Vuelve la colleja

La creía erradicada, pero la colleja ha vuelto. Tanto psicólogo advirtiendo de la falta de autoridad de los padres que no saben poner límites a sus hijos y resulta que algunos -antes muertos que permisivos- han decidido marcar sus normas, como antaño, a tortazo limpio. Y no tienen una sola ceja ni un garrote bajo el brazo, no. Son aparentemente normales. Como usted y como yo.

¿Que el niño se salta un semáforo? Pues le enseñan educación vial con un buen cachete. ¿Que le estira del pelo a su hermana? Pues le conciencian sobre lo detestable que es agredir soltándole un pescozón. Y una que los ve, con un nudo en el estómago y otro en la lengua, implora por lo bajines que aparezca una legión de supernannys para que les manden a una esquina a pensar lo malos educadores que son.

A otros no les pillas in fraganti, pero defienden sin pudor que un tortazo a tiempo es mano de santo, alaban el buen resultado de los azotes en las pataletas de supermercado y te hacen sentir como una gili por utilizar técnicas de motivación con pegatinas o castigos no violentos como apagar el televisor.

El tiempo dirá a quién le sale mejor, pero mientras tanto ruego a los programadores que dejen de sacar en la tele a adolescentes macarras. Algunos los utilizan para justificar su mano dura preventiva y a otros nos tienen tan asustados que nos hemos hipotecado para construirnos un búnker. En algún sitio habrá que esconderse cuando los gomets ya no sean suficiente aliciente para que estudien en vez de hacer botellón.

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