La risa floja, qué tiempos

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AHORA ya no, pero de chavalita era de las que en el cole chupaban pasillo por incontinencia risueña. Una injusticia, porque todo el mundo sabe que eso es tan incontrolable como esa senadora de Podemos. Lo cierto es que tendía a troncharme cuando más prohibido estaba: en misa, en la biblioteca, en un examen… Recuerdo con sonrojo una sesión de cine. Comedia de tres al cuarto para público de bajo rendimiento cerebral y alto hormonal. Todos los chavales partiéndose en cada gag y servidora mirándoles como los periodistas al plasma. Hasta que llegó el momento tragicoide de la película con un pobre niño enfermo -de mentiras- de por medio. Por fin, todo el cine en silencio. Todo el cine, salvo yo, y esa carcajada dolby surround que me salió quién sabe de dónde. Alego en mi descargo edad del pavo transitoria. La risa floja -qué tiempos-, esa que brotaba con la pubertad y se te quitaba de cuajo cuando te despedías de los camareros de la cafetería de Leioa y te apuntabas al paro, una vez terminabas la carrera. Ahora que afortunadamente me ha entrado algo de juicio, siguen sin hacerme gracia las comedias, ni los vídeos de YouTube, ni los presuntos espacios de humor en los que se insulta a buena parte de nuestras familias. Por contra, me parto cuando dicen que la justicia es igual para todos y se me desencaja la mandíbula cada vez que hablan de conciliación. Eso sí, he aprendido a contenerme en los funerales.

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Ser madre, como un ochomil

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LA pregunta me pilló desprevenida, pensando si le echaba coraje y ponía a remojo unos disuasorios garbanzos o me decantaba por unos siempre aclamados macarrones exprés. “Ama, ¿tú a qué te vas a apuntar de mayor?”, me soltó el crío, que anda dándole vueltas a su futuro profesional. De mayor, dice. Qué mono. Desde ahí abajo no debe divisar mis patas de gallo. “¿A fútbol?”, indagó con su balón bajo el brazo, ante la falta de respuesta. “¿O qué quieres ser? ¿Madre todo el tiempo?”. Por la cara de incredulidad y el tono, deduje que eso le debía parecer un rollo macabeo. O muy sacrificado. Lo mismo que ha concluido la periodista Samanta Villar tras dar a luz a sus mellizos: “Tener hijos es perder calidad de vida”. ¿Lo dirá por esas noches en las que giras y giras en la rotonda del pasillo sin recordar si vas o vuelves de la cuna, si eres persona, animal o robot aspirador? ¿O por esos fines de semana copados de partidos bajo la lluvia, cursillos de piscina y cumpleaños infantiles? ¿O por la falta de estadísticas sobre niños desnucados en la bañera o electrocutados con el secador que te hace temer a la ducha como a una torre de alta tensión? A nada que se fijen en sus compañeras, por la profundidad de ojera y cadencia de bostezo, sabrán si están de ruleta de virus, terrores nocturnos o pesadillas adolescentes. Edurne Pasaban, embarazada, comparó ayer ser madre con un ochomil. Se ve que ha pillado la idea.

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Un ratito más en mi cápsula

SER el negro de los Reyes Magos, en sentido literario, ya me entienden, es un trabajo en sí mismo. Igual que rebozar croquetas como si no hubiera un mañana. O que tratar de terminar con los restos de los tuppers de tu madre antes de que ellos lo hagan contigo. Poseída por ese síndrome posnavideño que te escalfa el cerebro como el virus de la gripe, con los trapecios acartonados de llevar al crío encima para ver la cabalgata y el moratón nalguero tatuado en la pista de patinaje sobre hielo, ayer me dispuse a ponerme al día de la actualidad, más allá de los chascarrillos de Las Campos y la cartelera de cine infantil. Qué bajonazo, oigan. Fue echar un vistazo a las webs -pederastia en Donostia, supuestas fotos eróticas de Nadia…- y cortárseme el bocadillo de polvorones. Así que, si me lo permiten, por esta semana me quedaré un ratito más en mi cápsula de espumillón. Montando y poniendo pegatinas a las 1.300 piezas de la nave interestelar. Cargando la batería de la mascota interactiva, que se queda sin resuello a nada que hace el pino puente. Pensando si denuncio a la juguetería que prometía en su catálogo que su aspirador funcionaba como “los de verdad”. El crío se pasa horas dando vueltas por las alfombras con ese trasto sin agujero. Se ensaña con las pelusas. Creo que empieza a sospechar que no succiona. Voy a reclamar daños morales. No por él. Por mí, que ya me había hecho ilusiones…

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Queremos jugar, pero nunca tenemos tiempo

QUEREMOS jugar. Pero no a la lotería, ni a las apuestas deportivas, ni a la ruleta. Queremos jugar a defender a los peluches con las espadas láser, a apagar fuegos disfrazados de bomberos, a lanzarnos cojines hasta que tiemblen las lámparas. Queremos jugar, pero no encontramos el momento, porque cuando nos vamos a trabajar nuestros hijos están dormidos. Y índicea veces también lo están cuando volvemos. Porque si están despiertos apenas nos da tiempo a ponerles el desayuno y meterles prisa para que se calcen, antes de despedirlos con un beso a las puertas del colegio. Porque a las tardes, cuando dejamos caer el bolso, el portátil o la caja de herramientas sobre la mesa de la sala y avanzamos por el pasillo, un pequeño resplandor nos hace presagiar lo peor. No es un monstruo que ha venido a vernos. No es un muerto viviente despistado que sigue celebrando Halloween. Es la luz de la lamparita de estudio que alumbra un cuaderno y un libro de texto. Toca explicar, traducir, refrescar lo olvidado, corregir, preguntar la lección… Y luego la ducha y la cena y los dientes y el beso a los pies de la cama. Y la masa para hacer galletas de colores caduca. Y el Monopoly sigue sin estrenar. Y crecen dejando nuevo el zoo de Playmobil. Algo debemos estar haciendo mal porque queremos jugar, pero entre las irreconciliables jornadas laborales y los deberes, nunca tenemos tiempo.

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Del universo al huerto

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DECIMOTERCER día de penitencia, esto es, de vacaciones escolares. 23.45 horas. Cama de 90. Sudando la gota gorda con el crío fundido como un tranche-tte sobre mi espalda. Tras unos minutos de silencio, le doy por dormido y me dispongo a fugarme. “Ama, yo no quiero ir al cielo”, me suelta. Y ahora es un sudor frío el que me recorre el cuerpo. ¿Querrá decir que prefiere ir al infierno? ¿Me estará contando sus últimas voluntades? ¿Se habrá muerto el aitite de algún amigo y le habrán explicado lo del alma y todo eso? Si no fuera porque llevo puestas las aletas de buceo -¿qué pasa?, en algún momento me las tenía que probar-, saldría corriendo. Barajo darme un golpe en la nuca con un objeto contundente para poder descansar unas horas, pero estoy sepultada entre peluches. “¿Y por qué no quieres ir al cielo?”, pregunto expectante, hecha un matojo de nervios. “Porque se le puede acabar la gasolina al cohete y entonces me caigo y me hago un chichón”, me dice. Acabáramos. Pensaba que se avecinaba una conversación trascendental, de esas en las que encadenan un “¿por qué?” con otro hasta el amanecer, y esto va a ser tan simple como llenar un depósito. Al menos tiene claro que al espacio se llega en una sofisticada nave y no agarrado a los pies de un angelito. ¡Ya lo tengo! Seguro que quiere ser astronauta. Y me felicitará las navidades desde Marte por Skype. Sí, es eso. “Ama, ¿de dónde salen las sandías?”. Ya me ha matao.

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