Chikilicuatre for president

camaronMÁS de uno se despertó ayer con el silbido del WhatsApp: “Trump lehendakari (seguido del emoticono de El grito de Munch por cuadruplicado)”. Y pensó: “Ya está la cuadrilla vacilando”. Pero fue toparse en la cocina con el primer ser racional -si es que alguien lo es antes de inyectarse el primer café- y confirmarlo: “Ha ganado Trump”. “¡No jodas!”. Pues sí. Ese tipo con aires de Benny Hill que dijo que cuando eres famoso, las mujeres te dejan “agarrarlas por el coño”, que “la tortura funciona” o que los refugiados sirios deberían haberse quedado defendiendo su país. Ese que presumió de no pagar impuestos, que vetaría a los musulmanes y levantaría un muro en la frontera con México. Vale que su primer discurso ha sido conciliador, como el de un padre de familia en una peli de serie B el Día de Acción de Gracias, pero una también tiene prejuicios y desconfía por defecto de machistas y xenófobos. Habrá que asumir que Trump es el presidente de Estados Unidos igual que aceptamos pulpo como animal de compañía. A la mayoría, a veces, el sufragio la confunde. Recuerden si no que Belén Esteban ganó un concurso de baile y Chikilicuatre representó a España en Eurovisión. No sé si a Trump le han votado por inconscientes o por cachondos, pero los ultras europeos aplauden con las orejas y eso da que pensar. Si por un casual fuera una cámara oculta, que lo digan ya, que sufrirlo ocho años, maldita la gracia.

Queremos jugar, pero nunca tenemos tiempo

QUEREMOS jugar. Pero no a la lotería, ni a las apuestas deportivas, ni a la ruleta. Queremos jugar a defender a los peluches con las espadas láser, a apagar fuegos disfrazados de bomberos, a lanzarnos cojines hasta que tiemblen las lámparas. Queremos jugar, pero no encontramos el momento, porque cuando nos vamos a trabajar nuestros hijos están dormidos. Y índicea veces también lo están cuando volvemos. Porque si están despiertos apenas nos da tiempo a ponerles el desayuno y meterles prisa para que se calcen, antes de despedirlos con un beso a las puertas del colegio. Porque a las tardes, cuando dejamos caer el bolso, el portátil o la caja de herramientas sobre la mesa de la sala y avanzamos por el pasillo, un pequeño resplandor nos hace presagiar lo peor. No es un monstruo que ha venido a vernos. No es un muerto viviente despistado que sigue celebrando Halloween. Es la luz de la lamparita de estudio que alumbra un cuaderno y un libro de texto. Toca explicar, traducir, refrescar lo olvidado, corregir, preguntar la lección… Y luego la ducha y la cena y los dientes y el beso a los pies de la cama. Y la masa para hacer galletas de colores caduca. Y el Monopoly sigue sin estrenar. Y crecen dejando nuevo el zoo de Playmobil. Algo debemos estar haciendo mal porque queremos jugar, pero entre las irreconciliables jornadas laborales y los deberes, nunca tenemos tiempo.

arodriguez@deia.com

La delgada línea tonta

Tenía la tez negra, aspecto aseado y una mochila a la espalda. Se acercó para preguntarle si podía invitarle a un bocadillo. Ella iba al trabajo a la carrera, pero cómo negarse. Camino de un bar, el chico recapacitó: “Mejor un paquete de arroz en un súper, que me dura más”. Un insípido cereal frente a un contundente bocata de carne. Sorprendida por su capacidad de renuncia y previsión, accedió, instándole a acelerar el paso. “Déjalo. Si tienes prisa, ya me como un bocadillo, porque suele haber muchas colas”. Por un momento, ella olvidó quién hacía el favor a quién. Pensó que otro habría tratado de aprovechar para llenar el carrito. Se dirigieron a un ultramarinos. “Yo tenía dinero, pero ya se me ha acabado. He hecho una entrevista para teleoperador. Me han dicho que me llamarán”, contaba esperanzado. “¿No recibes ayuda?”, se interesó ella. “No, la chica me empadronó ayer”. No se sintió con derecho a preguntar qué chica, ni dónde vivía, ni cómo había llegado hasta allí, ni si pensaba quedarse. Al fin y al cabo, solo le había pedido comida, no una pensión vitalicia. En la tienda aceptó el arroz y un brik de leche. “¿No necesitas más? ¿Unos macarrones?”. “No, me hace más falta una bombona para el camping gas que me han dejado”. Más cerca de lo que pensamos hay quien cocina bajo techo como en un campamento de refugiados. “Buena suerte”, se despidió ella, convencida de que si hay una delgada línea entre ser bueno y tonto, merece la pena correr el riesgo de traspasarla.

Del universo al huerto

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DECIMOTERCER día de penitencia, esto es, de vacaciones escolares. 23.45 horas. Cama de 90. Sudando la gota gorda con el crío fundido como un tranche-tte sobre mi espalda. Tras unos minutos de silencio, le doy por dormido y me dispongo a fugarme. “Ama, yo no quiero ir al cielo”, me suelta. Y ahora es un sudor frío el que me recorre el cuerpo. ¿Querrá decir que prefiere ir al infierno? ¿Me estará contando sus últimas voluntades? ¿Se habrá muerto el aitite de algún amigo y le habrán explicado lo del alma y todo eso? Si no fuera porque llevo puestas las aletas de buceo -¿qué pasa?, en algún momento me las tenía que probar-, saldría corriendo. Barajo darme un golpe en la nuca con un objeto contundente para poder descansar unas horas, pero estoy sepultada entre peluches. “¿Y por qué no quieres ir al cielo?”, pregunto expectante, hecha un matojo de nervios. “Porque se le puede acabar la gasolina al cohete y entonces me caigo y me hago un chichón”, me dice. Acabáramos. Pensaba que se avecinaba una conversación trascendental, de esas en las que encadenan un “¿por qué?” con otro hasta el amanecer, y esto va a ser tan simple como llenar un depósito. Al menos tiene claro que al espacio se llega en una sofisticada nave y no agarrado a los pies de un angelito. ¡Ya lo tengo! Seguro que quiere ser astronauta. Y me felicitará las navidades desde Marte por Skype. Sí, es eso. “Ama, ¿de dónde salen las sandías?”. Ya me ha matao.

arodriguez@deia.com

Harakiri colectivo

NO sé si ha pesado más el refranero -Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer- o la amenaza fantasma de que a los de siempre no les salgan las cuentas y nos torturen con otra campaña, pero a mí se me antoja que la cita del domingo, más que unas elecciones, ha sido un referéndum: ¿Susto o muerte? Y muchos, claro, han tirado la toalla: “Muerte, muerte, por favor, y dejemos de sufrir cuanto antes”. 11060260_702125659891325_6671019425070188833_nSolo así se explica esta especie de harakiri colectivo, en el que los recortes, la corrupción y los escándalos en vísperas de urnas se premian con bonus de escaños.

Si la convocatoria hubiera sido en agosto, a buena parte del electorado se le podría aplicar la atenuante de jarra de cerveza con limón traicionera o daiquiri cargado, pero a estas alturas del verano, sintiéndolo mucho, se nos presupone sobrios. Como no entiendo nada, no entraré en mayores disquisiciones. Para eso están los analistas polivalentes, que lo mismo pronostican una derrota por la mañana que argumentan una victoria por la tarde, ya sea política o del Athletic.

La única curiosidad que albergo es a qué se dedicarán ahora esos que hacen lecturas hasta de las manchas de sudor de las camisas de los candidatos como si fueran posos de café. A muchos encuestadores, supongo, les veremos doblando ropa en las rebajas. La próxima vez le pueden encargar el sondeo a Rappel, que acierta lo mismo, pero sale más barato.

Arantza Rodríguez      arodriguez@deia.com