El telediario es inexplicable

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DESDE que las criaturas se aliaron para desalojarnos del confortable tresillo y relegarnos a la butaca dura y la tableta, lo más parecido a una noticia que se ha emitido en mi televisión es que van a dar un doble capítulo de La patrulla canina. ¡Toma pedazo de exclusiva! O, a lo sumo, que han sacado otra colección de pulseritas superguais para invertir la paga. Una última hora digna de encabezar un ranking del tipo Las seis melonadas que debes saber antes de salir al patio. Con ese nivel informativo de parvulario, no es de extrañar que el telediario nos pillara el otro día en casa de un familiar con el pie cambiado. El crío miraba de reojo al locutor esperando a que anunciara de una maldita vez un especial de Disney y, en lugar de eso, dio paso a unas imágenes de unas mujeres con burka. “¿Y esas quiénes son? ¿Ninjas?”, preguntó al tiempo que mi lengua se convertía en un felpudo y mi cerebro en el mismísimo Bob Esponja. Menos mal que la paciencia para esperar una respuesta dura a su edad cosa de 3,5 segundos. Lo que tardé en tirarme emulando a Kepa, el portero del Athletic, hacia el mando y cambiar de canal. Llámenme cobarde, pero me dio no sé qué desmontar su mundo. Ese en el que las bombas son de chocolate y los niños se mueren de la risa en vez de intoxicados por armas químicas en Siria. Si no les dejamos ver los telediarios, no es por no herir su sensibilidad. Es porque no sabemos cómo explicarles lo inexplicable.

arodriguez@deia.com

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