El baile de selección. (Cap.10)

En el sueño del rey Juan Carlos I de España, hubo un nuevo cambio. Volvió el salón del baile para elegir la esposa del heredero. La hijastra de la Duquesa Cayetana entró con su aire de Drug Queen, con su gran túnica y su vestido vaporoso. Fue arrasándolo todo hasta colocarse en el lugar preferente.

-¡Ha llegado mi momento! Mi familia es la más aristocrática, la más antigua y la más azul del mundo. ¡Y no paga impuestos! Sé que el puesto de princesa es mío. El viejo rey se lo ha prometido a mi madre.

La hijastra caminaba a grandes zancadas y con gestos ampulosos. El rey la saludó. Con un gesto cómplice, indicó que era su favorita.

-Majestad, sé que quiere un descendiente varón cuanto antes. No se preocupe. Yo se lo daré.

-¡El baile real debe comenzar! – ordenó el rey satisfecho con esa promesa.

Comenzó la música de orquesta, solemne. El heredero seguía desganado y bostezando. La hijastra se colocó delante. Ella tomó la iniciativa para que el príncipe bailara. Este primer baile fue muy accidentado. Hubo muchas torpezas y pisotones por ambas partes. Al poco tiempo, se paró la música. La hijastra protestó airadamente porque deseaba seguir. Pero tuvo que salir, aunque antes recibió el beneplácito del monarca. El príncipe aprovechó para volver a su abulia.

-La siguiente candidata debe iniciar su baile. – ordenó el rey.

Desde el fondo del salón, entró Letizienta con su traje mágico. Todos se volvieron a mirarla. Estaba delgadísima. Traía unos zapatos brillantes con altísimo tacón. Besó su talismán.

-Debo conquistarle para cumplir mi misión. – se recordó a sí misma.

Había disimulado su nariz para desplegar la belleza y el atractivo que había preparado. El príncipe la miró. Cambió radicalmente de actitud. Se sorprendió. Quedó enganchado. Notó la pulsión de su entrepierna. Se levantó. Se interesó. Bailaron muy bien. Bailaron muy unidos. ¡Pegados! Letizienta le había seducido. Pero de repente …

-¡Horror! Es medianoche. Tengo que irme. – gritó, mientras salía corriendo.

-¡Espera! No me dejes así.

El heredero trató de disimular su excitación.

-¡Dime, al menos, quién eres! ¿Cómo te llamas?

El príncipe Felipe se quedó muy triste. Letizienta se asomó cómicamente. Se quitó uno de sus zapatos de grandísimo tacón y se lo lanzó al príncipe.

-¡Toma mi zapato! ¡Este es mi mejor recuerdo! Por él, podrás encontrarme.

-¡Espera! No me abandones así. Fíjate cómo me dejas. – dijo el príncipe haciendo una alusión a la excitación de su entrepierna.

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