La delgada línea tonta

Tenía la tez negra, aspecto aseado y una mochila a la espalda. Se acercó para preguntarle si podía invitarle a un bocadillo. Ella iba al trabajo a la carrera, pero cómo negarse. Camino de un bar, el chico recapacitó: “Mejor un paquete de arroz en un súper, que me dura más”. Un insípido cereal frente a un contundente bocata de carne. Sorprendida por su capacidad de renuncia y previsión, accedió, instándole a acelerar el paso. “Déjalo. Si tienes prisa, ya me como un bocadillo, porque suele haber muchas colas”. Por un momento, ella olvidó quién hacía el favor a quién. Pensó que otro habría tratado de aprovechar para llenar el carrito. Se dirigieron a un ultramarinos. “Yo tenía dinero, pero ya se me ha acabado. He hecho una entrevista para teleoperador. Me han dicho que me llamarán”, contaba esperanzado. “¿No recibes ayuda?”, se interesó ella. “No, la chica me empadronó ayer”. No se sintió con derecho a preguntar qué chica, ni dónde vivía, ni cómo había llegado hasta allí, ni si pensaba quedarse. Al fin y al cabo, solo le había pedido comida, no una pensión vitalicia. En la tienda aceptó el arroz y un brik de leche. “¿No necesitas más? ¿Unos macarrones?”. “No, me hace más falta una bombona para el camping gas que me han dejado”. Más cerca de lo que pensamos hay quien cocina bajo techo como en un campamento de refugiados. “Buena suerte”, se despidió ella, convencida de que si hay una delgada línea entre ser bueno y tonto, merece la pena correr el riesgo de traspasarla.

Del universo al huerto

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DECIMOTERCER día de penitencia, esto es, de vacaciones escolares. 23.45 horas. Cama de 90. Sudando la gota gorda con el crío fundido como un tranche-tte sobre mi espalda. Tras unos minutos de silencio, le doy por dormido y me dispongo a fugarme. “Ama, yo no quiero ir al cielo”, me suelta. Y ahora es un sudor frío el que me recorre el cuerpo. ¿Querrá decir que prefiere ir al infierno? ¿Me estará contando sus últimas voluntades? ¿Se habrá muerto el aitite de algún amigo y le habrán explicado lo del alma y todo eso? Si no fuera porque llevo puestas las aletas de buceo -¿qué pasa?, en algún momento me las tenía que probar-, saldría corriendo. Barajo darme un golpe en la nuca con un objeto contundente para poder descansar unas horas, pero estoy sepultada entre peluches. “¿Y por qué no quieres ir al cielo?”, pregunto expectante, hecha un matojo de nervios. “Porque se le puede acabar la gasolina al cohete y entonces me caigo y me hago un chichón”, me dice. Acabáramos. Pensaba que se avecinaba una conversación trascendental, de esas en las que encadenan un “¿por qué?” con otro hasta el amanecer, y esto va a ser tan simple como llenar un depósito. Al menos tiene claro que al espacio se llega en una sofisticada nave y no agarrado a los pies de un angelito. ¡Ya lo tengo! Seguro que quiere ser astronauta. Y me felicitará las navidades desde Marte por Skype. Sí, es eso. “Ama, ¿de dónde salen las sandías?”. Ya me ha matao.

arodriguez@deia.com

Harakiri colectivo

NO sé si ha pesado más el refranero -Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer- o la amenaza fantasma de que a los de siempre no les salgan las cuentas y nos torturen con otra campaña, pero a mí se me antoja que la cita del domingo, más que unas elecciones, ha sido un referéndum: ¿Susto o muerte? Y muchos, claro, han tirado la toalla: “Muerte, muerte, por favor, y dejemos de sufrir cuanto antes”. 11060260_702125659891325_6671019425070188833_nSolo así se explica esta especie de harakiri colectivo, en el que los recortes, la corrupción y los escándalos en vísperas de urnas se premian con bonus de escaños.

Si la convocatoria hubiera sido en agosto, a buena parte del electorado se le podría aplicar la atenuante de jarra de cerveza con limón traicionera o daiquiri cargado, pero a estas alturas del verano, sintiéndolo mucho, se nos presupone sobrios. Como no entiendo nada, no entraré en mayores disquisiciones. Para eso están los analistas polivalentes, que lo mismo pronostican una derrota por la mañana que argumentan una victoria por la tarde, ya sea política o del Athletic.

La única curiosidad que albergo es a qué se dedicarán ahora esos que hacen lecturas hasta de las manchas de sudor de las camisas de los candidatos como si fueran posos de café. A muchos encuestadores, supongo, les veremos doblando ropa en las rebajas. La próxima vez le pueden encargar el sondeo a Rappel, que acierta lo mismo, pero sale más barato.

Arantza Rodríguez      arodriguez@deia.com

El debate decisivo

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LA otra noche celebramos en la cocina el debate decisivo. Un micrófono de juguete con una tecla de aplausos para autojalearse. El temporizador de huevos duros para repartir los tiempos de intervención. La administradora de fincas, con el casco y el chaleco antibalas que utiliza en las reuniones de vecinos, de moderadora. Todo listo. Empezó el crío, que sacó un seis tirando el dado del parchís. Como líneas rojas exigió que el destino de vacaciones tuviera playa y piscina y se ofreció a negociar que hubiera columpios y una tienda de chuches cercana. La niña se mostró proclive a pactar con él siempre y cuando añadiera el wifi a su programa y le cediera el escaño frente al DVD del coche. Dejó claro además que no estaba dispuesta a comportarse como los políticos y que aquello había que finiquitarlo rápido porque ella ya tenía bastante con mutar en preadolescente como para andarse con bobadas. El padre de las criaturas, abrumado por la oratoria de sus rivales, apenas acertó a decir algo sobre rutas de senderismo o visitas a cascos históricos. Propuestas que suscitaron los bostezos incluso de la moderadora, que hasta entonces seguía la tertulia con sumo interés. Servidora condicionó su apoyo a una hora diaria de descanso horizontal firmada ante notario, ya fuera en una colchoneta en alta mar, en el borde de cemento incandescente de la piscina infantil o en la camilla de un socorrista. Auguro un tripartito. Veremos qué dice la urna.

arodriguez@deia.com

¿Problemas en Houston? Ja

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ESTÁS a punto de operar, cuadrar la caja o entrar a una reunión y te suena el móvil. Descuelgas. Intuyes la voz de tu pareja tratando de hacerse oír por encima de la batidora, los cánticos rojiblancos del pequeño y la flauta de la cría. Le sugieres que apague el electrodoméstico y se encierre en el váter. Escuchas un portazo, golpes, chirridos, gritos, trotar por el pasillo, al pequeño berreando y a la cría repitiendo “pásame a ama, pásame a ama” con la misma angustia de quien está rodeado de llamas y marca el 112. El padre de las criaturas intenta simular calma: “No te preocupes. Lo tengo todo controlado”. ¿Controlado? Si no fuera porque los conoces como si los hubieras parido, te colocarías una sirena en la cabeza y saldrías quemando zapatilla preparándote para presenciar algo así como la matanza de Texas versión botxo. El caso es que ni te inmutas. “A ver, ¿qué pasa?”. “Es que el crío…”, dice uno. “Es que mi hermana…”, dice el otro. “Es que aita…”, cierra el círculo la tercera. Lo que viene a ser un rosco de conflictos, pero sin opción a pasar palabra. Oyes lloriqueos, quejas y ahora es el padre el que dice “pásame a ama, pásame a ama” como si le ardieran los pelillos de las piernas. Lo resuelves y cuelgas. “¿Problemas?”, te pregunta tu jefe, al que su hija, presa de los nervios por la selectividad, le ha lanzado un grito huracanado esta mañana y le ha dejado el flequillo convertido en tupé. “Qué va, que no encontraban el mando”, zanjas.

arodriguez@deia.com