El otro XX aniversario

SU agonía, tendido en el suelo, tras ser disparado por ETA a unos metros del museo que vigilaba, traspasó la pantalla, anudando estómagos, directa a ese almacén de recuerdos angustiosos e imborrables que todos tenemos. Trece años después, estaba sentada frente a su hermana, escuchando cómo la noquearon aquellas imágenes mientras hacía la cena y la llamaron sus padres, rotos de dolor. A cada palabra, el recuerdo angustioso e imborrable creció. Y quedó cincelado en él aquel intento de consuelo: “Ama, mejor un hijo muerto que uno asesino”. Y se fue haciendo más grande a medida que respiraba su impotencia y sufrimiento. Se revistió de ternura al recordar cómo su hermano la llamaba “tata” o lo mucho que le gustaba el brazo de gitano. Y se tornó en esperanza hablando de diálogo, de paz, y, sobre todo, de su nieta, que ha mantenido viva la llama de su ilusión aunque llovieran injusticias. Una vez que pones cara al familiar de una víctima, pero no en la tele o un diario, sino cara de carne y hueso, la mano sobre su mano, los ojos que se humedecen al compás, no hay vuelta atrás. El recuerdo angustioso e imborrable se abre paso cuando menos te lo esperas: un atentado, una detención, una tregua… Me vuelve estos días, en el XX aniversario del museo y de la muerte de este ertzaina, por lo duro que debe ser celebrar un éxito cuando a uno lo ahoga la pena. Asoma ahora, pero hay quienes, como esta familia, lo sufren cada día de su vida.

Arantza Rodríguez

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Si es una urna, yo no sé nada

SALE el crío del cole. “Tengo una superbuena noticia”. Lagarto, lagarto. “Me han dejado traer a casa el libro de mate”. Modo motivación activado. “Qué bien. ¿Para forrar?”. “No, porque no me ha dado tiempo de terminar el ejercicio en clase”. Sonrisa congelada. Modo disimulo activado. “Me encantará ver tu nuevo libro, pero con que lo traigas hoy será suficiente, ¿eh?”. En esas estaba, tragando saliva, cuando me llega un SMS al móvil. No tengo abuelos con zapatófono, así que lagarto, lagarto. “Estamos tramitando tu pedido”, ponía. Firmado, una compañía telefónica de la que me di de baja hace años. Decido ignorarlo. Al de unos días me llaman del mismo operador: “Tienes un paquete para recoger”. Quita, quita, a ver si va a ser una urna descarriada y se me presenta la Guardia Civil en el felpudo con la de pelusas que tiene. Llamo al teléfono de atención al cliente para deshacer el entuerto. “No cuelgues, por favor, el sistema está verificando” y así varias veces. Luego, que no me preocupe, que será un error, que ya consta que me di de baja. “Gracias por tu gentil espera”. No había oído esa palabra desde que leí –es un decir– El Quijote. “Que tengas un bonito día y un bonito fin de semana. ¿Vale? Chao, chao”. A poco más y me propone tomar algo juntas el sábado. Capítulo cerrado, pienso. Pero acto seguido me llaman de un 900. “Nos gustaría saber tu opinión sobre nuestro servicio de atención al cliente. Valora de 1 a 10…”. Modo harakiri activado.

Un frío de tres pares

DESENGÁÑESE: si a estas alturas de agosto su compañero aún no se ha incorporado para darle el relevo, es porque ha visto las previsiones del tiempo y se ha encadenado, en plan tributo a la baronesa Thyssen, a una palmera en Benidorm. No será la primera deserción ni la última, porque el paisaje estará muy verde y el pantano muy lleno, pero este nublao permanente espanta al más pintado. También puede ser que su colega no haya vuelto al curro porque lavó la colada al regresar de las vacaciones y aún no ha logrado que se le sequen los calzoncillos. Sea como fuere, este veranotoño induce a la estampida colectiva y ya nos cuidarán el botxo los turistas, que se empapan de sirimiri con el mismo entusiasmo con que nos empapamos nosotros de sudor en el sur. Y cuando digo nosotros, excluyo al padre de las criaturas, que se cayó de pequeño en un balde de jariguay y se le debió fundir el termostato. De hecho, hizo la misma maleta para ir a Burgos en diciembre que a Castellón en julio. Yo le llamo El isotérmico, por no llamarle otra cosa, y jamás le pregunto por la temperatura. Para él, la máxima es “un calor de la hos…” y la mínima, “un frío de cojo…”. Debe tener el sensor en sus partes, lo mismo que yo lo tengo en los pies. Cuando hay una ola polar, el frío pasa a ser “de tres pares de cojo…”. Un par tengo claro de dónde cuelga, pero por los otros dos no he querido ni preguntar, no vaya a quedarme helada.

¿Quién vigilará a los grillos?

ANTES se acababa el colegio y punto pelota. No más madrugones. Fuera libros. Vade retro, extraescolar. Colgabas el uniforme y te convertías en un ser ocioso. Con todo el verano en blanco por delante para rellenar pegando patadas al balón o tirando piedras al río. Sin más obligación que la de ir a la tiendita del pueblo a por una barra de pan. Los días sin móviles eran infinitos. Te tirabas horas montando guardia delante de un agujerito para ver si asomaba un grillo. Y si no salía por sus propias patas, le invitabas a hacerlo a nado. Realizabas estudios de campo de las hormigas, sus usos, costumbres y texturas, porque quien más quien menos paladeaba alguna, infiltrada en el bocadillo. Pedaleabas en bici como si no hubiera un mañana. Con unas buenas dinamos, habrías iluminado la ciudad de Nueva York. Pasabas tardes enteras hacinado bajo la única sombra de la plaza, sin estirar las piernas no se te fueran a chamuscar los pelillos al sol. Corrías como alma que lleva el diablo para sentarte antes que nadie en el banco metálico y sufrir, también antes que nadie, quemaduras de primer grado. Te hacías peelings en las rodillas contra aquel empedrado… Ahora acabas el colegio y te apuntan a un campus urbano. Y a unas colonias. Y a un campamento deportivo y a un curso de inglés. Luego, al miniclub del hotel, actividades acuáticas, excursiones programadas, visitas guiadas… Y así, díganme, ¿quién carajo tendrá tiempo de vigilar a los grillos?

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Lo más importante

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DICE el crío, que es de pensamiento instantáneo como el Cola Cao turbo, que lo más importante del mundo es que descubran nuevos planetas, apaguen incendios y ganen la copa. En resumen, astronautas, bomberos y futbolistas, y no necesariamente por ese orden, porque no ve el día en que se le caiga su primer diente para pedirle al ratoncito unas medias del Athletic. Y eso que a base de estirar y estirar ha conseguido que unos calcetines tobilleros negros le lleguen hasta las rodillas. Si todo es ponerse. Espero que no emplee la misma fuerza bruta para extraerse pieza por pieza la dentadura hasta hacerse con toda la equipación. El padre de las criaturas, en cambio, afirma que lo más importante del mundo son las criaturas. “Ah, se me olvidaba, y tú también, claro”, añade al rato, porque es de pensamiento lento, tipo chocolate espeso. Es un bienqueda, porque los cuatro sabemos que se pirra por su saxofón, al que saca brillo con un trapito todas las noches. La cría, que pronto será abducida por los amigos, sostiene, de momento, que lo más importante del mundo es la familia y, después, que no caiga un meteorito y las tecnologías. Yo creía que lo más importante era la cuidadora hasta que me quedé sin ella y se me cayó el mundo encima. Entonces corrí a llamar a mi hermana, mi madre, mi sobrina… y ahora que lo pienso bien, va a ser que sí es la familia.

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