Beben y vuelven a beber

bin_21774345_con_11597289_24918_11QUIÉN me mandaría a mí hurgar en ese altillo. Cuánto bien haría a la Humanidad colocar en las casas de veraneo un horno incinerador. Saco una caja. Los ojos de las criaturas clavados en el precinto. Lo abro y me topo con las cartas de la adolescencia. El crío se pira según comprueba que de allí no salen unos guantes de portero. La niña, que lo único que ha visto en ese formato son facturas, no da crédito. “Es que entonces no había WhatsApp”, le explico. “¿Y quedabais los fines de semana así?”, pregunta compadeciéndose, la mirada fija en los manuscritos. “No, por señales de humo”, le digo ofendida, no va la tía y me llama neanderthal. La espanto nombrando los deberes de Mate -en buena hora- y abro una carta. “Menudo globo se pilló el Tato… Estoy pensando en dejar los porros… El otro día le quité 1.000 pelas a la vieja. Ya tengo ahorradas 5.000”. Ahorradas, dice. Vaya eufemismo. Compruebo que no la firma El Vaquilla. Tampoco El Torete. ¿Pero con qué tipo de quinquis me relacionaba? Volver a los diecialgo sin anestesia da un vértigo de tres pares. Entonces el kalimotxo no tenía lata ni glamour, no pedían el carné para vender alcohol a los chavales, ni cigarros sueltos en las tiendas de chuches, ni costo en las esquinas… Décadas después, pese a las prohibiciones, se siguen emborrachando. Y digo yo que ya va siendo hora de que alguien piense en cómo evitarlo, que yo bastante tengo con deshacerme de todo esto.

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El telediario es inexplicable

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DESDE que las criaturas se aliaron para desalojarnos del confortable tresillo y relegarnos a la butaca dura y la tableta, lo más parecido a una noticia que se ha emitido en mi televisión es que van a dar un doble capítulo de La patrulla canina. ¡Toma pedazo de exclusiva! O, a lo sumo, que han sacado otra colección de pulseritas superguais para invertir la paga. Una última hora digna de encabezar un ranking del tipo Las seis melonadas que debes saber antes de salir al patio. Con ese nivel informativo de parvulario, no es de extrañar que el telediario nos pillara el otro día en casa de un familiar con el pie cambiado. El crío miraba de reojo al locutor esperando a que anunciara de una maldita vez un especial de Disney y, en lugar de eso, dio paso a unas imágenes de unas mujeres con burka. “¿Y esas quiénes son? ¿Ninjas?”, preguntó al tiempo que mi lengua se convertía en un felpudo y mi cerebro en el mismísimo Bob Esponja. Menos mal que la paciencia para esperar una respuesta dura a su edad cosa de 3,5 segundos. Lo que tardé en tirarme emulando a Kepa, el portero del Athletic, hacia el mando y cambiar de canal. Llámenme cobarde, pero me dio no sé qué desmontar su mundo. Ese en el que las bombas son de chocolate y los niños se mueren de la risa en vez de intoxicados por armas químicas en Siria. Si no les dejamos ver los telediarios, no es por no herir su sensibilidad. Es porque no sabemos cómo explicarles lo inexplicable.

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Me lo han captado

bebe balonEL gatito de peluche, la aspiradora de juguete, el camión de bomberos, el lego… Todo abandonado a su suerte desde que se convirtió al fútbol. Hará cosa de dos meses. Se inició en uno de esos partidos de patio multitudinarios y quedó enganchado. De un día para otro. Sin preparación al parto de hincha enloquecido ni anestesia general. Secuelas inmediatas: todos los pantalones rotos del tirón. Rastreator nocturno de bazares de guardia buscando parches. Amama, en calidad de abogada defensora, alegando que ahora los vaqueros se llevan rotos. El padre de la criatura haciendo que le riñe orgulloso de que por fin le pegue al balón. Secuelas de medio alcance: peleas a las mañanas porque quiere ir al cole con la equipación del Athletic, así caiga una nevada. Peleas a las noches porque quiere ponérsela encima del pijama. Rendición en días alternos por no teñir de rojiblanco la crónica de sucesos antes de la adolescencia. Tercer grado sobre los futbolistas que le salen en los cromos y que me suenan lo mismo que los jugadores de ajedrez. Peleas para que no nos dé un pelotazo en casa. Secuelas de largo alcance: ya no quiere ser bombero. Quiere ser Aduriz. Dice el padre que eso está en los genes. Que si miro bien, en la ecografía estaba haciendo una chilena. Visto su poder, los jugadores deberían aconsejar a los niños compaginar el fútbol con otros juegos, leer más y, lo que es mucho más importante, aclararles que la camiseta solo se pone cuando hay partido, leñe.

La risa floja, qué tiempos

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AHORA ya no, pero de chavalita era de las que en el cole chupaban pasillo por incontinencia risueña. Una injusticia, porque todo el mundo sabe que eso es tan incontrolable como esa senadora de Podemos. Lo cierto es que tendía a troncharme cuando más prohibido estaba: en misa, en la biblioteca, en un examen… Recuerdo con sonrojo una sesión de cine. Comedia de tres al cuarto para público de bajo rendimiento cerebral y alto hormonal. Todos los chavales partiéndose en cada gag y servidora mirándoles como los periodistas al plasma. Hasta que llegó el momento tragicoide de la película con un pobre niño enfermo -de mentiras- de por medio. Por fin, todo el cine en silencio. Todo el cine, salvo yo, y esa carcajada dolby surround que me salió quién sabe de dónde. Alego en mi descargo edad del pavo transitoria. La risa floja -qué tiempos-, esa que brotaba con la pubertad y se te quitaba de cuajo cuando te despedías de los camareros de la cafetería de Leioa y te apuntabas al paro, una vez terminabas la carrera. Ahora que afortunadamente me ha entrado algo de juicio, siguen sin hacerme gracia las comedias, ni los vídeos de YouTube, ni los presuntos espacios de humor en los que se insulta a buena parte de nuestras familias. Por contra, me parto cuando dicen que la justicia es igual para todos y se me desencaja la mandíbula cada vez que hablan de conciliación. Eso sí, he aprendido a contenerme en los funerales.

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Ser madre, como un ochomil

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LA pregunta me pilló desprevenida, pensando si le echaba coraje y ponía a remojo unos disuasorios garbanzos o me decantaba por unos siempre aclamados macarrones exprés. “Ama, ¿tú a qué te vas a apuntar de mayor?”, me soltó el crío, que anda dándole vueltas a su futuro profesional. De mayor, dice. Qué mono. Desde ahí abajo no debe divisar mis patas de gallo. “¿A fútbol?”, indagó con su balón bajo el brazo, ante la falta de respuesta. “¿O qué quieres ser? ¿Madre todo el tiempo?”. Por la cara de incredulidad y el tono, deduje que eso le debía parecer un rollo macabeo. O muy sacrificado. Lo mismo que ha concluido la periodista Samanta Villar tras dar a luz a sus mellizos: “Tener hijos es perder calidad de vida”. ¿Lo dirá por esas noches en las que giras y giras en la rotonda del pasillo sin recordar si vas o vuelves de la cuna, si eres persona, animal o robot aspirador? ¿O por esos fines de semana copados de partidos bajo la lluvia, cursillos de piscina y cumpleaños infantiles? ¿O por la falta de estadísticas sobre niños desnucados en la bañera o electrocutados con el secador que te hace temer a la ducha como a una torre de alta tensión? A nada que se fijen en sus compañeras, por la profundidad de ojera y cadencia de bostezo, sabrán si están de ruleta de virus, terrores nocturnos o pesadillas adolescentes. Edurne Pasaban, embarazada, comparó ayer ser madre con un ochomil. Se ve que ha pillado la idea.

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