Si es una urna, yo no sé nada

SALE el crío del cole. “Tengo una superbuena noticia”. Lagarto, lagarto. “Me han dejado traer a casa el libro de mate”. Modo motivación activado. “Qué bien. ¿Para forrar?”. “No, porque no me ha dado tiempo de terminar el ejercicio en clase”. Sonrisa congelada. Modo disimulo activado. “Me encantará ver tu nuevo libro, pero con que lo traigas hoy será suficiente, ¿eh?”. En esas estaba, tragando saliva, cuando me llega un SMS al móvil. No tengo abuelos con zapatófono, así que lagarto, lagarto. “Estamos tramitando tu pedido”, ponía. Firmado, una compañía telefónica de la que me di de baja hace años. Decido ignorarlo. Al de unos días me llaman del mismo operador: “Tienes un paquete para recoger”. Quita, quita, a ver si va a ser una urna descarriada y se me presenta la Guardia Civil en el felpudo con la de pelusas que tiene. Llamo al teléfono de atención al cliente para deshacer el entuerto. “No cuelgues, por favor, el sistema está verificando” y así varias veces. Luego, que no me preocupe, que será un error, que ya consta que me di de baja. “Gracias por tu gentil espera”. No había oído esa palabra desde que leí –es un decir– El Quijote. “Que tengas un bonito día y un bonito fin de semana. ¿Vale? Chao, chao”. A poco más y me propone tomar algo juntas el sábado. Capítulo cerrado, pienso. Pero acto seguido me llaman de un 900. “Nos gustaría saber tu opinión sobre nuestro servicio de atención al cliente. Valora de 1 a 10…”. Modo harakiri activado.

Whatsapp en vena

Sois unas putas yonquis”. Perdón por la expresión, pero la autora se la soltó tal cual, sin sedación previa, a sus dos compañeras. En los 80 habría cabido la posibilidad de que les estuviera llamando prostitutas heroinómanas. En los 90, adictas a la nicotina. Pero estamos en el siglo XXI y, aunque las tres salían del trabajo para fumarse un cigarro, las aludidas consultaban compulsivamente los mensajes acumulados en sus móviles. “La mayoría son chorradas, pero…”, se justificaba la más joven sin alzar la vista del smartphone. O sea que estaban enganchadísimas al WhatsApp.

La damnificada les hablaba con la mirada puesta en sus cabezas, inclinadas hacia las pantallas. Nunca los cueros cabelludos estuvieron tan escrutados. Decía que en la cuadrilla de un amigo, cuando van de potes, ponen todos los móviles boca abajo y el que primero consulta el suyo paga la ronda. No sé si la iniciativa tendrá éxito, pero de extenderse, devolverá el bullicio a algunas terrazas, más silenciosas a veces que las propias bibliotecas. Abducido como está el personal, habla uno y parece que molesta.

Y como no tengas la aplicación pasas a ser un apestado porque obligas al resto a hacerte una llamada. ¿Recuerdan? Eso que consistía en marcar el número y hablar. Añoro aquellos teléfonos donde metías el dedo y hacías girar el disco en plan ruleta de la fortuna. Ains. Entonces solo se llamaba para cosas importantes, que si ha muerto fulanito, que si tráeme una bombona de butano. Los chistes, por malos que fueran, se contaban a la cara.