Negociación de Marichalar. ( Cap. 12)

-¡Elenita, por favor! No me cuelgues.

Jaime de Marichalar, el ex duque de Lugo, había dado muchas vueltas a su posible mediación ante el rey a favor del socio de Urdangarín que le había llamado. Comprendía que sus relaciones con la familia real no eran buenas. Pero la posibilidad de percibir una parte de la retribución era un aliciente para él. Decidió intentarlo con su ex esposa. Pero no lo tuvo fácil.

-¡Jaimito, te dije que no me volvieras a llamar!

-Elenita, es un caso muy especial. Te llamo porque se trata de algo que puede ser muy bueno para la familia real.

-¡Nada! No quiero saber nada.

-¡Escúchame, por lo menos! Hazlo por nuestros hijos. ¡Por Froilán!

-¡Tienes un minuto! – cedió la infanta mayor.

-Me ha llamado un socio de tu cuñado Urdangarín y me ha dicho que …

-Jaimito, de ese tema no quiero saber nada. Nadie de la familia real quiere saber nada de ese tema.

-¡Me has dado un minuto! Terminarás estándome agradecida. Este socio está dispuesto a aceptar toda la responsabilidad. ¿No es estupendo para la familia real?

-¡A ver! ¿Qué responsabilidad va a aceptar ese socio?

-Toda. Toda la responsabilidad de tu cuñado.

-Deja de insistir en que todavía es mi cuñado. ¿Ese socio está dispuesto a decir que Iñaki no es culpable de nada?

-¡Exactamente! Sólo desea negociar con tu padre una gratificación por ese … por ese sacrificio.

-¡Eso es un chantaje! – gritó la infanta.

-Elenita, por favor. ¿Cómo va a ser un chantaje? Es una oportunidad.

La infanta fue cediendo, ante la posibilidad de apuntarse un éxito para toda la familia. También influyeron las ganas de que el pelma de su ex marido la dejara en paz.

-¡Bueno! ¿Qué quieres de mí?

-Quiero que pidas a tu padre que reciba a este socio de Urdangarín.

-¡Está bien! Lo voy a pensar. ¡Adiós!

Jaime de Marichalar cogió el pañuelo del bolso superior de su chaqueta para quitarse el sudor. Lo dejó completamente empapado.

Me quiero casar con ella. ( Cap 11)

El príncipe heredero estaba todavía con el zapato de altísimo tacón en la mano. Miró a ver si se le notaba la excitación provocada por la seducción de Letizienta durante el baile. Tuvo que seguir disimulando con el zapato.

-Padre, me quiero casar con esa joven. – afirmó el príncipe heredero – ¡Me quiero desposar ya!

-¡Qué cambio tan repentino! Ayer no te querías casar. – protestó el rey – Esto hay que discutirlo con más serenidad.

-Hijo, Felipín, – intervino la reina – ¿Qué te ha pasado en tan poco tiempo?

Sin contestar tampoco a su madre, el príncipe besaba sin cesar el zapato de Letizienta con mucha pasión.

-Esta mujer ha cambiado mi vida. La buscaré. ¡La buscaré, la encontraré y me casaré conEn ese momento, hay un nuevo cambio en el sueño real. Exteriormente se manifestó en un cambio de postura y otra ventosidad. Letizienta apareció con el vestido de la fiesta recogido en el brazo, una vez que el hechizo de la media noche había terminado.

-¡He dado el primer paso! Más que gustarle, le ha puesto a … ¡A cien, o más! Pero éste ha sido sólo el primer paso. Pensemos en el siguiente. Casarme con el príncipe es importante para mí y para todos.

Letizienta se quitó también el apósito que se había colocado para disimular las dimensiones de su nariz. Su pensamiento continuaba analizando la estrategia que debía poner en marcha para conseguir su objetivo.

-A partir de ahora, debo mantenerle a raya. En este momento, está encendido. Hay que aumentarle el deseo, pero no satisfacerlo. ¡Abstinencia total! Seguro que eso funciona también con los borbones. ¡Firmeza! Cumplir mi misión está por encima de todo.

Con misterio, miró a todos lados, decidida a confesar su secreto.

-Os voy a confesar mi plan secreto. Tenéis que prometerme que no se lo vais a decir a nadie. Lo que quiero llevar a cabo es…

Volvió a comprobar que no había ningún intruso escuchando.

-Tengo un compromiso para dar la vuelta a la tortilla monárquica. Debemos cambiar esta monarquía machista. Cuando esté casada con el heredero, cuando sea reina consorte, lo cambiaré todo. Un cambio total. ¡Una revolución feminista de la corona! ¡Vivan las mujeres!

El rey, aunque dormido, se removió y recolocó las partes en su sitio.

 

El baile de selección. (Cap.10)

En el sueño del rey Juan Carlos I de España, hubo un nuevo cambio. Volvió el salón del baile para elegir la esposa del heredero. La hijastra de la Duquesa Cayetana entró con su aire de Drug Queen, con su gran túnica y su vestido vaporoso. Fue arrasándolo todo hasta colocarse en el lugar preferente.

-¡Ha llegado mi momento! Mi familia es la más aristocrática, la más antigua y la más azul del mundo. ¡Y no paga impuestos! Sé que el puesto de princesa es mío. El viejo rey se lo ha prometido a mi madre.

La hijastra caminaba a grandes zancadas y con gestos ampulosos. El rey la saludó. Con un gesto cómplice, indicó que era su favorita.

-Majestad, sé que quiere un descendiente varón cuanto antes. No se preocupe. Yo se lo daré.

-¡El baile real debe comenzar! – ordenó el rey satisfecho con esa promesa.

Comenzó la música de orquesta, solemne. El heredero seguía desganado y bostezando. La hijastra se colocó delante. Ella tomó la iniciativa para que el príncipe bailara. Este primer baile fue muy accidentado. Hubo muchas torpezas y pisotones por ambas partes. Al poco tiempo, se paró la música. La hijastra protestó airadamente porque deseaba seguir. Pero tuvo que salir, aunque antes recibió el beneplácito del monarca. El príncipe aprovechó para volver a su abulia.

-La siguiente candidata debe iniciar su baile. – ordenó el rey.

Desde el fondo del salón, entró Letizienta con su traje mágico. Todos se volvieron a mirarla. Estaba delgadísima. Traía unos zapatos brillantes con altísimo tacón. Besó su talismán.

-Debo conquistarle para cumplir mi misión. – se recordó a sí misma.

Había disimulado su nariz para desplegar la belleza y el atractivo que había preparado. El príncipe la miró. Cambió radicalmente de actitud. Se sorprendió. Quedó enganchado. Notó la pulsión de su entrepierna. Se levantó. Se interesó. Bailaron muy bien. Bailaron muy unidos. ¡Pegados! Letizienta le había seducido. Pero de repente …

-¡Horror! Es medianoche. Tengo que irme. – gritó, mientras salía corriendo.

-¡Espera! No me dejes así.

El heredero trató de disimular su excitación.

-¡Dime, al menos, quién eres! ¿Cómo te llamas?

El príncipe Felipe se quedó muy triste. Letizienta se asomó cómicamente. Se quitó uno de sus zapatos de grandísimo tacón y se lo lanzó al príncipe.

-¡Toma mi zapato! ¡Este es mi mejor recuerdo! Por él, podrás encontrarme.

-¡Espera! No me abandones así. Fíjate cómo me dejas. – dijo el príncipe haciendo una alusión a la excitación de su entrepierna.

2ª advertencia de amiga. (Cap.9)

El ensayo de Letizienta, para preparar el baile de selección de la esposa del heredero real, fue interrumpido en el sueño de Juan Carlos I. Volvió a aparecer, en el hemisferio izquierdo de su cerebro, la amiga de la periodista.

-Perdona que vuelva. Quiero aconsejarte, de nuevo, que vuelvas a pensar tu deseo de emparentar con los borbones. Ese braguetazo te hará desgraciada. Detrás de la bragueta de los Borbones, hay algo que te va a hacer sufrir mucho.          -¡No seas pelma! Ya me lo has dicho. Soy una mujer moderna.

-¡Te arrepentirás! – dijo la amiga, mientras iniciaba la salida.

-¡Espera! – llamó Letizienta – El otro día aludiste al mal del número 13.

-Para los borbones, el número 13 ha sido y es una auténtica maldición.

-¡No afectará a mi futuro marido! Será Felipe VI. ¡No, XIII!

-El reinado de tu futuro marido, si lo llega a ser, será el reinado número trece de los borbones en España.

-¡Has contado mal! – puntualizó la periodista ambiciosa – Desde Felipe V, que fue el primer Borbón en España, hasta el actual Juan Carlos I, sólo ha habido diez reyes en España. Por lo tanto, Felipe VI será el número once.

-Yo no he dicho reyes. ¡He dicho reinados! – se defendió la amiga – Felipe V y Fernando VII tuvieron dos reinados diferentes. Por lo tanto, el reinado de tu posible marido Felipe VI sería el reinado número trece.

Letizienta trató entonces de echar a su amiga. Pero ésta no se fue.

-¿Tú sabes lo que le pasó a Alfonso XIII? Fue el bisabuelo de ‘tu’ Felipe. Catástrofe tras catástrofe hasta la caída final.

-En primer lugar, no fueron tantas catástrofes. Y además, seguro que no fue por llamarse Alfonso XIII.

-Su padre, Alfonso XII, suplicó a su madre, María Cristina, en el lecho de muerte, que no pusiera su nombre al hijo póstumo. Lloró para hacer más fuerza. Él sabía lo que iba a pasar. Pero la reina, una vez muerto el rey, se empeñó en ponerle ese nombre y pasó lo que pasó.

-¡Son interpretaciones tuyas!

-Dos hijos de Alfonso XIII, Alfonso y Gonzalo, nacieron hemofílicos. Y murieron pronto en accidentes. Otro, Don Jaime,  nació sordomundo. Murió como consecuencia de un botellazo que le dio su segunda mujer. Además, está su desaforada afición a las mujeres y a la pornografía. Hizo películas pornográficas ayudado por el conde de Romanones.

-Te digo lo mismo. Cumpliré mi misión a pesar de las maldiciones.

La futura princesa terminó echando a su amiga.