Antes muerto que lesionado

SI algún día se le escapa un misilazo al norcoreano y apunta hacia nosotros, que no cunda el pánico. Con tanta carrera solidaria y popular, la población está perfectamente entrenada para evacuarse a sí misma en tiempo récord. El padre de las criaturas, sin ir más lejos, completó la Santurce-Bilbao y conservó el aliento suficiente para llamar al 112 y solicitar una reanimación cardiopulmonar y una extrema unción. Si fue capaz de eso, en caso de explosión nuclear, podría salir por patas y no parar hasta escapar de la onda expansiva poniendo a salvo sus dos tesoros. No me refiero a las criaturas, que corren que se las pelan por sí solas, sobre todo, a la hora de la ducha, sino al smartphone y el cargador.

Lo peor desde que le dio la fiebre del running son las secuelas, que niega para que no le caiga la del pulpo. “¿La rodilla resentida yo? Qué va”, dice y, a la que me doy la vuelta, se coloca la manta eléctrica o unos hielos. Ayer entré en la cocina y puso la misma cara que quien es sorprendido con un amante oculto en el armario escobero. En vez de eso, tenía sobre la pierna una bolsa de guisantes congelados, que había posado ahí, decía, por si hacía una menestra. Antes muerto que reconocer una lesión. Los quejidos, que son imaginaciones mías. La rodillera, que es preventiva. El ungüento, para hidratar. Dice un estudio que los vascos corren para estar en forma, pero yo le veo a este cojeando por el pasillo y qué quieren que les diga.

arodriguez@deia.com

Hija de proxeneta

Entre las herméticas paredes de pisos y clubes continúan prostituyéndose amedrentadas hasta el punto de no atreverse a articular palabra

TREINTA mujeres asesinadas por violencia machista en Bizkaia en la última década, 17 salvadas por los pelos y 3.000 más agredidas por su parejas, sus hijos o perfectos desconocidos. Todo eso, que se sepa, porque los cardenales se disimulan, se empapan almohadas de lágrimas y la procesión va por dentro. Varios detenidos en la enésima operación contra una red de trata de mujeres nigerianas. Eso, que se sepa, porque entre las herméticas paredes de pisos y clubes continúan prostituyéndose amedrentadas hasta el punto de no atreverse a articular palabra. Uno de los cinco acusados de violar a una joven en Sanfermines admite que no hubo consentimiento de palabra. Eso, que se sepa, porque hay agresiones sexuales que quedan impunes tanto fuera como dentro de la pareja. Una bilbaina maltratada pide que su agresor sea vigilado por una escolta porque teme por su seguridad y la de sus tres hijos. Eso, que se sepa, porque otras muchas temblarán en cada turno de visitas o al doblar la esquina. Dos años de sanción para un entrenador menor de edad por agredir a una árbitra en Leioa. Eso, que se sepa, porque no será la primera ni la última que reciba una ofensa o sea acosada mientras trabaja. Eduquemos a nuestros hijos para que no agredan, no violen, no acosen, no paguen por sexo. Por cierto, hija de puta debería de dejar de ser un insulto. Puestos a ofender, lo suyo sería hija de proxeneta o putero.

Arantza Rodríguez

arodriguez@deia.com

El niño tránsfuga

VA un día el crío y nos suelta a bocajarro, la galleta a remojo en la leche, que ya no es del Athletic, que ahora es del Real Madrid. La niña, que eso no puede ser, que si eres de Bilbao tienes que ser del Athletic. El padre de las criaturas, taquicárdico, subido a una banqueta intentando localizar el cristal de su chupirreloj midepulsaciones, que ha salido disparado encima de un armario al oír la buena nueva. Servidora, revisando mentalmente el historial en busca de posibles fallos. Un niño criado con chupete rojiblanco y leoncito de peluche. Con el abuelo, tap-tap-tap con la punta del pie en el suelo, a pie de cuna, esperando a que crezca para ponerle la equipación infantil. A ver quién se lo dice, a él, que ve los partidos con las zapatillas y la manta del Athletic. Esto le va a doler más que el penalti que falló Dani contra el Betis en la final de la Copa de 1977. El crío, con la tontería, ha provocado una hecatombe familiar que me río yo de la de Catalunya. Hasta mi cuñado, al que le interesa el fútbol lo mismo que el curling, le anda todo el día metiendo la cuña, en plan subliminal. “¿Qué has hecho hoy en el cole? Qué bueno es el Athletic, ¿eh? Aduriz es el mejor”. Pero él, erre que erre con Cristiano. Me pregunto qué le verá, aparte de ser uno de los mejores futbolistas del mundo y multimillonario. Para mí que nos está poniendo a prueba. Seguro que tiene escondida una cámara oculta en uno de sus aguiluchos de goma.

Arantza Rodríguez

arodriguez@deia.com

El otro XX aniversario

SU agonía, tendido en el suelo, tras ser disparado por ETA a unos metros del museo que vigilaba, traspasó la pantalla, anudando estómagos, directa a ese almacén de recuerdos angustiosos e imborrables que todos tenemos. Trece años después, estaba sentada frente a su hermana, escuchando cómo la noquearon aquellas imágenes mientras hacía la cena y la llamaron sus padres, rotos de dolor. A cada palabra, el recuerdo angustioso e imborrable creció. Y quedó cincelado en él aquel intento de consuelo: “Ama, mejor un hijo muerto que uno asesino”. Y se fue haciendo más grande a medida que respiraba su impotencia y sufrimiento. Se revistió de ternura al recordar cómo su hermano la llamaba “tata” o lo mucho que le gustaba el brazo de gitano. Y se tornó en esperanza hablando de diálogo, de paz, y, sobre todo, de su nieta, que ha mantenido viva la llama de su ilusión aunque llovieran injusticias. Una vez que pones cara al familiar de una víctima, pero no en la tele o un diario, sino cara de carne y hueso, la mano sobre su mano, los ojos que se humedecen al compás, no hay vuelta atrás. El recuerdo angustioso e imborrable se abre paso cuando menos te lo esperas: un atentado, una detención, una tregua… Me vuelve estos días, en el XX aniversario del museo y de la muerte de este ertzaina, por lo duro que debe ser celebrar un éxito cuando a uno lo ahoga la pena. Asoma ahora, pero hay quienes, como esta familia, lo sufren cada día de su vida.

Arantza Rodríguez

arodriguez@deia.com

Si es una urna, yo no sé nada

SALE el crío del cole. “Tengo una superbuena noticia”. Lagarto, lagarto. “Me han dejado traer a casa el libro de mate”. Modo motivación activado. “Qué bien. ¿Para forrar?”. “No, porque no me ha dado tiempo de terminar el ejercicio en clase”. Sonrisa congelada. Modo disimulo activado. “Me encantará ver tu nuevo libro, pero con que lo traigas hoy será suficiente, ¿eh?”. En esas estaba, tragando saliva, cuando me llega un SMS al móvil. No tengo abuelos con zapatófono, así que lagarto, lagarto. “Estamos tramitando tu pedido”, ponía. Firmado, una compañía telefónica de la que me di de baja hace años. Decido ignorarlo. Al de unos días me llaman del mismo operador: “Tienes un paquete para recoger”. Quita, quita, a ver si va a ser una urna descarriada y se me presenta la Guardia Civil en el felpudo con la de pelusas que tiene. Llamo al teléfono de atención al cliente para deshacer el entuerto. “No cuelgues, por favor, el sistema está verificando” y así varias veces. Luego, que no me preocupe, que será un error, que ya consta que me di de baja. “Gracias por tu gentil espera”. No había oído esa palabra desde que leí –es un decir– El Quijote. “Que tengas un bonito día y un bonito fin de semana. ¿Vale? Chao, chao”. A poco más y me propone tomar algo juntas el sábado. Capítulo cerrado, pienso. Pero acto seguido me llaman de un 900. “Nos gustaría saber tu opinión sobre nuestro servicio de atención al cliente. Valora de 1 a 10…”. Modo harakiri activado.