Un ratito más en mi cápsula

SER el negro de los Reyes Magos, en sentido literario, ya me entienden, es un trabajo en sí mismo. Igual que rebozar croquetas como si no hubiera un mañana. O que tratar de terminar con los restos de los tuppers de tu madre antes de que ellos lo hagan contigo. Poseída por ese síndrome posnavideño que te escalfa el cerebro como el virus de la gripe, con los trapecios acartonados de llevar al crío encima para ver la cabalgata y el moratón nalguero tatuado en la pista de patinaje sobre hielo, ayer me dispuse a ponerme al día de la actualidad, más allá de los chascarrillos de Las Campos y la cartelera de cine infantil. Qué bajonazo, oigan. Fue echar un vistazo a las webs -pederastia en Donostia, supuestas fotos eróticas de Nadia…- y cortárseme el bocadillo de polvorones. Así que, si me lo permiten, por esta semana me quedaré un ratito más en mi cápsula de espumillón. Montando y poniendo pegatinas a las 1.300 piezas de la nave interestelar. Cargando la batería de la mascota interactiva, que se queda sin resuello a nada que hace el pino puente. Pensando si denuncio a la juguetería que prometía en su catálogo que su aspirador funcionaba como “los de verdad”. El crío se pasa horas dando vueltas por las alfombras con ese trasto sin agujero. Se ensaña con las pelusas. Creo que empieza a sospechar que no succiona. Voy a reclamar daños morales. No por él. Por mí, que ya me había hecho ilusiones…

arodriguez@deia.com

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