Lo más importante

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DICE el crío, que es de pensamiento instantáneo como el Cola Cao turbo, que lo más importante del mundo es que descubran nuevos planetas, apaguen incendios y ganen la copa. En resumen, astronautas, bomberos y futbolistas, y no necesariamente por ese orden, porque no ve el día en que se le caiga su primer diente para pedirle al ratoncito unas medias del Athletic. Y eso que a base de estirar y estirar ha conseguido que unos calcetines tobilleros negros le lleguen hasta las rodillas. Si todo es ponerse. Espero que no emplee la misma fuerza bruta para extraerse pieza por pieza la dentadura hasta hacerse con toda la equipación. El padre de las criaturas, en cambio, afirma que lo más importante del mundo son las criaturas. “Ah, se me olvidaba, y tú también, claro”, añade al rato, porque es de pensamiento lento, tipo chocolate espeso. Es un bienqueda, porque los cuatro sabemos que se pirra por su saxofón, al que saca brillo con un trapito todas las noches. La cría, que pronto será abducida por los amigos, sostiene, de momento, que lo más importante del mundo es la familia y, después, que no caiga un meteorito y las tecnologías. Yo creía que lo más importante era la cuidadora hasta que me quedé sin ella y se me cayó el mundo encima. Entonces corrí a llamar a mi hermana, mi madre, mi sobrina… y ahora que lo pienso bien, va a ser que sí es la familia.

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Beben y vuelven a beber

bin_21774345_con_11597289_24918_11QUIÉN me mandaría a mí hurgar en ese altillo. Cuánto bien haría a la Humanidad colocar en las casas de veraneo un horno incinerador. Saco una caja. Los ojos de las criaturas clavados en el precinto. Lo abro y me topo con las cartas de la adolescencia. El crío se pira según comprueba que de allí no salen unos guantes de portero. La niña, que lo único que ha visto en ese formato son facturas, no da crédito. “Es que entonces no había WhatsApp”, le explico. “¿Y quedabais los fines de semana así?”, pregunta compadeciéndose, la mirada fija en los manuscritos. “No, por señales de humo”, le digo ofendida, no va la tía y me llama neanderthal. La espanto nombrando los deberes de Mate -en buena hora- y abro una carta. “Menudo globo se pilló el Tato… Estoy pensando en dejar los porros… El otro día le quité 1.000 pelas a la vieja. Ya tengo ahorradas 5.000”. Ahorradas, dice. Vaya eufemismo. Compruebo que no la firma El Vaquilla. Tampoco El Torete. ¿Pero con qué tipo de quinquis me relacionaba? Volver a los diecialgo sin anestesia da un vértigo de tres pares. Entonces el kalimotxo no tenía lata ni glamour, no pedían el carné para vender alcohol a los chavales, ni cigarros sueltos en las tiendas de chuches, ni costo en las esquinas… Décadas después, pese a las prohibiciones, se siguen emborrachando. Y digo yo que ya va siendo hora de que alguien piense en cómo evitarlo, que yo bastante tengo con deshacerme de todo esto.

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La risa floja, qué tiempos

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AHORA ya no, pero de chavalita era de las que en el cole chupaban pasillo por incontinencia risueña. Una injusticia, porque todo el mundo sabe que eso es tan incontrolable como esa senadora de Podemos. Lo cierto es que tendía a troncharme cuando más prohibido estaba: en misa, en la biblioteca, en un examen… Recuerdo con sonrojo una sesión de cine. Comedia de tres al cuarto para público de bajo rendimiento cerebral y alto hormonal. Todos los chavales partiéndose en cada gag y servidora mirándoles como los periodistas al plasma. Hasta que llegó el momento tragicoide de la película con un pobre niño enfermo -de mentiras- de por medio. Por fin, todo el cine en silencio. Todo el cine, salvo yo, y esa carcajada dolby surround que me salió quién sabe de dónde. Alego en mi descargo edad del pavo transitoria. La risa floja -qué tiempos-, esa que brotaba con la pubertad y se te quitaba de cuajo cuando te despedías de los camareros de la cafetería de Leioa y te apuntabas al paro, una vez terminabas la carrera. Ahora que afortunadamente me ha entrado algo de juicio, siguen sin hacerme gracia las comedias, ni los vídeos de YouTube, ni los presuntos espacios de humor en los que se insulta a buena parte de nuestras familias. Por contra, me parto cuando dicen que la justicia es igual para todos y se me desencaja la mandíbula cada vez que hablan de conciliación. Eso sí, he aprendido a contenerme en los funerales.

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Ser madre, como un ochomil

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LA pregunta me pilló desprevenida, pensando si le echaba coraje y ponía a remojo unos disuasorios garbanzos o me decantaba por unos siempre aclamados macarrones exprés. “Ama, ¿tú a qué te vas a apuntar de mayor?”, me soltó el crío, que anda dándole vueltas a su futuro profesional. De mayor, dice. Qué mono. Desde ahí abajo no debe divisar mis patas de gallo. “¿A fútbol?”, indagó con su balón bajo el brazo, ante la falta de respuesta. “¿O qué quieres ser? ¿Madre todo el tiempo?”. Por la cara de incredulidad y el tono, deduje que eso le debía parecer un rollo macabeo. O muy sacrificado. Lo mismo que ha concluido la periodista Samanta Villar tras dar a luz a sus mellizos: “Tener hijos es perder calidad de vida”. ¿Lo dirá por esas noches en las que giras y giras en la rotonda del pasillo sin recordar si vas o vuelves de la cuna, si eres persona, animal o robot aspirador? ¿O por esos fines de semana copados de partidos bajo la lluvia, cursillos de piscina y cumpleaños infantiles? ¿O por la falta de estadísticas sobre niños desnucados en la bañera o electrocutados con el secador que te hace temer a la ducha como a una torre de alta tensión? A nada que se fijen en sus compañeras, por la profundidad de ojera y cadencia de bostezo, sabrán si están de ruleta de virus, terrores nocturnos o pesadillas adolescentes. Edurne Pasaban, embarazada, comparó ayer ser madre con un ochomil. Se ve que ha pillado la idea.

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Un ratito más en mi cápsula

SER el negro de los Reyes Magos, en sentido literario, ya me entienden, es un trabajo en sí mismo. Igual que rebozar croquetas como si no hubiera un mañana. O que tratar de terminar con los restos de los tuppers de tu madre antes de que ellos lo hagan contigo. Poseída por ese síndrome posnavideño que te escalfa el cerebro como el virus de la gripe, con los trapecios acartonados de llevar al crío encima para ver la cabalgata y el moratón nalguero tatuado en la pista de patinaje sobre hielo, ayer me dispuse a ponerme al día de la actualidad, más allá de los chascarrillos de Las Campos y la cartelera de cine infantil. Qué bajonazo, oigan. Fue echar un vistazo a las webs -pederastia en Donostia, supuestas fotos eróticas de Nadia…- y cortárseme el bocadillo de polvorones. Así que, si me lo permiten, por esta semana me quedaré un ratito más en mi cápsula de espumillón. Montando y poniendo pegatinas a las 1.300 piezas de la nave interestelar. Cargando la batería de la mascota interactiva, que se queda sin resuello a nada que hace el pino puente. Pensando si denuncio a la juguetería que prometía en su catálogo que su aspirador funcionaba como “los de verdad”. El crío se pasa horas dando vueltas por las alfombras con ese trasto sin agujero. Se ensaña con las pelusas. Creo que empieza a sospechar que no succiona. Voy a reclamar daños morales. No por él. Por mí, que ya me había hecho ilusiones…

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