nuestra y nada más que nuestra, para evitar demandas millonarias como le sucede a la industria del tabaco. El accidente, sería nuestra seguridad, fruto de dicha campaña.

Mirada poliédrica de Hacienda

El dinero no es de nadie...¡es del viento!

Destacan los titulares que durante lo más aciago de la crisis del 2009, la tolerancia ante el fraude fiscal por parte de los españoles aumentó considerablemente hasta alcanzar al 9% que lo ve consustancial al sistema, al que se ha de sumar un significativo 34% que lo justifica, queriendo con la concomitancia mediática, asociar ambos fenómenos. Empero, lo que en mi ha causado profunda extrañeza, ha sido que, pese a que por aquel entonces la corrupción política, con más de un millar de imputados, por si sola ya había sustraído de nuestros impuestos unos 5.000 millones de euros en la década precedente, todavía quedara un 57% de infelices que lo contemplaran reprochable.
Seguramente quienes crean a pies juntillas que Hacienda somos todos, se hallen entre ese increíble 57% tanto como quienes la defraudan tienen muy claro que Hacienda, son los otros. Evidentemente la libertad a la hora de opinar sobre Hacienda es mucho más amplia que a la hora de responder ante ella, de modo que, poco importa lo que la gente diga frente a lo que la gente haga, si de reflexionar sobre el fraude fiscal se trata. Por consiguiente, se requiere una mirada poliédrica que nos permita comprender la perspectiva que disfruta cada potencial contribuyente de esa maravilla de la ingeniería financiera social, llamada Hacienda Pública.
Quienes viven en la más absoluta indigencia, en la marginalidad, despojos humanos que a lo sumo aportarán sus huesos al servicio de la ciencia, suelen permanecer del todo ajenos al trajín que nos tiene acostumbrado la Tesorería del Estado, por no tener nada que traer ni detraer. Se podría decir que para ellos, Hacienda no existe, y de existir, es algo que aparece bajo la forma intermitente de comedor social, banco de alimentos, albergue de invierno, atención médica, pero sin llegar a comprender muy bien ni el cómo ni el por qué gozan de esos privilegios sociales, cuando antaño se les corría a gorrazos en cuanto se les veía aparecer.
Luego, estaría la masa asalariada que acostumbrada a presentarse dócil y obediente, pese a presentir que Hacienda son otros, por carecer de oportunidades, conocimientos e instrumentos financieros en el momento de pagar impuestos directos e indirectos, prefiere creerse que Hacienda somos todos, pues el mal de muchos es el consuelo de los pobres.
En un estadio no muy superior hallaríamos a los que trabajan por su cuenta, no quedándoles otra que meterse a Autónomos, como los pequeños comerciantes, a quienes con mofa decimos pequeños empresarios. Aquí ya hay algo más de margen para hacer justicia social o recuperar parte de lo defraudado por el Estado. Pero, a diferencia de los esclavos a terceros, estos esclavos por cuenta propia, tienen la obligación de hacer ellos mismos los trámites ante Hacienda, lo que supone todo un esfuerzo supino de la voluntad, motivo por el que defraude lo que defraude, todo le parece poco comparado con lo que paga. Para ellos, Hacienda, somos muy pocos, habiendo ocasiones en que sienten que hacienda, son solo ellos. ¡Craso error! Esa condición está reservada…
Ya en situación más elevada encontraríamos a los que ejercen profesiones liberales, grandes empresarios, Banqueros, personas de renta alta, cuyo poder adquisitivo les permite comprar y vender propiedades, jugar en bolsa, etc. Para los ciudadanos de esta posición, Hacienda, son los otros, en el sentido en que hablara Sartre del Infierno, por ello, prefieren el típico superficial escape romántico a un Paraíso fiscal, desde donde poder gozar de todas las ventajas que le ofrece el estado a la hora de acogerse a subvenciones oficiales, pero sin tener que sufrir la tortura de tener que pagar impuestos.
Por último, daríamos con los políticos, quienes manejan a su antojo las Arcas Públicas donde entran y salen nuestros impuestos, pues actúan como si Hacienda, fueran ellos. Bueno, Hacienda son ellos, pero con el dinero que no es de ellos, por eso no les duele en absoluto, por una parte, dilapidar los recursos en ineficaces medidas asistenciales que cementan más que destruyen las causas de los problemas que dicen combatir y de otra, otorgar ayudas y créditos a fondo perdido a empresas y entidades financieras que lo único que saben hacer es un perjuicio constante a nuestra economía.

El dinero no es de nadie…¡es del viento!

Etiquetas inteligentes

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Algunos somos de la opinión de que, mientras la humanidad crece, la inteligencia permanece constante, lo que no es óbice, para asustarse cada vez que vemos asociado el término a realidades distintas de la humana, sean estos los Servicios Secretos, programas informáticos, edificios, bombas, o ahora las etiquetas, pues no hay ocasión que así suceda que tras su eufemismo, no se escondan poderosos mecanismos para coartar nuestra ya escasa libertad.
Antesdeayer, la Agencia para la Protección de Datos y el Instituto de Tecnología y Comunicación hicieron pública una guía muy útil advirtiendo a la población de la alarmante proliferación de las Etiquetas de Identificación por Radio Frecuencia o para los que no sepan castellano, conocidas internacionalmente por las siglas RFID cuyo uso se ha generalizado en comercios para un mejor control de productos y mercancías, tarjetas de transporte público, de acceso a zonas restringidas, de crédito y que en breve se extenderá en el área sanitaria para el seguimiento de pacientes hospitalizados o necesitados de asistencia externa, marcado de mascotas, recién nacidos, empleados durante su jornada de trabajo…
Sucede que estos dispositivos que parecen inocentes pegatinas junto al código de barras, a las que no damos mayor importancia, de no ser adecuadamente desactivadas, tienen la propiedad de permitir el detallado seguimiento de cualquier ciudadano, almacenar en un banco de datos sus movimientos, tenerle localizado allá a donde vaya, archivar su historial, información que entre otras cosas, puede ayudar a conocer a empresas y gobiernos los auténticos usos, rutinas y costumbres de la población, cosa que en palabras de estos dos reputados Organismos, pone en serio riesgo nuestra seguridad e intimidad con solo llevar de paseo un libro, un calzado, o una libreta de ahorros.
Lo que resulta curioso, no es el potencial uso indebido que de este artilugio se realice, sino el nombre con el que mediáticamente se ha bautizado al mismo. Hace tiempo que los consumidores veníamos reivindicando las Etiquetas Inteligentes, o sea, aquellas donde figurasen todos los elementos relevantes a la hora de informar a la clientela sobre las propiedades, ingredientes y advertencias al objeto de propiciar un consumo inteligente en el que el consumidor tenga acceso inteligible de lo que está adquiriendo, porque es muy sospechoso que mientras las autoridades sanitarias, el Ministerio de Industria, y los legisladores permiten, consienten, e incluso animan la publicidad a todo volumen y en letras gordas, productos con Omega 3, bífidus, Ph neutro, y características como Oxiaction Cristal White, no obligan a identificar con un distintivo claro y visible los alimentos transgénicos o que contienen sustancias peligrosísimas para la salud, basta con que en letra más canija que la que te dan a firmar en la hipoteca de un Banco, ponga entre paréntesis Maíz modificado genéticamente,

Es probable, que la publicación de esta verdadera información, no le haya hecho gracia al Ministro del Interior Rubalcaba, pero la seguridad ciudadana va mucho más allá de la lucha antiterrorista, porque lo que a los ciudadanos verdaderamente nos aterra, es vernos sometidos a todas horas a vigilancia en detrimento severo de nuestra libertad. Más que nada, porque a todos nos gusta que nos miren, pero a nadie agrada que le observen.