El debate decisivo

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LA otra noche celebramos en la cocina el debate decisivo. Un micrófono de juguete con una tecla de aplausos para autojalearse. El temporizador de huevos duros para repartir los tiempos de intervención. La administradora de fincas, con el casco y el chaleco antibalas que utiliza en las reuniones de vecinos, de moderadora. Todo listo. Empezó el crío, que sacó un seis tirando el dado del parchís. Como líneas rojas exigió que el destino de vacaciones tuviera playa y piscina y se ofreció a negociar que hubiera columpios y una tienda de chuches cercana. La niña se mostró proclive a pactar con él siempre y cuando añadiera el wifi a su programa y le cediera el escaño frente al DVD del coche. Dejó claro además que no estaba dispuesta a comportarse como los políticos y que aquello había que finiquitarlo rápido porque ella ya tenía bastante con mutar en preadolescente como para andarse con bobadas. El padre de las criaturas, abrumado por la oratoria de sus rivales, apenas acertó a decir algo sobre rutas de senderismo o visitas a cascos históricos. Propuestas que suscitaron los bostezos incluso de la moderadora, que hasta entonces seguía la tertulia con sumo interés. Servidora condicionó su apoyo a una hora diaria de descanso horizontal firmada ante notario, ya fuera en una colchoneta en alta mar, en el borde de cemento incandescente de la piscina infantil o en la camilla de un socorrista. Auguro un tripartito. Veremos qué dice la urna.

arodriguez@deia.com

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