La almohada de los indignados

La llaman almohada avestruz, aunque se parece a un ajo, y sirve para meter la cabeza y echarse una siesta en la oficina, el metro o la cola del paro, por lo que sus potenciales clientes se cuentan por millones y subiendo. Sin menospreciar al iPhone 5, para mí este es el invento del año. Será porque el crío no me deja dormir y sueño con echar una pequeña cabezada ya sea apoyada en un semáforo o encima del teclado.

Pero la Ostrich Pillow, que es como han bautizado a esta especie de escafandra acolchada, va mucho más allá de la clientela insomne. Se puede utilizar, por ejemplo, para darte de cabezazos con las paredes sin resultar dañado. Y ahí tienen otra buena cuota de mercado con los funcionarios, que deben estar haciendo lo propio al enterarse de que su sueldo seguirá congelado al menos otro año.

El voluminoso pasamontañas también tendría mucho éxito entre los indignados, porque, visto el rodeo al Congreso, para manifestarse pacíficamente va a tener uno que llevar hasta casco. Dice la niña, como representante del club de fans de Bob Esponja, que la almohada en cuestión es ideal para disfrazarse de Calamardo, mientras que el aitite la encuentra perfecta para pasar la noche en la sala de espera de Urgencias.

 La semana que viene empieza la campaña. La podrían repartir entre los afiliados por si les entra el sopor en los mítines o entre los políticos para hacer lolos sobre el atril entre acto y acto. Aunque alguno hace tiempo que está dormido en los laureles.

¿Presidenta yo?

Calamardo

En su afán por aprendérselo todo los niños no discriminan. Lo mismo se saben los nombres de los habitantes de Fondo de Bikini -desde Bob Esponja hasta el último pecezuelo animado- que se aprenden el de José Luis Rodríguez Zapatero. Quizá porque su mirada tristona se parece cada vez más a la de Calamardo. Y lo memorizan justo ahora que está a punto de espicharla, políticamente hablando. Es un incordio, pero a los hijos, como a los antivirus, hay que actualizarlos

Y en esas estaba el pasado fin de semana, intentando explicarle a la cría que en unos meses, salvo providencia divina o meteoritazo espacial, iba a mandar en España un señor de barbas que se llama Rajoy. “¡Qué morro! Y a nosotras ¿cuándo nos toca?”, me saltó la mocosa toda indignada, como si la presidencia del Estado rulase entre los vecinos como la de la comunidad. Pues solo faltaba que, además de por las humedades -en julio nos han salido en la escalera más caras de Bélmez que en todo el año pasado-, me tuviese que pelear en los pasillos del Congreso por si tapizamos de cebra los escaños o mejor nos subimos el sueldo aprovechando que los parados están mirando para otro lado. 

Ahora que, si por ella fuese, gobernaba tan ricamente con cinco años. Pero si luego tienen un ministro de Economía de color amarillo y agujereado, a mí no me vengan a pedir cuentas, que la del bajo se ha ido a Benidorm y bastante tengo con pescar los calcetines que se nos caen al patio con un cordelito y un gancho.