La negociación. ( Cap. 23)

 

 

 

      -¡Felipe! Ven, hijo, ven. Descansa un poco de ese trajín ‘matrimonial’ a que te tiene sometido su mujercita.

Fue la reina quien rescató a su hijo, cuando se dirigía a su alcoba. Caminaba cansinamente, con las piernas separadas por el dolor de testículos.

-Madre, me tiene agotado. Tengo doloridas todas estas partes. Después nos llevamos los Borbones la fama de ser folladores. ¡A ésta no hay quien la pare!

-Ya te lo advertimos tu padre y yo.

-¡No creía que podía ser para tanto!

-Vayamos a lo importante. – indicó la reina – ¿Has descubierto algo sobre esa decisión tan importante de tu padre el rey?

-¡No tengo la menor idea! – se justificó el príncipe heredero – La verdad es que no he tenido ni un minuto para investigarlo. Letizienta me tiene todo el día engendrando princesas.

-¡Debemos enterarnos antes de que lo comunique oficialmente! Es preciso disponer de un tiempo para impedirlo o para parar el golpe.

-Yo no sé si voy a poder hacer algo.

Por el pasillo, se oyó la llamada de la princesa Letizienta. ‘Felipe, querido, te estoy esperando. Yo ya estoy llegando al momento G’.

-¿Lo ves, madre? Ni un minuto me deja de descanso.

-¡Espera! Tenemos que tratar otro asunto. Un ex socio de tu cuñado Urdangarín está dispuesto a asumir la culpa de todos los cargos a cambio de una gratificación.

-¿Cuánto pide? – se interesó el príncipe heredero.

-Quiere negociar con tu padre.

-¡Menos mal! Creía que me iba a caer a mí también ese tomate.

-Tenemos que convencer a tu padre el rey, para que le reciba y negocie con él.

-Madre, eso lo puedes hacer tú mejor que yo. Tienes mucha más mano izquierda.

En ese momento, volvió a oírse la llamada a través del pasillo.

-Felipe, te estoy esperando. ¡Se me va a pasar el momento G! – gritó Letizienta.

-¡Lo siento, madre! No puedo esperar más. Tengo que ir a cumplir.

El príncipe, sujetando sus partes para evitar el dolor, caminó hacia el dormitorio.

 

 

Primera hija. ( Cap. 22)

 

Dentro del sueño real, los propios reyes estaban esperando nerviosos el nacimiento de su nuevo nieto. Ya tenían la experiencia de los hijos de las infantas. Pero éste tenía un carácter especial. Debía ser el heredero de su heredero. La reina se mordía las uñas. Al rey, le dolía el estómago por retención de gases. En varias ocasiones, se había separado de su esposa para intentar una ventosidad. Pero no lo había conseguido.

-¿Qué? ¿Llega o no llega el heredero? Están tardando mucho. – sentenció el monarca – Eso no es buen síntoma. Creo que no va a ser varón.

-Tú, calla. – le recriminó doña Sofía – De estas cosas, no tienes ni idea.

-Yo, de herederos, entiendo mucho. Cuando se tarda, es porque va mal.

-Están tardando porque vienen dos. – afirmó la reina con tono doctoral.

-¡A ver si también va a ser estrecha la Letizienta esta!

En ese momento, entraron el príncipe y Letizienta con su primer descendiente en brazos. La música festejó la solemne entrada. Aparecían como triunfantes.

-¡Ya está! Lo hemos conseguido. – se congratuló el príncipe Felipe.

-¡Ésta es nuestra primera hija! – proclamó la nueva princesa plebeya.

-¿Es una chica?

Más que una pregunta fue un grito de desilusión. Lo dio el rey, a quien los gases intestinales le aumentaron repentinamente.

-¡Es muy guapa! – aseguró la reina.

-Se parece a mí. – presumió el príncipe.

-¡La primera heredera del reino! – gritó Letizienta con satisfacción.

El rey estuvo a punto de desmayarse. Pero la sorpresa tuvo el efecto beneficioso de desbloquear los gases con una fuerte ventosidad. Nadie se atrevió a echárselo en cara en esas circunstancias. Él siguió con su enfado.

-¡Me lo temía! ¡Preparemos el repudio!

-¡Juanito, compórtate, por favor! – aconsejó la reina.

-¡Menudo soponcio le ha dado a mi suegro! – pensó Letizienta.

-¡Felipe, ven aquí! – ordenó el monarca.

-Dime, padre.

Los dos se apartaron a un lado.

-¡Esto no puede ser! Ni mellizos ni varones. Felipe, ¿qué hacemos ahora?

-¡Padre, lo intentaré de nuevo! Ten un poco de paciencia. El próximo será varón. Trabajaré más.

-¿No será ya demasiado tarde? – temió el monarca.

Producir un heredero. ( Cap.21)

El rey volvió a entrar en su propio sueño. Fue a buscar a su hijo y heredero. Deseaba saber cómo iban sus primeros días como casado. Antes de alcanzarle, carraspeó y echó un esputo en la escupidera. El príncipe caminaba con dificultades. Tratando de separar las piernas por el dolor que sentía en los genitales. El padre le preguntó por la espalda.

-¿Cómo va el … el proceso de engendrar cuanto antes un heredero varón para adelantarse a posibles acontecimientos?

-Yo creo que estoy cumpliendo. No sé si tanto como mi mujer. Pero …. Estoy cumpliendo.

-¿Qué quieres decir con lo de ella?

-La princesa Letizienta es … Está entregada a engendrar este primer descendiente. Es imposible imaginar algo igual. Es insaciable, infatigable. No me deja descansar. Un … un intento tras otro. ¡Mira cómo me tiene!

El príncipe heredero hace una demostración de cómo se ve obligado a andar con las dificultades para separar las piernas.

-Tengo los genitales escocidos. ¡Hinchados! Padecen una sobrecarga de actividad.

-Lo importante es el resultado. – replicó el padre.

-¿El resultado? – especuló el príncipe – Por el esfuerzo que estoy haciendo, seguro que salen gemelos o quizá trillizos. El trabajo de la princesa Letizienta está siendo tremendo. No podíamos haber elegido mejor candidata a ser reina. ¡Impresionante!

-¿Estás seguro de que será un varón adecuado para garantizar el futuro de la monarquía en estos tiempos difíciles? – se interesó el rey.

-Seguro que salen dos herederos para garantizar ese futuro.

-Pero ¿serán varones o no serán varones?

-¡Serán varones con toda seguridad!

-¡Tampoco debes crear otro problema dinástico! Si nacen gemelos o mellizos, podemos tener otro problema. ¿Quién va a ser el heredero en ese caso? Se pelearán por subir al trono.

-Podrán reinar, al año, seis meses cada uno. – propuso el príncipe.

-De todos modos, no te duermas en los laureles. – insistió el rey – Sigue trabajando ¡A engendrar el heredero varón!

-¡Pero, padre! Mira cómo estoy. – Se quejó el futuro Felipe VI.

-¡A producir herederos! – ordenó el monarca – ¡Al tajo!

El príncipe se levantó y comenzó a andar, quejándose por el dolor de sus testículos.

Negociación con la reina. (Cap.20)

 -¡Mami, quiero hablar contigo en privado!

Fue una petición de la Infanta Elena a la reina Sofía. Se la hizo al terminar una recepción oficial. Había dado muchas vueltas en su cabeza a la conveniencia o no de plantear a su madre la petición que le había trasladado su ex marido sobre el socio de Iñaki Urdangarín.

-Te veo muy nerviosa. ¿No tendrás un novio secreto que quieres sacar a la luz? ¿Tampoco estarás embarazada?

-¡Por favor, mami! Yo ya no estoy para esos líos. Quiero hablar contigo de una cosa que no se refiere a mí directamente.

Las dos buscaron un lugar reservado donde hablar sin ser molestadas.

-La verdad, mami, es que no sé cómo plantearlo.

-Los griegos clásicos aconsejaban ir directamente al asunto principal. – propuso la reina recordando su procedencia.

-Un ex socio de tu yerno Urdangarín está dispuesto a sacrificarse y asumir toda la culpa.

-¡A ver! ¡A ver! Eso es ir demasiado deprisa al asunto principal. ¿Qué es eso de asumir la culpa de tu cuñado? ¡Explícalo con más calma!

-Un ex socio de tu yerno …

-¿Qué socio? ¿El que está más implicado?

-Creo que es otro. Quiere hablar con padre, el rey, para negociar la posibilidad de que él asuma toda la culpa de los … bueno, de todo y que Iñaki quede totalmente inocente. Así la familia real se vería libre de todo.

-Tiene que haber algún truco en todo eso. ¿No?

-A cambio, quiere una compensación. Supongo que económica.

-¿Y quién le plantea eso el rey, tu padre?

-Lo que él pide es que convenzamos a padre, el rey, para que le reciba y negocie con él.

-Eso es como poner el cascabel al gato. ¿No estará por medio Jaimito?

La infanta Elena se puso colorada y no supo qué contestar. Al final, tuvo que contar a su madre cómo se lo había propuesto su ex marido. La reina sólo le prometió que no estudiaría. Pero opinó que eso no tenía muchas posibilidades de prosperar.

-¡Espera, Elenita! Una pregunta. ¿Tú sabes cuál es esa decisión tan importante que ha tomado tu padre el rey?

-No tengo ni idea, mami.

 

2ª advertencia de la hijastra. (Cap. 19)

Cuando el hemisferio izquierdo de la cabeza de Juan Carlos I volvió sintonizar las imágenes de su sueño, apareció de nuevo la figura de la hijastra de la duquesa Cayetana.  Entró por sorpresa y de repente. Se acercó al Rey.

-¡Majestad reverendísima!

-¿Otra vez tu? ¿Te envía tu madrastra, la duquesa Cayetana de nuevo?

-¡Majestad, debéis repudiar a la mujer del príncipe heredero!

La joven pero rancia aristócrata estaba tan nerviosa que se atropellaba al hablar.

-Mi madre y yo hemos descubierto el secreto perverso de Letizienta.

-¿Tiene un secreto perverso? – se interesó le rey.

-Esa …’joven’ no cumple la principal condición para ser reina.

Juan Carlos I de España se contagió por el nerviosismo. Se puso también a tartamudear

-¿Cu -cuál es esa pi-principal condi-dición?

-Esa joven, mi rey, es estéril masculina. ¡Nunca engendrará varón! Ha preparado una trampa. En su familia, sólo nacen niñas de generación en generación. Nunca nacerá ningún heredero varón para vuestra corona.

-¿Esta-tás segu-gura de que di-dices?

-Lo hemos descubierto mi madre y yo.

-¡Necesito pruebas de eso! – gritó el monarca muy alterado – ¡Eso sería un desastre para esta monarquía! Sería una monarquía feminista, dominada exclusivamente por las mujeres.

-¡Mi madrastra, la duquesa, dice que hay que impedirlo desde el principio! Si dejáis que empiece a tener hijas, ya no habrá remedio. Os quitarán el poder. En cambio, yo seré fiel a vos por los siglos de los siglos.

-¡De-debo esta-tar segu-guro antes de actu-tuar!

-Si repudiáis a Letizienta y me concedéis a mí la mano del heredero, os daré un nieto varón a los nueve meses exactos. Además, os tendré informado de todos los propósitos y deseos de vuestro hijo. Estaré siempre de vuestra parte por los siglos de los siglos.

-Yo personalmente comprobaré si Letizienta tiene esa … esa enfermedad. Así podremos repudiarla con todas las de la ley. Y tú serás la esposa definitiva. Díselo a tu madrastra, la duquesa Cayetana.

-¡Estaremos las dos preparadas para la nueva boda! Ella será la madrina.

La hijastra giró sobre sus tacones de Drug Queen y se fue.