Chikilicuatre for president

camaronMÁS de uno se despertó ayer con el silbido del WhatsApp: “Trump lehendakari (seguido del emoticono de El grito de Munch por cuadruplicado)”. Y pensó: “Ya está la cuadrilla vacilando”. Pero fue toparse en la cocina con el primer ser racional -si es que alguien lo es antes de inyectarse el primer café- y confirmarlo: “Ha ganado Trump”. “¡No jodas!”. Pues sí. Ese tipo con aires de Benny Hill que dijo que cuando eres famoso, las mujeres te dejan “agarrarlas por el coño”, que “la tortura funciona” o que los refugiados sirios deberían haberse quedado defendiendo su país. Ese que presumió de no pagar impuestos, que vetaría a los musulmanes y levantaría un muro en la frontera con México. Vale que su primer discurso ha sido conciliador, como el de un padre de familia en una peli de serie B el Día de Acción de Gracias, pero una también tiene prejuicios y desconfía por defecto de machistas y xenófobos. Habrá que asumir que Trump es el presidente de Estados Unidos igual que aceptamos pulpo como animal de compañía. A la mayoría, a veces, el sufragio la confunde. Recuerden si no que Belén Esteban ganó un concurso de baile y Chikilicuatre representó a España en Eurovisión. No sé si a Trump le han votado por inconscientes o por cachondos, pero los ultras europeos aplauden con las orejas y eso da que pensar. Si por un casual fuera una cámara oculta, que lo digan ya, que sufrirlo ocho años, maldita la gracia.

La delgada línea tonta

Tenía la tez negra, aspecto aseado y una mochila a la espalda. Se acercó para preguntarle si podía invitarle a un bocadillo. Ella iba al trabajo a la carrera, pero cómo negarse. Camino de un bar, el chico recapacitó: “Mejor un paquete de arroz en un súper, que me dura más”. Un insípido cereal frente a un contundente bocata de carne. Sorprendida por su capacidad de renuncia y previsión, accedió, instándole a acelerar el paso. “Déjalo. Si tienes prisa, ya me como un bocadillo, porque suele haber muchas colas”. Por un momento, ella olvidó quién hacía el favor a quién. Pensó que otro habría tratado de aprovechar para llenar el carrito. Se dirigieron a un ultramarinos. “Yo tenía dinero, pero ya se me ha acabado. He hecho una entrevista para teleoperador. Me han dicho que me llamarán”, contaba esperanzado. “¿No recibes ayuda?”, se interesó ella. “No, la chica me empadronó ayer”. No se sintió con derecho a preguntar qué chica, ni dónde vivía, ni cómo había llegado hasta allí, ni si pensaba quedarse. Al fin y al cabo, solo le había pedido comida, no una pensión vitalicia. En la tienda aceptó el arroz y un brik de leche. “¿No necesitas más? ¿Unos macarrones?”. “No, me hace más falta una bombona para el camping gas que me han dejado”. Más cerca de lo que pensamos hay quien cocina bajo techo como en un campamento de refugiados. “Buena suerte”, se despidió ella, convencida de que si hay una delgada línea entre ser bueno y tonto, merece la pena correr el riesgo de traspasarla.

Abstemio de móvil

ME hablaron en una ocasión de un tipo que no tenía teléfono móvil y se me antojó que debía ser una especie de niño salvaje incapaz de adaptarse a la civilización en su edad adulta, además de objeto de estudio antropológico y posible entrevistado de suplemento dominical por rara avis. Pero resultó que el adalid del minimalismo tecnológico no tenía greñas ni andares de selva amazónica.

Abstemio de móvil
Abstemio de móvil

Era un hombre con apariencia de sabio al que no le hacía falta para nada un dispositivo al que mirar 150 veces al día, como acaba de afirmar un estudio sobre el resto de los mortales. Supongo que, en vez de contemplar fotos ajenas y leer chistes malos, este activista antismartphone preferirá comerse también con los ojos el pincho de tortilla del almuerzo o esperar a llegar a casa para decirle a su pareja lo mucho que la quiere esbozando su propia sonrisa y no recurriendo a la del emoticono con dos corazones saltones por ojos, que uno no sabe si representa a un romántico empedernido o a un tío puesto hasta arriba de pastillas. Suena raro, estando el 77% de los ciudadanos enganchados al móvil, eso de andar por la calle ilocalizable, con las manos colgando, los bolsillos vacíos… Como si uno no tuviera otra cosa que hacer que desplazarse. Sin sacar ninguna foto, sin consultar ninguna web, sin leer ningún mensaje. Suena a niño chapoteando desnudo en la playa. Suena a sabio libre.

Políticos con la mano al grill

RajoyEN las noticias no lo dicen, pero las unidades de grandes quemados de los hospitales están repletas, pasillos incluidos, de ingenuos que han puesto la mano en el fuego por algún compañero de partido. Y quien dice partido, dice sindicato, empresa o equipo de fútbol, que en todas partes cuecen corruptos. A los primeros los reconoceremos fácilmente porque acudirán a los mítines con un guante blanco y arrastrarán los pies hacia atrás, a lo Michael Jackson, para sentarse en la última fila y tratar de pasar desapercibidos. Deberían advertírselo cuando se afilian en la categoría alevín. Mira, majete, que sepas que si a uno le pillan con las manos en la masa, es más que probable que haya otro puñado con ellas untadas y que los de arriba intenten lavárselas. Vamos, que no pongas la tuya en la vitrocerámica por nadie, a no ser que quieras conocer de primera mano los nuevos avances en microinjertos de piel.

Tampoco estaría de más avisar a los familiares de los candidatos novatos de que se vayan preparando para lo que se les avecina. Si su pareja practica el dientes, dientes cada vez que mete la rebanada de pan en la tostadora no hay por qué preocuparse. Está ensayando su posado pactado metiendo el voto en la urna el día de la jornada electoral. Que saca usted una alcachofa de la nevera y se la arrebata para hacer declaraciones, más de lo mismo. Algunos hasta hacen sondeos de intención de voto en las reuniones de vecinos. Cosas del síndrome preelectoral.

Un último viaje sin clase VIP

esqueletos

Se empieza siendo el más bajo o el pegón de la clase. En la preadolescencia se es o no se es popular. Luego, la cosa va de quién la tiene más larga o las tiene más grandes, de quién es un empollón o desfasa más. Después, una especie de sexador de pollos, especializado en humanos, te empuja a la pública o la privada, la beca o el máster a tocateja, el coche de segunda mano o a estrenar, el ambulatorio o el igualatorio, el alquiler o el piso en propiedad. Y cuando uno ya está hasta el moño de que lo clasifiquen por edad, sexo, contorno de barriga, copa de sujetador, currículum, perfil lingüístico, derechas o izquierda, forofo o agnóstico… llega el sector servicios con sus infinitas tarjetas vip chupiguays superplus gold para premiar a sus clientes reincidentes ante la mirada de acelga del resto de infieles mortales.

Yo al principio me hice objetora, pero ahora llevo una cartera-trolley para poder acarrear todas. Porque eso de pagar el doble por unas deportivas o no beneficiarse de un descuento en un libro o un brik de leche por no tener latxartela de socio, amigo, cliente del alma o como quiera llamarse, una vez pase, pero a la segunda te sientes como un gilipuertas y acabas rellenando el formulario. Así que hasta para comprar papel higiénico hay clases. Por desgracia, de cuando en cuando la muerte nos quita la tontería de un guadañazo. No perdamos la perspectiva. Llegado el día, da lo mismo viajar en turista que en VIP. Descansen en paz.