So, sobre, tras

Si no fuera por los corruptos, llegaría un día en que los sobres dejarían de fabricarse. Más que nada por la falta de relevo generacional de los remitentes. Me cuenta una amiga, tras una ventanilla de la universidad, que algunos jóvenes llegan a licenciarse sin haber escrito una triste postal. Y que cuando les enseña un sobre lo miran desconcertados, como si les estuviese mostrando un pasapuré de manivela. A más de uno le ha pedido que escriba en él su dirección y le ha puesto la del correo electrónico. Para darse de cabezazos. Apuesto a que la primera carta de muchos será la de despido. Y aún llamarán al de personal para cerciorarse: “¿Seguro que es para mí? Mira que en la gala de los Goya se equivocaron…”.

Ahora que ya nadie se acuerda de la pobre preposición y todos asocian sobre a dinero negro, da no sé qué ir a comprarlos. El otro día le pedí uno a la estanquera y me lo dispensó con sonrisa cómplice, como cuando de chaval vas a la farmacia a por preservativos. Con la mirada de los clientes clavada en la nuca, no me quedó otra que explicarme. “Es para escribir una carta”, dije. Y ellos, descreídos: “Sí, sí, una carta. Eso dicen todos”. Total, que cogí el sobre y lo escondí en el bolso rápidamente, no me fuera a ver algún vecino. Pero aún quedaba lo peor: chuparle la oreja al retrato del rey. No me parece serio. Estampan su careto en los sellos cuando todos sabemos que en su familia le sacan chispas al email. Estoy por preguntarle a Corinna si le adjunto copia a él o a su yerno.

Consoladores, la profesión del futuro

El coronel no tendrá quien le escriba, pero aquí la peña no tiene quien le escuche. Así que aprovechan los lugares en los que no tienes escapatoria, tipo cola del paro, y se desahogan. El otro día me sorprendió un incontinente verbal en un ascensor del hospital de Basurto. Lo que les digo, sin posibilidad de huir. El tipo acababa de recargar a regañadientes una tarjeta para ver la televisión. Fue cerrarse la puerta del ascensor y estallar. “No sé para qué se empeña tanto en ver la tele si, total, le queda una semana. Ya le decía yo que no bebiera tanto. No me hizo caso y mira. Encima, como mis hermanos pasan de todo, me estoy comiendo yo el marrón”. Casi toda una vida comprimida en lo que se tarda en subir a un segundo piso. Como un tuit. Y, claro, servidora no sabía si darle el pésame por adelantado, corroborar que sus hermanos eran unos jetas o desviar la conversación hacia la ciclogénesis inexistente o el socorrido corrupto del día. Al final salí del paso esbozando media sonrisa, en plan te acompaño en el sentimiento, pero es lo que hay.

Me pregunto, con los miles de teléfonos que existen de atención al cliente, a dónde tienen que llamar los que quieren reclamar por su mierda de vida. Y también por qué aún nadie ha creado la figura del escuchador. Es obvio que se necesita. No hay más que pisar una sala de espera, que si le han metido una sonda por no sé dónde, que si qué malo está el menú sin sal. También se podrían llamar consoladores, pero me suena que ese nombre está pillado para no sé qué.