¿Problemas en Houston? Ja

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ESTÁS a punto de operar, cuadrar la caja o entrar a una reunión y te suena el móvil. Descuelgas. Intuyes la voz de tu pareja tratando de hacerse oír por encima de la batidora, los cánticos rojiblancos del pequeño y la flauta de la cría. Le sugieres que apague el electrodoméstico y se encierre en el váter. Escuchas un portazo, golpes, chirridos, gritos, trotar por el pasillo, al pequeño berreando y a la cría repitiendo “pásame a ama, pásame a ama” con la misma angustia de quien está rodeado de llamas y marca el 112. El padre de las criaturas intenta simular calma: “No te preocupes. Lo tengo todo controlado”. ¿Controlado? Si no fuera porque los conoces como si los hubieras parido, te colocarías una sirena en la cabeza y saldrías quemando zapatilla preparándote para presenciar algo así como la matanza de Texas versión botxo. El caso es que ni te inmutas. “A ver, ¿qué pasa?”. “Es que el crío…”, dice uno. “Es que mi hermana…”, dice el otro. “Es que aita…”, cierra el círculo la tercera. Lo que viene a ser un rosco de conflictos, pero sin opción a pasar palabra. Oyes lloriqueos, quejas y ahora es el padre el que dice “pásame a ama, pásame a ama” como si le ardieran los pelillos de las piernas. Lo resuelves y cuelgas. “¿Problemas?”, te pregunta tu jefe, al que su hija, presa de los nervios por la selectividad, le ha lanzado un grito huracanado esta mañana y le ha dejado el flequillo convertido en tupé. “Qué va, que no encontraban el mando”, zanjas.

arodriguez@deia.com

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