Si es una urna, yo no sé nada

SALE el crío del cole. “Tengo una superbuena noticia”. Lagarto, lagarto. “Me han dejado traer a casa el libro de mate”. Modo motivación activado. “Qué bien. ¿Para forrar?”. “No, porque no me ha dado tiempo de terminar el ejercicio en clase”. Sonrisa congelada. Modo disimulo activado. “Me encantará ver tu nuevo libro, pero con que lo traigas hoy será suficiente, ¿eh?”. En esas estaba, tragando saliva, cuando me llega un SMS al móvil. No tengo abuelos con zapatófono, así que lagarto, lagarto. “Estamos tramitando tu pedido”, ponía. Firmado, una compañía telefónica de la que me di de baja hace años. Decido ignorarlo. Al de unos días me llaman del mismo operador: “Tienes un paquete para recoger”. Quita, quita, a ver si va a ser una urna descarriada y se me presenta la Guardia Civil en el felpudo con la de pelusas que tiene. Llamo al teléfono de atención al cliente para deshacer el entuerto. “No cuelgues, por favor, el sistema está verificando” y así varias veces. Luego, que no me preocupe, que será un error, que ya consta que me di de baja. “Gracias por tu gentil espera”. No había oído esa palabra desde que leí –es un decir– El Quijote. “Que tengas un bonito día y un bonito fin de semana. ¿Vale? Chao, chao”. A poco más y me propone tomar algo juntas el sábado. Capítulo cerrado, pienso. Pero acto seguido me llaman de un 900. “Nos gustaría saber tu opinión sobre nuestro servicio de atención al cliente. Valora de 1 a 10…”. Modo harakiri activado.

No hago cupcakes ¿y qué?

cupcake buena

Vale, no tengo horno. ¿Y qué? No he matado a nadie. En su día optamos por dos caceroleros y hasta ahora no lo había echado en falta. La culpa de que me señalen en el patio la tiene esa cepa contagiosa que se manifiesta en un deseo irrefrenable de hacer bizcochos y cupcakes. Yo, que debo ser inmune, mandé a la cría a celebrar su cumple en el cole con un rosco del súper y desde entonces vivo estigmatizada. Espero que mi ignorancia culinaria no le cree un trauma y termine descuartizándome y gratinando mis sesos en el microondas. O, lo que es peor, haciendo con ellos un sorbete si es que todavía perdura la moda de los postres. Por si no lo saben, no tener hoy día el más mínimo conocimiento de repostería es equiparable al no saber zurcir un calcetín de antaño. Así que si aún no han sido descubiertos, callen.

En verdad, no me importaría poner un horno en el hueco de la tele -a la que prácticamente doy el mismo uso- pero temo que el pequeño, que de puntillas ya llega al cajón de los cuchillos, tome represalias. Otra cosa sería sacar tiempo para utilizarlo. Porque yo estaría encantada de hacer cojines de ganchillo, tapizar el sofá en patchwork y hornear una tarta de queso con arándanos, siempre y cuando el padre de las criaturas plante cebada para elaborar artesanalmente su propia cerveza, confeccione su camiseta del Athletic y se tricote los slips y la funda del smartphone.

Cada loco con su tema

Ni el debate sobre el estado de la nación, ni el vídeo del arsenal de la Señorita Pepis. Lo que le quita el sueño a mi cuñado es que le espíen por la mirilla de su smartphone. Así que se le han hinchado las innombrables -esas que han prohibido disparar ahora que ya han muerto quince inmigrantes- y ha desinstalado el WhatsApp. Aislado del resto de la familia por esa zanja digital, trata de convencernos, de puerta en puerta cual mormón, para que nos pasemos al Telegram. De momento ya ha captado a mi sobrino de 9 años. Yo le miro, embebido como está en su cruzada, y flipo. Casi tanto como cuando recibí vía e-mail una nota de prensa con motivo del Día Nacional del Pistacho. Sí, sí. El pistacho tiene día, al igual que la Nutella o la crema batida. No sé qué hacemos que no le dedicamos uno ya mismo al bacalao al pilpil. Me pregunto si algún medio, además de este, le habrá reservado al pistacho unas líneas y me reafirmo en mi teoría de que cada loco con su tema.

Otra prueba, Revilla, que se compró el Interviú para leer el reportaje de Blesa, pero se le debió interponer el culamen de Cristini, que estuvo a punto de hacerse cura a los 15 años y luego, a la vista está, decidió que mejor no. A mí, como si lee Zero o el Marca, pero en sus ratos libres. Hablando de locos, muchos se lo hicieron ayer cuando salió a relucir en las charlas el incendio de Doña Urraca. “¿Es una pajarería?”, preguntó un becario. Y los compañeros no dijeron ni pío.

Mr. President de la comunidad

GOOGLE

Al padre de las criaturas le han nombrado presidente de esta nuestra comunidad y, a pesar de que le anuncié la noticia a lo Marilyn Monroe, contoneándome con voz sensual en medio del pasillo, no le hizo ni pizca de gracia, oigan. Lo que viene a ser un desagradecido. La próxima vez se lo suelto a bocajarro. Ayer le citaron para tomar posesión del cargo y de la cuenta de las derramas y se fue como infanta camino del juzgado. La única que está entusiasmada es la cría, que se cree que nos va a recibir Obama y nos va a regalar una bolsa de conguitos, como a Rajoy.

Yo ya les he advertido a los vecinos que el susodicho es de reflejos diferidos. De hecho, la otra madrugada se fue la luz del edificio y me costó media hora despertarle y que tomara conciencia de que era persona, así que si hay un incendio, somos carne de salsa barbacoa. Su antecesor en el cargo ya le ha dicho que no se moleste en tratar de eludir sus funciones, que aquí no hay objeción de conciencia que valga, que él lo intentó todo y que esto es como cuando te toca ser presidente de una mesa electoral o miembro de un jurado popular. Pero yo no las tengo todas conmigo porque he visto a muchos personajes conocidos ser presidentes de honor de tal o cual fundación o partido, pero a ninguno tener el honor de presidir su escalera. Acontecimiento histórico que, supongo, merecería como mínimo una reseña en el Hola. ¿Qué alegarán para escaquearse? ¿Incompatibilidad de cargos? ¿Valdrá la de caracteres con ciertos vecinos?

Rajoy, un becario todo oídos

Rajoy

Revisión de la caldera, que no de la cadera, pese a lo que pudiera parecer por el precio. Llega un tipo –perdón, un técnico inspector reparador–, se te cuela hasta la cocina, se oye un clinkclonk, un “¡Señoraaaaa!” y, aunque miras para otro lado sin darte por aludida mientras maldices la crema antiedad, te pega un toquecito en el hombro y aprovecha que te giras para cascarte una factura de ciento y pico euros. En un ejercicio de fe, similar al que haces cuando llevas el coche al taller o el ordenador a un local informático, largas la pasta dándola por bien empleada. Todo sea por no estallar por los aires, te consuelas. Porque no fallen los frenos y te empotres contra una farola, te autoconvences. Por poder seguir jugando al Candy Crush, chateando con tu hija ingeniera exiliada en Alemania o haciendo la compra por internet. Aunque esos pagos hieren en lo más profundo del monedero, al menos les encuentra uno justificación. No como otros, pongamos por caso esa porción de los impuestos que se embolsan ciertos representantes públicos de función desconocida. Mención especial merece, en este apartado, el pedacito de sueldo que todo hijo de vecino apoquina al presidente del Gobierno español por ese “gran liderazgo” que solo Obama, sin duda obnubilado por la biografía de Vasco Núñez de Balboa, es capaz de ver. Si tanto talento cree que tiene, se lo podría quedar de becario. Nosotros se lo enviamos con todos los gastos pagados, pero sin ‘v’ de vuelta.