Ser madre, como un ochomil

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LA pregunta me pilló desprevenida, pensando si le echaba coraje y ponía a remojo unos disuasorios garbanzos o me decantaba por unos siempre aclamados macarrones exprés. “Ama, ¿tú a qué te vas a apuntar de mayor?”, me soltó el crío, que anda dándole vueltas a su futuro profesional. De mayor, dice. Qué mono. Desde ahí abajo no debe divisar mis patas de gallo. “¿A fútbol?”, indagó con su balón bajo el brazo, ante la falta de respuesta. “¿O qué quieres ser? ¿Madre todo el tiempo?”. Por la cara de incredulidad y el tono, deduje que eso le debía parecer un rollo macabeo. O muy sacrificado. Lo mismo que ha concluido la periodista Samanta Villar tras dar a luz a sus mellizos: “Tener hijos es perder calidad de vida”. ¿Lo dirá por esas noches en las que giras y giras en la rotonda del pasillo sin recordar si vas o vuelves de la cuna, si eres persona, animal o robot aspirador? ¿O por esos fines de semana copados de partidos bajo la lluvia, cursillos de piscina y cumpleaños infantiles? ¿O por la falta de estadísticas sobre niños desnucados en la bañera o electrocutados con el secador que te hace temer a la ducha como a una torre de alta tensión? A nada que se fijen en sus compañeras, por la profundidad de ojera y cadencia de bostezo, sabrán si están de ruleta de virus, terrores nocturnos o pesadillas adolescentes. Edurne Pasaban, embarazada, comparó ayer ser madre con un ochomil. Se ve que ha pillado la idea.

arodriguez@deia.com

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