El fin del bicorderismo

cena nochebuenaforgesDE toda la vida de Dios en las fiestas navideñas se ha comido carne o pescado en tu casa o en la mía, pero agárrense los machos porque, entre los resultados de las elecciones y los txakolis de Santo Tomás, algunos se han venido arriba. Talo con chorizo en alto, más de uno pronosticaba ayer el fin del bicorderismo y la necesidad de someter a escrutinio los menús de Nochebuena y Navidad para hacer valer la voluntad de los comensales. Hubo quienes se aferraron al tradicional cochinillo como a un salvavidas y un poco más y se ahogan y quienes sudaron la gota gorda para intentar retener a un besugo que se les escapaba de las manos. Otros, en cambio, se pusieron morados a porciones de quesito. La peña quería cambiar de platos, lo ha expresado en las urnas y ahora pretende trasladarlo al mantel. Al noviete de mi sobrina, la jipi, que piensa adosarse por primera vez a las celebraciones en su calidad de archivo adjunto, se le ha ido literalmente la olla. Dice que es “ineludible e inaplazable” garantizar por ley una renta de garantía de langostinos, así como un hueco digno para sestear en el sofá tras la papeada. Se le ha subido el afán justiciero por las rastas hasta tal punto que reclama reformar los estatutos familiares para que su opinión tenga el mismo valor que la nuestra, que llevamos años fichando. Los entremeses pintan duros de roer. Esperemos alcanzar un pacto antes de que nos den las uvas.

arodriguez@deia.com

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