¿Susto o muerde?

Adoro los animales. De hecho, tengo tres: dos racionales y una tortuga. Aunque al precio que está la comida para galápagos y teniendo en cuenta que no pega palo al agua, creo que ella es la más sapiens de los cuatro. La niña tampoco aporta mucho a la economía familiar, pero al menos se alegra al vernos, no como la otra, que ni mueve la cola.

Parásitos desagradecidos aparte, insto al resto de dueños de mascotas a que nunca pierdan la perspectiva. Que uno duerma con su perro tamaño poni a los pies no quiere decir que a un chavalín le guste sentir el aliento de su dogo alemán a un palmo de su cara. Es como si tu vecino saliera a pasear con su boa constrictor atada con una correa extensible que le permitiera reptar, por delante de él, a dos o tres manzanas. Si, tras mucho caminar, alcanzara a su dulce serpiente y esta estuviera enroscada a tu cuello, en plan fular, le bastaría con pronunciar las palabras mágicas: “Tranquilo, no muerde”. ¡Solo faltaba! Como si no fuera suficiente con el tembleque de piernas y la taquicardia.

¿Y qué me dicen de los chihuahuas con traje de lentejuelas y uñas de manicura que se te encaran, cuando menos te lo esperas, como si fueran pit-bulls? ¿Acaso vamos el resto de los viandantes pegando sustos al personal? Ahora que los perros tienen por dónde correr sueltos en Bilbao, no hay excusa que valga. La libertad de las mascotas debe estar acotada. Advierto de que mi tortuga es carnívora. Y no la emprendan conmigo, que solo soy una pobre mamífera.

Ya pienso yo, gracias

Vale que las nuevas tecnologías te facilitan la vida, pero al menos podían hacerlo con tu consentimiento. No me digan que nunca han mentado a la madre del que inventó la autocorrección del Word. Escribes una palabra en euskera y, lejos de admitir su ignorancia, busca entre su repertorio y la sustituye por la que más se le parezca. Automáticamente, oye, sin titubear. Tú, erre que erre, tecleas Arantza. Y él, que Araña. Y tú, que Arantza. Y así hasta que te mosqueas y eliminas el documento. Entonces, sí, empieza a preguntar. ¿Está seguro? Le das a aceptar. ¿De verdad que lo quiere borrar? ¡Sí! Luego no me venga con que lo quiere recuperar… Por si fuera poco, libras la batalla atrapado en un edificio inteligente, que te cuece o te criogeniza según decide unilateralmente su termostato, y que, a falta de ventanas por las que tirarse, en un alarde superlativo de ahorro, te hace respirar el mismo aire una y otra vez.

Tampoco le veo la gracia a los ascensores con memoria, sobre todo porque hay quien llama a varios y, para cuando el tuyo para en su planta, ya se ha esfumado en otro. En lo que se abre y ves que no hay nadie solo pasan segundos, suficientes para desear que el ausente se quede colgado en la entreplanta. Los elevadores son tan autónomos que detectan a los metepiernas y vuelven a abrir las puertas que estaban a punto de cerrarse sin atender a que el pasaje pide a gritos la amputación. Reivindiquemos nuestras neuronas. Que las máquinas no se pasen de listas.

El gen torpiño

No hay lugar a dudas. Lo ha heredado. Por más huevos Kinder que le ofrendé a Santa Clara, la niña tiene el gen torpiño desarrollado. No tanto como su padre, pero haberlo, haylo. El otro día, sin ir más lejos, con un sutil toque de cuchara consiguió salpicar de puré de acelgas, además de sus pestañas y el mantel, dos azulejos, el reloj de pared, el entrecejo de su padre, mi pelo recién planchado y la tortuga, que desde entonces sufre estrés postraumático y no sale del caparazón. Pena que ya no se lleve el gotelé, porque la cría tendría el futuro asegurado. Tanto hablar del efecto mariposa y es el efecto catapulta el responsable del desaguisado. Y todo ello a menos cinco. Cuando ya tienes el bolso colgado y las llaves en la mano.

A veces padre e hija se conjuran. Creo que quieren desquiciarme y que eche espumarajos por la boca para grabarme y colgar el vídeo en Youtube. La última vez que lo han intentado la bendita se dibujó un graffiti con un rotulador velleda punta gorda en su pijama blanco. No traten de hacerlo en sus casas. Les aseguro que en los tejidos no se borra con la mano. Si frotas mucho, a lo sumo, logras difuminarlo. Así lo eché al cesto de la ropa, con la esperanza de que la lavadora hiciera algo. Pero él y su calzoncillo bermellón de Superman -lo de Superman es un decir- acabaron de rematarlo. Ahora no sé si se parece más a la camiseta ketchup del Athletic o a un diseño de Custo. Aun así, no podrán conmigo. Para combatirles he decidido plastificarlo todo. Vale que las bragas de hule rascan, pero es lo que hay.

Del curro al hoyo

Supermán no se jubila

De niños sobrevivieron a una guerra y a estas alturas de la película poco hay que les pueda impresionar. Por eso hablan de la muerte sin tapujos. E incluso la echan de menos, pero para los demás. “A ver si la gripe se lleva a unos cuantos viejos por delante, que no hacen más que estorbar”, te suelta un día tu tía, noventa años del ala en el carné de identidad. Y tú le dices que qué barbaridad y luego piensas que, dado cómo está el sistema de pensiones, no nos vendría nada mal. Pero lo piensas sin querer y muy bajito, porque te da vergüenza. La culpa ha sido de tu tía, por empezar.

Otro día, tu madre, octogenaria, te mete más cizaña. “Llega una edad en la que te acorchas y ya no coges ni un catarro ni nada”. Y la puñetera, como diría el polígrafo de la tele, dice la verdad. Ni un estornudo en todo el invierno, oye, y todos los hijos hechos polvo, que el que no tiene ciática tiene vértigos y el resto anda con el virus gastrointestinal. ¿Por qué habrá remedio para los virus informáticos y ninguno para los de verdad?

En resumen, que entre que hay muchos y son invencibles, nos queda mucho que escuchar. Lo peor es cuando empiezan a darte instrucciones sobre su propio funeral. “A mí no me enterréis, que me da yuyu“. “Y ojito con meterme al horno, que no soy ningún ave de corral”. Y tú, todo agobiado, pensando si los disecas y los expones en un museo, los troceas a lo Santa Teresa de Jesús o los donas a la ciencia. Quita, quita, a la ciencia no, que como siga avanzando, no nos jubilamos ni para atrás.

Marranónimos

No a las colillas en la playa.

No hay nada como el anonimato para hacer el marrano. A esta certeza se llega lo mismo en un baño público nauseabundo que en la intimidad de un ascensor garabateado. El segundo caso ofende, sobre todo, si al elevador le precede una lucha titánica contra los vecinos del bajo. Aún no ha acabado uno de pagar derramas y aparece el primer rayado: Gora ETA. Además de capullo, desinformado. Más le valdría leer el periódico. A nada que hubiese echado un vistazo, se habría topado con alguno de los fascículos del comunicado.

El bobo anónimo confirma haberse quedado anclado en el pasado con un CxS grabado a llave entre los botones del tercero y el cuarto. ¿No se habrá enterado de que lo último en romanticismo barato es colocar por ahí un candado? Tras escrutar las iniciales de todos los buzones, uno se da por vencido y dirige sus iras contra los del piso alquilado. ¿Quién si no? El último en llegar, está claro.

Lo más traumático aconteció hace semanas, con la aparición estelar de un excremento. “Hay una caca en el portal”, anuncio al llegar a casa. “¿De persona o de perro?”, indaga el de siempre, intrigado. Es como cuando le dije que se había muerto el panadero y me preguntó si antes o después de darme la txapata. “Me imagino que de perro”, contesto. “¿Estás segura?”, insiste. “No la he analizado, pero ¿qué más te da? Sea de quien sea, aquí hay un guarro”. También hay marranónimos en los trabajos. ¿O no se han encontrado algún vaso de café lleno de colillas? A veces se acumulan tantos que parecen una obra del museo de titanio.