El otro XX aniversario

SU agonía, tendido en el suelo, tras ser disparado por ETA a unos metros del museo que vigilaba, traspasó la pantalla, anudando estómagos, directa a ese almacén de recuerdos angustiosos e imborrables que todos tenemos. Trece años después, estaba sentada frente a su hermana, escuchando cómo la noquearon aquellas imágenes mientras hacía la cena y la llamaron sus padres, rotos de dolor. A cada palabra, el recuerdo angustioso e imborrable creció. Y quedó cincelado en él aquel intento de consuelo: “Ama, mejor un hijo muerto que uno asesino”. Y se fue haciendo más grande a medida que respiraba su impotencia y sufrimiento. Se revistió de ternura al recordar cómo su hermano la llamaba “tata” o lo mucho que le gustaba el brazo de gitano. Y se tornó en esperanza hablando de diálogo, de paz, y, sobre todo, de su nieta, que ha mantenido viva la llama de su ilusión aunque llovieran injusticias. Una vez que pones cara al familiar de una víctima, pero no en la tele o un diario, sino cara de carne y hueso, la mano sobre su mano, los ojos que se humedecen al compás, no hay vuelta atrás. El recuerdo angustioso e imborrable se abre paso cuando menos te lo esperas: un atentado, una detención, una tregua… Me vuelve estos días, en el XX aniversario del museo y de la muerte de este ertzaina, por lo duro que debe ser celebrar un éxito cuando a uno lo ahoga la pena. Asoma ahora, pero hay quienes, como esta familia, lo sufren cada día de su vida.

Arantza Rodríguez

arodriguez@deia.com

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