¿Quién vigilará a los grillos?

ANTES se acababa el colegio y punto pelota. No más madrugones. Fuera libros. Vade retro, extraescolar. Colgabas el uniforme y te convertías en un ser ocioso. Con todo el verano en blanco por delante para rellenar pegando patadas al balón o tirando piedras al río. Sin más obligación que la de ir a la tiendita del pueblo a por una barra de pan. Los días sin móviles eran infinitos. Te tirabas horas montando guardia delante de un agujerito para ver si asomaba un grillo. Y si no salía por sus propias patas, le invitabas a hacerlo a nado. Realizabas estudios de campo de las hormigas, sus usos, costumbres y texturas, porque quien más quien menos paladeaba alguna, infiltrada en el bocadillo. Pedaleabas en bici como si no hubiera un mañana. Con unas buenas dinamos, habrías iluminado la ciudad de Nueva York. Pasabas tardes enteras hacinado bajo la única sombra de la plaza, sin estirar las piernas no se te fueran a chamuscar los pelillos al sol. Corrías como alma que lleva el diablo para sentarte antes que nadie en el banco metálico y sufrir, también antes que nadie, quemaduras de primer grado. Te hacías peelings en las rodillas contra aquel empedrado… Ahora acabas el colegio y te apuntan a un campus urbano. Y a unas colonias. Y a un campamento deportivo y a un curso de inglés. Luego, al miniclub del hotel, actividades acuáticas, excursiones programadas, visitas guiadas… Y así, díganme, ¿quién carajo tendrá tiempo de vigilar a los grillos?

arodriguez@deia.com

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