Me río de la metamorfosis de Kafka

UN día, cuando menos te lo esperas, contándote que un chaval del cole tiene un smartphone mejor que el del gerente de tu empresa, tu hija te suelta: “Está to guapo” y se te atragantan las lentejas, que, por ahora, se pongan como se pongan los chefs, no tienen copyright. El caso es que te preguntas en qué momento tu dulce y angelical criatura, que parecía predestinada a ocupar un sillón en la Real Academia de la Lengua, ha sido poseída por el espíritu de El vaquilla.

Vete haciéndote a la idea porque eso es solo el comienzo. En apenas unos días intercalará interjecciones de protesta a cada frase, a modo de tecla Intro. “¿Que meta el plato en el lavavajillas? Joooe. Si ya metí uno ayer. Joooe. ¿Y él por qué no lo mete? Joooe. No es justo. Joooe”. Por si fuera poco con las conversaciones desquiciantes, le crecerán repentinamente las extremidades en plan palo selfi. Así que, de un día para otro, te sacará media cabeza y te verás echando la bronca de abajo hacia arriba mientras te preguntas si no serás tú la que encoges.

No entraré en detalles, pero mi traumatóloga y yo les desaconsejamos los zancos. Lo peor será cuando le vayas a dar un beso a la puertas del cole y te haga la cobra. Me río yo de La metamorfosis de Kafka. Y todo esto a pelo, porque en la parafarmacia tienen emplastos hasta de algas del Mar Muerto, pero ni unas tristes hierbas para sobrellevar la preadolescencia. Al loro los camellos, que ahí hay un nicho de mercado.

Arantza Rodríguez

arodriguez@deia.com

Helada, pero no de frío

LES escribo desde el búnker, donde me he refugiado tras oír que hay alerta naranja. No sé si van a llover meteoritos o nos van a fumigar porque nos empeñamos en vivir más pese a las exiguas pensiones, pero me he puesto a salvo porque dice mi madre que mujer precavida vale por dos, aunque a mí me siguen pagando el sueldo por unidad. El caso es que en ningún informativo hablan de que vaya a caer del cielo algo inusual. Ahora he visto a un reportero, con la nieve a la cintura, que apenas podía sujetar el micrófono tras haber sufrido la amputación de varios dedos, deduzco que por congelación. “¿Hace mucho frío?”, le preguntaba sonriente la locutora, en mangas de camisa, desde el plató. El pobre habría contestado si sus dientes hubieran podido dejar de castañetear.

A mí quien me ha dejado helada no ha sido el temporal, sino el crío, que se me cuela en la cama un día sí y otro también. “Cuando tengas novia -lo amenazo, muerta de sueño- me voy a tumbar entre los dos”. “Cuando tenga novia, estarás muerta”, me suelta. Con la sonrisa aún congelada, le pregunto: “¿Y me vas a echar de menos?”. “Sí, pero te pondré una notita”. “No creo que pueda leerla”, le informo. “Para que la tengas de recuerdo”. “¿Y qué escribirás?”. “Ama, te quiero mucho, pero como estás muerta, ya me puedo comprar todo lo que quiera”. De eso a que me atraviese con su espada láser y que parezca un accidente ¿hay un paso o me lo parece a mí? Ahora, sincero me ha salido. ¿Que no?

Arantza Rodríguez

Antes muerto que lesionado

SI algún día se le escapa un misilazo al norcoreano y apunta hacia nosotros, que no cunda el pánico. Con tanta carrera solidaria y popular, la población está perfectamente entrenada para evacuarse a sí misma en tiempo récord. El padre de las criaturas, sin ir más lejos, completó la Santurce-Bilbao y conservó el aliento suficiente para llamar al 112 y solicitar una reanimación cardiopulmonar y una extrema unción. Si fue capaz de eso, en caso de explosión nuclear, podría salir por patas y no parar hasta escapar de la onda expansiva poniendo a salvo sus dos tesoros. No me refiero a las criaturas, que corren que se las pelan por sí solas, sobre todo, a la hora de la ducha, sino al smartphone y el cargador.

Lo peor desde que le dio la fiebre del running son las secuelas, que niega para que no le caiga la del pulpo. “¿La rodilla resentida yo? Qué va”, dice y, a la que me doy la vuelta, se coloca la manta eléctrica o unos hielos. Ayer entré en la cocina y puso la misma cara que quien es sorprendido con un amante oculto en el armario escobero. En vez de eso, tenía sobre la pierna una bolsa de guisantes congelados, que había posado ahí, decía, por si hacía una menestra. Antes muerto que reconocer una lesión. Los quejidos, que son imaginaciones mías. La rodillera, que es preventiva. El ungüento, para hidratar. Dice un estudio que los vascos corren para estar en forma, pero yo le veo a este cojeando por el pasillo y qué quieren que les diga.

arodriguez@deia.com

Hija de proxeneta

Entre las herméticas paredes de pisos y clubes continúan prostituyéndose amedrentadas hasta el punto de no atreverse a articular palabra

TREINTA mujeres asesinadas por violencia machista en Bizkaia en la última década, 17 salvadas por los pelos y 3.000 más agredidas por su parejas, sus hijos o perfectos desconocidos. Todo eso, que se sepa, porque los cardenales se disimulan, se empapan almohadas de lágrimas y la procesión va por dentro. Varios detenidos en la enésima operación contra una red de trata de mujeres nigerianas. Eso, que se sepa, porque entre las herméticas paredes de pisos y clubes continúan prostituyéndose amedrentadas hasta el punto de no atreverse a articular palabra. Uno de los cinco acusados de violar a una joven en Sanfermines admite que no hubo consentimiento de palabra. Eso, que se sepa, porque hay agresiones sexuales que quedan impunes tanto fuera como dentro de la pareja. Una bilbaina maltratada pide que su agresor sea vigilado por una escolta porque teme por su seguridad y la de sus tres hijos. Eso, que se sepa, porque otras muchas temblarán en cada turno de visitas o al doblar la esquina. Dos años de sanción para un entrenador menor de edad por agredir a una árbitra en Leioa. Eso, que se sepa, porque no será la primera ni la última que reciba una ofensa o sea acosada mientras trabaja. Eduquemos a nuestros hijos para que no agredan, no violen, no acosen, no paguen por sexo. Por cierto, hija de puta debería de dejar de ser un insulto. Puestos a ofender, lo suyo sería hija de proxeneta o putero.

Arantza Rodríguez

arodriguez@deia.com

El niño tránsfuga

VA un día el crío y nos suelta a bocajarro, la galleta a remojo en la leche, que ya no es del Athletic, que ahora es del Real Madrid. La niña, que eso no puede ser, que si eres de Bilbao tienes que ser del Athletic. El padre de las criaturas, taquicárdico, subido a una banqueta intentando localizar el cristal de su chupirreloj midepulsaciones, que ha salido disparado encima de un armario al oír la buena nueva. Servidora, revisando mentalmente el historial en busca de posibles fallos. Un niño criado con chupete rojiblanco y leoncito de peluche. Con el abuelo, tap-tap-tap con la punta del pie en el suelo, a pie de cuna, esperando a que crezca para ponerle la equipación infantil. A ver quién se lo dice, a él, que ve los partidos con las zapatillas y la manta del Athletic. Esto le va a doler más que el penalti que falló Dani contra el Betis en la final de la Copa de 1977. El crío, con la tontería, ha provocado una hecatombe familiar que me río yo de la de Catalunya. Hasta mi cuñado, al que le interesa el fútbol lo mismo que el curling, le anda todo el día metiendo la cuña, en plan subliminal. “¿Qué has hecho hoy en el cole? Qué bueno es el Athletic, ¿eh? Aduriz es el mejor”. Pero él, erre que erre con Cristiano. Me pregunto qué le verá, aparte de ser uno de los mejores futbolistas del mundo y multimillonario. Para mí que nos está poniendo a prueba. Seguro que tiene escondida una cámara oculta en uno de sus aguiluchos de goma.

Arantza Rodríguez

arodriguez@deia.com